Textos recobrados

La columna de Edgardo LoisNoticia importante

 Hubo un tiempo, en este oficio de jugar a las palabras, que trabajé escribiendo fotos. Aparecidas las imágenes, debía elegir una. Algo debía suceder entre la elegida y el escritor. Un detalle. Un misterio. Un imposible poético que alumbrara la palabra. Que alumbrara la memoria. Una flecha atravesando el tiempo. Los paisajes. Las historias. Textos aparecidos en el ayer. Formas de vida libres. Hoy fantasmales. Retornadas ellas. Siempre guarda misterio la acción de volver. Porque cada escritura recobrada llega con sus fantasmas. Los hay buenos. Y los hay tristes. El escritor no deja de sorprenderse ante el hombre que era hace unos diez años. Había historias que contar, y se las contaba con emoción. Diez años puede ser mucho más que diez años. Hoy lo sabe el hombre viejo que se deja llevar en el aire, en el viento que recorre la página.

Arder

Es la fragilidad de la vida la que siempre me empujó a más, la que me llevó a que nunca bajara los brazos por más que desde el norte vinieran degollando ceibos. Porque es la vida, hermano, como el grito de esta vela: palabra de luz y de calor, un punto vivo que siempre está dibujando un nuevo contorno. Es también la palabra de fuego. Hay un desgarrón a cada estocada del viento: no sabe de un día de ausencia. La llama tiembla, duda, se estremece, sueña, parece que se muere, que ya no quiere ni un minuto más sobre la frontera. Cuidado, el abismo que acompaña a la existencia está siempre a la mano, es una sombra atenta a los paisajes. La fragilidad, la finitud acecha. Sin embargo, muchas veces, la cintura de la llama se las arregla y sigue el baile durante tres minutos más, y hace esquina, y vuelve a presentar batalla en el barrio que la vio nacer. La vida es una vela encendida que pasa de una mano a otra: el tiempo de viaje, el tránsito entre las señales de nuestros días y el aroma de nuestras almas. Si mañana no voy a estar, así me dije siempre, debo trabajar la llama de este empeño. Entonces pude arder hasta el grito y la despedida. Y corrí el riesgo de mirar más allá, porque estaba vivo, porque tenía una idea: rendir homenaje a cada centímetro de la cuerda, la que nos acomoda el aliento necesario para levantarnos cada mañana. Lo hice cada vez: desperté y abrí los ojos, como lo hace cualquiera que siente el empuje. Me levanté rápido, lavé mi cara y me encontré en el espejo. Pensé: está bien, estuvo bien. Esta vela se puede apagar cuando nazca el silbo del último viento.

Autopsia

Estos jinetes abandonan la monta. Juran compromiso, cercanías éticas, pero después dejan el caballo o la yegua al costado del cemento. Alunizados y alucinados en su esencia, cuatro jinetes apocalípticos buscan el centro del universo para afirmar su filosofía de pestes y palos. Tan lejos en la memoria, en aquella odisea que soñaba el 2001, el mono exhibe el hueso, su sexo. Los jinetes detectan un invasor. Lo sospechan. No hace falta comprobar si lleva su dedo meñique duro. La sangre completa su músculo y se cierran los cascos. Ninguna gorra es buena, amiga el pensamiento con su ausencia. No hay plato volador a la vista, tampoco nave cigarro, pero sí están los invasores por todos lados. Y está ese invasor con cara de susto y remera a listones horizontales azules y blancos. Viene de otro cielo, adivinan urgentes los jinetes. Entonces lo rodean, como si cada uno de ellos fuera uno de los apoyos de la nave que cuentan en la Biblia vio Ezequiel, porque invasores hubo en todas las épocas. El invasor pareció reconocer el dibujo espacial y bajó la guardia, puso cara de: No, muchachos, si yo también soy de acá. Pero el hueso devenido en falo lustroso con mango invitó certero. Llegaron después los otros al banquete y le dieron al et como en bolsa. Acostaron el alien sobre uno de los escudos protectores. Quedó sobre una mesa de autopsias provisoria. Alguien acarició su cabeza. En esa despedida supo de una poesía de Marcos Silber, que también es de acá e imagina el frío de la injusticia: “Hurga acerito / del altillo al subsuelo; / su filo desciende / penetra en la gladiadora cuerpería”.

