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La masacre de Plaza de Mayo

A 62 años del bombardeo del 16 de junio
Los sucesos del 16 de junio de 1955 son la matriz brutal de todas las expresiones posteriores del terrorismo de Estado en la Argentina. Incluso los jóvenes homicidas de aquel junio sangriento fueron jefes en los golpes de Estado que asolaron al país posteriormente, incluyendo al más feroz de todos, el del 24 de marzo de 1976.

(Fragmento de la publicación realizada por la Unidad especial de Investigación sobre Terrorismo de Estado del Archivo Nacional de la Memoria. Bs. As., junio de 2010.)

Buenos Aires bajo fuego

“A fines de Mayo visité al General Lucero invitándole a una acción decisiva. De nuevo le expliqué que mis propósitos no eran invitarlo a una revolución para desalojar al Presidente, pero sí obligarle a rectificar fundamental y totalmente la conducción del país, gobernando hasta el final de su mandato con las Fuerzas Armadas. No se trataba de usurpar al pueblo su voluntad pero sí liberarle del pésimo gobierno”.
(Contralmirante Aníbal Olivieri, Dos veces rebelde)

El principal elemento del ataque fueron los hombres y aviones de la base Aeronaval de Punta Indio. En total, estaban preparados veinte aviones North American AT6 de bombardeo vertical, al mando del capitán de corbeta Santiago Sabarots; cinco aviones bimotor Beechcraft AT11 de bombardeo horizontal, al mando del capitán de corbeta Jorge Imaz; y los tres bombarderos pesados Catalina, comandados por el capitán de corbeta Enrique García Mansilla. Sumando nueve aparatos más para el transporte de armas y personal, enumera Daniel Cichero, las tripulaciones de esos aviones eran de setenta hombres, aproximadamente1.
La víspera del ataque, el capitán García Mansilla partió de la base aeronaval Comandante
Espora de Punta Alta –junto a Bahía Blanca– al mando de una escuadrilla compuesta por tres hidroaviones Catalina, supuestamente hacia Bariloche. Fueron en realidad a Punta Indio, a sumarse a la aviación rebelde.
Antes del toque de diana, en Punta Indio, el jefe del ataque aéreo, el capitán de fragata Néstor Noriega, les explicó a los pilotos cuál era el objetivo del ataque que iban a emprender, según recordó uno de ellos, el entonces teniente de corbeta Máximo Rivero Kelly.
Aunque los pilotos jamás admitieron en público que el objetivo declarado era matar al Presidente, un comando civil, Raúl Estrada, dijo que “el propósito era matar a todo el Gobierno”, y Noriega afirmaría en 1971 que era “destruir materialmente la Casa Rosada”2.
Pero la violencia desatada fue mucho más allá de ese supuesto objetivo. Hasta el punto de que los muertos dentro de la sede del gobierno serían menos del cinco por ciento del total.

En movimiento
La orden de actuar les llegó a los conspiradores destacados en Puerto Belgrano con apenas dos horas de antelación, plazo que, al margen de otras consideraciones volvió materialmente imposible que las naves estuvieran operables –gran parte de sus tripulaciones se encontraba de licencia– y la flota pudiera hacerse a la mar4.

El contralmirante Olivieri luego señalaría en su libro Dos veces rebelde:
“De la Marina de Guerra intervinieron unos trescientos hombres de personal subalterno y doscientos jefes y oficiales. No fue una sublevación de la Marina. Con excepción de los Almirantes Gargiulo y Toranzo Calderón, ningún otro intervino, si siquiera conocían el movimiento. Si hubiese sido una sublevación de la Marina y el Ministro la hubiese dirigido no se habría cometido el absurdo militar de emplear aquel pequeño número de hombres”5.

En Buenos Aires, los infantes rebeldes al mando de Samuel Toranzo Calderón tomaron el edificio del Ministerio de Marina reduciendo a punta de pistola a los oficiales y suboficiales leales al Gobierno. Toranzo Calderón fijó el comando rebelde en sus oficinas del 4° piso. Los infantes de Marina quedaron acuartelados en el sótano.
El 16 de junio, Perón llegó a su despacho a las 6:20. Ya durante la noche anterior, mientras se encontraba en la residencia presidencial de Palermo, había sido advertido sobre que en el Ministerio de Marina ya estaba en marcha el complot. Y que se aprovecharía la parada aérea para atentar contra su vida.
Los servicios de informaciones “habían pescado una conversación telefónica donde se decía que a eso de las diez de la mañana, en ocasión del desfile de los aviones, intentarían matar a Perón, dando inicio a una sublevación a gran escala para tomar el poder”, recordó un militar leal6.
Ese día, poco antes de partir hacia la Casa Rosada, atendió por teléfono al general Franklin Lucero. El ministro de Ejército le solicitó una entrevista con carácter de urgencia, puesto que –según sus dichos– la situación “había empeorado”. El Presidente aceptó reunirse con él esa misma mañana.
El político socialista Víctor García Costa recuerda que aquel 16 de junio su madre lo despertó contándole algo muy extraño: que a eso de las seis había sonado el teléfono y que cuando muy sorprendida lo atendió, estaba ligado (algo muy frecuente hasta la digitalización de las líneas) y escuchó la inconfundible voz del presidente Perón hablando con otro hombre. Perón parecía angustiado y le preguntó dos o más veces a su interlocutor (¿sería Franklin Lucero?): “¿Y entonces qué hacemos?”7.

