El problema Messi

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Allá por el año 1993, mi hermana, que se había ido a vivir a España hacía poco, me regaló una de mis primeras camisetas de fútbol. Me llegó por encomienda. Los colores se hermanaban con los de San Lorenzo, pero la casaca era del Barcelona. Un Barcelona que por entonces apenas había salido campeón de Europa por primera vez el año anterior. De la mano de Johan Cruyff como entrenador y con jugadores como Ronald Koeman en defensa, Andoni Zubizarreta en el arco, dos delanteros míticos como Hristo Stoichkov y Michael Laudrup y hasta un cinco bastante regular y prolijo que con el tiempo se haría mucho más famoso como técnico que como jugador: Josep Guardiola.

Si bien por aquel entonces seguir a un equipo europeo no era tan fácil como ahora, me hice hincha a la distancia del Barça y disfruté en paralelo de mis dos equipos blaugranas. Aplaudía el orden táctico del Conde Galetto en San Lorenzo mientras festejaba los aciertos de Luis Enrique en el equipo catalán. Me amargué con la traición de Figo pasando del Barça al Real Madrid tanto o más que con la traición del Beto Acosta vistiendo los colores de Boca. Celebré las gambetas de Rivaldo en paralelo a las del Pipo Gorosito. Disfruté el surgimiento de Romagnoli o los goles de Bernardo Romeo en paralelo a los de Ronaldinho o Samuel Etoó. Un corazón. Mismos colores, distintos clubes. Distintos nombres.

Messi celebrando su primer gol, abrazado a Ronaldinho.

Debe ser por eso, por mi amor blaugrana, que recuerdo muy bien la primera vez que oí hablar de un tal Messi: un recorte de una contratapa del diario Olé nombraba por primera vez al enano en el año 2003; en Barcelona estaba surgiendo desde las inferiores un pibito argentino que prometía. Hasta ese momento, al menos en mis años de hincha del Barcelona, no había habido un argentino que realmente triunfara en el club. Ni siquiera el mismísimo Diego. En los años 90 el único argentino que se había puesto la camiseta del Barcelona era Juan Antonio Pizzi. —Sí, el mismo que en el 2013 iba a ser el técnico del Ciclón campeón de la mano de Torrico y compañía—. En los tempranos 2000, Barcelona había tenido a Bonano, Juan Pablo Sorín, Javier Saviola y Juan Román Riquelme. Pero todos con irregulares actuaciones. Nunca terminando de despegar.

Messi por ese entonces fue una avalancha. Desde su debut contra el Porto en un amistoso en el que anotó su primer gol picándosela al arquero tras una habilitación de Ronaldinho, vi con particular interés cada partido de esa pulga atómica, y enseguida, desde sus primeros partidos, se podía notar que tenía algo distinto. Un dominio de pelota en velocidad, una capacidad de anticipación a lo que iba a pasar adentro de la cancha, un instinto rebelñde y gambeteador nunca antes vistos.

Ese partido con el Porto fue en el año 2003. Un 16 de octubre. Desde ese entonces pasaron 23 años. ¡23!. Y a pesar de varios momentos en donde en Argentina se lo insultaba porque no jugaba como en el Barcelona, tuve el privilegio de mirar partido a partido su crecimiento meteórico, su transformación hacia el Olimpo absoluto del fútbol mundial hasta coronarse como campeón del mundo a los 35 años.

También pude ver cómo fuera de la cancha recibió siempre críticas. La mayoría relacionadas a una eterna comparación con el otro dios del Olimpo del fútbol, Diego Armando Maradona: ¡No se enoja como el Diego! ¡No siente la camiseta como el Diego! ¡No declara como el Diego! ¡No vino de una villa como el Diego! ¡No gambetea a seis ingleses en un barrilete cósmico que desafía las leyes de la física como el Diego! Y por sobre todo: “No se enfrenta a los poderosos como el Diego”.

Conociendo el cuento de Messi desde sus comienzos siempre me pregunté lo mismo: ¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Por qué le estamos pidiendo a Lio Messi lo que no le pedimos a un presidente? Porque Messi es probablemente el máximo exponente del deporte en la historia mundial. Nunca un deportista logró durante 23 años consecutivos mantenerse en la cima de un deporte dominándolo en cada una de sus facetas como lo hace Messi hasta el día en que escribo este texto.

En el día de ayer, Lionel Messi, a pocos días de cumplir 39 años, convirtió tres goles —uno mejor que el otro— en el debut de la Selección en la Copa del Mundo de Norteamérica 2026. Un acto que desafía las leyes de la física y el tiempo, con una vigencia inusitada y una muestra de superioridad que rompe con todo lo que se haya visto antes in la historia del deporte.

Aún así, hay embajadores de una moral mezquina y de escaparate que, sin entender lo que significa para este pueblo el fútbol, miran de soslayo sus hazañas porque el universo que gira alrededor de la marca Messi es impuro y está plagado de ruines negocios. Y no voy a pecar de inocente, ya sabemos: el fútbol hace tiempo es, por sobre todas las cosas, un enorme negocio distractor, una maquinaria de circo para las masas. Pero aún a conciencia de eso, aún sabiendo que el coliseo ofrece circo para calmar el hambre, hay que rendirse a la magia de, quizás, el último gran gladiador.

La marca Messi y todo lo que la rodea es una pieza más en este ajedrez distractor tan viejo como la humanidad misma. Messi, no.

De esa maquinaria que transforma atletas en marcas, todos formaron parte. Desde Michael Jordan, pasando por Juan Manuel Fangio, Usain Bolt, Tiger Woods, Guillermo Vilas y también, por supuesto, Diego Maradona y Lionel Messi.

Entendiendo esto, entregarse al nihilismo absolutista de que toda magia está perdida me parece tanto o más peligroso que pecar de inocente y creer que el fútbol no está corrompido por la maquinaria.

O dicho en otras palabras… no permitirse disfrutar del más grande deportista de la historia dando sus últimas pinceladas en una cancha de fútbol porque el mundo es un negocio —vaya novedad— es quizás el más triste de los pecados. Algo así como “¿Para qué voy a disfrutar de la vida… si total ya sé que me voy a morir?”.

Cuando la pelota deje de rodar, Messi será lo que hagamos de Messi. El cuento se contará como quiera ser contado. Probablemente la marca Messi quede encargada de contar el cuento… pero esa es otra historia.

Lo cierto es que cada gol, cada gambeta que le haya sacado una sonrisa a un pueblo que batalla con el hambre en un partido cotidiano, vale por su peso. Vale mucho más que el negocio que los de siempre quieran hacer con eso; y también, por supuesto, vale más que tantos análisis desteñidos, repetidos, cínicos y apátridas.

Cada día post partido en que alguien cagado de hambre haya ido a laburar con una media sonrisa porque el mayor gladiador del deporte le regaló un pequeño paréntesis de felicidad tiene un valor que no se cotiza en el mercado.

Gracias, Leo, por uno más de esos días.


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