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A 70 años del “17 de octubre”

Si se quisiera encontrar, hurgando en nuestra historia del siglo XX, una jornada a la que pudiera adjudicarse el liderazgo en materia de cambio político y social, sería difícil –por no decir imposible– hallar una fecha que supere la importancia del 17 de octubre de 1945.

 

A comienzos de octubre de 1945, durante el gobierno de Edelmiro J. Farrel, la creciente popularidad de Juan Domingo Perón –a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión– lograda en base a las conquistas sociales que había hecho realidad para la clase trabajadora luego de la prolongada década infame, se produce la renuncia a todos sus cargos públicos y su detención y traslado a la Isla Martín García. A raíz de ello el Comité Central Confederal de la CGT declara una huelga general a partir de la hora cero del 18 de octubre “como medida defensiva de las conquistas sociales amenazadas por la reacción de la oligarquía y el capitalismo”. La iniciativa sindical es, sin embargo, superada por las bases, y desde la tarde del 16 de octubre los obreros comienzan a dejar sus lugares de trabajo. El 17 de octubre miles de trabajadores, principalmente provenientes de la periferia industrial del Gran Buenos Aires, se acercan a la Plaza de Mayo reclamando la presencia de Perón. El gobierno cede finalmente a la presión popular y Perón se traslada a la capital.

 

 

Víctor Santa María*   analiza las circunstancias previas que desembocarían en la mítica jornada.

(…) para llegar a ese día hubo una etapa previa de fundamental importancia que nos permite entender las causas que lo hicieron posible.

En 1972, Enrique Silberstein, uno de los más lúcidos analistas de la economía y los economistas que ha tenido el país, sostenía en su libro “Porqué Perón sigue siendo Perón”, que la explicación de la vigencia del líder justicialista, luego de casi dos décadas de exilio, había que buscarla en la gestión de gobierno que desplegó entre 1943 y 1945.

 Producido el golpe militar que derrocó al fraudulento régimen presidencial que encabezaba Ramón Castillo, Perón solicitó ser designado en el Departamento Nacional del Trabajo. Pronto, esa oscura y prácticamente inexistente dependencia se convirtió en la Secretaría de Trabajo y Previsión y desde allí se llevó adelante una monumental tarea en materia de legislación laboral, creación de nuevos sindicatos con cientos de miles de afiliaciones, y de una fuerte concientización política a cargo del propio Perón, que se multiplicaba visitando fábricas y talleres para tomar contacto directo con los trabajadores.

 Se creó el fuero laboral; se extendió la indemnización por despido a todos los trabajadores; más de dos millones de personas fueron beneficiadas con la jubilación; se sancionó el Estatuto del Peón de Campo, se estableció el pago de un aguinaldo anual y las vacaciones pagas. En 1944 se firmaron 123 convenios colectivos que alcanzaban a más de 1.400.000 obreros y empleados y, en 1945, otros 347 para 2.186.868 trabajadores.

 En sólo tres años la Argentina había cambiado de un modo que nadie se hubiera atrevido a imaginar. Por eso, cuando Perón fue detenido por sus enemigos, y los trabajadores vislumbraron que la consecuencia inmediata de ese hecho iba a ser la pérdida de todas las conquistas obtenidas, se movilizaron para reclamar su inmediata liberación. Fue entonces que, el 17 de octubre de 1945, la movilización de la clase trabajadora parió la historia.

Ya llegarían… los años de los gobiernos de Perón y Evita, plasmados en los derechos sociales, en escuelas, hospitales, hoteles, centros de esparcimiento, complejos habitacionales en todos los rincones del país, que todavía hoy testimonian aquel tiempo feliz. En 1954 la participación del sector asalariado en la renta nacional fue de un 56%, revirtiendo la tendencia que se registraba a favor de los sectores patronales hasta comienzos de la década del 40.

“El peronismo redistribuye cerca del 10 por ciento del producto bruto del capital al trabajo. Eso es una de las cosas más radicales que se pueden hacer en el marco del capitalismo. Estoy convencido de que en la Argentina hubo una sola revolución de veras, la revolución peronista”. Esta afirmación, pertenece al historiador Tulio Halperín Donghi, reconocido intelectual que toda su vida ha militado en veredas opuestas a las justicialistas.

 El peronismo jamás encajó en los moldes tradicionales de los análisis académicos. Su aparición desacomodó el tablero de un juego hecho a medida de unos pocos. La izquierda se sintió reemplazada, la oligarquía afectada en sus intereses, la Iglesia cuestionada en su compromiso social, los universitarios invadidos, los Estados Unidos desafiados, los ingleses desplazados. Mientras tanto, millones de argentinos se sintieron dignificados por primera vez, sujetos de derecho, personas. No son pocas razones para explicar la vigencia del movimiento peronista, que ha resistido las pruebas y trances más difíciles. Quizás, porque siempre ha estado más cerca de los hechos que de los mitos.