Al llegar Perón al edificio de Balcarce 50, el general Lucero fue hacia su encuentro. Se lo veía nervioso. Y en pocas palabras trazó un resumen de los acontecimientos, antes de exhortar al jefe de Estado a que, por razones de seguridad, se constituyera en el Ministerio de Ejército, en donde había un despacho especialmente acondicionado para él. Perón prometió considerar la propuesta. Lucero, al retirarse, se cruzó con el embajador de los Estados Unidos, Albert Nuffer, que minutos después fue recibido por el Presidente. Perón le comentaría a éste que se había enterado por Lucero de que había unidades de la Marina sublevadas y que la Casa Rosada podría ser atacada en una “operación de comandos”.
Pasadas las nueve, tras despedirse del representante norteamericano, Perón se dirigió al Ministerio de Ejército, que funcionaba en el Edificio Libertador. Perón mantuvo allí una reunión en la que participaron Lucero, el jefe del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), general Carlos Jáuregui, y el secretario de Defensa, general Humberto Sosa Molina. Luego se sumaría el jefe de la Fuerza Aérea, brigadier de San Martín. Mientras que su par de la Marina, Olivieri, no fue de la partida, ya que se había internado en el Hospital Naval so pretexto de una supuesta afección cardíaca. En su reemplazo acudió a la reunión el secretario del arma, contralmirante Gastón Lestrade, quien participaba del complot. Al concluir el cónclave, a las diez, los jefes militares fueron a ver a Olivieri; estuvieron reunidos con él cinco minutos. De allí, regresaron al ministerio para reunirse nuevamente con Perón.
Lucero evocaría ese momento con las siguientes palabras: “Perón me preguntó por mi arma y le dije que todo estaba tranquilo, en orden. Al rato bajó un helicóptero y nos asomamos al balcón para verlo. Cuando volvimos al despacho del Ministro, comenzaron las explosiones. Y los nervios. Recuerdo que Perón dijo: ‘¡Hágase cargo usted, Lucerito!’ ‘Déjelo por mi cuenta, general’, contesté”.
No sin cierta perplejidad, los presentes en ese instante contemplaron cómo el helicóptero (mencionado por Lucero) aterrizaba junto al monumento de Colón, emplazado entre la Casa Rosada y el Edificio Libertador. Su único tripulante era un piloto de la Fuerza Aérea que había huido de Ezeiza, luego de que ese lugar cayera en manos de los marinos rebeldes. Por boca de éste, Perón se enteraría de ello8.

La ocupación de Ezeiza por los infantes de Marina de la base de Punta Indio fue dirigida por el capitán de fragata Jorge A. Bassi. Los infantes llegaron desde Punta Indio en nueve aviones de carga C-47 al mando del capitán de corbeta Carlos Celestino Pérez y ocuparon el aeropuerto sin encontrar mayores resistencias. Previamente, habían ido depositando clandestinamente una buena cantidad de bombas en un hangar que servía de oficina y agencia para los aviones destinados a ir a la Antártida.
En opinión de uno de los pilotos que bombardearon Plaza de Mayo, el entonces teniente de corbeta –y luego marchand– Santiago “Jacques” Martínez Autín, la toma de Ezeiza fue una de las causas del fracaso del levantamiento ya que supuso dejar desguarnecida la base de Punta Indio, con la pérdida irreparable de “comunicaciones, combustible, logística integral y reparaciones”9.
Para colmo, otra de las acciones emprendidas por la Aviación Naval terminó muy mal. Dos DC-3 al mando de sendos capitanes de corbeta volaron al Arsenal Naval Azopardo, en la ciudad de Azul, con el propósito de transportar a Ezeiza a los trescientos infantes de Marina allí destacados. Pero el comandante Carlos Brañas se negó a plegarse al golpe, por lo que uno de los pilotos, Gustavo Aracama, lo baleó con su Colt 45 reglamentaria. A partir de lo cual se desató un tiroteo en medio del cual ambos aviones pudieron despegar de regreso, pero dejando en tierra a uno de los copilotos, el teniente de corbeta Juan Carlos De Jesús Ruiz. Con su avión averiado por los disparos, Aracama se vio obligado a efectuar un aterrizaje de emergencia junto al Río Salado10.

Cuando Perón y sus acompañantes bajaban para el sótano, desde la planta baja del Ministerio de Ejército, vieron pasar camiones cargados de “gente que gritaba y hacía toda clase de desmanes. El Presidente, nervioso y molesto, preguntó: ‘¿Quién trajo esta gente aquí? ¡Por favor, que se vayan todos a sus casas!”11.
En su libro El precio de la lealtad,el general Franklin Lucero se refirió a aquella reunión con Perón. Y ratificó la visita a Olivieri junto con Sosa Molina y de San Martín. Según él, a Oliveri se lo veía muy congestionado. Pero luego demostró la falsedad del malestar. “¡Cosas del destino! ¡Se convirtió en ‘libertador’ y escribió un libro que debió llamarse ‘Dos veces traidor’ –juicio del pueblo– y en el que falta a la verdad en medida inigualable!”12.
Durante el desarrollo de los hechos, Olivieri se comunicó dos veces con Lucero. La segunda vez le pidió que “le protegiera el Ministerio de Marina, amenazado por el pueblo y que, con sobrada razón, temía pudiera ser incendiado. Le di total garantía y desde ese instante mi preocupación mayor la constituyó la seguridad del Ministerio de Marina y la protección de las vidas de todos los que se encontraban en su interior”13.
Esa mañana, a las diez y media, la Dirección de Sanidad Militar celebraba -su día con un vino de honor que ofrece su titular, el general Pedro Eugenio Aramburu. A la misma hora, el vicepresidente, contralmirante Teisaire, disertó sobre doctrina nacional en la Escuela de Comando y Estado Mayor de Aeronáutica. Mientras tanto, se escuchaban rumores de golpe.
“El brigadier de San Martín, Ministro de Aeronáutica, se aleja de una ventana con disgusto: no hay plafond. Habrá que suspender la parada aérea programa para desagraviar la memoria del Libertador, ofendida unos días antes –según la opinión oficial– por bandas clericales. Sin embargo, en la base aeronaval de Punta Indio las meditaciones meteorológicas de sus jefes contradicen el pesimismo del Ministro”14.
El propio Perón, en su texto Del Poder al exilio. Cómo y quiénes me derrocaron, describe al detalle los acontecimientos.

