Nuestras veredas

La ciudadLa columna de Tito Vaccaro

Mirar hacia lo alto. Casi una orden para ser feliz. Arriba está el cielo, pasan las nubes, los ángeles, el más allá venturoso, la eternidad. De día el sol; de noche las estrellas y, especialmente, la luna, la luna suburbana de la que nos habló Manzi.
Pero no todo está en las alturas. En Tinta Roja, además de cantarle al “cielo de raso”, Cátulo invitó a bajar la vista para honrar la “veredas que yo pisé”.
Fue el mismo Cátulo, quien, en su tango Segundo patio, se refirió a la “la vereda y el árbol”. Aludió en esos versos a la vereda como continuación del espacio cálido que marcó Horacio Ferrer en “El gordo triste”: “Pichuco de las manos como patios”.
Para los habitantes de Boedo, las veredas de nuestra avenida son una cortesía de Dios que podemos disfrutar a diario. Son pistas, abiertas inclusive a residentes de otras latitudes, próximas o aún lejanas, compatriotas o extranjeros, parientes o turistas. Por transitarlas, a ellos sólo les exigimos un único peaje: que no desaprovechen la oportunidad de disfrutarlas. ¿Orgullo desmedido? ¿Arrogancia mayúscula?  Puede ser.
No se asuste el transeúnte si le parece escuchar una voz que canta: “Cuando tú pasas caminando por las tardes, repiqueteando tu taquito en la vereda, marcas compases de cadencias melodiosas, de una milonga juguetona y callejera”.
Son numerosos los atractivos que justifican el recorrido. Uno de los más determinantes es el denominado Paseo de la Esculturas. Entre San Juan e Independencia pueden observarse 21 obras de notables artistas, entre ellos Francisco Reyes, impulsor de la propuesta que se hizo realidad a principios de este siglo.
Como si todo esto fuera poco –diría un vendedor de bondi–, para contemplar las figuras artísticas o descansar un momento, uno puede instalarse en alguno de los bancos “tapizados” ubicados estratégicamente. Son de estilo clásico y, si bien son de hormigón, la superficie moldeada presenta el aspecto y la textura de una tela. El diseño, de estilo capitoné clásico, es semejante a una amplia poltrona de interior. La avenida, entonces, es un living a cielo abierto.
Desde las paredes, las placas, cuidadosamente fileteadas, ilustran sobre personalidades artísticas que nos dan identidad. Son cuadros con síntesis biográficas del equipo de talentos del barrio. Allí están los integrantes de un seleccionado incomparable que vaya a saber por qué, Dios desparramó por nuestra comarca.
Tal vez el paseante se cruce con el protagonista de “Las vueltas de la Vida”, de Manuel Romero y Canaro: “Parao en la vereda, bajo la lluvia que me empapaba la vi pasar; el auto limousine, como un estuche de mí la aislaba con su cristal; después, silbando un tango, galgueando de hambre, pa mi cotorro me encaminé…”
No se debe obviar que, especialmente los fines de semana, el panorama está enriquecido con ofertas variadas. Artesanías, libros, pinturas, plantas, gorras y sombreros, alineados con prolijidad. Hay anteojos y bijouterie, hay ropa y regalos al paso. Las mantas sobre el piso son vidrieras planas para la atención en directo, mano a mano con el cliente.
La amplitud de las aceras es también ideal para satisfacer los diálogos y el paladar. Las mesas de los bares, los restaurantes y las pizzerías ubicadas frente a los locales ocupan áreas que no interrumpen la circulación de los peatones. Las propuestas son múltiples. Una de ellas nos resulta más que familiar: los sábados por la mañana, en la esquina de San Ignacio, se instala la mesa de publicaciones de nuestro periódico. Justo ahí, frente al entrañable Margot, a pasos de Don Boedo y el Trianón.
Cante, Rivero, cante esa letra de Mario Iaquinandi: “Vereda sos retazo de quimera que jugó en la medianera con la sombra de los dos…”
Aunque para Celedonio Flores había que tener cuidado: “Cuando estés en la vereda y te fiche un bacanazo, vos hacete la chitrula y no te le deschavés…”
Pero no podemos hacernos los distraídos. Si doblamos por San Juan, desde abajo –vuele bajo, porque abajo está la verdad, cantó Facundo Cabral–  hay voces incansables que siguen reclamando justicia. Sobre firmes pedestales que no permiten el olvido, pequeñas placas gritan los nombres de muertos y desaparecidos del barrio, víctimas de la cruel dictadura.
Y al pasar por la esquina de Homero, es imposible no recordar la vereda mencionada en el himno:  Sur. “La esquina del herrero, barro y pampa, tu casa, tu vereda y el zanjón”.  Y como no agasajar al marco que contiene a la pista de mil juegos y rayuelas. Así lo entendió Chico Navarro en su Cordón: “Sobre el almanaque de tu piel corrió la miel de trompos y monedas, viejo cordón de mi vereda, la luna y el hollín te hicieron gris”.
Y el paseo por letras y poemas podría ser interminable. Tal vez será mejor ahora seguir nuestro camino. Porque no siempre el piso es parejito. No hay que cansar. Mejor retirarse a tiempo. Sin que nadie se fastidie y nos haga reaccionar mal, como en la milonga de Gilardoni; “Igual que baldosa floja salpico si alguien me pone el pie, no sé querer, mi amor se fue, yo iré, bailando mientras las tabas me den con qué…”.


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