La manipulación de los medios
Así, existe una discrecionalidad evidente respecto a lo noticiable de los acontecimientos, esto es, respecto a qué sucesos se incluyen dentro de la calificación de noticia y cuáles son dejados de lado y excluidos de la difusión pública. Lo ficcional de la realidad social mediatizada puede resumirse en algo que es más que un simple eslogan: lo que no sucede en los medios no sucede en la realidad.
Sumado a ésto, en las sociedades así mediatizadas, se ha producido una sustitución del espacio social de intercomunicación por el ámbito generado por la imagen de las pantallas y las denominadas redes sociales. El exceso de información y el atiborramiento de noticias, impide una apropiada decodificación de los mensajes recibidos y su correcta interpretación.
Se establece así una forma de control social al impedir a los receptores de las noticias la posibilidad de reflexión, ya que se presentan conceptos e imágenes listos para ser digeridos sin degustación previa y sin la posibilidad de comprobar si lo que se consume resulta agradable o repugnante.
Los seres humanos somos capaces de filtrar, decodificar, pensar…, esto sí, esto no. Entonces ¿por qué seguir a rajatabla cualquier disparate? ¿De qué argumentos, con qué artilugios de manipulación hipnótica, de sugestión mental, se valen los medios emisores de discursos contradictorios y las denominadas falsas noticias (fake news)?
Antonio Gramsci (1) elaboró la teoría de la Hegemonía y, en el tema que nos ocupa, del Poder hegemónico. A través del sistema educativo, de ciertas instituciones y de los medios de comunicación, se ejerce una hegemonía cultural para que los sometidos a estos discursos los consideren como algo “natural” y lo más conveniente.
Así, la hegemonía trabaja en pos de la homogeneización del pensamiento de los receptores de los mensajes.
A esta altura cabe preguntarse por el grado de influencia que imponen los medios de comunicación, en los cuales la realidad es sustituida por la difusión de la realidad.
La noticia previamente seleccionada por los medios masivos “interpreta” el material periodístico que llega a la redacción y difunde la versión que más conviene a sus intereses.
En los estudios sobre comunicación, la noticia ha dejado de ser visualizada como un espejo de la realidad y ha pasado a ser considerada como una construcción de la realidad que hacen los medios a través de las prácticas periodísticas. (Gale Tuchman, 1983) (2).
Así, existe una discrecionalidad evidente respecto a lo noticiable de los acontecimientos difundidos, esto es, respecto a qué sucesos se incluyen dentro de la calificación de noticia y cuáles son dejados de lado y excluidos de la difusión pública.
Los medios seleccionan el material a divulgar restringiéndose a una visión sesgada –que oculta parte de los hechos– que legitima el discurso que pretenden imponer.
Frente a esta realidad, quienes adoptan una posición prescindente –o la denominada “apolítica”– son, por un lado, los más lábiles frente a la aceptación del discurso mediático y, por el otro, los más orgánicos en la repetición y difusión de los mensajes aceptando su veracidad a ciegas.
De tal modo, el intento de homogeneización del pensamiento completa el proceso iniciado por la hegemonía cultural ejercida desde los medios de “comunicación”. La mejor arma de que disponemos los receptores de los mensajes es la resistencia cultural a través de un permanente estado de alerta acerca de sus afirmaciones.
La peor actitud a adoptar es la indiferencia o la aceptación pasiva e irreflexiva.
Mantengamos nuestra privilegiada facultad de pensar en acción.
No dejemos el cerebro en el freezer.
En la historia de la humanidad hubo muchas edades. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII podemos decir que la humanidad vive en la edad tecnológica, término que refiere a las aplicaciones técnicas dentro de condiciones económicas y sociales específicas. Técnica y tecnología se confunden muy a menudo, aunque desde hace un tiempo se observa la sustitución cada vez más frecuente de la palabra técnica por tecnología. La definición más corriente describe a la tecnología como el discurso sobre las técnicas y debe ser considerada como un proceso de aplicación de conocimientos científico-técnicos en el ámbito de la producción. Por lo tanto, la denominada tecnología no refiere a lo meramente técnico, sino al manejo de la técnica.
Estas especificaciones se deben a que en muchos discursos se considera a la tecnología como algo desligado de los contextos en los que se desarrollan las técnicas, en este caso, de comunicación, como algo “inocente”, aislado e independiente de todo tipo de dominación.
Según Raymond Williams (3) la tecnología refiere a una relación entre conocimiento (la ciencia) y su aplicación práctica (la tecnología). Lo que conduce a una falta de tino en la distinción entre técnico (asuntos de construcción práctica) y tecnológico, ambos a menudo usados en el mismo sentido…” “… Tecnológico indicaría entonces los sistemas cruciales en toda producción, diferenciado de las aplicaciones específicas”.
Raymond Williams se ocupó de estudiar a la televisión como el nuevo medio que había ingresado al ámbito doméstico de modo generalizado. Y publicó Televisión, Tecnología y Forma Cultural (1973), en el cual realiza su aporte al estudio de las tecnologías de la comunicación.