 

Sebastián Borro**: “La gente venía del sur”. Un obrero que participó en aquella jornada, produce su conocido relato testimonial que publicó “La Opinión” Cultural del 15 de octubre de 1972.

El 17 de octubre de 1945 me encuentra cumpliendo tareas en un establecimiento metalúrgico ubicado en Constitución, sobre las calles Luis Sáenz Peña y Pedro Echagüe. Yo tenía entonces 24 años de edad. Mi ocupación era la de oficial tornero mecánico…

En la mañana del 17 de octubre, aproximadamente a las 9, grupos de personas venían desde Avellaneda y Lanús avanzando hacia el centro de la ciudad. Pasaron por la calle Sáenz Peña, observaron que había un taller mecánico (donde trabajaban 130 personas) se acercaron a nosotros y nos dijeron: “Muchachos hay que parar el taller, hay que salir a la calle a rescatar a Perón”.

Las noticias que teníamos en ese momento eran que Perón estaba detenido y que todo lo que se hacía era para rescatarlo. Efectivamente, el taller paró y la gente salió a la calle. Algunos fueron a sus casas. Pero la gran mayoría siguió con los compañeros que venían del sur. Fuimos caminando hacia Plaza de Mayo y habremos llegado aproximadamente a las once y media, porque en el camino íbamos parando los diversos establecimientos de la industria metalúrgica y maderera que había por Constitución.

A esa hora no había tanta gente como la que hubo por la tarde, que cubrió toda la Plaza. En la marcha hacia allí se pintaban sobre los coches, con cal, leyendas como “Queremos a Perón”. También sobre los tranvías. La gente se paraba y reaccionaba a favor de la manifestación que iba a Plaza de Mayo para tratar de cumplir con la idea que tenían los que habían organizado eso. Perón había aplicado leyes nuevas y otras las había ampliado: pago doble por indemnización, preaviso, pago de las ausencias por enfermedad. Eran cosas que antes no se cumplían; hasta ese momento, donde yo trabajaba, no se cumplía ninguna de esas leyes. Le voy a decir más: creo que pocos días antes de su detención, Perón había conseguido un decreto por el que se debían pagar al trabajador los días festivos: 1º de mayo, 12 de octubre, 9 de julio, etcétera. Recuerdo que uno de los patrones nos dijo entonces: vayan a cobrarle a Perón el 12 de octubre (ya estaba detenido). Después del 17 de octubre cobramos ése y muchos días más.

Eran tan reaccionarios los patrones (me aparto un poco del 17 de octubre) que en enero de 1946, estando el capitán Russo en la Secretaría de Trabajo, la empresa en la que yo trabajaba fue citada tres veces. No se había presentado. Tuvo que ser intimado por la fuerza pública a concurrir a la Secretaría de Trabajo, donde algunos de nosotros éramos representantes del personal; no elegidos, porque no había organización gremial, sino porque éramos los más decididos. Uno de los patrones dijo que no tenía tiempo para pagar aguinaldo, vacaciones, a última hora. Le contestaron que la ley 11.729 fue aprobada en 1932. Y que todas las cuentas que no se habían hecho desde entonces habría que hacerlas ahora. Efectivamente, el 1º de febrero de ese año cobramos aguinaldo, pagos por enfermedad y tuvieron vacaciones los que quisieron tomárselas.

Siguiendo con el 17, llegamos a la Plaza; cada vez se hacía más entusiasta; había alegría, fervor. Frente a la Casa Rosada empezaron a armar los altavoces. Hablaron distintas personas, el coronel Mercante, Colom, que fue uno de los últimos oradores. Trataban de ir calmando a la gente: por cada intervención de los oradores, la reacción era más fervorosa a favor de Perón. Se decía que venían trabajadores del interior del país. No lo puedo probar. Recuerdo, sí, que era una tarde muy calurosa y la gente se descalzaba y ponía los pies en las fuentes, muchos por haber caminado tanto. Concretamente lo que yo presencié era la gente que venía del sur. Berisso, Avellaneda, Lanús, Lomas de Zamora. A medida que crecía la cantidad, en la Plaza de Mayo aparecían los carteles. Por primera vez yo observaba algo igual: nunca había visto una asamblea tan extraordinaria. Cuando el coronel Perón apareció en los balcones sentí temblar a la Plaza. Fue un griterío extraordinario que nos emocionó de tal manera. Todo parecía venirse abajo.

