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Anotación vírica III

Edgardo Lois. Tercera selección de Mientras tanto (anotación vírica):

Existió el día. Tenía intención de continuar con mi anotación vírica cuando supe, en un segundo, que estaba perdido: qué parte del día habitaba en ese preciso momento. Pensé. Me busqué. Existió otro día. No escribía. Aguardaba simplemente que se gastara el tiempo. Me sentía lejos de la escritura, y lejano a la poesía, a cualquier clase de lectura. En esa circunstancia insípida supe que ignoraba en qué día de la semana me hallaba, y descubría la sensación de haber dejado de ser. Pensé. Me busqué. Existió la noche. Volví a ver a mi padre vivo, una secuencia ubicada en sus últimos días. Hablábamos y todo parecía posible en la noche. La muerte no era en esa oscuridad de madrugada. Sentí que ambos estábamos vivos. Pensé. Me busqué. ¿Cómo se hace para dejar de ser? De a poco, los límites de la eternidad se deslizan relativos. El aroma del aislamiento los desboceta.

La escritura es, toma entidad, cuando la pulsión al fin se suelta dentro del ritmo respiratorio. Un oficio respiratorio. Muchas veces es la memoria: se hace aire y tinta que va y viene. Entonces vuelven mundos habitados por fantasmas, buenos y malos. Regresa la escritura de la novela propia, la historia de vida. Como flecos de barrilete en vuelo, los relatos levantan altura. Frente a esta pantalla en blanco, el cursor estelar de mi escritura avanza. De a pocas palabras, así se forman estas líneas en otro día de aislamiento. Existe un estar en frío de mis almas. Hace días que me frena. No digo tanto como siento. Pocas son las presencias que me salvan. Muchas las ausencias que duelen esas memorias a las que vuelvo, y de las que tan poco anoto. Una escritura en abstracción. Miro a través de un vidrio quizá demasiado sucio.

Durante el fin de semana pasado, la lluvia llegó hasta el otoño. Días pintados en gris. Volvía desde el mercadito chino cuando empezaron a caer las primeras gotas. Sábado al mediodía. Sentí los primeros impactos en el pelo. Miré buscando las gotitas sobre la vereda. Mientras buscaba me di cuenta de mi andar lento. Caminaba despacio y pensaba despacio, que es la manera de andar y pensar que nací en el aislamiento. Me di cuenta de que la vereda era una presencia en sí misma. Era una parte del camino, y era el camino. Pisaba de una manera distinta, o mejor, pisaba como nunca antes había pisado en una vereda de calle Muñiz. Iba, existía entre el chino y el refugio. Iba hacia mi todo. Casi nada.

Un susurro entre las almas. Justo cuando sentía que el día había empezado a apagarse. Del más allá de unas cuadras de barrio, el buen fantasma venido del sol me empujó a la calle.

Al despertar en este 9 de mayo tuve el presentimiento de que el día iba a ser especial. Ayer habló el presidente. Continúa el aislamiento. Pero, aun así, no percibía el día como repetición. A media mañana llegó un hola cariñoso en el llamado de mi hija. Algo volvía a respirar en mi paisaje interior. Hice caso al sol y me encaminé hacia el mercadito chino. Soporté el tironeo: A que me apago, jugaba a insistir el día. A que no, y seguí, a pesar de que en un momento caminé incómodo: es tan extraño sentir y ver cómo las personas se alejan en el miedo. El barbijo no ayuda. Escucho, siento, el arrastre del aire que se queda sin aire. Caminé a la sombra. Caminé al sol mientras soñaba el humano andar de su mejor fantasma.

