Fotos escritas

Notas de Edgardo Lois

El gesto

En el aire, en el viento, se escuchó el click. Porque de seguro se vio el gesto. En algún recoveco de la década
del 30, el gesto. ¿Dónde? El lugar de la promesa, una calle de Buenos Aires. Alguien puede preguntarse.
¿Quién en el fuera de campo? Misterio. Importa el gesto sobre una vereda de la ciudad. Una calle de
adoquines. Las casas. Todo se achica mientras entra en la lejanía. Una profunda perspectiva se lleva un par de
autos al fondo de la toma. Pero no importa. Sólo anuncia, avisa el gesto. Hay cierta tensión en las miradas.
Una cierta desconfianza. Las miradas señalan a un costado en el momento del disparo. Entonces se escucha el
silbido de la velocidad de la muerte. Click. Ellos nada saben de Roland Barthes. No saben que ya nunca serán
los que fueran cuando ese disparo, esa velocidad. Y tampoco saben que, sin consciencia de sus movimientos,
guardarán el gesto. Habrán pasado casi noventa años cuando el otrora pibito de zapatos y medias blancas siga
acariciando la fotografía pequeña. La guarda junto al documento de identidad. Un tesoro. Recuerda haber
mirado a su hermana. Ella, la del vestidito claro, zapatos blancos, también las medias. Él lleva puesto un gran
moño sobre el pecho. Pintitas blancas sobre tela oscura. Pantalón en una pieza con la pechera. Parece que
alguien intenta hurtar algo en la escena. Hay cierta fragilidad en la mañana. Los hermanitos son sorprendidos.
Por eso se refugian en el gesto. Es el punctum de la foto. Otra vez Barthes. Es el detalle. Es aquello que punza
el tiempo. El gesto. El secreto que guarda la memoria. Es cuando se toman de la mano. Click. Un gesto para
toda la vida.

Óleo negro

Puede ser una pintura de mi viejo. En este mundo cruel. Puede ser. Él está de regreso. De pie en el centro de
su universo. Frente al caballete. En su taller. La paleta de gamas bajas permanece sobre la mesita alta. La
materia dispuesta en ella ha muerto. Sobre la paleta sólo recuerda el óleo negro. Que no es un color. Alabada
y temida sea la ausencia de la luz. Y lleva apenas -como simulando un accidente, en un extremo de la paleta-
un detalle de neblina. Un rastro. Porque sabe el artista pintor que por algún resquicio en el cielo asomará la
Luna. Y sabe el buen fantasma de mi viejo que sobre la superficie que cubre la camiseta de Bochini, en un
paquete, dentro de una bolsa, está él mismo hecho cenizas. Los fantasmas siempre conocen los detalles del
después. El pincel grande que tiene en su mano izquierda está empastado de óleo negro. De noche espesa. De
noche de la pura. Nunca escuchó cantar pidiendo que se pintara todo de negro. Amasa la materia. El pincel es
grande. Como corresponde, el pincel es negro. En su momento, con marcador negro, Bochini, firmó la
camiseta de Independiente. Es lógico que primero pinte el bote. El soporte de cartón es vertical. El bote queda
alto. Flota sobre mucha agua. El bote es negro. El agua es de un río negro. Hay dos hombres en negro.
Pequeños. Insignificantes. Simples humanos en un mundo tan vasto y negro. Un hombre de pie. El otro
sentado. En el agua que parece querer escaparse del recorte de la superficie que le toca en suerte, flotan cuatro
puntos de luz. La constelación que flota sobre el río será la magia que liberará la neblina rodeando al bote. La
Luna quebrará el cielo para alumbrar la neblina que marcará los contornos de la composición nacida desde la
materia negra. Mi viejo se ha ido. De seguro volverá para hacer algún retoque. Casi todo amanece negro en
este mundo cruel.