“El 15 de junio mismo, durante la noche, fui advertido que en el Ministerio de Marina se estaba tramando algo. Había concluido con mis tareas habituales de la Casa Rosada y me encontraba en la residencia presidencial de Palermo. El general (Franklin) Lucero, que era entonces ministro de Ejército, me telefoneó, pidiéndome una entrevista con urgencia temiendo un golpe de Estado o una sublevación militar, Lucero había decidido establecer su cuartel general en el Ministerio de Ejército.
La mañana del 16 de junio me levanté como de costumbre a las cinco (…)A las seis, marchaba en automóvil hacia la Casa Rosada (…) Lucero me esperaba en la antesala de mi despacho. Estaba solo (…) Hablamos de la situación. Me dijo: –Durante la noche he tenido algunos motivos de alarma, pero ninguno me pareció lo suficientemente importante como para tomar medidas de emergencia (…) Quiero darle un consejo, Presidente. Se trata nada más que de una medida de precaución. Le aconsejaría que dejase la Casa de Gobierno y se trasladase a trabajar en mi ministerio. Allí estará más tranquilo, se encontrará entre gente adicta y tendrá protección de las tropas. (…)Usted tiene la obligación de cuidarse (…) Piense en lo que podría suceder si a usted le pasara algo. El pueblo se lanzaría a la calle y nadie podría detenerlo. El vacío que podría dejar nos llevaría vertiginosamente a la catástrofe…”.
Después del ministro de Ejército, entró en mi despacho el embajador de los Estados Unidos, señor (Albert) Nuffer, el cual conversó conmigo hasta cerca de las ocho. Una hora después estaba en la calle. Atravesé el Paseo Colón y entré en el gran edificio en el que tenía su gabinete particular el ministro Franklin Lucero. De inmediato fui informado de la situación. Me dijeron que el Ministerio de Marina estaba en manos de un grupo de revoltosos y que algunas escuadrillas de la aviación naval habían despegado de sus bases. Los aviones rebeldes se habían dirigido al campo de Ezeiza donde había sido construido un depósito secreto de bombas en un lugar que servía de oficina y de agencia para los aviones destinados a la comunicación con las bases antárticas”15.

Para entonces, Bengoa se había enterado por la radio de que Toranzo Calderón y él eran considerados los jefes del putsch, por lo que se dirigió a Aeroparque con la intención de regresar a Paraná, pero resultó detenido y conducido donde estaba el ministro Lucero, ante quien negó todo vínculo con los sediciosos.
Cinco minutos antes de las once, los golpistas irradiaron el primero de los cinco radiotelegramas que emitieron desde el Ministerio de Marina. Iba dirigido a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y pedía que enviara tropas para “reforzar (las) antenas de (la Armada en la) Costanera” –desde donde estaban emitiéndolo–, así como a Central Cuyo –ubicada en la calle Azcuénaga 249, desde donde se cursaban las llamadas telefónicas internacionales– y otras antenas fuera de la Capital, como la de Pacheco –comunicaciones radiofónicas internacionales–, el Aeroparque y el propio :Ministerio de Marina 16.
Emitirían luego otros cuatro, todos infructuosos: a las fuerzas asentadas en el sur de la provincia de Buenos Aires para que concentraran sus hombres en la capital; a la base de Río Santiago para que enviara cien cadetes armados en lanchas torpederas; a la base naval de Mar del Plata ordenando que los submarinos se hicieran a la mar y, por último, la repetición a todas las unidades y bases de la Armada de los anteriores pedidos.
El aviso de movilización a todas las unidades de la Armada se cursó apenas una hora antes del comienzo del bombardeo. Los altos jefes navales dudaron de la veracidad de las órdenes y quisieron “autentificar los despachos”, por lo que nada ni nadie más de la Armada se movió17.
A las doce, cuarenta minutos antes del inicio del bombardeo, el ministro Lucero le ordenó al Regimiento de Infantería 3 “General Manuel Belgrano” de La Tablada que acudiera con parte de sus efectivos a reforzar la seguridad de la Casa de Gobierno y destinara el grueso a marchar sobre Ezeiza para recuperar el aeropuerto copado por los golpistas.

El ataque

A causa de la densa niebla invernal y las nubes bajas que cubrían la ciudad, el ataque no pudo lanzarse a las diez. Recién fue ordenado a las doce y media, e iniciado efectivamente unos diez minutos más tarde cuando el capitán Noriega, viendo abrirse las nubes sobre la Plaza de Mayo, dispuso un ataque en línea, de a uno en fondo, de un avión detrás del otro. Primero descargaron sus bombas los cinco Beechcraft, luego el Catalina de García Mansilla y por último, lanzándose en picada, los veinte North American (Texan) AT6. Luego todos se dirigieron a Ezeiza a repostar armas y combustible.

