La masacre de san patricio
Eduardo Kimel
PÁGINA 12
En tenebrosas décadas atrás de Hispanoamérica, se dio una constante en las piedras del martirio de religiosos y cristianos comprometidos con la liberación. Algo que conmovería al papa polaco San Juan Pablo II al conocer ciertos sucesos de sangre ocurridos en nuestro Continente; precisamente a él, sabedor de la historia de San Estanislao, asesinado en la Iglesia de San Miguel del Monte Skalka, en Cracovia, por el rey Boleslao II en el siglo XI. Ciertamente es de identificar la sacralidad del lugar del crimen del Obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, el 24 de marzo de 1980: mientras oficiaba misa en la capilla del Hospital Divina Providencia, con la del Padre Mugica ejecutado por la Triple A, a la salida de la Iglesia San Francisco Solano, en Villa Luro. Y con la de Monseñor Angelelli, quien volvía de celebrar el Santo Oficio en El Chamical cuando se simuló su accidente. O con el sacrilegio acaecido en la Iglesia de la Santa Cruz, en San Cristóbal, donde concurrían las desaparecidas monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet y donde previo se secuestró a las Madres de Plaza de Mayo Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco. También y antes de su reinado pontificio, le debe haber llegado la noticia a su diócesis de Cracovia, que el 4 de julio de 1976 –se cumplió medio siglo en este año 2026– por mano del Estado terrorista argentino fueron acribillados los Padres Palotinos: Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau y los seminaristas: Salvador Barbeito y Emilio Barletti, en lo que se conoce como la Masacre de San Patricio por la parroquia de Belgrano R, ubicada en Estomba y Echeverría; el templo declarado en 2024 por la Legislatura Porteña: Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. En la casa parroquial adyacente se perpetró el hecho y se hallaron los restos de los inmolados.
Transcurrió el tiempo y al presente el libro del periodista y escritor Eduardo Gabriel Kimel (1952-2010): “La Masacre de San Patricio”, publicado en 1989 por Ediciones Dialéctica con prólogo del Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, y reeditado luego por Página 12, constituye sin duda el más completo estudio sobre la tragedia. Empero, resulta imposible escindir la investigación de Kimel, reunida en 120 páginas reveladoras de un minucioso rastreo y una aguda evaluación línea por línea de las fojas del sumario policial y del juicio que siguió a los crímenes, de las consecuencias que para su autor tuvo esa exploración en la selva de la burocracia y la inacción judicial, salvo casos aislados como el del fiscal Néstor Ibarra. Porque “en el país del no me acuerdo”, el periodista fue querellado y condenado por los delitos de calumnias e injurias en acción entablada por el juez actuante originalmente, doctor Guillermo Rivarola “agraviado” por el libro. (Recién en 1984 el Juez Federal Néstor Blondi resolvió la reapertura de la causa, cuyos procedimientos había suspendido Rivarola.) Sin embargo, luego de llegar el caso hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, la Corte Suprema de Justicia de la Nación dejó sin efecto el infame fallo. ¡Honor a Eduardo Gabriel Kimel, que supo jugarse sin medir riesgos por la Memoria, la Verdad y la Justicia! (Carlos María Romero Sosa).
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