Fotos escritas III

Notas de Edgardo Lois

Óleo negro

Puede ser una pintura de mi viejo. En este mundo cruel. Puede ser. Él está de regreso. De pie en el centro de su universo. Frente al caballete. En su taller. La paleta de gamas bajas permanece sobre la mesita alta. La materia dispuesta en ella ha muerto. Sobre la paleta sólo recuerda el óleo negro. Que no es un color. Alabada y temida sea la ausencia de la luz. Y lleva apenas -como simulando un accidente, en un extremo de la paleta- un detalle de neblina. Un rastro. Porque sabe el artista pintor que por algún resquicio en el cielo asomará la Luna. Y sabe el buen fantasma de mi viejo que sobre la superficie que cubre la camiseta de Bochini, en un paquete, dentro de una bolsa, está él mismo hecho cenizas. Los fantasmas siempre conocen los detalles del después. El pincel grande que tiene en su mano izquierda está empastado de óleo negro. De noche espesa. De noche de la pura. Nunca escuchó cantar pidiendo que se pintara todo de negro. Amasa la materia. El pincel es grande. Como corresponde, el pincel es negro. En su momento, con marcador negro, Bochini, firmó la camiseta de Independiente. Es lógico que primero pinte el bote. El soporte de cartón es vertical. El bote queda alto. Flota sobre mucha agua. El bote es negro. El agua es de un río negro. Hay dos hombres en negro. Pequeños. Insignificantes. Simples humanos en un mundo tan vasto y negro. Un hombre de pie. El otro sentado. En el agua que parece querer escaparse del recorte de la superficie que le toca en suerte, flotan cuatro puntos de luz. La constelación que flota sobre el río será la magia que liberará la neblina rodeando al bote. La Luna quebrará el cielo para alumbrar la neblina que marcará los contornos de la composición nacida desde la materia negra. Mi viejo se ha ido. De seguro volverá para hacer algún retoque. Casi todo amanece negro en este mundo cruel.

 

Adoquines

El hombre joven come de una bandejita de plástico. Adivino. Supongo. Algo parecido a un guiso. El hombre sentado sobre el cordón de la vereda angosta. Sobre la callecita en diagonal. Sus piernas estiradas sobre los adoquines. Sopla un viento frío de mediodía de agosto. El hombre come apurado. Con miedo a que lo descubran infligiendo alguna regla ciudadana. O con vergüenza de que en estos tiempos de hambre, él aún tuviera algo para comer. El hombre joven come de una bandejita de plástico transparente, con cuchara de plástico blanca, y con el conjunto disimulado dentro de una bolsita plástica y blanca de mercadito chino. El hombre come dentro de la equis de su destino. Butteler, una calle con forma de equis. La calle no es de plástico. Por ella se puede ir y regresar del misterio. La escena sucede camino a la plazoleta Escondida, a la plazoleta Butteler, a la plazoleta Enrique Santos Discépolo. Otro hombre, el que observa la foto en el cuerpo de la urbanía –yo, el narrador-, detiene su mirada sobre los adoquines. Y recuerda una foto donde se ven unos pocos adoquines y, entre ellos, un riel maltrecho por donde otrora circulara el tranvía. El metal parece hundir su extremo en la tierra. En el secreto. Recuerda ese otro hombre la mañana que estuvo caminando con su padre sobre los adoquines de Oruro, casi tocando Humberto 1º, cuando el trazado de la calle se curva frente a la casa de cuento de terror, y Oruro, sin tener forma de equis, simula ser la cola de una serpiente. Incógnita del destino que se lleva, en el tren de la basura, los escombros de la memoria de esta vida.

 

Mesa

Sucedió en Boedo. En la órbita más profunda de lo humano. Viajeros de la urbanía alrededor de las mesas del café Margot. Desde pibe le escuché decir a mi viejo, y decir para que yo bien lo escuche, que en Boedo se había hecho hombre. En Boedo había sido pibito y muchacho de café. Y los años. Y alguna magia destinal me llevaron a vivir, a hacer mi vida en Boedo. Estaba el impulso de hacer realidad, de trabajar la escritura, y entonces el camino de mi viejo como artista plástico me llevó hasta el poeta Rubén Derlis. Y entonces el poeta me llevó hasta Mario Bellocchio en el momento en que comenzaba con su gran obra, ser el director del periódico Desde Boedo. Hace 25 años que escribo la contratapa de la publicación. Y en estos años hizo historia en el barrio la mesa de publicaciones donde, ante todo, se distribuía, mano a mano, el periódico. En la mesa de los sábados, en la vereda del Margot o en la de la inmobiliaria del Gordo González, tuve la suerte de conocer personajes notables. Dos de ellos están en esta foto. Dos hombres de tinta y pipas tomar. Diego Ruiz, más refugiado en la sombra para mejor contar la historia de la ciudad. Un galgo de ciudad, un fiel perro callejero guardián de la memoria que es parte de la urbanía que nos hace viajeros temporales. El poeta Rubén Derlis curiosamente permite que le dé un poco más el sol. Nacido en Chivilcoy, se hizo parte de los quehaceres mágicos de la poesía, y no se detuvo hasta devenir homo boedensis, y luego, a paso de tinta, papel y palabra, fundarse como homo porteñensis. Hoy, en estos tiempos crueles, se podrá decir que Diego Ruiz hace diez años que se fue a historiar el otro barrio. Se podrá decir que el poeta Derlis aparece de vez en cuando por Boedo. Y ante todo hay que decir que una foto de la mesa, de ayer, de hoy, prueba ese mientras tanto mágico de ciertas almas. Magia que tiene que ver con quienes eligieron contar la ciudad. La urbanía sideral del periódico Desde Boedo y sus hacedores. Sobre la mesa de publicaciones una partida de truco. En cada naipe una historia.

Edgardo Lois / Octubre 2025 / Boedo / Buenos Aires

 

LAS FOTOGRAFÍAS ESCRITAS:

 

  • Anónima. Origen: revista de fotografía años 60’s.
  • “Vail: últimos vestigios” – (Mario Bellocchio 2008 )-Boedo, Buenos Aires
  • “Reunión cumbre” – (Mario Bellocchio). Mesa de publicaciones de Desde Boedo,  ventana del Margot, 2006.

 


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