Según Perón,
“(…) El bombardeo de la Casa Rosada comenzó aproximadamente a las 12.45, justamente cuando la gente llenaba el centro y la Plaza de Mayo. Fue totalmente imprevisto. Cuando aparecieron las primeras máquinas, la gente alzó la mirada hacia el cielo con curiosidad. Creían que se trataba sólo de un desfile programado en desagravio a la bandera quemada durante los sucesos de días atrás. Bombas y ráfagas de metralla llovieron sobre el corazón de Buenos Aires, atónita y desarmada. El número de muertos y de heridos fue muy elevado. Disparaban de todas partes; mientras los aviones atacaban por el cielo, los rebeldes atrincherados en el Ministerio de Marina hacían fuego sobre la gente que corría de un lado para el otro en busca de refugio. Del Ministerio de Marina disparaban también sobre el edificio en el que se había instalado el comando de represión. El único objetivo de los rebeldes era mi persona.
Querían terminar conmigo, y para eliminar a un hombre no vacilaron en matar a quinientos. Entonces, como en la actualidad, su objetivo final era suprimir a Perón para eliminado de la lucha y tener así la partida ganada. Habían elegido para ello la vía más difícil, pero la menos peligrosa. Durante los diez años que estuve en el gobierno, hubiera bastado un solo hombre decidido para hacerme morir. Hablaba en público, participaba en ceremonias. Cada mañana salía de casa sin escolta, guiando yo mismo mi automóvil hacia la Casa Rosada. Muchas veces mi coche marchaba apareado con otros, me saludaban y yo respondía al saludo.
¿Qué les impedía dispararme a quemarropa o arrojarme una bomba entonces? Por esta falta de coraje, el 16 de junio para asesinarme eligieron el medio más seguro, el aéreo, que de fallar el golpe les facilitaría llegar y permanecer a salvo en el acogedor y demasiado hospitalario Uruguay18.
Desde mi ventana del Ministerio de Ejército donde, junto con Lucero, (José) Embrioni y otros generales seguía el curso de las operaciones, veía el tremendo espectáculo de Buenos Aires envuelta en altas columnas de humo. A la neblina del cielo se unían los nubarrones densos y pesados producidos por las explosiones. Numerosos automóviles ardían en las calles y el estallido de sus neumáticos rompía en parte la pesadez del aire. En las primeras horas de la tarde el pueblo acudió a las calles, reclamando armas para unirse al Ejército en la represión de la revuelta. Masas de obreros avanzaron hasta el Ministerio de Marina donde los amotinados intentaban una última, inútil resistencia”.

La primera bomba dio sobre los autos estacionados sobre Hipólito Yrigoyen. La segunda, sobre un trolebús que estaba sobre Paseo Colón, cerca de Alsina; mató a todos sus ocupantes.
Cinco minutos después cayeron muchas otras, con muchos muertos y heridos. Según la crónica de Pedro OIgo Ochoa:

‘Algunas bombas no estallan; la falta de plafond tiene la culpa; las ráfagas de ametralladoras sí llegan a destino. A cada pasada rasante aumentan los muertos, los heridos, los mutilados; lo que no impide que los sobrevivientes se aventuren a rescatar a las víctimas. Toda la zona que va desde Plaza de Mayo hasta la CGT abunda ya en autos y trolebuses destrozados, llameantes; otro tanto se observa en Pueyrredón y Las Heras, donde una bomba disuelve a un pibe de catorce años. Sarmiento se llamaba; su padre era carnicero”19).

Tres minutos después de finalizado el bombardeo, como estaba acordado, unos trescientos infantes que estaban en el sótano del Ministerio de Marina (de los trescientos ochenta que se habían sublevado) salieron en camiones al asalto de la Casa Rosada.
Iban pertrechados con fusiles belgas FN semiautomáticos a estrenar recientemente adquiridos –a espaldas del Poder Ejecutivo y al parecer de contrabando– en cuyo uso habían sido adiestrados en la víspera. Eran muy superiores a los viejos máuser a cerrojo y peine que tenían los granaderos que custodiaban la Casa de Gobierno20.
Pero tan pronto los infantes dejaron los camiones, desde las terrazas del Ministerio de Ejército y desde la Casa Rosada se desató una balacera que frenó su avance. Parte de los infantes de Marina se parapetaron en Plaza Colón. La vanguardia llegó a unos 30 metros de la Casa Rosada, sobre la recova de la avenida Leandro N. Alem, pero no pudo pasar de ahí. La tenacidad de las defensas y la salida a la calle de los blindados de la Compañía Reforzada estuvo al mando del mayor Adolfo Philippeaux. Civiles partidarios del gobierno se subieron a los tanques y, sobre todo, se protegieron yendo detrás de ellos. Philippeaux consiguió tomar prisioneros y obligó a los sediciosos a iniciar un repliegue escalonado. Una de las compañías, al mando del teniente de corbeta Alejandro Spinelli Menotti, retrocedió hasta la estación de servicio de YPF, ubicada en medio de la enorme playa de estacionamiento del Automóvil Club Argentino que ocupaba casi toda la superficie entre los ministerios de Guerra y Marina. Permanecería allí casi cuatro horas, hostigada por partidarios del gobierno tan pobremente armados que no sufrió ninguna baja.

Según el general Lucero,
“El espectáculo que ofreció la Casa de Gobierno a esas horas fue realmente desolador. Polvo y humo con olor a pólvora; paredes derrumbadas, otras por caer y techos hechos pedazos, escombros por todas partes; muertos y heridos que apresuradamente se llevaban al puesto de socorro, cuya habitación estaba repleta; y se oían gritos y ayes de dolor que estremecían el espíritu mejor templado. No había luz, ni comunicación de ninguna clase; las bombas habían destruido todas las instalaciones.
Se produjo un principio de incendio en la caldera del subsuelo por el impacto de una bomba, y por haberse roto los tanques de agua, las habitaciones del Ministerio del Interior estaban inundadas. Cuando comenzó a obscurecer, se caminaba con el agua a media pierna, se tropezaba con los escombros, pues los pasillos y corredores estaban obstruidos, y para completar el cuadro de ruinas, algunos muertos y heridos de la sección antiaérea, al ser transportados desde la terraza, fueron dejados en las escaleras o se arrastraban por las mismas, porque los ascensores no funcionaban y se había interrumpido la corriente eléctrica”21.

Poco después de que el avance de los infantes de Marina fuera frenado, cerca de las 13:30, una compañía salió del cuartel de La Tablada hacia el centro de Buenos Aires llevando consigo cañones antiaéreos de 20 y 40 milímetros. Cuando la cabeza no había hecho más que dos cuadras por la avenida Crovara y se encontraba a la altura del Casino de Oficiales, fue atacada por un avión de la Armada que le arrojó dos bombas y la ametralló, matando al soldado aspirante a oficial de reserva (AOR) Rubén Hugo Criscuolo e hiriendo de gravedad a otros soldados22.
Ese mismo u otro avión de la misma escuadrilla –de tres– ametralló a un grupo de obreros que se habían concentrado en las puertas de la fábrica de Jabón Federal, en avenida General Paz y Crovara, matando a Armando Fernández23.

