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Roberto Arlt

116 años después, en momentos en que las políticas de desigualdad cobran nueva vigencia y la desocupación avanza protagónicamente, las palabras de Roberto Arlt reafirman la inmanente presencia de las luchas de los sometidos por emerger la cabeza sobre las aguas del sometimiento, aunque sólo sea para recobrar la respiración

Por Mario Bellocchio

 

arlt carpani ricardo
Roberto Arlt por Ricardo Carpani

Ya avanzada la noche el pequeño Roberto no logra dormir. Acaban de echarlo de la escuela con, apenas, tercer grado incompleto1. Sus diabluras, sus desatenciones… “Incorregible”, calificaría su maestra con el aire de quien se saca de encima una pesada carga. Pero no es motivo del insomnio la insoportable escuela; a fin de cuentas él se las ingeniaba para reemplazar la tabla del siete por Salgari. La verdadera causa de la vigilia es que su padre le prometió darle una paliza a la mañana siguiente. Y sabe, por experiencias anteriores, que “el viejo” Karl cumple con rigor la sentencia. Esa relación conflictiva, lacerante, sería una pesada carga a transportar durante toda la vida.

El velatorio de su padre aporta una foto-recuerdo que dibuja al Arlt marcado por sus orígenes, dormido en un sillón frente al féretro, seguramente queriendo recomponer los insomnios infantiles. Alguien lo desvela y, tratando de gestar una recapacitación sobre el descuido, sólo recibe como respuesta el bofetón de una realidad que ni la muerte redime: ¿Y si era un hijo de puta en vida, por qué no va a serlo después de muerto?

Aquel primer caparazón infantil creado a la defensiva fija domicilio en la verba mordaz que, llevada a las letras, entremezcla el lenguaje pulido con el de la calle, el de uso cotidiano. Su amigo Roberto Mariani lo presentaba como alguien que escribe como habla, sin prejuicios ni límites, del castizo al lunfardo sin escalas. De este modo comienza una larga lucha “contra las cuerdas” donde su mejor defensa es el ataque de la irreverencia –dotada con una soberbia de la que descree en la intimidad– que le permite construir arquetipos certeros, con carnadura humana despojada de  hipocresías, a la vez que engendra odios y controversias en el ámbito literario y hasta el oprobioso mote de “escritor maldito”. Lejos de amilanarse replica: Tengo una fe inquebrantable en mi porvenir de escritor. Me he comparado con casi todos los del ambiente y he visto que toda esta buena gente tenía preocupación estética o humana, pero no en sí mismos, sino respecto de los otros. (…) Creo que en esto le llevo ventajas a todos. Soy un perfecto egoísta. La felicidad del hombre y la humanidad no me interesan un pepino. Pero en cambio el problema de mi felicidad me interesa tan enormemente, que siempre que lance una novela, los otros, aunque no quieran, tendrán que interesarse en la forma como resuelven sus problemas mis personajes, que son pedazos de mí mismo2. Pedazos de un rompecabezas que Roberto Godofredo Christophersen Arlt trata febrilmente de armar casi, podría decirse, a partir del 2 de abril de 19003 cuando el barrio porteño de Monserrat lo oye llegar a este mundo.

De los 15 a los 20 años practiqué todos los oficios. Me echaron por inútil de todas partes. A los 22 años escribí “El juguete rabioso”, novela. Durante cuatro años fue rechazada por todas las editoriales. Luego encontré un editor inexperto.

En 1924 la “Editorial Claridad” de Antonio Zamora comienza a publicar su colección “Los Nuevos”, mentora destacada del Grupo Boedo. A ella se presenta el joven Roberto Arlt con su manuscrito de “El juguete rabioso”, pero no puede conseguir un espacio para su obra. Un par de años más tarde, ya como secretario de Ricardo Güiraldes, logra su publicación y comienza a participar en la revista “Proa” sentando las bases de un naciente prestigio que comienza a consolidarse con el tercer premio municipal de 1929 para “Los siete locos”.

El ascendente camino tiene grietas. No es Roberto Arlt un individuo maleable dispuesto a aceptar disciplinas de conjunto o conductas convenientes. Sus compañías habituales no suelen ser lo que la ortodoxia indica para un escritor. Desde sus 20 años, cuando había escrito un ensayo sobre “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires”, los personajes marginales, logias y sociedades secretas, sobrevuelan permanentemente su vida y obra, incluyendo la periodística. Sin embargo –recuerda su hija Mirta– el “vago, fracasado y loco”, como su entorno había comenzado a considerarlo, se torna un entrañable, activo y famoso cronista con el suceso de sus “Aguafuertes porteñas” para el diario “El Mundo”. No hay oficinista, empleado, obrero, hombre o mujer de la pelea cotidiana que no se vea reflejado en alguna de las agudas crónicas:

El obrero con la “elegancia” de sus ropas de trabajo: Me encantan estas roperías-cavernas que se titulan “El hermano del obrero” y que lucen en el frente un cartelón con un crosta embutido en un “overall” azul. (…) Las chusmas del barrio: Son buenas mujeres, chismosas como ellas solas, de nariz investigadora y ojos tipo Rayos X. (…) O, en tiempos de café inalcanzable, el elogio agridulce del capuchino: Minga de café, abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino. (…) Relatos donde los lectores se sienten en un balcón privilegiado de observación social que frecuentemente los incluye como personajes.

Superficial en la ortodoxia literaria, profundo en la observación de los tipos humanos que fotografía en su obra, accede a la tarea periodística como náufrago que se aferra a la rama que le permite la flotación del sustento.

Ávido coleccionista de odios y amores, cosecha el rechazo purista de sus pares del que reniega con mordacidad: Se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier modo no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia4.