Banderas

Distintas maneras de llevar la misma bandera. Distintos los vientos que mueven los pliegues de todas las banderas y todas las patrias: la apariencia es una. El grito mueve el viento, luego el pliegue y la patria. En mi memoria guardo una primera bandera: la de los trabajadores que en marzo del 82 fueron a gritar contra el dictador Galtieri. Llegaron hasta Plaza de Mayo con banderas de la patria. Los recibieron a puro palo, escudos y gases lacrimógenos. Vi desbandarse la bandera por Callao y Corrientes. Días después vi a mucha gente volver a la plaza. Banderas al viento por las calles de Buenos Aires. Los gritos eran vivas para el General que ayer nomás fueron a insultar. Algo había cambiado, el General había metido mano a la bandera y con ella a la patria. La gesta de Malvinas. Gesta de gestación malsana, porque a los pocos meses, la patria parió muertos pibes, muchachos con diez sesiones de polígono fueron a la guerra. Pude ser uno de ellos. La bandera, la patria y el viento que soplaba desde la Rosada ganaba tiempo, vida para sustentar el engendro político/económico de la dictadura. Luego de la derrota frente al imperio, los que gritaban para elevar la bandera y la patria de la gesta, maquillaron la cara de los pibes muertos y les dieron apariencia de héroes. Aquella bandera y su patria, la de los que pateaban la puerta de los ciudadanos, asesinaba jóvenes: los mandaba a la muerte, como en el sur de la gesta. Hubo luego banderas otras de violencias sutiles. Hoy contemplo la bandera y la patria desde la memoria. La adivino otra, la descubro en la esperanza de mi hermano.

Barriletes

Alquiló dos mesas, una silla para descansar y una canasta para bien cuidar los rollos de hilo. Mañana es 1° de noviembre. Ella vende barriletes. En otras tierras los llaman pandorgas o papalotes. Vende muy barato para que todos puedan tener el suyo, para que todos puedan recibir a los muertos que aún viven en el inframundo. En el alba del 1° su dios abre la puerta durante un día para que las almas visiten sus casas. La familia amanece con el sol y esparce flores de muerto en el umbral y ramos en las ventanas. Hay velas, frutas y legumbres frescas, un vaso de agua y una botella de aguardiente. Que ellos sepan: no fueron olvidados. Lo sabían sus antepasados, lo sabe la vendedora. Malos espíritus hubo en todas las épocas. La gente comenzó a colocar cintas de papel, que, en contacto con el viento, producen un sonido molesto para los malignos. Ellos pueden atentar contra las cosechas, causar enfermedades, matar. Esas defensas en papel y viento derivaron en la forma mágica del barrilete: defensa y puente. Se terminan de armar en el camposanto y son izados a las cuatro de la mañana del 1°. Vuelan hasta las cuatro de la tarde. A la madrugada del día siguiente la gente vuelve al cementerio con velas, para que sus muertos encuentren el camino de regreso. Los niños rompen los barriletes que volaron, y se elevan los que quedaron en tierra. Con ellos y la ayuda de los ancianos, los espíritus jóvenes suben al cielo. Luego del vuelo, los barriletes son quemados en el cementerio, para que el humo sea la guía de algún espíritu vagabundo rezagado. Hay un barrilete que no sirve. Ella no lo sabe.

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La práctica de la escritura casi siempre abre la puerta de la memoria. También abre la susodicha puerta la lectura, el regreso a aquello que fue escrito. Escribir estar fotos fue jugar a las palabras. Al intento de escribir cuentos. Se escribe aferrado a una enamorada del muro. Enredándose. Siguiendo los caminos en la pared blanca de la vida. Y se vuelve a escribir lo ya escrito hurgando en los detalles que fueron tenidos en cuenta para, precisamente, escribir aquello que hoy retorna del pasado.