Testimonios

En su libro Años de furia y esperanza, Pedro Olgo Ochoa recoge los siguientes testimonios acerca de los momentos más virulentos del ataque.

Roberto Di Sandro estaba junto con sus compañeros Aulio Almonacid y Guillermo Napp. Se escondieron en el foso, ahora museo. “…No se imagina la cantidad de gente que había allí adentro. Dos bancarios gritaban que, si tiraban obuses, volábamos todos. Entonces empezaron a gritar las mujeres. Por los tragaluces que dan a Paseo Colón, mirábamos el tiroteo, mientras tomábamos apuntes de los diálogos del foso. A las 16:30 quedamos a oscuras: un corto circuito. No se imagina lo que fue eso. Para colmo comenzó una pérdida de gas”24.

Julio Oscar Díaz era ascensorista en Hacienda. Estaba en el sub suelo a la hora que comenzó el bombardeo, le faltaba media hora para comenzar su turno. Cuando escuchó el estruendo vio aparecer a un ordenanza ensangrentado, pidiendo auxilio. “Subí al quinto piso a buscar a mi hermano que quería ver el desfile aéreo: no lo encontré. Pero en cambio vi la cabeza decapitada de su amigo íntimo. Recuerdo que tenía una pinta bárbara… Bajé a mil, espantado. De pura suerte encontré la entrada directa al subte y alcancé el último. A los que iban a Plaza de Mayo les avisábamos que había tiros; muchos no creían”25.

Dora trabajaba en un comercio cerca de Plaza de Mayo, salía a almorzar. “Terminé tirada debajo de un banco, rodeada de gente. Estuve una hora sin moverme. Lo malo del caso es que, después de la segunda pasada de los aviones, desde no sé qué edificio empezaron a tirar con ametralladoras. Las balas picaban cerca, en las baldosas. Barrieron a todos los que no tenían protección (…) En una pausa crucé hacia el Banco de la Nación junto con un matrimonio: el hombre fue acribillado en medio de la calle, ella gritaba que también quería morir… Mejor es no contar esas cosas y otras que, desgraciadamente, tuve que contemplar”26.

Vicente Orlando Díaz, jefe de servicios administrativos en la Caja Federal de Ahorro y Préstamos para la Vivienda. “Parece un chiste: cuando vi caer lentamente las primeras bombas, creí que eran flores. Después sólo recuerdo que aparecí dentro de la oficina. Las ondas expansivas… Perdía sangre del brazo derecho”. Por el subte, salió hacia la Asistencia Pública, donde lo atendieron los doctores Cosavella y Martínez Mosquera. Las esquirlas le habían pulverizado el hombro. Estuvo dos años enyesado, pero conservó el brazo”.

Carlos De la Fuente, cameraman de Sucesos Argentinos, estuvo hasta el mediodía trabajando en un comercial, pero le avisaron que había “despiole” en Plaza de Mayo. Cuando llegó ya habían caído las primeras bombas. “Me instalé junto al troley incendiado y a un tipo muerto, con las muletas al lado. Me acuerdo de otra que un oficial me impidió tomarla: un tipo afanando a un cadáver. Cuando quise enfocarlo ya era fiambre él también”27. “Filmé de todo. Nunca me desprendí de la cámara. Cuando iba hacia el Ministerio de Marina, después de haber izado la bandera blanca, para poder filmar la entrevista con la ‘gente del Ejército’ que iba hacia allí, una andanada de metralla me agarró de lleno. Mejor olvidar. La gente disparaba, se tiraba al suelo, gritaban como locos. Quedé tirado una hora y media. Pasaban los autos y nadie me levantaba. En la barriga… Fíjese: más de 20 centímetros. Por fin me llevaron a Ia Asistencia. Había que hacer cola. Una enfermera anotaba no sé qué en un papel, con lápiz labial, y lo dejaba en los cadáveres; los apiló como si fueran bolsas (…) Me salvé gracias a esos médicos. Tengo una esquirla de recuerdo; adentro, no se pueden ver. A veces las siento”.

Un médico cirujano del Hospital Español relató: “Cuando llegué, era aterrador. Heridos llenos de barro, sucios, que sangraban de todos lados (…) Faltaba sangre. Planté un pizarrón en la vereda de Belgrano: los heridos de este hospital se mueren por falta de sangre. Sea usted humano y done un poco. Cuatro horas más tarde, teníamos 20 litros; sobró y enviamos el resto al Ramos Mejía. Dieron todos, peronistas y contreras: sé lo que digo, conocía bien a la gente del barrio”28.

El dirigente sindical Agustín Tosco rememoraría el episodio con las siguientes palabras:
“Yo tenía 15 años, en ese tiempo trabajaba en la Capital, era repartidor de soda. Perón me gustaba, el peronismo no. Ese día dijeron: ‘Vamos pibe, hay que defenderlo a Perón, no seas sotreta’, y fuimos. Dejé el camión por La Paternal y corrí a la CGT. Pedía armas, como todos. En eso bajaron la cortina metálica y nos dijeron por el altoparlante ‘Vayan a Plaza de Mayo y levanten pañuelos blancos’. Algunos levantaron pañuelos blancos, y los hicieron pomada. Me fui para casa, pensando que si eso era la CGT, si eso era el peronismo, yo no tenía por qué estar allí”.

