Cultura

Troilo: el centenario

San Juan y Boedo “antigua” vibraron en la música del genio tanguero de Pichuco dando marco al poema de Homero. Hace cien años cantaba su primera melodía, un llanto melancólico de fuelle, sólo una prolongación de aquellas “manos como patios” del Bandoneón mayor de Buenos Aires.

Por Horacio Ferrer
Fragmento de “Con las lágrimas altas” publicado en “La Maga colección” en mayo de 1995.

 

–Se murió Pichuco.
…….
Veinticuatro horas antes, me­dianoche del sábado al domingo, el maestro Aníbal Troilo había vuelto a su departamento de la calle Talcahuano al 800, Y mien­tras su señora y algunos amigos tiraban unas generalas, él retoca­ba dos poemas escritos noches atrás: Alegremente triste y Por qué cierro los ojos cuando toco el bandoneón. En el mediodía del domingo era internado en el Hos­pital Italiano.
Al atardecer había llamado a casa Raúl Garello, su orquestador y el más joven de sus bandoneones:
–El Gordo se nos muere… No, No: esta vez va en serio.

Kilómetro y medio separa al Italiano del Hos­pital de Niños donde sesenta años antes, siguiendo a sus herma­nos Marcos y a la Chochita muerta de brazos, hijo de Aní­bal Carmelo Troilo y de Felisa Bagnolo, nace Aníbal Troilo, lla­mado Pichuco.
–Está bien –me decía–, nací en el Hospital de Niños. Pero también llegué al mundo y a Bue­nos Aires como yo me lo imagi­no: Cabrera 2937, entre Ancho­rena y Laprida. La casa es pobre­tona. En una pieza mi madre en espera de mí. En la otra mi viejo, que es carnicero y que tiene ami­gos chorros: el tinto al centro, los gomías alrededor. Alta noche. De repente, se parte el silencio en dos: “¡Varón!” dice la partera. Y el viejo manda un puñetazo sobre la mesa de pino. La botella se desploma, y el vino es quien me bautiza. Nunca se olvide, Ho­racito, que nací así como yo lo digo. Y tampoco se me olvide que cuando muera por único cortejo quiero a Gardel cantando un tango.
Enarcando las cejas para que la tarde entera le pase por los ojos, restregando una mano en la otra para conjurar al amarguito con una pizca de café en ese hueco brujo de sus manos como patios, aflauta la garganta y manda el alegre:
–y ahora, ¿qué le parece si nos tomamos unos matecitos? ¡Po­cholita! ¡Vicky…! Como le venía contando: cuando me largo con el bandoneón, Pedro Maffia es toda mi locura. Con el fueye ¡antes de Maffia, nadie! Pero cuando Sa­las, el dueño de Marabú, me sugie­re la formación de mi orquesta, sólo pienso en Gardel. Porque no era que Gardel cantara con ritmo y con lógica: él era el ritmo y él era la lógica, ¿capta?
Entonces yo estoy dispuesto a que mi orquesta cante y pronuncie el tango a lo Gardel.
Mientras sorbe el mate perita, flota otra definición, muy suya, impresa en el primer reportaje grande que le hace la revista Sin­tonía el 19 de octubre de 1938: “El tango –dice ahí Pichuco– debe ser rítmico, pero por encima de todo, musical. Rico en sonoridad
y en matices, expresivo, sincero. Un poco triste, y a veces con un dejo de arrabal”.
–Sigo sintiendo ahora igual que en aquel principio. Además, fíjese en las tonalidades naturales del bandoneón y compárelas con las del instrumento en mis prime­ros discos: ¡pero si nunca toqué ni quise tocar así de rápido! Mis grabaciones de la época de Goñi están reproducidas medio tono arriba, porque en la Victor, al matrizar, digo yo, me las apura­ban: el tango rápido era lo que se vendía. Animado y con dinámica sí; apurado ¡jamás! Ah, y el ma­tiz… Mire: todo hay que conce­birlo en picos. Si compongo un tango con una primera parte contenida, confidencial, la segun­da la hago encrespada y cabrera. Lo mismo el repertorio: a una milonga vivaz puede seguir un tango canción y después un or­questal bien fuerte, ¿no? Siem­pre, siempre, el matiz. Desde hace algunos años quieren correrme con los ponchazos de esos raci­mos de notas, y yo… ¡yo los mato a silencios!