Brisa blanca

Ayer pensaba, con la vista puesta en el jardín del fondo, en la llegada del frío. Mi casa supo estar dentro de una tempestad en una de esas noches en que la luz ciertamente habita en los cielos. Rayos y truenos. En los recortes caprichosos del flasheado, el paisaje en la zona de chacras se desdibuja. Árboles que parecen olas, luces débiles sugieren botes pobres de condenados pescadores del Gualeguay. Anoto el nombre de mi ciudad y pienso en Las Tierras Blancas del maestro Manauta, donde todo se transforma salvo la miseria. Mi casa también estuvo dentro de una niebla fantasma. Era verano, y recién cerca de las ocho de la mañana, los fantasmas que tiraban del mundo etéreo comenzaron a izar el barrilete de las almas. Sucede: a Gualeguay también la habitan sus muertos, los espíritus que se quisieron quedar en ella en lugar de derivar hacia los confines de la naturaleza. Imagino entonces que con la llegada del frío, mi casa, donde se refugia el testigo, quedará rodeada, en poco tiempo, de una brisa blanca, esas brisas que trabajan toda la noche para dejar crocante el pasto y quebradizo el charquito de juguete. A Julia, mi hija, le hago tostadas y le digo que es pan con ruido. Estoy ansioso porque conozca el pasto y el agua con ruido de galletita. Manos chiquitas descubriendo mundos sonoros. Imagino que el jacarandá y el espinillo serán destino de pequeños silbidos de escarcha. Silbidos helados avisando en la estación que los días grises han llegado. La letanía que llega desde el universo de las ranas de la arboleda cercana sabrá entender el silbido. Estoy ansioso por volver a pisar pasto escarchado como cuando caminaba a orillas del ferrocarril Urquiza, en Martín Coronado, rumbo a la escuela. Todavía llevo al pibe riendo: recuerda el frío pegado al caminito de durmientes. Madera fuerte bajo un manto de alquitrán. Cobertura negra y sobre la repostería, la pátina transparente, silenciosa, de la escarcha. Una brisa blanca llega desde lejos, es la de ayer y es la de mañana.

Con su blanca palidez

Una mujer blanca como el azúcar trabaja sobre el océano palabrero. Construye una identidad, la suya. Acaricia el teclado como solo puede hacerlo una mujer. Hay una cuota de erotismo en ello. Las manos delicadas van y vienen montadas sobre el ratón. El pensamiento atento a la palabra dictada en el ciberespacio. Aparecen unas fotos, podría afirmarse que iguales, o casi, a las de ayer o a las de antes de ayer. Ella apenas las mira. De las manos nace un registro que se funde en la identidad de quien escribe, en las almas desde donde la inteligencia funda una manera de ser, de relacionarse con el mundo y sus criaturas. Piensa en el hombre, porque es un hombre el que espera en el otro extremo de esta historia. El movimiento que ella hizo sobre el teclado fue ínfimo. Miró como para asegurarse de que la señal fuera la correcta. Ella se adivina una mujer dulce, y dulce es, se lo decía a una amiga, su hacer a través de la palabra y la imagen. Lleva años repitiendo la ceremonia: no hay cansancio, no hay otro estímulo que la desvíe de su quehacer y compromiso. Es cierto que la felicidad existe, y que se la puede encontrar en distintos lugares, porque no hay un mundo solo: hay otros mundos, pero están en este. No recuerda quién lo escribió. Una vez segura de lo escrito, se dispuso a hacer el envío. Soltó las amarras del mensaje y el ciberespacio engulló su presencia, su esencia, en un instante. Alcanzó a leerlo: Ja. Enseguida picó fuerte al pie de las fotos: me gusta, y se sintió libre. Le contaron, no se acuerda quién, que hubo mujeres esclavas, pero ella también está libre de culpa.

