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Una memoria para Diego Ruiz

Por Edgardo Lois

Ante la muerte de un buen tipo como Diego Ruiz, ante la muerte de un amigo, de uno de los compañeros de espíritu dentro del gran espíritu llamado Periódico Desde Boedo, decido escribir.

Ante la muerte de un buen tipo como Diego Ruiz, ante la muerte de un amigo, de uno de los compañeros de espíritu dentro del gran espíritu llamado Periódico Desde Boedo –esa presencia que, desde la tormenta del 2001, llegó a nuestro barrio de la mano de su nacedor: Mario Bellocchio–, decido escribir. Ante la muerte de un buen tipo, la máxima distinción a obtener en esta vida, digo que decido seguir el impulso de escribir, o de escribirlo, o de escribirle, o de escribirme porque definitivamente estoy triste; anoto que soy impulso en este momento, y que desde la mañana hago los movimientos necesarios para la vida en este presente de chacra gualeya, pero es como si no estuviera en los lugares en que aparentemente estoy, sino en aquellos lugares otros que surgen de la memoria, aquellos en que alguna vez estuve, y entonces, afirmo, en los que siempre estoy y estaré. Pequeñas películas desde donde sé que Diego mira mientras lo veo.

Quizá la palabra memoria haya sido acuñada para que un día Diego Ruiz la hiciera florecer desde las calles de nuestra Buenos Aires. Era Diego un trabajador apasionado de la memoria, de las pequeñas historias: un convencido de su importancia fundacional en muchas de las otras historias, las grandes, esas que en definitiva se construyen con las mismas palabras que siempre tratan de acomodar los hombres. Porque casi todo ha nacido en la pulsión de los barrios, en la mirada hacedora de los vecinos que dieron forma y sustancia a la aldea chica, el barrio, la patria primera, y a las aldeas que después entran unas dentro de otras: provincia, país, región, mundo.

Diego sabía, hacía uso de esa virtud que tienen algunos habitantes del pensamiento: unía calles, tiempos, tendía puentes entre historias, establecía relaciones, diría que a veces las descubría mientras transitaba la charla en una mesa de café. Claro que su lucidez crecía cuando la mesa era del Margot, el caldero fundacional, el centro orbital desde donde, sin saberlo, hacíamos algo de historia siendo homo boedensis a bordo de la nao Desde Boedo; su poético puente nos deja, luego de más de 15 años, dentro de la vida cultural del barrio, y por extensión, de nuestra Buenos Aires. Y si fue necesaria la palabra y el empuje, el compromiso de Mario Bellocchio y el poeta Rubén Derlis para salir a la ría adoquinada del barrio en papel y letra de molde, fue también, y en gran medida, el trabajo sustancioso y apasionado de Diego Ruiz, este cronista callejero de la historia ciudadana que acaba de mudarse al otro barrio; su toque especial ganó cantidad de lectores. La presencia de su trabajo en cada número del periódico acentuaba la sintonía del compromiso intelectual, elemento esencial para la publicación; su escritura clara no era una más cumpliendo con la parada, era decisiva.

Se me ocurrió, en un día cualquiera, llamarlo: “La memoria que humilla”, sentencia con pretensión de humorada. Le causó alguna gracia, y se corrió del elogio. Diego nada más contaba aquello que sabía, todo era muy simple, natural, pero claro, el que debía procesar al personaje era el espectador; yo lo escuchaba con admiración y asombro: cómo podía conocer tantos temas, tantas historias; Diego era un hombre que estaba más allá, distinto, tan feliz en su sabiduría, porque Diego, desde sus puentes siempre comunicados, titilantes, plenos de lamparitas de colores, tenía a la mano, fechas, nombres completos, títulos de libros, calles, y cuanto detalle pudiera necesitar para cerrar el relato de manera satisfactoria. Imposible ser parecido a Diego, solo me quedaba la contemplación y el respeto. Y otra vez: qué suerte la nuestra que este buen tipo y su mundo memorioso escribiera en Desde Boedo.

Hay imágenes que decididamente ya entraron en la mitología del barrio de Boedo. Y una de ellas es ver en la esquina de Boedo y San Ignacio, en la vereda del Margot, la mesa de publicaciones de Baires Popular. Al comando de esta otra nao, dos vigías, dos amigos. Cada sábado por la mañana y hasta la primera hora de la tarde: Mario Bellocchio y Diego Ruiz abrían su boliche. Mesa con libros, con el periódico para los vecinos, fotos, y ante todo, se abría el boliche para la charla con el otro. Curiosos, habitués, boleados, personajes y locos, cualquiera sabía que encontraba refugio en las almas de estos dos buenos tipos. Esta imagen ya está instalada, y sí, claro que de ahora en más, saldrá al ruedo Mario, con flor de buraco en el cuore, pero es necesario decir que, además de la segura insistencia del Dire y demás ayudantes, los vecinos del barrio, cuando miren detrás de la mesa, siempre los verá a ellos dos. Es que estos hombres han hecho historia desde una esquina de la ciudad. Cuando se me antoja vuelvo en el recuerdo hasta la que también es mi esquina y, se los aseguro, ahí están ellos desentrañando misterios.

La última vez que nos vimos con Diego y Gabriela fue en casa de Mario y Virginia, se sumó al asado el poeta –otro bravo colaborador del periódico– José Muchnik y Ester. Nosotros habíamos dejado Gualeguay por unos días; ahí, en el recuerdo, y en las fotos, están ellos, mis amigos, junto a mi Julia y mi Evangelina. Este escriba recuerda esa noche como perfecta.

 

 

Y voy a detenerme en una imagen de Diego, esta vez una foto que salió al ruedo de las redes sociales. La foto tomada por Gabriela ubica a Diego en un paisaje acorde con la categoría fantástica en la que se movía el cronista callejero. Desde hace un par de meses que no puedo correrme de esta foto. El lugar pertenece a Tandil. Árboles y cielo de fondo. A metros de una calle o una ruta angosta, se levanta un banco de plaza inmenso. De madera, color rojo, como para una plaza donde fuera a jugar Gulliver. Cerca del borde izquierdo del banco está sentado Diego. Mira hacia el frente, un tanto hacia su izquierda. Otea el paisaje y esto lo hace feliz. Mira hacia un dique, con seguridad se entretiene contando algunos de los muchos patos que hacen su vida en el lugar. El tamaño del asiento se corresponde con la estatura humana del cronista callejero, y es por esto mismo que no se agranda, no se la cree, y entonces sigue del tamaño de los hombres que laburan en cada día que les toca. Esta es otra imagen en la eterna travesía de esas pistas que el hombre puede dejar en la huella. Imágenes como miguitas de pan, así la de la mesa en la esquina, así la mirada desde el banco de plaza, es sabido que armar semejante caminito posibilita el regreso desde el otro barrio, y es sabido también que semejante caminito y puente solo se le da a aquellos que fueron buenos tipos sobre esta tierra humana, porque ellos serán los convocados por los recuerdos, por los afectos; son ellos los buenos fantasmas que siempre regresan a casa o a sus lugares queridos.

José Saramago plantea en su novela El año de la muerte de Ricardo Reis, la idea de que así como hacen falta 9 meses para nacer, lleva 9 meses morir, y entonces ese puñado de almas que es el hombre en tránsito, recorre sus lugares amados. Diego en sus lugares, y en las páginas de los Desde Boedo por venir, pero él sin límite o frontera temporal. Diego en mi memoria hasta el último de mis días, cuando recuerde tanta buena gente que tuve oportunidad de conocer.

Atendeme un momentito, me dice Diego, y me cuenta.

Hasta la memoria siempre, amigo.

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