1. Cichero, Daniel, op. cit. En el anexo documental se reproducen los cuadros elaborados por el autor sobre los tres grupos aeronavales del bombardeo con sus respectivos pilotos, y en algunos casos, con sus tripulaciones.
2. “ ‘Yo bombardeé Plaza de Mayo’. Revelaciones del jefe de la escuadrilla de aviones de la asonada del 16 de junio. Néstor Noriega relata el trágico episodio”, en la revista Así, año IX, N° 403 del 17 de junio de 1956.
4. Potash, Robert A., op. cit., p. 259.
5. Olivieri,Aníbal,Dos vecers rebelde. Ediciones Sigla,Buenos Aires, 1958, p. 121.
6. Cháyes, op. cit., p. 121, testimonio de Carlos Elizagaray.
7. Reportaje de la Unidad Especial de Investigación sobre Terrorismo de Estado (Archivo Nacional de la Memoria) a Víctor García Costa. Marzo de 2009.
8. Perón, Juan Domingo, La fuerza es el derecho de las bestias.Editorial Cicerón, Montevideo, 1958.
9. Cichero, Daniel, op. cit., pp. 77 Y223.
10 Cháves, Gonzalo, op. cit., p. 25 YCichero, op. cit., pp. 76-77.
11 Ibídem, p. 60.
12 Lucero, Franklin, op. cit., p. 82.
13 Ibídem, p. 100.
14 Olgo Ochoa, Pedro, op. cit. p. 55.
15. Perón, Juan Domingo, Del poder al exilio. Cómo y quiénes me derrocaron. Ediciones Argentinas, Buenos Aires, 1973, p. 9. .
16. Cichero, Daniel, op. cit., p. 78.
17. Ver en Cichero, Daniel, op. cit., p. 127, el mapa con las fuerzas que se pretendían movilizar y las que efectivamente se movilizaron.
18. Perón, Juan D., op. cit., p. 9-11.
19. Olgo Ochoa, Pedro, op. cit., p. 56.
20. Cháves, Gonzalo, op. cit. Sobre cómo llegaron a manos de la Marina esos fusiles, el autor recogió el testimonio de un conscripto clase 1933 quien le aseguró que los mismos habían sido ingresados al país de contrabando en el buque escuela Bahía Tetis, desembarcados en medio de estrictas medidas de seguridad en la Escuela Naval de Río Santiago, dirigida por el contralmirante Isaac Rojas.
21. Lucero, Franklin, op. cit., p. 89.
22. Libro de Memorias del Regimiento de Infantería N° 3, “General Manuel Belgrano”. 1955.
23. Bevilacqua, Pedro, Hay que matar a Perón. Edición del autor, Buenos Aires, 2005, pp. 22 y 75. El “descubrimiento” de esta muerte, hasta entonces ignorada, fue hecho por el autor, veterano militante peronista de La Matanza (y actual subdirector del Archivo General de la Nación), alertado por relatos orales coincidentes.
24. Olgo Ochoa, Pedro, op. cit., p. 62.
25. Ibídem, 24.
26. Ibídem, 24.
27. Ibídem, 24.
28. Ibídem, 24.

 

Fragmento del prólogo de la publicación escrito por el Dr. Eduardo Luis Duhalde, Secretario de Derechos Humanos y Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos en junio de 2010