Unos días antes se decía que Perón estaba gravemente enfermo. Por los parlantes se había anunciado que el coronel Perón se encontraba bien de salud y que estaba en el Hospital Militar. En un momento, Colom dijo, más o menos: “Quédense que vamos a traer a Perón”. Mucha gente gritaba por Perón –quizá por primera vez– sin tener todavía conciencia clara de su actividad. Porque, además, la gran prensa trataba de desvirtuar la figura de Perón. La gente se enteraba a través de los delegados o los activistas pero no por la prensa, que casi en su totalidad estaba en contra. Aunque él había hablado en distintas oportunidades desde la Secretaría de Trabajo. Y se había hecho carne que era un auténtico defensor de los derechos del trabajador. Nos causó mucho dolor saber que lo habían detenido pero –en lo que respecta a mí y un grupo de compañeros–  sinceramente nos considerábamos impotentes, porque recién estábamos despertando, después de muchos años, en el país. Para otros, quizá con anterioridad, a partir de ese 17 de octubre despierta la conciencia para nosotros. Se hace carne que al pueblo tiene que respetársele como tal, cosa que Perón proclamaba diariamente. De ahí que, si bien nos sentíamos impotentes, podíamos hacer algo: sacar a Perón de las garras de la oligarquía y colocarlo en el lugar que correspondía para que sea permanente una auténtica justicia. Es decir, ese idealismo que teníamos nunca lo habíamos vivido en el país.

No creí que iba a haber tanta gente en la Plaza; lo que sí pensaba era que el agradecimiento del pueblo a Perón tenía que ser auténtico. Pero yo no conocía la reacción de la gente, hasta que la viví.

 

En 1945, el mítico dirigente peronista Antonio Cafiero tenía 23 años

Era militante cristiano en su barrio, San Cristóbal, dirigente nacionalista en la Facultad de Ciencias Económicas y empleado de la empresa norteamericana de cajas registradoras National. Cafiero relata su participación en aquella jornada:

“Como militantes, teníamos como referente al doctor Diego Luis Molinari, que había sido senador radical y mantenía buenos contactos militares y sindicales. La noche del 16 nos dijo en su casa lo que estaba pasando y lo que sucedería al día siguiente, pero no le creímos. De todos modos, la situación era muy atractiva.”

“Pedí licencia en mi trabajo y a eso de las 10 me fui a la Plaza, aunque yo todavía era escéptico…”

“A eso de las dos de la tarde la Plaza empezaba a llenarse. Se decía que el general estaba en el Hospital Militar. Como no había transporte, nos fuimos hacia allá a pie. Volvimos porque nada aseguraba que Perón estuviera en el hospital. Ahora sí en la Plaza había muchísima gente. De todo. Yo me encontré con un farmacéutico radical y con Andrés Samil, por entonces el principal dirigente de la Federación Universitaria de Buenos Aires, que no fue benévolo para calificar la manifestación. Después me enteré por otros testigos de que a pocos metros de donde yo estaba también contemplaba todo con mirada escéptica Ernesto (el futuro ‘Che’ Guevara.)”

“Me impresionó –y es una imagen que llevo viva en mi memoria– la columna que llegaba del sur, de los frigoríficos. Gente con su ropa de trabajo sucia. Desharrapados. Gente así nunca había llegado al Centro. De pronto se enfrentaron con la (Policía) Montada, los famosos cosacos. Hubo un momento de tensión, los muchachos avanzaron, y de pronto, ante el estupor general, los cosacos se sacaron los cascos y gritaron: ¡Viva Perón! La columna pasó frente a nosotros, que éramos unos diez o quince estudiantes, y empezaron a gritamos: ¡Alpargatas sí, libros no! Yo traté de explicarles que estábamos apoyando esa manifestación, pero un compañero detuvo un poco el paso, me miró serio y me dijo: ’¡Qué carajo me importa!»

“A la noche, y entre crecientes síntomas de impaciencia, apareció Perón y mantuvo un imborrable diálogo con el pueblo. Comprendí que había vivido una jornada histórica.”

 

“El 17 de octubre lo hice yo” (Cipriano Reyes)

En su departamento de La Plata, Cipriano Reyes revisa papeles y fotos con una gran lupa y pronuncia una vez más su frase célebre: ”Yo hice el 17 de Octubre”. Al pie de un reloj cucú y frente a montañas de diarios quebradizos y libros con las páginas marcadas (entre ellos, una vieja edición del Esquema de la historia universal, de H.G. Wells), Reyes mira con sus ojos sin pestañas el cielo que se nubla y dice: ”Si, el tiempo está engañoso, pero es más engañoso el gobierno que el tiempo”.

