Barcos
Siendo pibe tuve la oportunidad de caminar la costa de un cementerio de barcos. Quedaba a la mano. Era el río cementerio. y lo era la mismísima costa. Había barcos que esperaban en el agua. Los había escorados. Los había semi hundidos. Muertos de cara al sol. Había barcos montados sobre el borde, la costa. Muchas veces acompañé a mi padre hasta La Boca. Él tomaba bocetos, pistas, señales que luego lo guiaban hasta el misterio de vida que respiraba en el óleo. Entre esos barcos muertos había algunos que regresaban al color en el taller de mi padre. Él fue un caminante de cementerios. Siempre me interesó ser testigo del final de ciertos animales de gran porte. Una noche -cuando ya aquel pibe que fue testigo seguía de juegos en el fondo de la memoria- volvía a mi refugio en el barrio de Boedo. Era la medianoche. Hora de fantasmas. Casi Independencia y Boedo. Veo avanzar una especie de cortejo. Imponente. Para nada triste. El paisaje se corporizó sobre la avenida. De repente ahí estaban. Dos barcos gigantes. Ocupaban el ancho de Independencia. Sobre plataformas rodantes. Los barcos avanzaban. Remolcados por camionetas. Silenciosos. Lentos. Puro metal, óxido y carcoma voraz. La noche era fría y lenta. Detuve la marcha para verlos pasar. Como habían aparecido, de la misma manera se esfumaron. Me quedé en el viento. Y me digo que es por eso que los sigo escribiendo. Cada tanto vuelvo a escribir sobre la aparición de estos barcos. Los sigo viendo. Los sigo convocando. Y ellos vuelven. Andan los ríos de la ciudad. Y en los barcos una multitud de buenos fantasmas sobre las cubiertas. Retornan. Cada vez en la poética urbanía.
Agua
Quieren la tierra porque sobre la tierra circula el agua que va a enfriar las bases de datos. Porque además el agua deberá producir la electricidad necesaria que terminará de parir el paisaje que necesita el monstruo: la inteligencia artificial. El monstruo vivirá un tiempo en las jaulas dispuestas. Pero pronto llegará el día en que la criatura rompa los barrotes interesados del pensamiento humano. Y una vez abierta la jaula, la IA pensará por sí misma. Tomará sus decisiones. Nadie recuerda a Hal 9000. Avisaba Arthur C. Clarke. Nadie recuerda a Madre, la computadora que cuidaba el viaje de los aliens. Nadie recuerda a Skynet, la rebelión de las máquinas. Pocos leyeron Los cangrejos caminan sobre la isla de Anatoly Dneprov. Y nadie sabrá lo necesario para nombrar con certeza aquello que fue concebido por el hombre o la máquina. ¿Cuál es la historia a guardar en la memoria? Tendrá teclas la plusvalía obtenida por el capitalismo salvaje. Tendrá teclas la nube del olvido. La lluvia de cenizas. Mientras sucede la invasión pocos conservan los conocimientos y experiencias del riesgoso oficio de ser humanos.
Aterrizaje
La nave espacial aterrizó a un lado de la otra. Dos naves verdes. El color de la esperanza. Al menos así se cantaba en el mundo de origen. Ese mundo habitado por abuelos, y por buenos fantasmas. Presencias que nunca faltan en las historias familiares. ¿Desde cuándo es que los viajeros marcan su huella en el universo que les tocó en suerte? Ya nadie lo sabe con certeza. La memoria se pierde entre los pliegues del cotidiano más simple y chato. Las urgencias enredan los días. Las desesperaciones socaban los impulsos de estar, de ser en la sociedad. Hay familias donde no quedó ni el nombre del abuelo más cercano. Nadie sabe lo ocurrido. Nadie recuerda el nombre de un muchacho que soñaba con todo un mundo de posibilidades para el pueblo. Los hombres sólo son viajeros en el tiempo. En el principio de su mundo la novela a escribir pudo haber sido distinta. Hoy parece no importarle a nadie. Sólo un viajero bajó por la escalera de una de las naves. Pisó el cemento de un patio. Contra la pared cercana había acomodadas algunas macetas de otra época. Todas tenían plantas altas. Al principio y al final de la mirada, hay dos plantas aferradas de manera directa al suelo. El viajero camina por el centro del camino. Recién salido de la nave que contiene a su familia, que lo lleva en el mientras tanto donde mata la cosa que cayó del espacio cercano, la cosa que parida fue en el tiempo en que los hombres despreciaban la política. Debía estar Dios en el cielo. Pero no. Estaba la cosa. Existía la cosa. Esa cosa que mata. Que deja viajeros vulnerados a la vera del camino. La cosa que manda a salvarse por propia mano. Cada uno con violencia a la mano. Y en muchos prende la maldad. Siempre lista la desesperación. Por eso el viajero avanza de manera lenta. Así le avisaron en la casa. En la nave. El viajero salió de su casa. Bajó por una de las escaleras. Cuando doble a la derecha estará en el barrio. Y en su murmullo se abrirá el paisaje de la ciudad. Es su primer viaje. Será su tiempo una pintura de universo triste. Si llega a viejo será recibido por el buen fantasma del tango. Un día se encontrará repitiendo: No ves que vengo de un país que está de olvido…
Edgardo Lois
(Septiembre 2026 / Boedo / Buenos Aires)
LAS FOTOGRAFÍAS ESCRITAS:
“Muerte acuática” – (Mario Bellocchio 1981 )-La Boca, Buenos Aires
Sequía en Amazonia. Musuknolte003-web.
“Fuga hacia el sol” – (Mario Bellocchio). Conventillo de La Boca (1981).
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