Ayer 12 de mayo volví a salir a la calle tratando de encontrar el rastro del sol. Apenas pasado el mediodía, decidí caminar alrededor de dos manzanas vecinas, ubicadas frente a mi refugio. Oh, aislamiento que me aplastas. En la ciudad se decretaron nuevos permisos: apertura de comercios, más personas autorizadas a salir de sus casas, siempre que se dirijan hasta negocios de cercanía. Ya había hecho la compra en el mercadito chino. Dejé la bolsa en el departamento y salí. El día en el exterior se presentaba como un típico día del ayer, de la vida, criticada por cierto, que teníamos antes. Autos a velocidad en las avenidas, muchas personas caminando con apuro, con objetivos marcados. Las diferencias con ese ayer están en el uso de barbijo, en las colas que se forman afuera de los comercios, en la distancia entre las personas, en cierta repulsión correspondida entre los caminantes. Desde que vi los ojos del sol, que los busco en cada salida. Caminé lento para disfrutar el recreo, de la misma manera como demoro la lectura de una buena novela. Ahora pienso en Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar y en Nudos de hierro de mi amigo Gabriel Montergous. Leer como se demora la mirada enamorada, el beso o la caricia profunda. Llegué a la zona de la parrilla, en la esquina con la avenida, y me detuve frente a esa especie de muelle que las casas de comida extienden sobre la calle, en un tramo coincidente con la fachada. Un corralito metálico para ubicar un puñado de mesas en el exterior. La palabra aparecida fue vestigio. Vestigios de ayer los macetones rectangulares de cemento que fueran decoración compañera en el muelle alumbrado. Vestigios de ayer, los nombro así a partir de la altura de los yuyos salvajes, libres, que tiemblan en el viento. Las últimas banderas en una ciudad, en apariencia, hasta hace pocos días, abandonada.

La información llega a través de la radio. En la ciudad de Buenos Aires, a diario, aumenta el número de infectados en las villas miseria, en los paradores donde pasan la noche las personas que no tienen vivienda. Personas con un alto grado de vulnerabilidad, así se llama a los pobres desde el gobierno neoliberal que maneja hace trece años la ciudad. Vulnerables también los que habitan un geriátrico. Ante la imposibilidad de tapar el número de casos, ahora sí, la dirigencia de amarillo reacciona, afirma que está haciendo. Hacer precisamente aquello que tendría que haber hecho: prever, cuidar. Hoy: 13 de mayo. Al parecer nadie sabía, nadie imaginaba que, en esta ciudad, en esta sociedad, todos los días nacen ciudadanos de segunda y de tercera. La intención de los que gobiernan es la que puede hacer la diferencia con el destino cruel que pinta el capital y sus adoradores. Los primeros en la lista de la muerte siempre son los pobres, los números del mundo en pandemia rubrican esta certeza en la historia universal. Primero los pobres. Lícito es reconocer el tino del Gobierno Nacional en la toma de medidas. Pero a esta altura las decisiones se reparten. Tras casi dos meses de aislamiento, se estudia y procede a hacer movimientos de apertura, y entonces aparecen en la escena decisiva los que gobiernan los distintos lugares del país. La ciudad de Buenos Aires está en manos del sueño neoliberal, por eso las desatenciones varias. Desatención de clase, motivación ideológica, establecimiento de prioridades.

A las dos de la tarde el cielo empezó a parir nubes. También su paleta de grises. Necesitaba salir a caminar unas cuadras. Abrí la puerta cancel. Crucé Garay y subí a Mármol. Caminé, sin darme apenas cuenta, un par de cuadras. Caminé solo, nadie más en el paisaje. El silencio se rompió cuando llegué cerca de la esquina con Las Casas. Dos muchachos hablaban entre ellos mientras lavaban un auto. Para qué, pienso ahora, lavar a metros de una lluvia. Las voces llamaron mi atención, y fue así que vi tantos colores, presencias. Desde el auto de los muchachos y hasta la esquina, en ambas orillas de Mármol, se repartían siete escarabajos de buena colorería y porte. Autos de otro tiempo esperando a los viajeros que elijan escapar al pasado. Siete escarabajos siete. Número mágico. El rojo impecable. Mármol y Las Casas. Una cartografía de la constelación del escarabajo.

Pensé, sin razón alguna, que debía encaminarme por Las Casas y así lo hice. Descubrí en el centro de la encrucijada que forma esta calle y Castro: prolijas, todas sobre uno solo de los cables que rayan ese trozo específico de cielo boedense, una convención de palomas inmóviles, silenciosas. Pasé la susodicha encrucijada con mucho reparo, ni el mismísimo Diablo hubiera tensado tanto. Nunca fueron de mi agrado las ratas con alas. Caminando por Mármol, por Las Casas, esta tarde, antes de la lluvia que al fin se haría esperar hasta la alta tarde, me sentí el primero de los espectadores que entraba a la platea para así espiar esta parte del barrio. Boedo parecía dormido, hacía la siesta, soñaba silencioso, fantástico; siendo misterioso decorado soñaba como fantasma que regresa envuelto entre las hojas quietas, las que bocetan encuentros en las veredas.

Edgardo Lois / Julio 2020 / Buenos Aires

 

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