Creer en fantasmas

El cartógrafo garabateó una época insípida. En ella respiro días plenos de simulacros cotidianos y mediocres, momentos amarretes nacidos en la precariedad de los sentimientos y las ideas. Ayer, una casa embrujada era, a no dudar, una casa para el julepe. La casa se teñía de su condición desde los cimientos de la historia, y sus fantasmas adherían por convicción. La vida y la muerte tomándose su tiempo. Hoy todo se cocina rápido: a probar el sabor del “meta palo y a la bolsa”. La cocina madre de esta sociedad es propensa a parir dioses de cinco minutos. Luego, todo se desmorona en igual lapso. Pasa con los creadores de casas embrujadas, pasa con los contadores de historias. La imagen asusta: la imposibilidad de reconocer una tumba, un recuerdo, una memoria. El mundo de la cáscara patina atiborrado de creadores de mentirita: los chirridos de las cadenas que llevan los muertos son una lágrima y acompañan historias amasadas por los escribas que no se animan al riesgo del firulete creativo. Igual pasa en el mar, porque dónde quedaron los fantasmas de los barcos hundidos, de qué manera botar navíos fantasmas, cómo esperar el descubrimiento en el futuro de los restos de misteriosos naufragios. Detesto las copias desabridas con las que se revuelve el caldo de la mayoría de las historias que pruebo. Quién podrá escribir sobre fantasmas de irreprochable parada ética, quién encontrará escritores que miren la cara del viento, quién hallará, en definitiva, capitanes que se vayan a pique defendiendo sus palabras, su campana, esa bonita manera de vivir creyendo en fantasmas. Dicen que los hay, y doy fe.

Cruzado

Me enseñaron que el mundo era rectangular, y era cruzado. Sucedió en los tiempos en que me inauguré como sala de exposición, como siervo del señor. Lo acepté porque el señor es de temer: habla de amor, pero procede con el fuego y la venganza. No le faltes al señor, es decir, a sus empleados. Ellos me enseñaron a acariciar los límites del rectángulo, a colocar mis ojos en cruz. Ay, la cruz, una vez escuché al poeta Polycrates: Llevar una cruz al cuello es como colgarse una picana. Hoy es la electricidad, antes fue la cruz, también el fuego, y el metal de los instrumentos necesarios para ejecutar el tormento que aseguraba que el mundo siguiera siendo tan rectangular, y tan cruzado. El cuadro, el simulacro de libro que cuelga de mi cabeza, o mejor, que es mi cabeza, lleva una cruz al frente, arte y disimulo, alguien dijo en voz baja. La misma cruz del frente, se repite en la contracara. Él murió por nosotros, también me enseñaron ellos. Otra tragedia, me dije, en este mundo que se mantiene en el tiempo. Rectangular, o casi cuadrado, más o menos así era el mundo sobre el que se movieron los primeros navegantes. Animales, bestias, hombres sin alma, sin la más mínima idea sobre cómo era el mundo. Llegaron ellos junto a la cruz que reza en la empuñadura de la espada, junto a los templos, y contaron la historia, y de alguna manera, los que escribieron simulacros como el que llevo en mi cabeza, borraron los límites en los mapas y el mundo progresivamente fue dejando de ser rectangular y cruzado. Ahí el engaño: ellos siguen enseñando un mundo diferente al que aparece en los mapas.

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Volver escribió Le Pera y cantó Gardel. Volver a un nuevo puñado de historias que son parte de mi territorio. Lo era hace diez, quince años. Digo que en mi escritura había cierta pasión. Cierta emoción por la imagen que quería contar. Digo también de la importancia vital de la memoria. De su construcción. Escribo en el aire, en el viento. Escribo cuatro fotos por donde anduvo el sonido de la muerte. Click, anoté.