Este viejito de 89 años fue contorsionista de circo, obrero portuario, mucamo, dirigente sindical, poeta y diputado laborista. Además, su imagen está inevitablemente ligada a todo lo que ocurrió el 17 de octubre, y a la mayoría de sus celebraciones posteriores. ”Perón fue un militar, nada más que un militar  –dice– Pero cuando ya estábamos cansados de ir presos y de que nos allanaran el sindicato, él nos escuchó”. Fundador del Sindicato Autónomo del Gremio de la carne de Berisso, que reunió a los trabajadores de los frigoríficas Swift y Armour, Reyes, con un pedido de captura sobre su cabeza, organizó la movilización a Plaza de Mayo exigiendo la libertad de Perón. ”La gente no salió a la calle porque sí –dice–. Nosotros éramos la avanzada gremial e ideológica”. Con aquel sindicato como uno de los movilizadores, la gente se lanzó desde el Gran Buenos Aires a cruzar el Riachuelo para llegar a la Capital, a la Plaza de Mayo, para reclamar la presencia de Perón. Reyes, que sufrió cuatro atentados, estuvo preso más de diez veces y fue torturado y acusado de pistolero y traidor, todavía reniega porque para algunos su nombre es una mala palabra y su relato una mentira, pero está tranquilo porque fue fiel al mandato del anarquista catalán que le dijo, en 1918, cuando él era aprendiz vidriero: “Tú tienes que luchar por el que no sabe, por el que no puede y por el que no quiere.”

(Cipriano Reyes, “El 17 lo hice yo”, Clarín, 15 de octubre de 1995)

 

Discurso de Juan Domingo Perón desde el balcón de la Casa de Gobierno en Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945

–“Trabajadores: hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino. Hoy a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del ejército. Con ello, he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles de general de la Nación. Lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón, y ponerme con este nombre al servicio integral del auténtico pueblo argentino. Dejo, pues, el sagrado y honroso uniforme que me entregó la patria para vestir la casaca del civil y mezclarme con esa masa sufriente y sudorosa que elabora el trabajo y la grandeza del país.

Con esto doy mi abrazo final a esa institución, que es el puntal de la patria: el ejército. Y doy también el primer abrazo a esta masa inmensa, que representa la síntesis de un sentimiento que había muerto en la República: la verdadera civilidad del pueblo argentino. Esto es pueblo. Esto es el pueblo sufriente que representa el dolor de la tierra madre, al que hemos de reivindicar. Es el pueblo de la patria, el mismo pueblo que en esta histórica plaza, pidió frente al Cabildo que se respetara su voluntad y su derecho. Es el mismo pueblo que ha de ser inmortal, porque no habrá perfidia ni maldad humana que pueda someter a esta masa grandiosa en sentimiento y en número. Esta es la verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha a pie durante horas para llegar a pedir a sus funcionarios que cumplan con el deber de respetar sus auténticos derechos.”

–“¿Dónde estuvo? ¿Dónde estuvo?”

–”Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfacción: pero desde hoy, sentiré un verdadero orgullo de argentino, porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la Nación. Hace dos años pedí confianza. Muchas veces me dijeron que ese pueblo por el que yo sacrificaba mis horas de día y de noche, habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien no lo traiciona. Por eso, señores, quiero en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclarme en esta masa sudorosa, estrecharla profundamente a todos contra mi corazón, como lo podría hacer con mi madre.

Desde esta hora, que será histórica para la República, que sea el coronel Perón el vínculo de unión que haga indestructible la hermandad entre el pueblo, el ejército y la policía. Que sea esta unión eterna e infinita, para que este pueblo crezca en esa unidad espiritual de las verdaderas y auténticas fuerzas de la nacionalidad y del orden, que esa unidad se indestructible e infinita para que nuestro pueblo no solamente posea la felicidad, sino también para defenderla dignamente. Esa unidad la sentimos los verdaderos patriotas, porque amar a la patria no es amar sus campos y sus casas, sino amar a nuestros hermanos. Esa unidad, base de toda felicidad futura, ha de fundarse en un estrato formidable de este pueblo, que al mostrarse hoy en esta plaza, en número que pasa del medio millón, está indicando al mundo su grandeza espiritual y material.”

–“¿Dónde estuvo? ¿Dónde estuvo?”

–“¿Preguntan ustedes dónde estuve? Estuve realizando un sacrificio que lo haría mil veces por ustedes… No quiero terminar sin enviar un recuerdo cariñoso y fraternal a nuestros hermanos del interior, que se mueven y palpitan al unísono con nuestros corazones en todas las extensiones de la patria. A ellos, que representan el dolor de la tierra, vaya nuestro cariño, nuestro recuerdo y nuestra promesa de que en el futuro hemos de trabajar a sol y a sombra para que sean menos desgraciados y puedan disfrutar mejor de la vida.

