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El Mayo de las luchas populares

 

Por Mario Bellocchio
Tres hechos de mayo: uno entrañablemente nuestro, los restantes universales, unidos en las luchas populares en pos de la utopía

En 1886 fue promulgada por el presidente de los Estados Unidos, Andrew Johnson, la llamada Ley Ingersoll, que establecía la jornada diaria de 8 horas de trabajo. Era la respuesta a dos años de lucha de la American Federation of Labor. Ante el incumplimiento de lo dictaminado, las organizaciones laborales y sindicales de Estados Unidos se movilizaron y paralizaron el país productivo. Las refriegas del 1º de mayo de 1886 en la Haymarket Square de Chicago –donde una bomba produjo la muerte de varios policías– provocó la detención, culpabilización nunca probada, juicio sumario y ejecución de cuatro líderes anarquistas, desde entonces, los “Mártires de Chicago”. En julio de 1889, la Segunda Internacional instituyó el “Día Internacional del Trabajador” para perpetuar la memoria de los hechos de mayo de 1886 en Chicago. Esta conmemoración fue gradualmente universalizándose a punto tal que hasta la Iglesia Católica dio su virtual visto bueno en 1954 al declararlo festividad de San José Obrero.

 

 

“Lo difícil es lo que puede hacerse inmediatamente, lo imposible es lo que necesita un poco más de tiempo”; “Profesores: ¡nos estáis haciendo viejos!”; “Prohibido prohibir”; “La imaginación al poder”. Son las proclamas del llamado “Mayo francés”. La huelga general del 13 de mayo despabila a Charles de Gaulle, quien oscila entre hacer concesiones a los reclamos obrero-estudiantiles o complacer a una clase media burguesa asustada por la posibilidad de una “Francia roja”. En una primera instancia, esos temores dan lugar a una escueta victoria oficialista en el referéndum convocado, pero el archivo de las reivindicaciones hace reverdecer la protesta –un año después– para provocar el definitivo alejamiento de De Gaulle. Sin embargo, el resultado de las siguientes elecciones entronizaría al gaullista Pompidou.

 

 

 

 

 

La Revolución Francesa y la Independencia Norteamericana movilizan a los inquietos criollos y mestizos de este suelo. Sólo falta un detonante en el virreinal comando a distancia de la metrópoli española para que la chispa encienda la hoguera.

Y Napoleón se mete en Sevilla y disuelve la Junta Central, de la que dependen los virreyes de las colonias, mientras Fernando VII pasa vacaciones forzadas en Francia. ¿Qué mejor momento que este para abrir la tranquera de la libertad? ¿Pero qué libertad? Gobierno propio por lo pronto.

¿De qué sirve un virrey sin rey? ¿Una junta con Cisneros a la cabeza?

La “estirada” renuncia del virrey no llega. Belgrano y Saavedra se constituyen en diputados ante el Cabildo y transmiten la inquietud popular por la tardanza. Hay firmeza y determinación en sus voces. Así logran que de inmediato se publique el bando de destitución. Informado Cisneros no se hace rogar y entrega el mando con las primeras luces del 25 de mayo. French y Beruti acaudillan la congregación popular frente al Cabildo y reparten las famosas cintas que aún hoy se discute si ya llevaban los colores patrios.

Quizá nunca se sepa de dónde apareció el papel con la “formación del equipo” que finalmente el mañoso Cabildo tuvo que aprobar. Es la Primera Junta de Gobierno, el sol del 25 que viene asomando –en realidad sólo una metáfora tras las cargadas nubes–. Pero ¿quién y cuándo escribió la lista? Muchas miradas recaen sobre los “chisperos” movilizados por French y Beruti. Otras apuntan a la Sociedad de los Siete, selecto grupo de conspirativos criollos que se reúnen en lo de Rodríguez Peña o en la jabonería de Vieytes. Las más, hacia los lúcidos patriotas que participan atisbando un horizonte independiente: Belgrano, Moreno, Castelli… Porque el resto, convengamos, ni sueñan aun con esa posibilidad.

Falta todavía para la Independencia y mucho más para la unión del territorio y la paz interior, pero por primera vez se puede oír claramente “el ruido de rotas cadenas”. Es el primer vagido de una patria naciente que tardaría años en consolidarse. Muchos, muchísimos más que los que se invirtieron en entregarla.

 

Tres hechos de mayo: uno entrañablemente nuestro, los restantes universales, unidos en las luchas populares en pos de la utopía. Batallas icónicas que ostentan la paternidad de logros libertarios esenciales que no pueden ser sometidas al descuido o al olvido. El acecho retardatario aguarda permanentemente emboscado su oportunidad tras un burgués asustado, un explotador desmedido o un entreguista trasculturizado.

La identidad nacional, los derechos laborales e individuales, no son bienes a negociar.

Suenan las campanas de Mayo. Es un dulce tañido. Sepamos rescatarlas de la rendición incondicional del entreguismo.

 

 

 

 

 

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