Cuando el cielo se oscurece

Cuando el cielo se oscurece no puedo dejar de pensar en los cuadros que pinta mi viejo. Cielos de puras sombras son los que abren la tranquera para que entre la noche. Mi viejo juega al alquimista sobre una vieja paleta de madera. En ella amansa la esencia de la luz para ir acomodando su manera de sentir la noche. Una vez lograda la oscuridad primigenia, inicia el pincel su simple laborar. Lleva noche, y recorta para el regreso un momento del día. Lo acerca a la paleta donde enseguida, en la espesura de sus gamas bajas, se silencian los reclamos de la luz. Óleo color tierra, color nubes de tormenta. Recuerdo un cuadro: El cielo bajó a los campos. La tierra y el cielo, nuestros límites, formando una galería, un túnel, un destino. La vida, la mayoría de las veces, transcurre bajo un cielo de tormenta como los que pinta mi viejo. Los veo desde pibe. Me sigue resultando extraño levantar la vista y ver el azul cielo que anida sobre mi casa en la provincia. Los cielos de mi viejo son oscuros porque en ellos se mezcla una pizca de su personalísima poética del desencanto: una sincera enumeración de destinos desafortunados que vieron la luz por propia mano, por manos extrañas, y por las manos que siempre están antes de las nuestras. Todos debemos terminar el cuadro que empezó a pintar otro. Quizá por saber que esas historias ‘vieron la luz’ mala, mi viejo trata de controlar la claridad: tenerla a tiro, con poca soga. Siempre anduvo atento por la vida, sabe que se siente mejor en la noche, bajo los cielos de tormenta. Él mira desde su proa. Como Turner, uno de sus pintores admirados.

El caballo

Me contó el amigo Deolindo Romero que promediando el 1600 Hernandarias cruzó con un contingente de españoles el río Paraná. Esos fueron los primeros hombres blancos que atravesaron la provincia de Entre Ríos. Afirma Romero que hacerlo a caballo facilitó la empresa. El caballo no es oriundo de América. El porte del animal (murmuro: empequeñecía a la bestia que lo montaba, por eso aparecieron cascos y demás metales en la bijoutería asesina) se sumó a perros y armas de fuego. Asustaban al nativo, sembraban el pánico. Sabe Deolindo que quedaron muchos caballos por el departamento de Federal, lugar que en sus principios llevó el nombre de Paso de las Yeguas.

Romero guarda historias donde el caballo dice presente entre los hombres. Su padre fue carrero, llevaba los muebles que construía la carpintería Sperandío de Gualeguay. Deolindo cuenta que nació por segunda vez cuando el caballo tiró y en un salto del carro, el pibe que fue se golpeó la cabeza. Tenía dos años. Afirma que cuando abrió los ojos vio a sus padres, al cielo y a la barriada de otro modo. Recuerda Deolindo que, en su barrio pobre, temprano por la mañana, lo despertaban, además de los golpes de hacha naciendo leña, el estrépito de los caballos que tiraban de los carros lecheros. También sabe que el preso más famoso que tuvo Gualeguay, Giuseppe Garibaldi, huyó con caballos hacia la libertad. Allá en 1837 los caballos cerraron el hocico, pero el baqueano, no: lo delató al comisario Millán, que torturó al futuro padre de Italia colgado de un brazo de la cumbrera de la comisaría/rancho.

Llamo “el memorioso” a Deolindo Romero porque construye su relato diario a partir de la memoria. La barriada, el barrio pobre, fue en sus principios un asentamiento de familias a orillas del río Gualeguay. Deolindo, nacido en 1942, es tercera generación de pueblos originarios. Su barrio pobre existió sobre una tierra que haría famosa otro hijo de Gualeguay: el escritor Juan José Manauta, el Chacho. La novela: “Las tierras blancas”.