Y ahora, como siempre, de vuestro secretario de Trabajo y Previsión, que fue y seguirá luchando al lado vuestro por ver coronada la obra que es la ambición de mi vida, la expresión de mi anhelo de que todos los trabajadores sean un poquito más felices.”

–“¿Dónde estuvo? ¿Dónde estuvo?”

–“Señores: ante tanta insistencia, les pido que no me pregunten ni me recuerden cuestiones que yo ya he olvidado. Porque los hombres que no son capaces de olvidar, no merecen ser queridos ni respetados por sus semejantes. Y yo aspiro a ser querido por ustedes y no quiero empañar este acto con ningún mal recuerdo.

Ha llegado el momento del consejo. Trabajadores: únanse; sean más hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse en esta hermosa tierra la unidad de todos los argentinos. Diariamente iremos incorporando a esta enorme masa en movimiento a todos los díscolos y descontentos, para que, junto con nosotros, se confundan en esta masa hermosa y patriota que constituyen ustedes. Pido, también, a todos los trabajadores que reciban con cariño mi inmenso agradecimiento por las preocupaciones que han tenido por este humilde hombre que les habla. Por eso, les dije hace un momento que los abrazaba como abrazaría a mi madre, porque ustedes han tenido por míl pensamientos y los mismos dolores que mi pobre vieja habrá sufrido estos días. Confiemos en que los días que vengan sean de paz y de construcción para el país. Mantengan la tranquilidad con que siempre han esperado aún las mejoras que nunca llegaban. Tengamos fe en el porvenir y en que las nuevas autoridades han de encaminar la nave del Estado hacia los destinos que aspiramos todos nosotros, simples ciudadanos a su servicio. Sé que se han anunciado movimientos obreros. En este momento ya no existe ninguna causa para ello. Por eso les pido, como un hermano mayor, que retornen tranquilos a su trabajo. Y por esta única vez, ya que nunca lo pude decir como secretario de Trabajo y Previsión, les pido que realicen el día de paro festejando la gloria de esta reunión de hombres de bien y de trabajo, que son la esperanza más pura y más cara de la patria.”

–“¡Mañana es San Perón! ¡Mañana es San Perón!”.

–“He dejado deliberadamente para lo último, el recomendarles que al abandonar esta magnífica asamblea, lo hagan con mucho cuidado. Recuerden que ustedes, obreros, tienen el deber de proteger aquí y en la vida a las numerosas mujeres obreras que aquí están. Finalmente, les pido que tengan presente que necesito un descanso, que me tomaré en Chubut, para reponer fuerzas y volver a luchar codo con codo con ustedes, hasta quedar exhausto, si es preciso.

Y ahora, para compensar los días de sufrimiento que he vivido, yo quiero pedirles que se queden en esta plaza, quince minutos más, para llevar en mi retina el espectáculo grandioso que ofrece el pueblo desde aquí.”

 

El 17 de octubre de 1945 según Norberto Galasso

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(…) A las 6 de la mañana Juan Perón ingresa al Hospital Militar. A las 7, en Brasil y Paseo Colón, la policía dispersa alrededor de mil personas que se dirigían hacia la Casa de Gobierno. A las 8 y 30 es disuelta una manifestación en Independencia y Paseo Colón. A las 9, por Alsina, hacia el oeste, va una columna estimada en 4.000 trabajadores. A las 9 y 30 es dispersada una concentración reunida frente al Puente Pueyrredón de alrededor de 10.000 personas(1). A mitad de mañana, grupos de trabajadores reclaman frente al Hospital Militar exigiendo ver a Perón. Las radios informan que se está generalizando la huelga, no obstante que la CGT declaró el paro para el día 18. Al mediodía, la policía vuelve a dispersar a grupos de manifestantes que se habían concentrado en Plaza de Mayo. FORJA da una declaración donde sostiene que ”en el debate planteado en el seno de la opinión, está perfectamente deslindado el campo entre la oligarquía y el pueblo…, y , en consecuencia, expresa su decidido apoyo a las masas trabajadoras que organizan la defensa de sus conquistas sociales,(2). Por entonces, el coronel Gemetro le sugiere a Avalos: General, si a esa gente no la para la policía, lo podemos hacer nosotros con unos pocos hombres… Quédese tranquilo. No va a pasar nada –contesta Avalos. Todo lo que la gente quiere es ver a Perón, saber que está bien. Después, se irán como vinieron,(3).

