Centeya y los tanos tan queridos
Pero además de ser herramientas pedagógicas muy efectivas, las efemérides pueden también ser útiles para consolidar hechos significativos de distinta naturaleza. Se trata de acontecimientos que ponen al alcance de las nuevas generaciones trayectorias de figuras de las ciencias, la política y la cultura, que al ser evocadas son capaces de generar reflexiones interesantes. Algunos de estos casos pueden llevarnos a bucear en nuestra propia identidad.
Lo dicho nos conduce directamente al día 15 de este mes, fecha en que se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Julián Centeya (1910). Nada menos.
Un grande por donde se lo mire. Por talentoso. Por porteño. Y, que no queden dudas, por nuestro. Claro que era de Buenos Aires toda, pero, fundamentalmente, fue de Boedo.
Ya sabemos que nació en Italia, que su nombre de nacimiento fue Amleto Vergiati y que era un pibito cuando llegó con sus padres a vivir a la Argentina. Fue, por supuesto, un “tanito” más que se hizo hombre en el Río de la Plata, y recibió, casi sin notarlo, transfusiones inagotables de sangre popular y tanguera. Un “tano” más, como apodábamos a quienes habían llegado en aquellos barcos cargados de esperanzas. Fue así que algunos de ellos, elegidos, por cierto, asomaron a la adolescencia en aventuras callejeras para incorporarse al seleccionado de almas que dieron al tango forma potente y definida.
Algunos de aquellos italianos ineludibles: Donato Racciatti, Roberto Maida, Alberto Marino (Marinaro), Alberto Morán (Recagno), Pepe Libertella, Luis César Amadori.
Y otros notables nacidos por acá cuya sola mención remite a saludables aromas de pomodoro y pastasciutta: De Caro, Discépolo, Contursi, Canaro, Maffia, Piazzolla, D’Arienzo, Lomuto, Colángelo, Filiberto, Francini, De Angelis, Troilo, Manzi (Manzione)…y la lista podría seguir…
Pero volvamos a nuestro agasajado.
Centeya vio la luz en Parma, la provincia italiana donde nacieron los grandiosos músicos Giuseppe Verdi y Arturo Toscanini. Cómo no iba a salir artista, si había respirado esa atmósfera a la que sumó el aire de Boedo para convertirse en un cronista popular mayúsculo, relator y vocero del sentir porteño.
Poeta (La musa mistonga, La musa del barro), comentarista (Radio Colonia, Radio Argentina), letrista (La vi llegar, Lluvia de abril, Claudinette…), novelista (El vaciadero) y recitador: “pa ver si se enteran de que yo soy de Boedo”). Un crack.
Pero, para conocer mejor a este coloso barrial, nos permitimos ejecutar un robo (un afano, sería más coherente decir en este caso). Vamos a reproducir, sin haber pedido permiso, algunas líneas de una nota, profunda, medular, imprescindible, que publicó oportunamente este periódico. Fue escrita por un redactor conocido, de apellido decididamente tano: Mario Bellocchio (nuestro Dire).
Ahí va un fragmento de aquel texto dedicado a:
“El hombre gris de Buenos Aires”
“Dicen que fue César Tiempo quien lo bautizó con el color de la madrugada, la garúa, la nocturnidad de los bares tangueros, el humo de su eterno pucho y la tristeza de las heridas del cuore. Él “piró” temprano. Su poesía es eterna.
“El conventiyo, un toque al colegio Luppi, algún seguro cruce con Manzi en los recreos. Y, ya sin guardapolvo, en una secundaria que no tardó en patearlo por rebelde. Tiempo después, de la pesca del rebusque brotaría el talento. Fue chiflarle la melodía a José Canet, aunque no tan sencillo como decirlo, para que Amleto Vergiatti tuviera documento recién impreso:
‘Me llamo Julián Centeya/por más datos soy cantor/nací en la vieja Pompeya/ tuve un amor con Mireya/Me llamo Julián Centeya/su seguro servidor´’.
Así se curte en ese Parque Patricios inicial afincándose luego en “la” Boedo nutriente, fémina, como su Musa Maleva, aunque él se empeñara en darle categoría de barrio que todavía no era (en los papeles).
Julián no encaja fuera de las rebeldías de Boedo, de sus luchas proletarias, de la fantasía que la precariedad inventa para soportar la explotación e intentar, aunque más no sea el rescate, ya que no el equilibrio. Julián no cuaja en la retórica hueca de las academias y allá va empujado a recalar en radios y periódicos vertiendo homeopáticas muestras plagadas de metáforas surrealistas con pretensión de botella de náufrago. Sólo exprimiendo todas las mesas de todos los boliches podríamos intentar tener al verdadero Amletojulián en esas madrugadas de amigos con la verba diluida en el humo de su eterno pucho.
Final para agradecer. A los “tanos”, al tango, a Boedo, a Mario. A Julián.
Descubrí más de DESDE BOEDO
Suscribite para recibir las entradas más recientes en tu correo electrónico.
