Otro mundial sin figuritas
Ya estamos inmersos en la euforia, dispuestos a disfrutar de la emoción que brinda el deporte más lindo. Ni hace falta nombrarlo. Basta con decir Mundial. No hay quien ignore que la pelota es redonda, que veintidós sujetos la disputarán sobre un rectángulo verde y que una pequeña palabra –corta, simple, casi un suspiro- será pronunciada al mismo tiempo por infinidad de gargantas: gol.
Y esto de comprar y vender, de intercambiar imágenes frente a una pantalla, de poner precio a un impreso rectangular que tiene un código para evitar su falsificación; esto de no saber quién gana ni pierde, de no tener contacto con el otro, de no dialogar ni divertirse, de no ensuciarse los dedos ni las rodillas; todo esto: ¿es jugar?
Lo cierto es que hoy, cuatro años después del glorioso triunfo en Qatar, nos atrevemos a soñar una vez más, a quitarnos el traje de gente seria y cubrirnos el alma con la camiseta celeste y blanca. ¡Claro que volveremos a jugar! En la tribuna y en el bar, en el living y en la cocina, solos o con la familia, en todas partes y a cualquier hora, porque nos vuelve a convocar la pelota, la que no se mancha, según el Diego. Vamos a jugar a ser héroes como los jugadores, estrategas como los directores técnicos y tenores desafinados del coro tribunero. Porque es legítima esta pasión que nos habilita a jugar a todo.
Menos a las figuritas.
Durante el Mundial pasado, en este espacio, habíamos advertido que sobrevolaba “Un entusiasmo ajeno a la diversión, saturado de consumismo, de necesidad forzada, opuesto al juego, derivado de una propaganda agobiante en un marco de comercio especulativo. Adultos inducidos a satisfacer los fervores infantiles”. Ahora nos encontramos con que la bola de nieve siguió creciendo. Porque ese solapado consumismo parece extenderse inclusive a los mayores. Lamentable.
Es evidente que ya no es cuestión de juntar pesos para ir al kiosco a comprar un sobre chatito. Hoy la cosa es cumplir con el objetivo de tener el álbum completo. Sea como sea. Ya no es imprescindible llenar cada página. De mil maneras se empuja a chicos y grandes a cumplir objetivos que más que divertir tensionan, someten. Y “poniendo estaba la gansa”.
Asombra ver a ese pibe en medio del parque tomado de la mano de un papá que regatea el precio de tal o cual cartoncito, que este jugador o aquel otro, que este lote de cincuenta sobrecitos está en precio o esta pila puede costar tantos dólares (¿). Encima hay que comprobar si es una pieza auténtica o se trata de una versión trucha. Y, como si esto fuera poco, se puede comprar el álbum lleno por completo para mostrárselo a los demás y luego del campeonato ponerlo en un estante, como si fuera el tomo de una enciclopedia, o esperar a que en el futuro lo quiera comprar a mayor precio algún coleccionista. Todo muy raro ¿No?
Ni que hablar, por supuesto, de las transacciones que se realizan por internet, con pagos a distancia de distinta naturaleza, con la posibilidad de ser estafados, transferencias de plataformas variadas y novedosos mecanismos difíciles de entender.
¿Esto es jugar a algo?
Lo cierto es que la gran fiesta está por comenzar. Y la mente, como dijimos en 2022, es una explosión de recuerdos. Mezcla sin tiempo ni olvidos posibles. El gol de Maradona. La expulsión de Rattín. Fillol, Luque y Kempes. La triste vuelta de Amadeo desde Suecia. Los penales atajados por Goicochea. Caniggia y Passarella. Menotti, Bilardo, Bielsa y Pekerman. Nombres a los que se sumaron para nunca ser olvidados los de Messi (modelo de mil cortos publicitarios), Julián (que corre carreras con Colapinto para recomendar analgésicos), Di María (que vende pizza y se junta con Paredes y Ginóbili a tomar Cerveza) y el Dibu (consumidor de hamburguesas e ibuprofeno). Si hasta el impecable entrenador se manda su aperitivo. ¿Demasiada guita para estos muchachos? Que la disfruten, pero que tanto modelaje no les afloje las piernas a la hora de correr en la cancha.
Y claro, antes era distinto. Como supimos recordar: “Llenar el álbum era secundario”. La auténtica aventura consistía en jugar para adueñarse de la mayor cantidad posible de figuritas. Comprar los sobres no era importante. La cosa era agrandar el stock como resultado de haber ganado competencias en las distintas modalidades. Para el objetivo de acumulación eran igualmente válidas las diferentes variantes, aunque no todas requerían similares destrezas. Una de las más exigentes era jugar al punto. Los pibes se arrodillaban en el cordón, la punta de los pies apoyadas sobre los adoquines; o de pie, o agachados, mirando hacia la pared, pero sin invadir las baldosas. El cartoncito redondo se sujetaba haciendo una suerte de pinza entre la uña del pulgar y la yema del índice; de golpe, la primera se deslizaba hacia adelante ejecutando un disparo que generaba, a su vez, un chasquido apenas perceptible. Los menos hábiles simplemente arrojaban las figuritas como si fuera una ficha de tejo. Una vez concluida la ronda –podía ser más de una– quien había logrado ubicar su envío más cerca de la pared se quedaba con todas las rodajas de colores dispersas sobre la vereda. A veces, alguno lograba que la figurita quedara inclinada entre el piso y la pared; era un “espejito”, ganador absoluto, solo superado si otro competidor conseguía derribarlo mediante un tiro casi milagroso.
Menos frecuentes eran los duelos a “voltear espejitos”, haciendo puntería a distancia. También se jugaba a la “encimadita” o “tapadita” –sobre la misma cancha embaldosada y el mismo modo de lanzar–, y al “puchero” -que exigía menos habilidad, dejando caer uno a uno los cartoncitos que se apoyaban contra la pared a un metro del piso. Ganaba quien lograba que el suyo cubriese, aunque sea en parte, alguno arrojado anteriormente. ¡Qué fiesta era jugar! El acopio era resultado de la aptitud. Pocas sensaciones podían equipararse a exhibir con orgullo el pilón más alto, casi imposible de ser sostenido con una sola la mano.
¿Cómo se divierten ahora si no pueden mirar a los ojos a los amigos? Si no llegan a la esquina para desafiar a los otros. “Figuritas cola” se decía, porque, como con las bolitas, el que “cantaba” primero tiraba después, lo que suponía una ventaja no siempre exitosa. A qué juegan, es la pregunta, si no están en la calle, si esos cartoncitos que se venden y revenden no sirven para encajarlos entre los dedos. Si no pueden lanzarlos como discos voladores contra alguna pared. Lo que se pierden…
Asombra saber que si ahora se llena el álbum no se gana ningún premio, que completarlo significa que se ha pagado más de un millón de pesos, que las “figuritas” para llenarlo son 980, que se puede completar la versión virtual con el mismo número de imágenes que deben ser “escaneadas” y así nomás, los detalles son interminables, son eslabones de una cadena adictiva para que cada vez más gente participe de prácticas alejadas de lo recreativo, para atraparlos en un ejercicio propio del entretenimiento pago, de las apuestas y la especulación.
Pero, es así nomás…Ya empieza el Mundial. Apoyo total a la Scaloneta.
Lástima que esta vez nadie jugará a las figuritas…
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