El juego de la silla
Recuerdo una publicidad de nuestra televisión de aire (2, 7, 9, 11 y 13) eran las cinco opciones con sus insoportables tandas publicitarias que creímos –inocentemente– abolir con la llegada del cable (pago) donde, al principio, las tandas promocionales eran más espaciadas y que, ante los primeros abusos con un Confer mudo, se generalizaron los “cortes comerciales” con algún fragmento de programa. Sí, créase o no, llegó a haber tandas que duraban más que el fragmento de programa que las precedía.
Bueno, me fui por las ramas con el recuerdo de época. Decía que una publicidad de nuestra televisión de aire salió a vendernos sillas importadas desprestigiando a una alicaída industria nacional. Los que la vieron recordarán la melenita de época del joven modelo que pretendía sentarse en una solitaria silla de diseño simple que se destruía cuando el joven intentaba apoyarse en ella. Una voz en off, mientras tanto, argumentaba:
“Industria nacional… Antes la competencia era insuficiente. Teníamos productos buenos, pero muchas veces el consumidor debía conformarse con lo que había sin poder comparar. Ahora tiene para elegir… ¡Los importados!”
Y aparecía en plano un conjunto de sillas de variado y sólido diseño cada una con su cartelito “made in”.
Tuve que esperar medio siglo para ver, “en vivo y en directo”, como hubiera dicho en aquella época el “gallego” Héctor Ricardo García, la réplica perfecta a aquel mensaje publicitario. Resulta que, a mis años, la necesidad de un respaldo más alto y apoyabrazos me llevaron a la compra –por Internet– de un producto “importado” a precio razonable –tampoco una oferta–.
Y no quieran saber el porrazo que me pegué cuando se le desprendió una rueda averiada. Superé ampliamente al joven del aviso procesista que sólo trastabilla. Parece ser que el precio y prestaciones del producto importado se había logrado con un diseño al límite que no resistió la primera prueba seria a la que fue sometido. Y ahí yo en el piso pataleando como una cucaracha y tocándome para verificar probables lesiones (por suerte la saqué barata).
La paradojal consecuencia del “accidente” fue que la solución me la ofreció la “industria nacional” reemplazando el pie plástico por uno más fuerte (metálico) y sus correspondientes ruedas a un módico precio, accesible. Yo había tenido la oportunidad de cotejar y había elegido –por internet– el precio y las prestaciones de sillón importado. Lo que la publicidad procesista nos quería vender era la “inutilidad” de una industria nacional calificada –por ellos– como incompetente (que no puede competir). Hay que recordar estas primeras experiencias de sustitución de la producción nacional por importaciones indiscriminadas. ¡Volvamos a la colonia: exportemos cuero e importemos zapatos!
“Da lo mismo producir acero que caramelos”, decía Alejandro Estrada, secretario de Comercio de Martínez de Hoz defendiendo la rentabilidad como único criterio válido, despreciando la necesidad de una estructura industrial pesada (como el acero) frente a productos de consumo liviano (caramelos, Arcor de parabienes). Por fuera de la inmejorable oportunidad de rebatir una publicidad amañada, la paradoja generó una conclusión de mi hijo, que comparto: “viejo: hay ciertas cosas para las que hay que verificar condiciones y prestaciones de las que internet sólo te puede mostrar lo que les interesa convencerte. Hay que ir al comercio, ver y probar y ahí recién pagar por lo que uno compra”.
Todavía –gracias a Dios– la Inteligencia Artificial no ha metido sus garfios en el asunto y para ciertas cosas que requieren ver, tocar y probar la probable compra, no se ha inventado nada innovador que sustituya nuestros sentidos.
