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Un análisis

El escenario – Un triunfo que refuta prejuicios

 

Por Eduardo Fidanza  | Para LA NACION

Desde hace por lo menos 90 días podía estimarse el triunfo del Frente para la Victoria en las elecciones primarias. Muchos, por prejuicio, no lo quisieron ver. Esa previsión no constituía, como sostuvieron algunos malintencionados, una operación política o una manipulación de los resultados que arrojaban los sondeos. Tampoco era, como creyeron otros, el producto de un análisis equivocado que sobreponderaba las chances del Gobierno. Surgía, por el contrario, de una prolija investigación de la conducta electoral que arrojaba, día tras día, nuevas evidencias acerca del predominio del oficialismo sobre sus ocasionales rivales.

 

La primera razón de este triunfo, que muchos no computaron, fue el constante incremento en los últimos 15 meses de los indicadores de optimismo social y evaluación de la gestión del Gobierno. Según datos de Poliarquía, el 40% de los votantes consideraba, pocos días antes de las elecciones, que la situación del país es “buena”; el 52% otorgaba poca o ninguna probabilidad a una crisis económica severa en el corto plazo, y se mostraba poco o nada preocupado por perder el trabajo; el 45% tenía buena imagen de la Presidenta, el 51% aprobaba al Gobierno y el 44% la política económica. Todos estos indicadores, favorables al oficialismo, no habían cesado de aumentar desde marzo de 2014.

El segundo punto por considerar es la magnitud del espíritu conservador con que el electorado concurrió a votar, algo que la oposición se negó a ver hasta el final, cuando ya era tarde para adecuar el discurso sin correr el riesgo de la inverosimilitud, como le ocurrió a Macri. Con la solidez y estabilidad propia de las actitudes, la mayoría sostenía que la nueva administración debía cambiar o mejorar sólo algunas cosas (básicamente la inflación, la inseguridad y el estilo agresivo), manteniendo incólumes otras, que constituían los logros del Gobierno: empleo, planes sociales, consumo, jubilaciones y propiedad estatal de las empresas de energía y servicios públicos.

El tercer factor fue la capacidad dispar de construcción política. El kirchnerismo, a diferencia de la oposición, utilizó un pragmatismo de manual para organizar la campaña, desterrando muchos prejuicios de los observadores. Primero se dijo que Cristina prefería perder las elecciones si no podía permanecer en el poder; luego se especuló que buscaría fueros a través de una candidatura; también se aseguró que jamás elegiría a Scioli como sucesor, apostando todas sus fichas a Randazzo, etc. Nada de eso ocurrió. El FPV se organizó como una maquinaria electoral clásica, con el objetivo de ganar: eligió al precandidato que mejor medía, minimizó la competencia interna, resaltó los logros de gestión, apuró a la oposición con definiciones políticas y programáticas. Ni Macri ni Massa encontraron una respuesta satisfactoria a este desafío. Tampoco pudieron llegar a un acuerdo para unificar una propuesta alternativa.

Las sólidas razones del triunfo de Scioli, y la ventaja de tres millones de votos sobre su principal rival, no despejan sin embargo la carrera presidencial. Al gobernador de Buenos Aires le faltan cuatro o cinco puntos vitales, provenientes del electorado independiente, que acaso se perdieron por las denuncias contra Aníbal Fernández. A Macri le falta mucho más: fidelizar a los radicales y a la Coalición Cívica, y avanzar sobre un electorado que no confía en sus recientes credenciales estatistas. La tarea requiere de cualidades políticas que el líder de Pro no termina de desplegar.

Por último, si se quiere entender lo que pasó, no puede soslayarse la atípica personalidad de Scioli. Para desconcierto de muchos, desplegó una suerte de cristianismo hipertrofiado: ante las agresiones y desplantes -de propios y ajenos- no se limitó a poner la otra mejilla; puso, impertérrito, infinitas mejillas. Acaso los que confundieron esto con la indignidad se estén preguntando ahora si no se tratará de una técnica de supervivencia que lo pone a tiro del premio mayor.

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