Después del mediodía, la policía modifica su actitud frente a los manifestantes. ”La crisis del poder liberó los sentimientos de los agentes de la tropa –afirma Perelman– muchos de ellos provincianos y con bajos sueldos… Los vigilantes se declararon peronistas,(4). Esto es verdad, pero también es cierto que un amigo de Perón, el coronel Filomeno Velazco, controla ya la planta baja del Departamento de Policía y da órdenes a los agentes.

A las 15 y 30, un grupo de sindicalistas mantiene una reunión con Perón en el Hospital Militar. En las primeras horas de la tarde, varias columnas confluyen, en Avellaneda, ante el puente. ”Era una muchedumbre de 50.000 personas –sostiene Cipriano Reyes– (5). Minutos después, las pasarelas del puente comenzaron a bajar y la muchedumbre se lanzó para pasar al otro lado,(5).

“Nosotros no participamos del 17 de octubre –recuerda un dirigente gremial del Partido Comunista–. Los metalúrgicos que nosotros controlábamos trabajaron el 17 de octubre. No lo entendimos, no seguimos a la masa y nos costó muy caro,(6). Un periodista afirma que a las 13 ”el ministerio de marina rechaza un ofrecimiento de dirigentes comunistas para que obreros armados, de esa tendencia, enfrenten a los trabajadores peronistas,(7), ”Yo estaba avergonzado e indignado. Eso es, indignado y avergonzado”, recuerda Jorge Luis Borges (8).

Han pasado ya las 16 horas cuando, ante el crecimiento de la concentración popular, el presidente Farrell envía a algunas personas de su confianza para conversar con Perón y encontrar una salida a la crisis. Así, el brigadier Bartolomé de la Colina y el Gral. Pistarini conversan con Armando Antille, radical irigoyenista que viene colaborando en las tareas de acercamiento.

En un piso alto del Hospital Militar, el coronel, en pijama, recibe información de lo que ocurre y espera el desarrollo de los acontecimientos. ”Estábamos allí –recuerda Franklin Lucero– sus amigos de las buenas y malas horas…, , (9). ”Las llamadas desde la Casa de Gobierno se sucedían. Farrell quería calmar a la muchedumbre. En determinado momento, Perón me preguntó: ¿Hay mucha gente? Realmente, ¿hay mucha gente, che?… Nunca me había tuteado. Pero su creciente entusiasmo, se comenzaba a apreciar en su cambio físico y espiritual” (10). Mientras, en la plaza de Mayo, el Gral. Avalos intenta infructuosamente dirigirse a los trabajadores. La respuesta de la plaza es contundente: ”Queremos a Perón, (11).

”Se hacía evidente que el gobierno quería parlamentar –testimonia el capitán Russo. Recuerdo que entonces Perón me dijo textualmente: “Ha llegado el momento de aprovechar la debilidad del enemigo” (12). Poco después, se conviene que el Gral. Avalos se traslade al Hospital Militar, para conversar con Perón. ”Avalos me expresó –recuerda Perón– sus deseos de que yo hablara al pueblo para calmarlo e instarlo a que se retirara de la plaza de Mayo” (13). De esta conversación surge la conveniencia de una reunión Farrell–Perón. Mientras tanto, en la Casa Rosada, Vernengo Lima presiona a Farrell para disolver la concentración apelando a la fuerza militar: ”Usted está cometiendo un grave error. Esto hay que disolverlo a balazos y va a ser difícil, hay mucha gente, (14). El presidente se niega a recurrir a la represión: ”El ministro de Marina insiste, explicando que las ametralladores están en el techo: Si tiramos al aire, se van a ir”. Pero el Presidente se mantiene inconmovible: , señor. No se hace ningún disparo. La gente puede morir por el pánico. Yo no autorizo nada (15).

Los diarios de la tarde informan acerca de la situación, desde su perspectiva reaccionaria: ”Numerosos grupos, en abierta rebeldía –según ”La Razón”– paralizaron en la zona sur los transportes y obligaron a cerrar fábricas, uniéndose luego en manifestación” (16). Acompaña la noticia con una declaración del Partido Comunista de la Provincia de Buenos Aires donde se denuncian ”los desmanes de elementos peronistas de Cipriano Reyes y demás aventureros a sueldo de la Secretaría de Trabajo que en bandas armadas han ido provocando a la población y obligando a los obreros a hacer abandono de sus trabajos. Tales hechos han sido denunciados al ministro del Interior Gral. Avalos por este comité” (17). ”Crítica”, por su parte, aparece con grandes titulares: ”Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población… En varias zonas de Buenos Aires, los grupos peronianos cometieron sabotaje y desmanes” (18). Los periódicos informan, además, que el Dr. Juan Alvarez ha visitado la Casa de Gobierno con el listado de los hombres de doble apellido que conformarían el nuevo gabinete.

