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Volver a los 90

El 2016 puede encontrarnos nuevamente inmersos en el festín que los representantes locales del capital financiero preparan para restaurar los preceptos neoliberales que el país vivió durante los años noventa. La reinserción en una lógica de política económica que los tiene como únicos beneficiarios en desmedro del grueso de la población que trabaja y produce

A quince años entrados en el siglo XXI queda claro que en el sistema económico mundial imperan en el modo de acumulación del capital dos sistemas que se oponen entre sí.  Por un lado el originario, que crea valor y genera trabajo en base a la producción de bienes y servicios. Por otra parte, una evolución negativa del anterior, en el que esa acumulación se representa a sí misma por medio de títulos y acciones, que a su vez generan su propio mercado con derivados a futuros
El capitalismo productivo obliga a invertir, a investigar, renovar y modernizar las máquinas y equipos, a realizar estudios de tiempo y movimiento, de empleo de los insumos, etc., que tornen más eficientes los factores para que se elaboren más bienes y servicios con menos costos, aumentado la productividad.  Es lo que hicieron en su momento Inglaterra con la llamada primera revolución industrial, y los Estados Unidos con la segunda, y ahora realizan básicamente los países del este asiático en general y los enclaves productivos del mundo, empleando los conocimientos, la energía del carbón utilizada con vapor, luego la del petróleo, la eléctrica, más tarde la nuclear generando una gran producción como nunca antes tuvo la humanidad.
Ese capitalismo no es una joya, se basa en la explotación de la mano de obra y genera círculos de sobreproducción relativa fruto de que los trabajadores tienen una menor participación de lo que producen y no se reducen las horas de las jornadas laborales, esas crisis periódicas implican destrucción de riqueza y recesión, para luego recomenzar el ciclo. John Maynard Keynes y otros pensadores propusieron medidas para paliar las crisis en lo que se denomina la Economía del Bienestar (vacaciones, obra social, jubilaciones, sindicato para defender el salario y los tiempos y la intensidad del trabajo, etc.).
Keynes tenía en claro que se debía consolidar un sistema donde el consumo de la población fuera el centro de la demanda agregada, y que fuera la que “tirara” de la oferta, garantizando mercado para la venta de los productos y para la remuneración de los factores. Que esa remuneración es desigual y que se debe trabajar en mejorarla,  el mismo Keynes lo tenía como el problema principal de la economía, pero a su vez estaba limitado por sus intereses de clases. Keynes era Lord y excesivamente rico y se consideraba miembro de la burguesía ilustrada, por ende no iba hacer nada que fuera en contra de su clase.
Pero esa limitación no le impedía ver que las actividades especulativas extraían cada vez más recursos de la producción para generar un ficción (burbuja financiera) que luego estallaba en el aire beneficiando a unos pocos en desmedro de los muchos que se habían subido a esa cadena artificial de reproducción del capital solamente por su representación (activos financieros) y generando diminuciones sistemáticas en la transformación del ahorro de la sociedad en inversión.
Lo que estamos diciendo es que la especulación no solo disminuye sistemáticamente la inversión, distorsiona los precios (por ejemplo los contratos a futuros de venta de granos, o de petróleo crudo, o de acero, etc.), sino que al generar ganancias financieras realizables en corto plazo (siempre menor que cualquier proceso productivo), esa realización (conversión en dinero) en cualquier mercado del mundo, facilita también la fuga de capitales, razón por la cual es doblemente perjudicial para los países no centrales, dado que convergen en monedas y títulos de los países desarrollados (lo que ellos llaman “fuga a la calidad”).
Esas características hacen que se concentre aún más el capital, de manera tal que lo financiero pasa a ser más importante que lo productivo.  Nuestro país lo ha vivido varias veces, con las dictaduras militares, con el festival de bonos del Plan Austral, y la bicicleta financiera de la convertibilidad.  Y todas esas historias terminan mal, dado que las altas tasas de interés resultado de las actividades rentísticas y especulativas erosionan el capital de los pequeños y medianos emprendimientos, que se ven obligados a vender sus activos a precio de remate a los grandes capitales nacionales y extranjeros, quienes a su vez ante un mercado más chico y con los serios problemas productivos y distributivos que ellos mismos generaron, reinvierten una parte, pero la mayor proporción la fugan al exterior.
Para ese capitalismo se preparan los grandes capitales nacionales y externos que operan en nuestra Argentina, dando por descontado que la nueva administración va a aceptar mansamente las leyes de juego del capitalismo financiero mundial.  Eso explica la “euforia compradora” de títulos y acciones, y que el JP Morgan reduzca la tasa de riesgo país en los último cinco meses. Los llamados “mercados” se anticipan a lo que sus previsiones indican.