El bombardeo de una ciudad abierta por parte de fuerzas armadas del propio país es un acto de terrorismo que registra pocos antecedentes en la historia mundial, ocurridos en el fragor de guerras civiles muy cruentas que asolaron a esas naciones.
No hay antecedentes, en cambio, de que miembros de las fuerzas armadas de un país, con la connivencia de sectores políticos y eclesiásticos, descargaran sus bombas y ametrallaran a la pacífica población civil, como forma de implantar el terror y el escarmiento para lograr la toma del poder.
Por otra parte, las ciudades argentinas jamás habían sido ni fueron luego bombardeadas por fuerzas extranjeras. El furor fratricida se abatió el jueves 16 de junio de 1955 en el marco de una tentativa de golpe de Estado, centrándose particularmente en civiles inermes o muy pobremente armados en defensa de un gobierno no solo legítimamente constituido, sino también sustentado por un apoyo popular hasta entonces inédito en los anales de la historia nacional.
Desde aviones fueron lanzadas más de cien bombas –con un total de entre 9 y 14 toneladas de explosivos– la mayoría de ellas sobre las plazas de Mayo y Colón y la franja de terreno comprendida entre las avenidas Leandro N. Alem y Madero, desde el Ministerio de Ejército (Edificio Libertador) y la Casa Rosada, en el sureste, hasta la Secretaría de Comunicaciones (Correo Central) y el Ministerio de Marina, en el noroeste.
Las acciones bélicas planeadas por los mensajeros de la muerte en aquel fatídico día tenían el descabellado propósito de bombardear la zona céntrica de la Plaza de Mayo con el fin de matar al Presidente y a sus ministros al precio de destruir la Casa de Gobierno con todos sus ocupantes y causar en sus alrededores muertes y daños, desaprensivamente y sin importar su costo humano.
Dichas acciones bélicas, ante la ausencia del Presidente y de sus ministros, constituyeron desde sus inicios un escarmiento destinado a castigar y quebrar la adhesión popular al gobierno constitucional.
Clara muestra de ello es que solo doce de las más de trescientas víctimas mortales (aproximadamente el cuatro por ciento) se encontraban dentro de la Casa de Gobierno, en la que impactaron veintinueve bombas de las que seis no estallaron.
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El resto de las bombas y proyectiles de grueso calibre provenientes de aviones, así como también los disparados por los fusiles semiautomáticos FN de fabricación belga, estrenados por los infantes de Marina que intentaron asaltar la Casa Rosada, estuvieron dirigidos a una población que fue sorprendida en sus quehaceres cotidianos por la primera incursión de la aviación naval a las 12:40 de aquel jueves frío y nublado.
Tres centenares de civiles armados (llamados “comandos civiles”), cuyo concurso estaba previsto en apoyo de los infantes de Marina durante el asalto a la bombardeada Casa Rosada a fin de matar a Perón y a sus ministros, intervinieron solo en acciones colaterales (como la ocupación de Radio Mitre, a través de la cual se lanzó una proclama que dio al “tirano” Perón por muerto. No tuvieron el protagonismo previsto debido al retraso en el comienzo de las operaciones, inicialmente programado para las 10, a causa de que Buenos Aires estaba cubierta de nubes bajas que impedían el bombardeo.
El golpe fue llevado adelante por oficiales y suboficiales de la Armada Argentina, con el apoyo de un sector de la Aeronáutica. En esta ocasión el Ejército se mantuvo leal al Gobierno, aunque exactamente tres meses después, gran parte de él intervendría decisivamente en el derrocamiento del gobierno constitucional presidido por el general Juan Domingo Perón.
El propósito de la conjura, tras asesinar al presidente de la Nación, era instaurar un triunvirato civil integrado por Miguel Ángel Zavala Ortiz (dirigente de la UCR), Américo Ghioldi (dirigente del Partido Socialista) y Adolfo Vicchi (del Partido Conservador).
Zavala Ortiz fue uno de los que huyeron con las aeronaves, exiliándose en el Uruguay. Volvió luego del 16 de septiembre, y siendo canciller del presidente Arturo Illia, logró que la dictadura militar que gobernaba Brasil, impidiera el retorno del general Perón del exilio, el 2 de diciembre de 1964, cuando se lo detuvo en el aeropuerto carioca de El Galeao. Para vergüenza de los argentinos, el ex jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Enrique Olivera, le puso su nombre a la plazoleta de la avenida Leandro N. Alem y Rojas.
Ghioldi, que saludó los fusilamientos del general Valle y de sus hombres y la masacre de José León Suárez en junio de 1956, escribiendo en el diario La Vanguardia: “¡Se acabó la leche de la clemencia!”, sería embajador en Portugal durante la dictadura de Videla.
El ataque aéreo se realizó en sucesivas oleadas entre las 12:40 y las 17:40, siendo acaso la más destructiva la que se lanzó a partir de las 15:15 y contó con el concurso de cazas Gloster Meteor. Los ataques tuvieron como objetivo la Casa Rosada, la Plaza de Mayo y sus adyacencias (donde se registró el mayor número de víctimas), el Departamento Central de Policía y la residencia presidencial (que estaba donde hoy está la Biblioteca Nacional), las columnas del Regimiento 3 de Infantería “General Manuel Belgrano” que salieron del cuartel de La Tablada hacia Plaza de Mayo y el aeropuerto internacional de Ezeiza tomado por los golpistas, para recuperarlo; una concentración obrera en avenida General Paz y Crovara, y las antenas de Radio del Estado –en la terraza del Ministerio de Obras Públicas emplazado en la avenida 9 de Julio– y de Radio Pacheco (nudo de enlace de las comunicaciones radiotelefónicas) en la localidad del mismo nombre. La CGT no recibió ataques directos, porque un suboficial de la Armada se negó a trasmitir la orden dada en ese sentido por uno de los jefes de la conspiración cívico-militar, el contralmirante Aníbal Osvaldo Olivieri, hasta ese momento ministro de Marina.(…)
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Este masivo crimen de lesa humanidad no puede verse descontextualizado con lo que había ocurrido desde el 17 de octubre de 1945, cuando una movilización de los trabajadores, hombres y mujeres del pueblo a quienes Raúl Scalabrini Ortiz denominó “el subsuelo de la patria sublevado”, repusieron en su cargo al coronel Perón. Esa misma noche hubo enfrentamiento s armados en los que murió el joven manifestante Darwin Passaponti.
La coalición política oligárquica que enfrentó a la formula Perón-Quijano, la Unión
Democrática, se constituyó bajo el auspicio del embajador de Estados Unidos, Spruille
Braden. Y tuvo como una de sus figuras centrales al ex presidente de la Sociedad
Rural Argentina, Antonio Santamarina. Tras la derrota, algunos de sus miembros se lanzaron a los caminos de la violencia antiperonista.
Es bueno recordado aquí, porque en la Historia toda tragedia se construye con prácticas genocidas que van logrando un acostumbramiento de la sociedad a hechos que marcan un camino, hasta que se torna inevitable la masacre colectiva.
Los comandos civiles fueron una creación con hondas raíces. Se inspiraron en las brigadas antiobreras de la Liga Patriótica que actuaron entre los años 20 y 30. Y vieron la luz a partir de 1946 como grupos de supuesta autodefensa de los partidos políticos Radical, Conservador y Socialista, para terminar siendo la avanzada violenta del antiperonismo golpista.
No habría sido posible el bombardeo del 16 de junio de 1955 si no hubiera existido el intento de golpe de Estado del general Benjamín Menéndez en septiembre de 1951 –del que participó también Odando Ramón Agosti, futuro miembro de la Junta Militar en 1976– y el del coronel Francisco Suárez en 1952, cuya unidad con los golpes posteriores no solo está dada por sus propósitos, sino por la presencia de los mismos protagonistas: Menéndez, Alejandro Lanusse, Eduardo Lonardi y tantos otros.
No habría sido posible el bombardeo del 16 de junio de 1955 si no hubieran existido los tres artefactos explosivos colocados en alrededores de la Plaza de Mayo, en 1953, durante una concentración organizada por la CGT, en momentos en que el presidente Perón se dirigía a la concurrencia desde el balcón de la Casa Rosada. De las tres bombas estallaron dos. Y la colocada en un andén del subte de Plaza de Mayo mató instantáneamente a cinco personas e hirió a más de cien; diecinueve de ellas quedaron mutiladas o lisiadas para siempre. Este acto criminal fue dirigido por el ingeniero Roque Carranza, quien tres décadas después, con la desmemoria de su antigua responsabilidad criminal, fue designado ministro en el gobierno de Raúl Alfonsín, y paradójicamente, a su muerte, puesto su nombre a una estación del subterráneo.
En cambio, durante junio de 1955 se machacó deliberadamente a una masa anónima con el objetivo de que el temor se expandiera y calara hasta los huesos entre los potenciales defensores del gobierno constituido.
Las bombas en Plaza de Mayo implicaron una clara advertencia: quienes buscaban derrocar a Perón estaban dispuestos a verter toda la sangre que fuera necesaria.
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El primer canciller de la llamada “Revolución Libertadora” desnudará sin pudor el carácter oligárquico y antipopular del ensayo macabro del 16 de junio y del golpe de Estado triunfante puesto en ejecución exactamente tres meses después: “Porque no olvidemos el hecho de que la revolución de septiembre de 1955 no fue solamente un movimiento en que un partido derrotó a su rival o en que una fracción de las Fuerzas Armadas venció a la contraria, sino que fue una revolución en que una clase social impuso su criterio sobre otra”.
La frase es de su libro Ayer, hoy mañana. Recordemos que el 16 de junio, Mario Amadeo fue jefe de los comandos civiles del nacionalismo local.
En Argentina, los ideólogos civiles de la masacre –con esa capacidad que tiene siempre la derecha de deslindar sus responsabilidades, descargando todas las culpas sobre los gobiernos populares a los que trata de derrocar– pretendieron, hacer responsable del derramamiento de sangre que segó la vida de más de trescientas personas, al propio Perón. Y si alguna vez lamentaron tantas muertes, las consideraron inevitables.
Los múltiples vasos comunicantes entre los golpistas de 1951, 1955, 1966 y 1976 son tan evidentes como el hecho de que la impunidad de que gozaron los asesinos habría de alentar el in crescendo criminal que culminó en 1976 con el secuestro, tortura, detención-desaparición y asesinato de millares de personas. La lección de junio del 55 había sido aprendida y transmitida por aquellos que constituyeron su criminalidad como un continuo.
El terror expandido era imprescindible para tratar de dominar todo el cuerpo social.
El capitán de navío Vicente Baroja, que participó en el complot de Menéndez como jefe de una escuadrilla de la aviación naval que arrojó panfletos sobre la Casa Rosada y otros lugares céntricos, años más tarde, ya con el grado de contralmirante, puntualizó respecto a aquel primer intento golpista: “El movimiento fue sumamente aleccionador para el país y las Fuerzas Armadas. Habíamos confiado en derrotar al tirano con pequeñas acciones sin derramamientos de sangre. La lección fue que era preciso llegar al derramamiento de sangre para voltearlo”.