El carrito

Era un carro de panadería. Julio Martín se acurrucó para hacer noche en un carrito de reparto de pan. Acomodó esas noches cuando andaba por los doce, catorce años. Fue el anteúltimo hijo de una familia uruguaya, el único que nació en la Argentina. La familia había cruzado el charco a las apuradas: cuestiones políticas, persecuciones en blanco y colorado. En la otra orilla quedó la riqueza, la comodidad. En Buenos Aires los abarajó el aire de un conventillo. Hubo tiempo para que la madre volviera embarazada a una ciudad uruguaya, allí nació Ramón, que quedó a cargo de familiares. Julio Martín que había nacido en 1895 se quedó sin mamá a los tres años y sin papá a los doce; la Parca se hizo cargo, a diferencia de José, el hermano mayor, que entre el juego y las putas se olvidó del más chico. Julio Martín habrá mirado hacia la calle por sobre el borde del carrito, un poco jugando a refugiarse mientras quizá soñaba con poder sacar la cabeza de la inundación. No fue ni un solo día a la escuela, y sin embargo, terminó escribiendo poesías y obras de teatro, pintó cuadros y fue actor. Imagino que durante las noches habrá juntado fuerzas, impulso, instinto, así mientras, sin saberlo, se subía a la calesita de la vida. Piberío indefenso allá en los inicios del siglo pasado. Pienso en Julio Martín, mi abuelo, sigo viendo al poeta de pelo blanco caminar por el patio de mi casa paterna. Pienso en su suerte porque salió del carrito; pienso en el horror de cierta calesita macabra que gira infiernos, sea en Buenos Aires o Pakistán; pienso en la locura histórica y global de abandonar la vida a la timba de un viento que apenas acaricia el cada vez más ralo árbol de las sortijas.

El cielo

Óleo de Rolando Lois, “Bajo la mirada del destino”

El secreto está en el cielo, dijo mi padre. Desde mis días de infancia guardo sus pensamientos referidos al cielo. Aprendí para toda la vida que allá en la altura hay caminos sinuosos; veredas muchas veces oscuras, aunque también existen unas pocas que pueden transitarse a cara limpia para, entonces sí, brindar al hermano y a uno mismo el costado de luz que puede llevarnos hasta la imagen por tanto tiempo buscada. En el cielo flota el barullo nacido de las criaturas aladas (las de la magia), de los elementos dibujados a través de la naturaleza, de las almas de los muertos que se dejan ver desde el continuo murmullo con que intentan guiar a los que aún están vivos.

Yo era un pibito de Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Miraba televisión en mi casa y en casa de amigos. Sucedió que, en una de ellas, un día cerca de las seis de la tarde, vi por primera vez un dibujo animado que me llamó la atención. Un superhéroe: un murciélago que peleaba contra personas malas. Era murciélago, no hombre-murciélago. Mameluco amarillo con una letra B en rojo; botas y guantes en rojo. Cara de murciélago en azul tenue. Alas negras: “Mis alas son como un escudo de acero”. De la altura de un hombre. Su nombre: Batfink. Tenía un fiel ayudante: un gigantón con poco cerebro: Karate.

Batfink era transmitido por Canal 2 de la ciudad de La Plata. Los años ‘60 fueron suerte para unos, y no tanta para otros. Yo estaba entre los que la antena no les leía la señal del 2. No podía ver Batfink. Años después no pude ver la serie Rumbo a lo Desconocido.

Recuerdo el televisor encendido, a mi viejo subido a una escalera apoyada en el tanque de agua. Recuerdo su humanidad estirada para alcanzar la antena, y su esfuerzo para hacerla girar de a un centímetro. ¿Se ve?, me gritaba. Yo estaba parado frente a la ventana del comedor, en el patio: No. Todo era blanco mientras mi viejo movía la antena. Hubo una aparición fugaz, y vuelta a la nada.  Mi viejo tuvo razón: el secreto está en el cielo.