………
Ya viviendo tenía él un estilo como celeste.
Una ingenuidad en anchos asombros de angelote que propo­nía sueltas de ternura en los len­tos campaneos de sus ojos hondos y raros, ojos abrazadores de cada ser y de cada cosa y de cada acontecimiento, como si cada vez fuera el primer ser y la primera cosa y el primer acontecimiento que veían.
Inauguraba Pichuco su cara para cada beso recibido.
Así comparece en su alma la suma fórmula que acopla lo niño del hombre con lo sabio del hom­bre, dándole esas clarividen­cias con las que él alumbra y aumenta con señorío de clásico el idioma de Buenos Aires: ¡qué músico!
Por eso el laberinto de la ciu­dad queda como allanado en su tango. Todo caos se vuelve clari­dad precipitado por su bando­neón, y también toda angustia cantada por Pichuco se resuel­ve en consuelo, brujo tristón y buenazo que se va creyendo en firme que ha sido sólo un tan­guista.
–Fuera del tango, Pichuco, ¿qué le gusta?
–¿A mí? –me habla como si momentáneamente se hubiera borrado del planeta y de la ga­laxia, en una de esas ausencias suyas a bordo del mate y camino a quién sabe dónde–: Cuando adolescente me agradaban al­gunas cosas de jazz melódico. Pero lo que siempre, siempre, me apasionó es el flamenco. La Niña de los Peines ¡una bar­baridad!: ahí tengo, todavía, to­dos sus discos. También me gus­tan los músicos clásicos, pero he sido y soy, por sobre todo, hombre de tango.
–¿Qué orquestas?
–Di Sarli, a muerte: por la clase zapadora y el olorcito a que­rosén. Gobbi, con gran pomada milonguera y que es de mi mismo palo en la sensibilidad, como Pugliese. Y Salgán, que es el mejor “bandoneonista” de la Ar­gentina, ¿me entiende, sí?
–Que toca el piano con fraseos de fueyero…
–Tal cual. ¿Quiénes más? Pia­zzolla que toca el bandoneón ex­traordinariamente bien y es un musicazo, Vardaro, Grela, Goñi, Laurenz, los dos Díaz –Kicho y David–, qué sé yo… Y en mis tiempos fui mucho, pero mucho, al teatro: Vaccarezza me encan­taba. También fui a verlo a Piran­dello cuando Arata le hizo El gorro de cascabeles. He visto Shakespeare, cómo no. El teatro ha sido uno de los delirios de mi vida. ¿Sabe una cosa?
–Diga.
–Quisiera morirme en un es­cenario.
………
Sólo de Dios pudo ser la ben­dita ocurrencia de haberlo puesto a Troilo en Buenos Aires. Y sola­mente Dios hubiera podido ima­ginar una Buenos Aires sin él, y no lo quiso.
Para que esta ciudad predis­puesta a todos los misterios; para que esta ciudad navegara su pam­pa soterrada con el velamen de chimeneas y delirios y de caos empujado por un viento poeta y superior, dispuso Dios que su elegido varón emparejara en su ser la melancolía meditati­va de lo criollo, la fidelidad entremezclada de picardía y de partidas y de regresos que es la escarapela del muchacho de barrio, y lo enigmático y ano­checido del hombre del centro, en un pleno tipo de porteño.
–¡Levántate y ama!, ¡levánta­te y canta! le habrá murmurado Él en el oído a ese niño, al que una noche su padre alzó en brazos por la ventana abierta de par en par al verano de 1920 para vocear en extraña voz de alucinado: “¡Mirá lo que te ofrez­co, Buenos Aires!”.
Era el estremecimiento de la predestinación. Y Aníbal Troilo fue.

Por su pinta poeta de gorrión con gomina, / por su voz que es un gato sobre ocultos platillos, / los enigmas del vino le acarician los ojos / y un dolor le perfuma la solapa y los astros. // Grita el águila taura que se posa en sus dedos / convocando a los hijos en la cresta del sueño: / ¡a llorar como el viento, con las lágrimas altas! / ¡a cantar como el pueblo, por milonga y por llanto! (1)

1 Fragmento de “El gordo triste” de Horacio Ferrer

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