Desde el Hospital Militar, Perón se aviene a conversar con Farrell, pero pone condiciones: ”Primero, que Vernengo Lima se mande a mudar, segundo, que la Jefatura de Policía la ocupe Velazco, tercero, que lo busquen a Pantín y lo pongan al frente de las fuerzas de mar y que Lucero se haga cargo del Ministerio de Guerra. Además, hay que traer inmediatamente a Urdapilleta, que está en Salta, para que se haga cargo del ministerio del interior. Esas son mis condiciones” (19).

Rato después, Farrell y Perón conversan en la residencia presidencial. ”Me dijo Farrell: –Bueno, Perón, ¿qué pasa? Yo le contesté: Mi General, lo que hay que hacer es llamar a elecciones de una vez. ¿Que están esperando? Convocar a elecciones y que las fuerzas políticas se lancen a la lucha… –Esto está listo, me contestó y no va a haber problemas. –Bueno, le dije:– Entonces, me voy a mi casa. No, déjese de joder, me dijo y me agarró de la mano: Esa gente está exacerbada , ¡nos van a quemar la Casa de Gobierno! (20).

Aproximadamente a las 23 horas, Farrell y Perón ingresan a la Casa Rosada. –“Venga, hable, me dijo Farrell”, recuerda Perón. Minutos después, el coronel ingresa al balcón y se abre ante su mirada un espectáculo majestuoso mientras una ovación atronadora saluda su presencia. En la noche de Buenos Aires, una inmensa muchedumbre, que algunos estiman en trescientos mil, otros en quinientos mil y el diario ”La Epoca” en un millón de personas, vibra coreando su nombre: ¡Perón! ¡Perón! Los diarios encendidos a manera de antorchas resplandecen sobre la negrura nocturna celebrando la victoria popular. Alguien alcanza una bandera hasta el balcón: es una bandera argentina que lleva atada una camisa. El coronel la toma y la hace flamear de un lado a otro, ante la algarabía popular. iAr–gen–ti–na! iAr–gen–ti–na!. Farrell y Perón se abrazan, produciendo un nuevo estallido de júbilo popular. El presidente intenta vanamente dirigirse a los manifestantes, pero el impresionante griterío no se lo permite. Finalmente, pronuncia unas pocas palabras para comunicar que el gobierno no será entregado a la Corte Suprema, que ha renunciado todo el gabinete, que el coronel Mercante será designado Secretario de Trabajo y Previsión y que ”otra vez está junto a ustedes el hombre que por su dedicación y empeño ha sabido ganar el corazón de todos: el Coronel Perón” (21) .

El coronel, profundamente conmovido, se acerca al micrófono. ”¡Imagínese –recordará años después– ni sabía lo que iba a decir… Tuve que pedir que cantaran el Himno para poder armar un poco las ideas” (22). Concluido el Himno Nacional, el coronel se dirige a la multitud: ”Trabajadores. Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: ¡la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino! Una larga ovación interrumpe el discurso. El coronel comunica al pueblo que ha sido firmada su solicitud de retiro y que esa renuncia a su carrera militar la ha dispuesto ”para ponerme al servicio integral del auténtico pueblo argentino. Muchas veces me dijeron que ese pueblo por el que yo sacrificaba mis horas de día y de noche, habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien no lo traiciona. Por eso, quiero, en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclado en esta masa sudorosa, estrechar profundamente a todos contra mi corazón, como lo podría hacer con mi madre…”.

Su discurso resulta interrumpido, varias veces, por la pregunta que inquieta al pueblo: ¿dónde estuvo? Pero él prefiere no contestar y finalmente le pide al pueblo: ”No me pregunten ni me recuerden cuestiones que yo ya he olvidado. No quiero empañar este acto con ningún mal recuerdo. Luego afirma: ”…Ha llegado el momento del consejo. Trabajadores: únanse, sean hoy más hermanos que nunca… Y les pido que realicen el día de paro festejando la gloria de esta reunión de hombres de bien y de trabajo, que son la esperanza más pura y más cara de la patria”. Desde el gentío, surge la ocurrencia: ¡Mañana es San Perón! ¡Mañana es San Perón! Finalmente, el coronel afirma: ”…AI abandonar esta magnífica asamblea, háganlo con mucho cuidado… Tengan presente, que necesito un descanso que me tomaré en Chubut para reponer fuerzas y volver a luchar, codo a codo con ustedes, hasta quedar exhausto, si es preciso… Y ahora, para compensar los días de sufrimiento que he vivido, quiero pedirles que se queden en esta plaza, quince minutos más, para llevar en mi retina el espectáculo grandioso que ofrece el pueblo desde aquí”(23).