Algunos ejemplos del continuismo golpista: los tres ayudantes del contralmirante Olivieri eran los capitanes de fragata Emilio Eduardo Massera, Horacio Mayorga y Oscar Montes. Todos ellos, a pedido de Olivieri, fueron eximidos de ser juzgados por el benevolente Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Massera fue miembro de la Junta Militar que asaltó el poder en marzo de 1976; Mayorga estuvo involucrado en la Masacre de Trelew (el ametrallamiento de diecinueve prisioneros, de los que murieron dieciséis, el 22 de agosto de 1972) y después, en la última dictadura, de la que Montes fue canciller.
Los pilotos y demás fugados a Uruguay fueron recibidos en el aeropuerto de Carrasco por el capitán Carlos Guillermo Suárez Mason, prófugo de la Justicia argentina desde su participación en el intento de golpe de septiembre de 1951. Suárez Mason sería el poderoso comandante del Primer Cuerpo de Ejército durante la última dictadura; luego vaciaría YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), que se convertiría en la única petrolera del mundo con pérdidas sistemáticas.
Entre los pilotos y tripulantes de aviones que huyeron, Máximo Rivero Kelly sería acusado de delitos de lesa humanidad cometidos como jefe de la base Almirante Zar, de Trelew, y de la Fuerza de Tareas 7 que operó en la zona norte de Chubut durante el llamado Proceso; Horacio Estrada fue jefe del grupo de tareas de la ESMA; Eduardo Invierno fue jefe del Servicio de Inteligencia Naval (SIN) durante la dictadura y, como tal, estuvo involucrado en el asesinato del empresario Fernando Branca; Carlos Fraguío fue titular en 1976 de la Dirección General Naval y tuvo una clara responsabilidad sobre los centros clandestinos de detención que funcionaron en la ESMA y en la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina; Carlos Carpintero se desempeñó a partir de 1976 como secretario de Prensa y Difusión de la Armada; Carlos Corti sucedió a Carpintero como vocero naval y Alex Richmond fue agregado naval en Asunción.
De la Fuerza Aérea: el capitán Jorge Mones Ruiz sería durante la dictadura delegado de la SIDE en La Rioja, y Osvaldo Andrés Cacciatore nada menos que intendente de la Ciudad de Buenos Aires.
El 16 de junio de 1955, a excepción del jefe de la Infantería de Marina, contralmirante Benjamín Gargiulo –que se suicidó tras el fracaso golpista–, y del primer teniente de la Fuerza Aérea, José Fernández –a quien hirieron los suboficiales leales a los que había reducido antes de morir desangrado–, los golpistas no tuvieron bajas entre sus filas. Ni siquiera heridos, según surge de las actas de ocupación del Ministerio de Marina.
En cuanto al furor homicida de los golpistas, la simple proporción de muertos (más de trescientos a uno) lo evidencia sobradamente. En tren de justificar su decisión de arrojar 800 litros de combustible de un tanque auxiliar sobre la Casa de Gobierno –lo que admitiría que nadie le había ordenado que hiciera–, el piloto Guillermo Palacio dijo que “fue una demostración del odio, de la reacción desatada por las medidas que agobiaban al país”.
La masacre del 16 de junio de 1955 tiene una continuidad política y en sus componentes personales, continuidad que serpentea por un camino plagado de sangre de mártires populares y tiene su gran desemboque criminal el 24 de marzo de 1976.

Dr. Eduardo Luis Duhalde

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