De la protohistoria de Boedo
El abogado (UBA) Vicente Osvaldo Cutolo (noviembre de 1922 / 28 de junio de 2005) fue un biógrafo e historiador argentino contemporáneo. En 2000 recibió de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el título de Historiador Porteño 2000. Entre otras de sus importantes publicaciones sobresalen: Historia de las calles y sus nombres, el monumental Nuevo diccionario biográfico argentino (1750-1930) de siete tomos, publicados entre 1968 y 1986). De su publicación “Historia de los barrios de Buenos Aires” (Edit. Elche, Buenos Aires, 1998) extraemos fragmentos de sus escritos relativos a Boedo.
Un educador prestigioso como fue don Valentín Mestroni recordaba que la calle Boedo “columna vertebral del barrio, era un lodazal y las transversales peor aún. Había pocas construcciones: las esquinas con los consabidos almacenes y sobre Boedo algunas casas; lo demás eran quintas, alfalfares y terrenos baldío”. Cerca de allí “se había constituido un centro con toda clase de comercio y gran actividad mercantil. En la esquina de Boedo e Independencia se encontraba un almacén, una fonda de vascos, una ferretería bien surtida pero construida exclusivamente con chapas de zinc; la otra esquina la formaba una laguna de caudal y profundidad, tales que cuando llovía, en ella se ahogó un niño en una ocasión” (1).
Probablemente luego de 1850, cobró mayor predicamento el Camino de Gowland, debido a que Daniel S. Gowland, era el dueño de un vasto sector comprendido en San Cristóbal, en el triángulo formado por Chiclana, Boedo y Garay, donde estaba la Chacarita de los Franciscanos. Del Pino atribuye los terrenos que la atravesaban como propiedad del rematador Tomás Gowland, y de su misma familia, antes o acaso por el año 1875. Lo cierto es que, en las últimas décadas del siglo pasado, era conocido como tal. Por el año 1890, fue el “Boulevard” La Plata, palabra aquella importada de París, pero el lugar sería siendo ocupado por quintas. Constituía un ancho zanjón de desagüe entre ellas. Como carecía de iluminación, el boulevard se caracterizaba por la existencia de una doble fila de árboles en el centro con bancos para 245] el descanso de los vecinos. La referencia la traen tanto Llanes como Del Pino, fuentes autorizadas. En la esquina sudoeste de esta arteria y Rivadavia existió la pulpería de los hermanos Basso, –muy conocida en el vecindario– y a su entrada se veían algunos postes de quebracho unidos por gruesas cadenas de hierro a modo de palenque que usaban los hombres de a caballo, que se apeaban en el lugar. Solían detenerse las carretas cargadas de verduras –escribió Llanes–, para luego continuar por Rivadavia y entrar por la de Victoria (hoy H. Yrigoyen) rumbo a los mercados centrales, lo que debían hacer en horas de la noche que eran las señaladas por las Ordenanzas correspondientes. Luego fue el almacén de Martínez. Si bien no tienen designación oficial, comenzó a figurar como Av. de La Plata en el Plano Topográfico del Municipio, desde 1892. Su designación es en homenaje a la capital de la provincia de Buenos Aires, fundada por el Dr. Dardo Rocha, el 19 de noviembre de 1882.
En su cruce con Chiclana se veían –dice Del Pino– varios ranchos y algunos coposos ombúes cerca de varios hornos de ladrillos. Su recorrido determina el cambio de nombre de las calles que la cortan al igual que Caseros. Ofrece topográficamente irregularidades a la altura de Constitución-Tejedor, probable lugar de alguna laguna por la pronunciada hondonada del terreno, y luego continúa en una loma ascendente (Tarija-Estrada) hasta la Av. Asamblea, ubicada también en un plano alto. Sigue rectamente hasta la Av. Cobo en que describe una curva y otra más adelante hasta llegar a la Av. Sáenz.
Aunque el terreno del barrio había sido muy parcelado, según él “Plano Topográfico de la Ciudad de Buenos Aires…” (1895), agrega Del Pino que: “todavía quedaban muchas calles sin abrir, cortadas por grandes quintas. He aquí algunas de esas chacras y también baldíos, indicándose las superficies en forma aproximada y sus correspondientes propietarios, dato que nos será útil para identificar a los antiguos pobladores. En Av. La Plata y la prolongación de Caseros, que entonces se interrumpía en Chiclana, estaba la quinta de Pedro Alais, con 10 hectáreas. Siempre sobre la prolongación de Caseros, y hacia Loria: tierras de la señora de Oromí y de Zohsich, después de Arias, con seis cuadras; de Feliciana Zapata, María Isabel Lima de Negro, Juana Rodríguez, señor Quintana y don Enrique T. Grigg. Sobre la Avenida La Plata, estaban la quinta de Francisco Onetto, de ocho cuadras (parte de la cual se adquirió años más tarde para formar la cancha del club “San Lorenzo de Almagro”), y a sus fondos, las tierras de Francisco R. Couh, con ocho manzanas y enseguida por Loria, la de Bartolomé Perey, con la misma extensión. A la altura de Pavón y mirando al que fue “Camino de Gowland” (Av. La Plata), y hasta Cochabamba, estaban los lotes de Guedes o Gades con veinticinco hectáreas, pasando ya los límites del Boedo actual. Don Carlos Guedes fue uno de los más importantes terratenientes del actual barrio y sus posesiones llegaban hasta Almagro. Por el año 1916, todavía se observaba la quinta de este vecino extendida desde Quintino Bocayuva a Riglos, y desde Pavón hasta Cochabamba. La casa principal estaba en Pavón entre Quintino Bocayuva y Treinta y Tres, y se llamaba “La Constancia”. Fue demolida en 1932, al realizarse la apertura de varias calles del lugar, desmontándose previamente el terreno “(2).