La cúpula

Es una mujer empoderada. Está secuestrada. Quiere escapar antes de que decida el enamorado del horror. De
lo inhumano. E inicie el fuego. Está presa en la cúpula. Presa porque muchos la quieren demasiado. Y
también porque está la gente que no. Esa gente que la odia tanto. Hay amores peligrosos. Ella baila en el
balcón. Baila durante el día. De noche simula escapar por las ventanas de otros pisos. Saca sus manos por las
ventanas. Una de sus magias. Sus manos. Otras magias. Sus palabras. Sus miradas. Vio en un sueño que la
cúpula del hotel Chile ardería cuando el piantado, el muñeco resentido, el adelantado de la crueldad, decida al
fin echar fuego a la cárcel. La mujer piensa que la cúpula ha sido sacada de un cuento de terror. Parece tener
un ojo. Bien alto el ojo. Parece ser una cara de animal que no termina de morir. Un animal con poco de
humano. Una criatura atragantada en los misterios de la naturaleza. Una especie de mastín fantasma que hace
juego con el muñeco, el adelantado. Hay días en que ella habla con otras mujeres. Desde el balcón a la calle.
Dice que no la dejan salir. Dice que todos saben que está secuestrada. Dice que le dejan recibir pocas visitas.
Y dice que todo el mundo sabe. Y que así cómo saben, algunos propios y otros tantos extraños, se dejan estar.

Y callan. El muñeco carcelero es de inteligencia pequeña. Queda claro cuando, por ejemplo, se compara su
manera de decir con la capacidad de gola y juego palabrero de la prisionera. Ella sabe de contar las historias.
Es irónica. Pasa factura a cualquiera de sus carceleros. Hombres que esquivan las ideas de la mujer. El
muñeco la ha visto sacar sus dedos por las ventanas del edificio. La ha visto levitar en el balcón de la cúpula.
Crece en intensidad. Es hermosa. Habla. Ella se burla. Describe al detalle el paisaje que la rodea. La
conspiración del poder. Ella sabe medir el miedo. Porque le tienen mucho miedo. Por eso está encerrada. El
edificio es un lujo. Pero al muñeco resentido lo ciega la enfermedad. Su figura no lo ayuda. Un cachorro bajo,
de tranco corto. Su discurso lo sentencia como animal bruto, ordinario. Un simple con intención de entrarle al
fuego. Obediente. Arrastrado. Servicial y comprometido con sus mandaderos. La prisionera supo cuando llegó
el día elegido. Entonces en la mañana, mientras el muñeco daba las órdenes, ella salió al balcón de la cúpula y
bailó. Y una vez más sus palabras describieron la realidad. Fue en ese momento que el pueblo que la había
escuchado durante su prisión se reunió en la esquina. Ella caminó entre las llamas. Como mujer empoderada
de cuento fantástico. Ella reía. Ella se perdió entre la gente.

Colisión

Escribo sobre el cuerpo de mi escritura. Entran y salen palabras y frases. Digo que hace unos meses
palabreaba en una nota: “Colisión”. Sucedió entonces que hubo una primera vez que escuché la palabra. No es
moda. Tiene otra intención. En la estación tal del ferrocarril tal se produjo una colisión. Y otra vez escuché la
palabra. Y otra. No se daba detalle sobre ninguna persona. No había auto, moto, camión ni camioneta
asociada. Había una víctima. La víctima en la misma soledad que hasta la vía del tren la había llevado.
¿Chocó con el tren? No. Se produjo una colisión. No sé desde cuándo se usa colisión para no decir suicidio.
Como si el sonido que produce la palabra limpiara de impurezas la escena. Como si fuera menos dolorosa.
Ferrocarril tal no funciona por colisión. ¿Una colisión no mancha con sangre como sucede con el suicidado?
Una colisión es sin familia, sin casa vacía, sin desesperación. Aquellos que escuchan la radio no piensan que
detrás de la colisión hay un hombre, una mujer, que simplemente no aguantó más. Una vez descubierto que
colisión era una salida elegante para una tragedia, acentué mi atención en los trenes. Es cuando pienso en
estos tiempos violentos donde la libertad que avanza mata, estos tiempos en que el payaso emisario del anarco
capital practica barbaridades que lastiman con solo pronunciarlas. Las desesperaciones se juegan sobre el
paño verde de esta vida. La mayoría del pueblo tiene problemas. No hace falta más que salir a la calle en el
frío. Ver a los que duermen en los cajeros automáticos sobre un pedazo de cartón. Pienso en cuántos
habitantes del pueblo no tienen la posibilidad de la comida y el techo. Dónde hay un mango, viejo Gómez, los
han limpiao con piedra pómez. Escucho la radio y dan el informe de los servicios. Ferrocarril tal mantiene un
diagrama de emergencia por colisión en la estación del destino cruel. El número de los que colisionan, los que
se descuentan, los suicidados en estos tiempos dolorosos va en aumento.


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