La maquina en manos equivocadas

ActualidadLa columna de Leonardo BusquetNoticia importante

Hay quienes reflexionan que ha llegado el tiempo de rescatar la ética como camino alternativo al disloque. Eric Sadin, en su último libro “El desierto de nosotros mismos”, apela a la imperiosa necesidad de una “movilización colectiva”, ante el impune avance de la Inteligencia Artificial (IA), que puede convertir al mundo en, “un paisaje casi sin humanos”. El trabajo ahonda en el peligroso avance de la insensibilidad, el egoísmo y el individualismo (nocividades de las que ya nos ocupamos en anteriores columnas), donde, “cada uno defiende su propia porción de autoridad”. Preocupado por el avance alocado de la IA, en un reportaje concedido a Página/12, el ensayista y filósofo francés enmarca el creciente problema en el avance indiscriminado de la tecnología, sin medir sus reales consecuencias. Sadin organizó un encuentro internacional que sirvió para debatir las conclusiones de una controvertida cumbre en la que participaron jefes de Estado y empresarios de la industria digital de su país. El autor señaló que la “contracumbre” que impulsó sirvió para, “mostrar el reverso del decorado”. Y agregó: “Estamos frente a un pseudo lenguaje, (…) fecundado en análisis estadísticos, ecuaciones matemáticas y esquemas lógicos, basado en un veneno que es el principio fundamental de la correlación. (…)

El lenguaje -explica Sadin-, depende de nuestro pensamiento y la manera en la que procede no está fundada en la correlación, sino en la asociación. Esa es la libertad humana. Ahí radica nuestra singularidad”. Para el autor, el lenguaje de la IA, “se parece al ser humano, pero afectado de necrosis. (…). La humanidad, ha caído muy bajo en el momento en que se entregó a las máquinas para que escriban en su lugar (…) un lenguaje que huele a muerte”. El avance de la IA, tal cual se da en muchos aspectos, domina el terreno de lo engañoso, crea sujetos de ficción y moldea una realidad a medida de intereses peligrosos e inconfesables de los propietarios mundiales de la tecnología, una de cuyas bases de operaciones es Silicon Valley. Pero, además, todo este entramado está produciendo una suerte de devastación social y cultural que se verifica, como lo advierte Sadey, en despidos que deja fuera del mercado de trabajo a miles de personas condenadas a un futuro incierto, empobrecedor y miserable. ¿Qué mundo están construyendo los propietarios de casi todo? ¿Habrá límites para tamaña destrucción? “Estamos asesinando al hombre creador, inventivo, que se expresa en el trabajo”, agrega Sadey. Ya hay robots humanoides que reemplazan a mujeres y hombres en tareas domésticas e industriales, entonces interroga el ensayista: “¿Cuál va a ser nuestro rol mañana en la tierra? ¿Qué nos va a quedar para hacer?”.

Acaso somos instrumentos de una nueva forma de dependencia que anula, a sabiendas, las potencialidades humanas, entre ellas, el discernimiento crítico y la capacidad creadora. Hoy, los hijos de Internet no hacen otra cosa que buscar, afanosamente, soluciones rápidas, urgentes, en las mal llamadas “redes sociales”, y obtienen un resultado imperativo que ni siquiera chequean. Esa vorágine es parte de la denunciada deshumanización en marcha. “La gente despierta demasiado tarde”, concluye el hombre que resiste y se niega a dejar de pensar, a dejar de crear y elegir. ¿Qué intereses se enredan detrás del dominio de las nuevas tecnologías, a la hora de desposeernos de la capacidad de decidir, discernir y juzgar lo que nos conviene? Las nuevas tecnologías han penetrado nuestras vidas cotidianas para resolver desde compras comunes hasta decisiones trascendentes como el voto en una elección presidencial. La manipulación de estas herramientas pone al desnudo el engaño como aliado estratégico. Las tecnologías en manos equivocadas dominan la escena, nos acorralan y crean una dependencia de la cual parece difícil salir. En cuanto a quienes son los verdaderos titiriteros que manejan los hilos de tantas marionetas, cabe un ejemplo. El multimillonario empresario Peter Thiel llegó a la Argentina para afinar el control en nuestro país a través de Palantir Technologies, una de sus empresas al servicio del espionaje y las guerras con base en la CIA, el Pentágono y Silicon Valley. Un siniestro personaje que diseñó los drones que atacan y devastan, por ejemplo, la zona de Gaza. Thiel es enemigo manifiesto de la democracia y del pluralismo de ideas, y sostiene que son incompatibles con la libertad que el tecno-fascismo extremista pretende imponer. Factótum de Silicon Valley, Palantir ha diseñado un software para la defensa y la inteligencia militar de EEUU. También es un exponente de las nuevas formas de especulación financiera a través de las billeteras virtuales, y principal accionista de Facebook. En definitiva, este exponente del neocapitalismo “libertario” de ultraderecha pregona una sociedad tecnocrática sin Estado, sin controles y sin políticas que molesten la necesaria impunidad de sus oscuros negocios: una nueva forma de dictadura, una nueva esclavitud. El interés de Thiel (y el de los Estados Unidos), pone la mira en nuestros recursos naturales, en particular el de la minería. Se instaló por un tiempo aquí (con un séquito de rudos custodios), para lo cual compró una casona en el aristocrático Barrio Parque y ya se entrevistó con el presidente argentino-norteamericano y funcionarios de la SIDE. Es un nuevo capítulo -desembozado- del intervencionismo de la superpotencia del Norte hacia el “patio trasero”, prohijado por el condescendiente gobierno entreguista de Milei.

La Argentina pierde, a pasos veloces, su soberanía política, territorial y económica, mientras continúa la farsa, el desprecio, la corruptela y el ahorcamiento de la democracia y de la brutalmente agobiada clase trabajadora. Digo, o sea, es decir… de vuelta, digamos.


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