Agrega Del Pino que:
“… siguiendo por Quintino Bocayuva, se podía llegar a la quinta de Bartolomé Pereyra y por Mármol a la de Onetto. La quinta “Del Inglés” estaba dedicada al cultivo de árboles frutales y la dirigía un agricultor, de tal nacionalidad. Estaba limitada por las calles Boedo, Carlos Calvo, Independencia y Loria, con cerca de diez manzanas de superficie. Al lado se veía la pastería del italiano Endriazzi. La presencia de numerosos comercios destinados a la venta de pasto indicaba que abundaban los caballos de silla y tiro, en la región. La quinta de doña Azucena Butteler estaba en Avenida La Plata y Caseros (Cobo), entre Senillosa y Zelarrayán…” (3).
Los hornos de ladrillo abundaban por los despoblados y daban colorido al barrio con sus humaredas: fue una industria en expansión, dada la necesidad para las construcciones. El negocio era fácil y artesanal, porque se utilizaba tierra negra que era apisonada por yeguas y caballos viejos, fabricándose el horno donde se cocían y luego eran apilados al sol. En el barrio existieron los hornos de Bianchi (Cochabamba y Castro); el de Vignale (en el cruce de Pavón con Castro); el de Domingo Díaz (Treinta y Tres Orientales y Garay); el del vasco Lázaro Camio (Carlos Calvo y Boedo), llamado “La Paloma”(4). Y el de Tugnoni (Independencia y Av. La Plata).
“Aparte de los hornos también predominaron los conocidos tambos” (voz incaica con diversos significados). El principal era, “lugar donde se reparte la leche”. Uno de los más antiguos –refiere Diego Del Pino– estaba en Quintino Bocayuva e Independencia; otro, hallábase en Loria e Inclán, y no lejos, en la misma Independencia, pero por Castro se instaló el tambo del vasco Loitegui, apodado “el petizo”, hombre muy rico… (5). El de Independencia y Catamarca era una casa con entrada de zaguán y al fondo estaban los pesebres, o el de la cortada Cabot –entre Pavón y Garay– del que se decía que el tambo lo hicieron adelante y arriba había un entrepiso para poner el pasto, o el de la esquina de Pichincha e Independencia, con su pesebre (6).
León Tenenbaum (7) que pasó su infancia en el barrio, expresa que creció y se formó “a la vera de la Avenida La Plata y en torno al gigantesco cono que proyectaba la cancha de San Lorenzo de Almagro. La edificación raleaba rápidamente apenas nos alejábamos de la generatriz” y protectora Avenida La Plata. Huecos, quintas y potreros aumentaban su número y tamaño hasta dominar y confundir manzanas enteras entre las que se deslizaban tímidamente –y en las noches no sin pavor–, las recién esbozadas calles de tierra. Un par de esas manzanas que asumían por ahí la forma de una meseta, veían acentuada su curiosa topografía por las calles bajadas en ella para buscar el correcto nivel. Eran las “lomas”, “lugar preferido para nuestras correrías”. Ya más arriba nos hemos referido a la particular condición del terreno que presentaba el barrio, coincidente con lo expuesto por Tenenbaum. Este autor agrega que: “En el verano asumía ese escenario, con bastante tolerancia, las características de un prado. Los pastos, los crecidos yuyos, ciertas plantas espinosas… se salpicaban con cientos de florecillas como margaritas…” (8).
En el Boedo antiguo aparecen las quintas por doquier, hornos de ladrillos, tambos lecheros, por lo que no podían faltar las pulperías, que eran lugares de sociabilidad de los pobladores (9). León Bouché las llamó “mojones civilizadores”. El pulpero es el personaje que centralizaba la atención de los arrieros, reseros y cuanto hombre a caballo anduviera por su comercio, donde se vendía de todo, desde ginebra, bolsa de yerba, azúcar, velas, galletas y hasta rollos de alambre, y cuanta cosa le hiciera falta.
