Metamorfosis
Apuntes y miscelaneas
Las redes sociales propalan, diseminan, pero no informan. Apelan a las emociones elementales y evitan abrevar en el pensamiento crítico. Eluden, groseramente, el diálogo y se remojan en la confrontación de superficie, agresiva y pobre, que ordena y somete a la gran masa de consumidores inermes en el marco del imperio brutal del “discurso único”. Otros piensan y deciden en nombre de la mayoría de los ciber alienados, a la manera de “hermanos mayores” orwellianos que todo los ven, todo lo controlan. Así las cosas, se presenta como una nueva forma de dominación, un giro destructivo del empobrecimiento de los pueblos. “En una época de engaño universal decir la verdad es un acto revolucionario”, advertía ya en el siglo pasado el genio de Orwell. Los aprendices de hechiceros del Silicon Valley crean en el ciber espacio un andamiaje ilusorio, un estado de incertidumbre y una colosal relación de dependencia difícil de revertir. Un reciente estudio del prestigioso MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) advierte que la información falsa que corre por las arterias esclerosas de Internet tiene en promedio, un 70% más de probabilidades de ser compartida, porque es -generalmente- más peculiar que una verdadera. Según la investigación del MIT, en las redes sociales la verdad tarda seis veces más que una noticia falsa en llegar a unas mil quinientas personas, tal como lo cita Giuliano da Empoli en su libro Los Ingenieros del Caos.
El bombardeo sistemático suele nutrirse de insultos, descalificaciones cargadas de discriminación y xenofobia, cuando no de amenazas directas. Los troles y ciertos “influencers” se han convertido en verdaderos parapoliciales del nuevo sistema invasivo. En este marco de artificialidades, virtualidades y simulaciones engañosas aparecen los therian: las bestias humanas o los humanos bestiales, como se prefiera. Curiosa paradoja: nuestra historia está rebasada de personajes diversos con apodos o alias de animales. Roca fue El Zorro, o Toro Bayo; Avellaneda era Chingolo; Rivadavia, El Sapo del Diluvio; Mitre, El Pavo; Juárez Celman, El Burrito Cordobés; Urquiza, El Tigre de Montiel; Quiroga, El Tigre de los Llanos; el general Farrell, El Mono; el almirante Rojas, Hormiga Negra. A Illia se lo apostrofó como una tortuga. Yrigoyen fue El Peludo; el dictador Onganía, La Morsa. En el periodismo se sucedieron perros, gatos, pajaritos y hasta una rata. A un político santafesino se lo apoda El Chivo y a un senador formoseño se lo emparenta con una cabra. En la presidencia hubo pingüinos, gatos y hasta un león devaluado en una Lamprea. Otro dictador, Videla, fue La Pantera Rosa.
Un comisario corrupto de la Bonaerense era La Liebre; un coronel fue el Zorro de Magdalena (émulo de Rommel) en los agitados años sesenta. A la oligarquía conservadora de Mendoza se la identifica con los gansos (no por tontos, sino por estirpe). Y ni hablar de los históricos “gorilas” de nuestra política, que hicieron las delicias de muchos humoristas y tanto daño al país. En el deporte se conocieron monos, toritos, aguiluchos, pájaros, ratones, burritos y una pulga fenomenal. En la ESMA del terrorismo de Estado hubo un marino torturador cuyo alias era El Tigre y su jefe, El Delfín. En el sindicalismo sobresalió un Loro metalúrgico que gravitó por años. Oscar Alende fue El Bisonte, y Rogelio Frigerio, El Tapir. Alvaro Alsogaray tuvo la desdicha de ser motejado como El Chancho. Y más aquí, el bonaerense Larroque responde al alias de El Cuervo. Estos personajes, comprenderán los lectores, nada tienen ni tuvieron que ver con la nueva especie zoológica que se asume como animales y actúa como tales.
Aunque ciertos políticos, hay que admitirlo, logran una metamorfosis acabada. En cuanto a la Lamprea, es un pez primitivo, un parásito que succiona y se alimenta de la sangre de los otros, y es considerado como una especie invasora. En cuanto a los therian, hay especialistas que dicen que son jóvenes que necesitan “hacerse notar”; otros señalan que procuran una evasión de la realidad. Hoy una sociedad embotada, un país a la deriva, se colocó en manos de alguien que comenzó rugiendo como un León hambriento de odio, despecho y disparates, pero se fue transformando en una oscura Lamprea entreguista, al servicio de un nuevo colonialismo. Ubicado en la principal poltrona de Balcarce 50, desparrama impunemente la ira de un desequilibrado mental. En algún momento habrá que abrir los ojos, salir de la abúlica siestita e ir en busca de la sublevación de los ánimos torpemente adormecidos, la urgente rebeldía. “No nos volvimos estúpidos de repente. Esto no es sólo una crisis cultural: es una formación sistemática que premia la idiotez y promueve la ignorancia”, sacude con su acostumbrada frontalidad Humberto Eco. Veremos.
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