Rato después, la imponente concentración se dispersa lentamente. Los trabajadores fabriles han irrumpido tumultuosamente en la historia argentina y han liberado al coronel, quebrando el poder de la oligarquía.

Al mismo tiempo que la presencia popular en la plaza definía la puja por el poder, el ala nacional del Ejército había cumplido un rol importantísimo. El coronel Filomeno Velazco había logrado controlar la Policía Federal, lo que explica la libertad de movimientos otorgada a los agentes. También el coronel Carlos Mujica se apoderó del regimiento 3 de Infantería. Hacia la noche, Pistarini y Lucero tomaron el Ministerio de Guerra, mientas Estrada y Mercante se ubicaban en la Secretaría de Trabajo. En el interior del país, importantes concentraciones de trabajadoresespecialmente en Rosario, Tucumán, Córdoba y Mendoza dispersan en orden con la alegría del triunfo. Así ocurre también en Buenos Aires, pero el odio riega de sangre las primeras horas del día 18: una manifestación peronista es tiroteada desde adentro del diario ”Crítica”, provocando la muerte de Darwin Passaponti y Francisco Ramos.

Un nuevo ciclo histórico se inicia en la Argentina.•

 

Leopoldo Marechal recuerda así ese día:

Me llegó desde el Oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia donde yo vivía; el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y en seguida, su letra:

Yo te daré / te daré, patria hermosa / te daré una cosa / una cosa que empieza con P / Perooooón. Y aquel “Perón” resonaba periódicamente como un cañonazo.

Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo hacia la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé a los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar a sus millones de caras concretas y que no bien la conocieron, les dieron la espalda. Desde aquellas horas, me hice peronista.

 

NOTAS:

  1. “La Epoca” 17/10/45.
  2. “La Epoca” 17/10/45.
  3. Fermín Chávez, ob. cit. , pág. 51
  4. Angel Perelman, ”como hicimosel17 de octubre”, edit. Coyoacán, Bs. As., 1962, pág. 75/76.
  5. Cipriano Reyes ”Yo hice el17 de octubre”, edit. GS, Bs. As., 1973, págs. 228 y 230.
  6. Eduardo Barainca, revista ”Realidad económica”, N 135, oct./nov. 1995, pág 101.
  7. Hugo Gambini, ”Primera Plana”, 19/10/65.
  8. Borges, declaraciones a la revista ”Che”, 18/10/60.
  9. F. Chávez, ob. cit. ,pág. 54.
  10. Raúl Tanco, F. Chavez, ob. cit., pág. 54.
  11. F. Chavez, ob. cit., pág. 55.
  12. F. Chavez, ob. cit., pág. 54.
  13. J. D. Perón, ”Perón, el hombre…”, ob. cit., pág. 297.
  14. ”Perón, el hombre…”, ob. cit. , pág. 297.
  15. ”Perón, el hombre..”, ob. cit., pág. 297.
  16. ”La Razón” 17/10/45.
  17. ”La Razón” 17/10/45.
  18. ”Crítica” 17/10/45.
  19. J. D. Perón, ”Perón, el hombre…”, ob. cit., pág. 299.
  20. F. Luna, ob. cit., pág. 247.
  21. Farell, E. J. En ”Perón, el hombre del destino, ob. cit., tomo ” pág. 300.
  22. F. Luna, ob. cit., pág. 427.
  23. F. Luna, ob. cit., pág. 370.

(“Cuadernos para la Otra Historia”, Norberto Galasso, del Centro Cultural ‘Enrique S. Discépolo’, Buenos Aires, Argentina.)

 

(*) Víctor Santa María (11 de diciembre de 1965, Buenos Aires, Argentina) se desempeña actualmente como Secretario General del sindicato Suterh y preside el Congreso del Partido Justicialista porteño, entre otros cargos. Fue el Convencional Constituyente más joven de la Ciudad de Buenos Aires por Nueva Dirigencia. Se desempeñó como Legislador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cumpliendo funciones como Vicepresidente del bloque. Actualmente editor general de Caras y Caretas, entre otras funciones.

 

(**) Sebastián Borro: 1921 —16 julio 2005. Defendió con sus convicciones a su querido Frigorífico Lisandro de la Torre, luchando contra su entrega a capitales extranjeros. Electo diputado por la Capital Federal en 1962, en elecciones luego anuladas por Arturo Frondizi. Se reunió en La Habana, junto a Jorge Di Pascuale, con el Che Guevara, en misión encargada por el Gral. Perón al poco tiempo de producida la Revolución Cubana. Miembro del Comando Táctico Peronista y ferviente luchador en contra del Vandorismo, integró la CGT de los Argentinos. Concejal entre 1985–1989. Enfrentó públicamente la política entreguista de Carlos Menem.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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