Frecuentemente el suceso de su novelística y más aún el de su trabajo periodístico ocultan al Roberto Arlt dramaturgo. Brillos que preceden a la profundidad de “El desierto entra en la ciudad” y “300 millones”, trabajos que la decantación del tiempo ubican como verdaderas bisagras de la dramaturgia argentina del siglo XX. En los últimos diez años de su trayectoria parece haber encontrado en su producción teatral el curso por donde fluir finalmente. En vano promete una novela posterior a “El amor brujo” de 1932, el camino está marcado. Para el crítico Jorge Dubatti: Unos sostienen que Arlt se habría identificado con la mística del teatro independiente, llevado adelante por actores no profesionales, simpatizantes con la izquierda; otros, que habría descubierto en el lenguaje teatral la capacidad de llegar, en forma directa y amena, a un público masivo e, incluso, iletrado y analfabeto. Quizás ese haya sido el disparador que el 3 de marzo de 1932 lo involucra con el Teatro del Pueblo de Leónidas Barletta para presentar la adaptación de un capítulo de “Los siete locos” titulada “El humillado”. El suceso, en la sala de Corrientes al 1400, seguramente lo sedujo. Pero sólo es el inicio. Pronto comienza a explorar las nuevas tendencias de los renovadores europeos. En “300 millones”, por primera vez un personaje central contradictorio, imagen de las luchas del hombre ante la imposibilidad de concretar sus fantasías, abandona el realismo imperante en nuestro medio teatral para incursionar con audacia en planos metafísicos que cobran dimensiones inéditas en su casi desconocida obra “El fabricante de fantasmas”.

 Si una medida cierta de las virtudes la da la vigencia, puede observarse que mientras los libros de sus críticos contemporáneos juntan en los estantes el polvillo de la inmovilidad, la obra de Arlt sigue luciendo la pulcritud que le da su activa consulta.

Y si de perdurabilidad se trata, en momentos en que las políticas de desigualdad cobran nueva vigencia y la desocupación avanza protagónicamente, las palabras de Roberto Arlt reafirman la inmanente presencia de las luchas de los sometidos por emerger la cabeza sobre las aguas del sometimiento, aunque sólo sea para recobrar la respiración: Jamás será superado el feroz servilismo y la inexorable crueldad de los hombres de este siglo. Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos. Idea que transportaría al ficcionario de sus “siete locos”, personajes que intentarían financiar la revolución…, instalando una cadena de burdeles.

¿Quién es Roberto Arlt? ¿El único escritor rioplatense capaz de poseer el calificativo de genio, como afirmaba Onetti? O, al decir de Abelardo Castillo, la definición contundente nos desembaraza del escritor Roberto Arlt, lo saca de la literatura y lo instala en esa especie de cielo o “más allá alegórico” habitado por los poetas locos, los enfermos iluminados, los niños irresponsables del arte. Roberto Arlt deja de ser un novelista, un dramaturgo, un hombre de ideas, para transformarse en un caso clínico o en un enigma literario.

Y agrega Castillo: Onetti, en su ensayo sobre Arlt, no puede dejar de sentir que Arlt lo está mirando con sarcasmo y desdén. Cortázar, en su prólogo a las Obras completas, lo compara con un Goya canyengue o con un Villon de quilombo, y escribe: “Arlt me hubiera partido la cara de haber leído esto”. Es un hecho: ese bárbaro intimida. Pero, bien. ¿Qué hacemos con un genio casi analfabeto que escribía mal pero a quien le salían novelas como Los siete locos; cuentos como El Jorobadito, Luna roja o El traje del fantasma; obras de teatro como El desierto entra en la ciudad, Saverio el cruel, La isla desierta? O admitimos que es algo así como el Mahoma de nuestras letras (ya se sabe que Mahoma nunca aprendió a leer, lo que no le impidió dictar el Corán) o nos decidimos de una vez a examinar más de cerca nociones como “cultura” y “estilo” cuando se habla de Arlt.

¿Quién era Roberto Arlt? ¿El padre entrañable-insufrible que describe su hija Mirta Electra, nombres con los que él la bautizó? ¿El genio que describe Onetti? ¿El octavo loco? ¿Un escritor que compensó ampliamente –con su vuelo– las carencias literarias? ¿El inventor de delirios que le permitieran una existencia con menos precariedades? ¿El frontal y soberbio o el ciclotímico que oscilaba violentamente hacia el desprecio de sí mismo? ¿El desmesurado, que oponía una coraza a la mediocridad o un gladiador solitario que luchaba por la trascendencia?

 Ser olvidado cuando muera, esto sí que es horrible. (…) Sin embargo, algún día me moriré y los trenes seguirán caminando y la gente irá al teatro como siempre y yo estaré muerto, bien muerto, muerto para toda la vida.

                                Mario Bellocchio

 

NOTAS:

(1) El imaginario relato del insomnio del pequeño Roberto, está basado en palabras del propio Arlt: (…) he cursado las escuelas primarias hasta tercer grado. Luego me echaron por inútil. Investigaciones posteriores que siguieron puntillosamente las huellas de Arlt, ubican los últimos pasos del escritor por la primaria, en quinto grado (Angel O. Prignano, Buenos Aires: El barrio de Flores y sus hechos, Junta de Est. Hist. de S. José de Flores, 2002.)

(2) “Literatura Argentina”, entrevista, 1929.

(3) Según el propio Arlt. Para Prignano la fecha precisa es el 26 de abril de 1900, en Piedad (Bartolomé Mitre) 677.

(4) Prólogo de “Los Lanzallamas”, 1931.

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