El preferido por el capital financiero es Mauricio Macri, quién cuando asumió la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires el 10 de diciembre de 2007, recibió una deuda externa (en dólares) de U$s 196,2 millones y a marzo 2015 asciende a U$s 2.543,1 millones, incrementándola en un 1.196% en ese lapso. Esa deuda no se reflejó en mejoras en la educación, en la salud, en las obras básicas de infraestructura como vivienda, desagües y obras hidráulicas, transporte, etc.,  y se propone como adalid de esa política y de ese capitalismo financiero, es el que no tiene prejuicio en sostener que no podemos apartarnos del mundo y los capitales vendrán presurosos a la Argentina (que fue su fundamento para que pagáramos la deuda con los fondos buitres amparados por el fallo del juez Griesa, sin importarle lo que implicaba dicho pago no solo con la deuda que está en default, sino incluso con la deuda reestructurada, lo que hubiera sido una verdadera catástrofe).
No podemos tener tan poca memoria como para negar la herencia del menemismo, ni ser tan ingenuos como para creer que los capitales van a venir a la Argentina a producir cuando se les da pingües negocios financieros y especulativos.  La audaz e inteligente política de los últimos 12 años permitió desendeudarnos y volver a poner de pie a la Nación con trabajo y producción, pero ese marco favorable es el que pretenden utilizar para volver a endeudar al país. Pretenden repetir el ciclo de endeudarnos para importar bienes y servicios que sustituyen nuestra esforzada producción local, con el pretexto de que no somos productivos y que esa ineficiencia la paga toda la sociedad.  El circuito se cierra con déficit en la cuenta corriente e ingresos por deuda en la cuenta de capital, vuelta a pedir créditos externos y programas de ajuste del consumo popular para pagarlo.
Más allá de sus escasos conocimientos y de su irresponsabilidad manifiesta, que Macri haya sostenido que si gana la presidencia de la República el día 11 de diciembre 2015 levanta el mal llamado “cepo” cambiario, no es para que Doña Rosa (ese terrible personaje creado por el más nefasto Bernardo Neustadt) compre dólares sin impedimentos, sino que lo hacen para que las grandes corporaciones pasen sus ganancias en pesos a divisas y lo fuguen del país.
Se preparan para ese festín, para la lógica de una política económica que los tiene como únicos beneficiarios en desmedro del grueso de la población que trabaja y produce con el sudor de su frente. Allí está la paradoja: el capitalismo financiero es excluyente y exclusivo, empuja a la desocupación y a la indignidad de no tener su propio sustento a amplios sectores, que a su vez sirven para asustar y disciplinar a los que todavía mantienen su trabajo.
La vuelta a los 90
El modelo kirchnerista permitió que la economía Argentina prosperara, generara fuentes de trabajo y se desendeudara, lo hizo en base a una creciente demanda agregada impulsada por el consumo interno al mejor estilo keynesiano.  Pero como la inversión no creció en la forma esperada, la menor oferta de bienes y servicios resultantes ante la mayor demanda derivó en aumentos de precios en donde juega además la fuerte concentración económica y la conformación de mercados oligopólicos). Para evitar que a la inflación interna se le sumara la externa, sistemáticamente también se fue atrasando el tipo de cambio (que creció menos que los precios), con lo que aparece una vez más la restricción por falta de dólares.
Pese al atraso cambiario y gracias a la producción primaria, se continuó obteniendo superávit comercial de mercancías (aunque cada vez menores), que primero con Reservas Internacionales de libre disponibilidad del BCRA, y ahora sumado el acuerdo de swaps de China, permite acumular la masa crítica para pagar los servicios (capital e interés) de la deuda en sus vencimientos. A la obtención de dólares se le agrega la política de desendeudamiento (donde fueron centrales las reestructuraciones de deuda de los canjes de los años 2005 y 2010) y la coordinación de los entes de control en el seguimiento de las operaciones cambiarias (AFIP; BCRA, CNV; UIF; PROCELAC).  Todo en conjunto logró frenar la presión cambiaria.
Se estabiliza y se reduce la brecha entre el valor oficial de $ 8,85 al 20 de marzo de 2015, y el paralelo o “blue” de $ 12,82 a esa fecha.  Y el dólar a futuro de Wall Street como el del Rofex (Mercado de comercialización de granos de Rosario-Pcia. de Santa Fe) a diciembre de 2015 se encuentra en torno a $ 10.-, lo que implica un ajuste promedio del tipo de cambio oficial del 1% mensual.
Pero en la cuestión cambiaría para el año 2016 el tipo de cambio futuro en pesos se acelera bruscamente, descontando que si el nuevo gobierno está encabezado por Macri  u  otro por el estilo, va a tratar de unificar los dos valores cambiarios, concediéndolo en forma mal intencionada identidad al “blue” como si fuera equivalente al precio oficial.
En este contexto, con estas perspectivas e intencionalidades, hoy el gobierno emplea los mecanismos financieros que le permiten asegurar las variables, pero que nada dicen sobre cómo sigue la economía Argentina después del 10 de diciembre de 2015, si se va a apuntalar el valor de nuestra moneda por la llegada de inversiones de capital físico con su doble efecto de ingreso de divisas y de incremento de la productividad promedio, o si se incurrirá una vez más en el trillado camino de otra devaluación del peso y con ellos del trabajo y de la producción nacional.