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Cada click, cada foto es una puerta que se abre dentro de la memoria. En su sustancia nacen los puentes tendidos. La escritura es el desafío de tender puentes entre ideas y aparecidos, entre sucedidos. Y entre ficciones que, con sólo descubrir su esencia, tornan al fantasma imaginado en vero personaje para asumir su rol en el cuento. Escribo puentes para festejar la vida. Para contar desde distintos lugares. La memoria atenta. Y atenta la vida.

 

El desalojo

El pibe Rolando fue testigo de la jugarreta desesperada de su padre. Plena década del 40 en el barrio de Boedo. En noche de luna pobre, Julio Martín, el padre, abrió el cajoncito de la mesa y extrajo el tesoro. Todos dormían en la pieza. Abrió el envoltorio de papel de diario. Observó. Dio dos pasos hacia la puerta, pero desde la oscuridad Rolando dijo presente. Intentó que el pibe siguiera en la cama, pero fue imposible. Caminaron los dos por el patio de tierra hasta el galponcito de madera. Sobre ese patio Rolando, un día, enterró un tesoro: una vieja escupidera repleta de bolitas. No hizo mapa y se perdió el dato del lugar en su memoria: pudo volver a las bolitas sólo en sueños. Julio Martín buscó las herramientas necesarias y la escalera. Enfilaron hacia la puerta de calle. Independencia dormía tranquila. El hombre extrajo del bolsillo del pantalón la primera señal: la chapa enlozada con el número 3769, y entonces el local del frente perdió su número original: 3763. Julio Martín miró su obra y procedió a correr la escalera. Del bolsillo salió el número 3771, que al ser izado bajó el 3765. Vuelta a mirar: padre e hijo, en la noche y el silencio, trabajando por la familia. Se movió la escalera y entonces subió el 3773 para ser arriado el 3767, que era el número de la casa del gallego Ortega, el padre de Pichín. Julio Martín sabía desde hacía unos días que se venía el desalojo, una vez más en la vida familiar había que ganar tiempo para la huida. Entonces actuó de manera decidida. Marchó en la noche con destornillador, escalera, y Rolando. El oficial de justicia de pie, eterno, con su mano derecha apoyada sobre la puerta. Pasaron los años de su eternidad y nunca pudo despegarse de esa imagen. En sueños volvía sobre la chapa enlozada donde se leía el número del domicilio: Independencia 3771, y la dirección errada que llevaba el papel de la justicia. Así lo sueña Rolando. Él me contó la gambeta que hizo mi abuelo. Es una historia que voy a contarle a Julia, mi hija.

 

El llanto

Va tantas veces el cántaro a la fuente que sí: efectivamente puede romperse. De manera mutua se empiezan a ver a la distancia, después comienzan a dejar la vida para mañana. Sucede una vez, la primera: ella mira a la derecha mientras él hace lo propio con la ventana de la izquierda. En el centro nada, o casi nada: un par de juegos y palabras hipócritas, la pequeña mentirita, que como decía la canción, a veces, salva, y es cierto, pero sucede de vez en cuando: y casi nunca dentro de una pareja. Maquillaje amoroso mientras los días se van, mientras la piel se calma prometiéndose que mañana va a ser distinto. Porque puede esta historia de final estar limpia de maldades afines, de traiciones. Simplemente fue la tormenta de la que ninguno de los dos se supo resguardar. Después, siempre, llega el silencio. Llega el día en que sobre la puerta de la ausencia se abre el lamento. Aquí nadie se ha muerto, no hay mal que por bien no venga: los lugares comunes que respiran afuera. Luego de la tormenta queda el lamento de los quebrados por la historia. Mañana puede que los quebrados pinten otro paisaje, pero de momento viven en la herida: él y el llanto en la calle, en la mesa de café, en el banco de plaza: no sabe qué hacer, a qué amigo llamar. Ella está de llanto en el aire fresco que nace al pie del ascensor, en el descanso de las escaleras. Llora desde el séptimo piso. De vez en cuando el ascensor se mueve y enturbia el llanto. El ascensor no se detiene: nadie abre la puerta a espaldas de la mujer. Nadie sube por las escaleras. Él no vuelve, llora en la plaza, en domingo, en soledad.

