Detrás de Colapinto
El pasado domingo, el rugir del Alpine hizo ecos por toda la ciudad.
Lejos del fango cotidiano en donde la conversación gira más en torno al precio de la comida que al ruido de los motores, la noticia igual se metió en la mesa del domingo: la Ciudad volvió a vibrar con la Fórmula 1. O, al menos, con un anticipo potente de lo que podría ser.
El protagonista fue Franco Colapinto, que salió a girar por Libertador y Sarmiento ante una multitud que algunos estimaron en 600 mil personas. Una cifra difícil de dimensionar, pero fácil de sentir en el pulso de una ciudad que, por unas horas, cambió el ritmo del tránsito por el de un V8 rugiendo a fondo. Muchos años después, la máxima categoría del automovilismo volvió a asomar en Buenos Aires, aunque haya sido en formato exhibición.
El circuito callejero, armado alrededor del Monumento a los Españoles, dejó marcas visibles en el asfalto y otras menos evidentes, pero igual de profundas. Colapinto, con trompos y aceleradas, zigzagueó por las calles porteñas que tratan de escaparle a la angustia cotidiana con algún rugido que no sea el del león que nos preside.
La escena tuvo de todo. Familias, pibes con banderas, balcones convertidos en tribunas improvisadas. Un clima festivo que, visto desde lejos, podía parecer una postal europea, pero con mate en mano. Desde el gobierno porteño, el entusiasmo fue explícito. Jorge Macri habló de una oportunidad para mostrarle al mundo la pasión local y dejó flotando un objetivo más ambicioso: que la Fórmula 1 regrese de manera oficial.
Ahora bien, en una Buenos Aires que también convive con otras urgencias, la postal abre preguntas que no siempre entran en el encuadre. El despliegue fue importante: cortes, seguridad, logística, infraestructura. Todo para un evento que, aunque gratuito para el público, tiene costos que no siempre se ven a simple vista. No se trata de aguar la fiesta. Para muchos, fue un momento de disfrute genuino, de esos que cortan la rutina y permiten, aunque sea por un rato, correrse de las preocupaciones cotidianas. Y eso también tiene un valor, difícil de medir en números. Pero al mismo tiempo, la escena convive con otra realidad, más silenciosa, donde cada inversión pública se mira con lupa.
Colapinto, por su parte, se mostró emocionado y habló de un sueño: que la Argentina vuelva a tener un Gran Premio. Su paso por el circuito, primero con un Lotus E20 y después con una réplica del Mercedes-Benz W196 de Juan Manuel Fangio, mezcló presente y nostalgia en partes iguales.
El cierre, arriba de un camión y saludando junto a Bizarrap, terminó de redondear una jornada pensada para impactar. Y porqué no… tambien para ensordecer. (Con el rugido de los motores, che. No sean malpensados).
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