Aparte de la pulpería de Basso, se conocía la llamada “Estrella del Sur”, en Pavón entre Castro Barros y Colombres, la que luego pasó a denominarse “Almacén del Gaucho”, que cerró sus puertas en 1921; el almacén de los hermanos Brenta (México y Boedo), donde se concertaban riñas de gallos, reuniéndose payadores y guitarreros de la zona (10). 248]
Hubo también molinos de harina, como el de los tres hermanos Macchi, que eran dueños de la panadería de Independencia y Boedo. Otro antiguo molino fue el de Blas Palma (Castro Barros 601); como panadería existieron la de Benito (Boedo 534) y la de Moreno (Estados Unidos entre Boedo y Maza).
Tenenbaum dice que en la esquina de Colombres e Independencia existió el clásico buzón, único e inequívoco, pues durante muchos años no hubo otro a la redonda, y a su vera, creció un almacén que pasó a ser “El almacén del buzón”, gozando de gran popularidad (11). Se conoció asimismo el almacén de Mordeglia.
Con respecto al agua, diremos que en muchas quintas existían pozos de los que se extraía por medio de baldes o con ayuda de mulas o caballos mediante ruidosas norias. Luego aparecieron los molinos metálicos, con sus paletas de zinc, que existieron hasta la primera década del presente siglo. Los habitantes de algunas calles hacia 1900 no estaban provistos de este servicio, razón por la cual debían abastecerse del agua que repartía el aguatero. Después en Caridad (hoy Gral. Urquiza) y San Juan hubo un depósito donde por medio de un tanque de tres metros de altura del que pendía una manguera, se proveían los aguateros del vital elemento para repartirla a domicilio.
Comparando el equipamiento existente a principios de siglo en otros barrios, se observa que mientras la electricidad iluminaba el centro comercial, el barrio Norte y Flores, el alumbrado a gas subsistía todavía en grandes sectores de Almagro y Boedo. Se daba la circunstancia de la permanencia del gasómetro de la calle Maza 41 perteneciente a la Compañía Argentina de Almagro que instaló cañerías en la zona. En 1888, se había construido una usina denominada “Argentina”, y por Boedo y San Carlos hubo dos gigantescos depósitos de gas. En 1903, poseían faroles a gas las calles San Juan, Cochabamba y Treinta y Tres.
En sus proximidades, en 1907, en Rivadavia entre Maza y Boedo se hallaba un lavadero público municipal: en el siglo pasado era común ver a las mujeres lavando sus ropas en las lagunas de la zona: la de Independencia y Boulevard La Plata; la de Independencia y Boedo (donde se estableció luego el Banco de la Nación Argentina) y otras en Almagro.
En 1888 en el Plano del territorio cedido a la Nación para el ensanche de la Capital, y en el Croquis que contiene el 2° Censo, se observa claramente la expansión de San Cristóbal hacia Pompeya y Puente Alsina, pasando obviamente por Boedo.
No era un monstruo demográfico, sino que la mitad de su perímetro estaba ocupado por quintas y chacras. Y estas fracciones indivisas, según el plano de 1888, no alcanzaban a tener un centenar de propietarios (12).
En cuanto al precio de la tierra, en 1908, en Boedo se pagaba por metro cuadrado $ 7,50 en cambio en Palermo su valor era el doble, y en San Nicolás alcanzaba las alturas a $ 232 decreciendo en Montserrat a $ 179. Según el Censo había en el lugar 3.736 casas de material, y en 1905 los lotes se vendían a $ 1 la vara cuadrada en Caseros hacia el norte.
- V.: Valentín Mestroni, Los Maestros que yo he tenido, Bs.As. 1965, p.21.
- Del Pino, Ayer y hoy de Boedo, Bs.As. 1986, p. 35. Importante obra destinada a estudiar el barrio con profundidad, y a la que hemos recurrido frecuentemente.
- Del Pino, Ayer y hoy de Boedo, cit., p, 37; agréguese: Cutolo, Buenos Aires. Historia de las calles, cit., t. I, p. 204-205.
- Op. cit., p. 39.
- Op. cit., p. 40.
- V.: Boedo y San Cristóbal. Historias de ayer nomás, en Historia de Buenos Aires, set. 1987, n° 5, p. 5.
- (XX) León Tenenbaum, escritor. Libros: Buenos Aires: un museo al aire libre, Olores de Buenos Aires. Buenos Aires, tiempo de Borges
- León Tenenbaum, en La Prensa, 6 diciembre de 1970.
- Véase el interesante libro de Jorge A_ Bossio, Historia de las Pulperías, Bs.As. 1972.
- Llanes, El barrio de Almagro, cit., p. 41.
- Tenenbaum, Buenos Aires, un museo al aire libre, p. 214.
- Vedoya, Don Torcuato y el Buenos Aires oculto, en Todo es Historia, Bs.As. abril 1972, n° 60, p. 32.
- Mestroni, Los Maestros, cit., p. 21.
14.Una vara cuadrada equivale a aproximadamente a 0,6988 metros cuadrados
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