 

El mensaje

De pibe viví en la provincia de Buenos Aires, en el oeste, en Martín Coronado. La Capital quedaba lejos, y se la visitaba de vez en cuando. Fue aventura de pequeño viajero ir a algunas canchas de fútbol. Fue aventura recorrer también varias galerías de arte en una tarde. Mi papá me llevó a ver fútbol con hinchadas amigas, y a ver exposiciones, a conocer pintores y pinturas. Al parecer la vida sucedía en la Capital. Mis ocho años de viajero entre dos mundos me llevaron al convencimiento de que más allá de la General Paz, después del tren y el subte, se llegaba a una tierra de misterio, belleza y pasión. Sucedió que mi papá, en un diciembre, llegó silencioso portando una maravilla técnica. La ocultó sobre el techo del mueble donde se velaba la porcelana que nunca se usaba en la mesa de todos los días. Mi papá pintaba su arte, y a mí, quizá por esas posibilidades que ofrecen los viajes, se me dio por encontrarme de maravillas con la lectura. Entre Julio Martín, mi abuelo poeta, y los libros, pronto me darían ganas de jugar a ser escritor. Lo oculto se rebeló en la nochebuena. Venía en bolsa de plástico. Plegado con suma prolijidad. Tenía esqueleto mínimo de alambre, y una boca ancha como para entrarle con un beso audaz a la explosión de la noche. Mi primer mensaje a otro cielo del universo lo envié a bordo de un globo con coraza de papel. Se elevó lento. Llevaba el corazón caliente, igual su saliva. No llevó palabras mi mensaje, consistió en el más puro asombro de pibe. El artefacto llegó desde la Capital. Durmió un último sueño antes de entrarle al misterio de mi provincia.

 

El puerto y el carro

La tierra de los hombres está salpicada de puertos. Si el dibujo se hace a partir de los sentimientos de pertenencia de las criaturas, el mapa portuario resulta imperfecto y cambiante. Un puerto: un territorio: una ciudad y su zona de influencia. El hombre que quiere y puede, elige dónde morir. Junto a cada puerto hay un socio de la muerte. Este personaje, durante su vida, y lo seguirá haciendo durante su muerte, será el encargado de tener trato con los fantasmas amanecidos. En Gualeguay, el elegido por la suerte o el destino, fue Catón. Nacido a principios del 1900 y muerto un día cualquiera de 1970. Catón realiza su servicio con un agregado. Se toma el trabajo de acompañar los cortejos hasta el cementerio. Luego de la hora de cierre del camposanto, acomoda sus elementos: balde con agua y jarro, y una bolsa de galleta. Después de la cena vuelve al cementerio e inicia la recorrida por las tumbas del día. Los fantasmas lo siguen hasta la orilla del Gualeguay, donde Catón toma prestado el bote pobre de un pescador. Pregunta a sus seguidores: Quién quiere partir hacia los confines de la naturaleza, quién quiere quedarse en la ciudad y el río. Avisa: El que se queda, trabaja más. La mayoría elige partir. Catón ofrece un jarro con un poco de agua y media galleta a los que suben al bote. Los cruza de orilla. Dice a los que se quedan: Es más trabajo porque hay que tentar la memoria de los vivos, cada día. Los fantasmas aguardan siesteando en la arboleda del parque Quintana. En la oscurecida construyen un carro de etérea apariencia de lata. Algunos montan la nao, otros tiran de ella, otros corren contra la brisa. El carro y su compañía baja en los fondos de las casas, en las plazas, en las chacras. En cada lugar los fantasmas hacen la vida como si nada los hubiera desplazado. Así se recuesta la memoria en la noche. La comitiva se establece sobre un último lugar, y allí aguarda hasta que el sol indica que es tiempo de hacerse niebla, humito, una simple apariencia de humedad.

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