“La gente dice: “La televisión ha alterado nuestro mundo”, o “la radio alteró el mundo” o, para remontarnos aún más en el tiempo, “la imprenta alteró el mundo”. Y, por lo general, sabemos, al menos inicialmente, qué significan estas afirmaciones. Sin duda, todos estos inventos han producido efectos sociales amplios y evidentes. Pero, al extender las afirmaciones en este sentido, hemos introducido –a veces sin saberlo– una categoría más: la de los “usos”. El argumento puede, entonces, tomar distintas direcciones. Se puede decir que lo que ha alterado nuestro mundo no son la televisión, ni la radio, ni la imprenta como tales, sino los usos que se les da en cada sociedad” (Williams, 1992: 183). (El destacado es nuestro).
Algunos “comunicadores” –me niego a llamarlos periodistas–, escriben y difunden a sabiendas información falsa. ¿Cómo imaginan la continuidad de su profesión? ¿O es que ya han renunciado a ella?
A propósito de esto viene a mi memoria una escena de la película “El Jefe”(4). Un grupo de jóvenes, comandados por un matón con aires de triunfador, se ve envuelto en un crimen. Uno de los personajes es un escritor y periodista con necesidades económicas y trabaja para este “jefe” escribiendo basura amarillista, cuando en el pasado había sido un promisorio hombre de letras. El más joven e incauto de la barra, apasionado admirador de Berger, tal el nombre del “jefe”, le pregunta al periodista, viéndolo muy a disgusto, por qué no se va. ¿Es que no podés escribir otra cosa?
– “No, ya no”.
Clausewitz (5) afirmaba que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Más allá de cierto reduccionismo que implica el aserto, el fondo de la cuestión aparece como indubitable. Hoy los imperios, pertrechados por una industria armamentista que en Estados Unidos produce más que cualquier otra industria, invaden países, derrocan gobernantes, matan a civiles y hambrean a pueblos enteros. Sin embargo, la esencia de la esfera del poder, en lo sustancial, ha cambiado de manos, si bien las naciones se constituyen a partir de la democracia formal.
El poder efectivo está concentrado en el capitalismo financiero internacional, y el “medio”, las otras armas de la guerra, es la difusión de las “bondades” del ideario neoliberal y de la concentración del capital por todo el planeta, a partir del discurso único de los medios masivos de comunicación, que en realidad no comunican ni informan sino que reinterpretan los hechos de la cotidianidad traduciéndolos al idioma de su dominación.
Si bien es sabido que la historia es un relato de la historia, llevada esta afirmación al presente, la historia hoy resulta cristalizada a través de la “opinión” de los representantes del capital concentrado, los medios masivos de “su” comunicación. Hoy la guerra a la que refería Clausewitz se apoya fundamentalmente desde los medios hegemónicos de comunicación cuyo objetivo es homogeneizar el pensamiento de todos alineándolo a su discurso.
La violencia física se transmuta en violencia simbólica: el discurso de los medios hegemónicos es el nuevo Plan Cóndor, con los mismos objetivos y la misma sistematización del viejo. Pero con otro plumaje, tan feroz como el de las armas de guerra, en este caso apuntando al pensamiento de los receptores del mensaje. Lanzado desde la masividad de los medios concentrados de comunicación difusores del ideario del capital financiero internacional, el “nuevo Cóndor vuela” en cada país llevado a la práctica por medio de sus personeros locales.
A lo expuesto anteriormente debemos agregar algunos fenómenos que, si bien son sistemáticamente manipulados, escapan a la denominación de medios de comunicación como lo son la radio, la tv, etc. Son las mal llamadas redes sociales, los grupos de trolls, las usinas generadoras de las fake news, entre otras muchas maneras que ejercitan los grupos concentrados de dominación hegemónica. No dejando de lado a la inteligencia artificial, que más allá de algunos beneficios resulta, de no ser limitada y vigilada por los estados, una verdadera amenaza capaz de ser utilizada con los peores objetivos.
Para terminar; se dice que de todo laberinto se sale por arriba. Ojalá encontremos pronto ese arriba.
(1) Gramsci, Antonio (1891-1937); Cuadernos de la cárcel; más de tres mil páginas escritas entre 1929 y 1935 en la prisión a la que fuera reducido por el fascismo por más de una década.
(2) Tuchman, Gaye; La producción de la noticia; Estudio sobre la construcción social de la realidad; Gustavo Gili (ed.); Barcelona 1983.
(3) Raymond Williams (Gales 1921/Essex 1988). Intelectual galés, perteneciente, junto con otros, al denominado Círculo de Birmingham. Autor, entre otros libros de Cultura y Sociedad, La larga revolución, Palabras clave y Hacia el 2000.
(4) El Jefe, 1958, dirección Fernando Ayala, Guión David Viñas. El personaje del escritor fue interpretado por Duilio Marzio, el del joven admirador del “jefe”, por Leonardo Favio. El jefe era Alberto de Mendoza.
(5) Carl von Clausewitz (1780/1831) en su obra De la guerra.
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