En efecto, si el gobierno que viene se subordina al capital financiero internacional como ha ocurrido tantas veces, los que compran títulos y valores del país saben que van a cobrar y por eso se convierte en un excelente negocio cuando nuestros bonos pagan tasas del 7 al 9% anual en dólares, y la tasa libor a un mes es del 0,17% anual, y a seis meses del 0,39% anual.
Pero ese beneficio al capital financiero lo pagan el pueblo y la producción argentina,  porque esos intereses surgen del trabajo y de la producción nacional.
Paradójicamente, para preservar los dólares que se tienen, el gobierno pone trabas a las importaciones, pero permite el llamado dólar ahorro y los pagos con tarjeta de crédito en el exterior para contentar a los sectores medios, cuando significan una sangría importante en nuestras cuentas externas, en el año 2014 totalizaron casi U$s 4.000 millones, y se puede inferir que va a ser no menos de U$s 5.000 millones este año si no se revierte la situación y/o se adoptan medidas para frenarlo.
También se le da una ganancia segura a los bancos, que pagan tasas en torno al 20% anual para los depósitos que reciben, y pueden colocar esa plata en LEBAC (Letras de BCRA) a 89 días al 26,10% y a 116 días al 27,01% anual, todo para asegurar que no se pasen de pesos a dólares… ahora.  Esto no implica que en algún momento lo hagan, aunque sea después del 10 de diciembre, como los buitres, el capital financiero  espera pacientemente que la presa se muera.
Es tal la desproporción de las medidas que se adoptan para que las entidades financieras se queden en pesos que, siendo la Base Monetaria (la cantidad de billetes y monedas emitidos y puestos en circulación por el BCRA) de $ 452.219 millones al 13 de marzo 2015, las LEBAC (Letras del Banco Central) ascienden en esa fecha a $ 325.330 millones, el 72% de la Base Monetaria (Esto es el grueso del dinero que se crea se lo apropian las entidades financieras y son títulos de deuda del BCRA). En el sistema financiero argentino en marzo de 2015 los títulos del BCRA (LEBAC) representan el 57% del total de los préstamos que el conjunto de las entidades generan.
Observamos cómo se prioriza el capital financiero sobre el productivo, la política de contención del tipo de cambio por sobre su función de favorecer el intercambio comercial.  El mismo Ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, Carlos Casamiquela, denuncia por ejemplo que los productores de la pampa húmeda conservan unas 10 –diez–  millones de toneladas de soja guardadas en silo bolsas sin vender, especulando con la devaluación de nuestra moneda, pero los trabajadores y productores de bienes de las economías regionales (del NOA y del NEA, de cuyo, de la Patagonia, del alto valle, de la Mesopotamia) tienen costos en pesos cada vez más altos y no se ajustan de igual manera sus precios externos.
En cambio, debe ponderarse la actitud, por fin, de que a partir del 1 de abril de 2015 se trate de separar a los grandes productores y comercializadores de los chacareros, con el fin de favorecer a 46 mil pequeños productores de granos de hasta 700 toneladas a través de la creación de un subsidio de 2.500 millones de pesos, fondo que a su vez surge de las propias retenciones al sector.
Los industriales que necesitan insumos del exterior, en un tejido industrial en el que con el liberalismo desaparecieron eslabones de la cadena productiva, deben solicitar su importación con un programa y en cuenta gotas.
Estamos enredados en un esquema en que se conceden ganancias fáciles a los rentistas y a la vez no se tiene la fuerza para implementar un plan para el presente y el futuro de los que trabajan y producen.
De allí la importancia del acuerdo estratégico con el UNASUR, con la CELAC, con China y con todo país con el que podamos acordar planes de beneficio mutuo. El problema vuelve a ser que no se tiene futuro si las elecciones la ganan quienes propician volver al pasado de la integración con los mercados (eufemismo para subordinarse al capital financiero y su lógica de exclusión y de beneficios para pocos), y a eso inducen los candidatos más pregonados por la gran prensa y el sistema, pero el gobierno tampoco acierta en que política propicia para continuar con lo realizado, no define un plan de gobierno, ni un candidato propio.
El gobierno ha ejercido con el ejemplo, como producir y generar fuentes de trabajo, ha logrado trazar rumbos claros como son los acuerdo internacionales y los planes de desarrollo nuclear, de obra pública, de plan alimentario, y hasta (aunque incumplido) un plan industrial, pero presionado por el capital financiero debe  concederle espacios y renta al capital que ya toma estos meses como de transición y base de despegue para cuando las elecciones le den la administración del país para volver a los noventa, así como retornan las cigüeñas al campanario diría Antonio Machado, y nuestro pueblo y su conducción sin poder evitarlo.
Vaya la paradoja, el peronismo en 1955 fue derrocado, pero su modelo económico continuó hasta el 24 de marzo de 1976, cuando una dictadura asesina y lacaya del gran capital patrocinado por la CIA y las grandes corporaciones, decidió reemplazarlo por la lógica financiera, modelo que implosionó en las aciagas jornadas de diciembre de 2001. Hoy, después de tres gobiernos nacionales y populares, quiere retornar para pesar del pueblo argentino. Como afirmaba Mariano Moreno: “Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía”.

 

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