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108 cuervos años

Por Mario Bellocchio |

“Buenos Aires, 1º de abril de 1908. Reunidos en asamblea los integrantes del Club Los Forzosos de Almagro…”

Luisito le pone una pelota al Carbuña como si se la hubiera alcanzado a domicilio. Juancito le pega el grito y allá va el pase, un poco alto, que lo obliga a retroceder. Y ¿quién escucha otra cosa que su corazón latiendo acelerado, cuando está solo frente al arquero? Así que no oyó al tranvía. Ni lo vio. Simplemente, porque lo tenía detrás. Y se tragó al 27. Sí, se lo tragó. Porque él lo chocó. Arena en los rieles. Angustiosa clavada de frenos. Y el cagazo de Juancito y los demás. Y entre los demás, allá a mitacuadra, desde la puerta de su capillita de México 4050, el cura Lorenzo que se tapa los ojos como no queriendo ver. Y los oídos, para no escuchar las puteadas al motorman. Pensar que si Federico Monti –Carbuña, por sus tiznes de laburo en la carbonería del padre– le pone el pase un segundo antes a Juan Abondanza, al pobre Juancito “lo entierran en dos joncas: uno pa´la parte de arriba y otro pa’ la de abajo” –comenta Luis Gianella después del alboroto.

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La primera foto donde el cura Lorenzo Massa posa con los jugadores ya vestidos con la camiseta azulgrana que los identificaría de ahí en más (c. 1909)

Los recién constituidos como “Forzosos de Almagro” acaban de pegarse el primer jabón. Hasta ahora todo venía bien, por lo menos deportivamente hablando. Desde que decidieron el nombre propio y se calzaron las camisetas borravino con vivos blancos que regaló la familia de Federico Monti –y a cuidarlas que no hay otras y ni miras de cambiarlas–, comenzaron a hacer alarde de que “tenían mucha fuerza y que para vencerlos había que romperse todos” y “que estaban dispuestos a salirse siempre con la suya, por la razón o por la fuerza”. Así se largaron a plantear sus desafíos con brocha y cal en las escasas paredes de aquel Almagro primitivo plagado de quintas, hornos de ladrillos y tambos.

Según decía el padre Massa, “la capilla y sus alrededores eran el límite de la parte poblada de la ciudad, como si dijéramos la pampa”.

Una “pampa” habitada por gente humilde, trabajadores de los cultivos, carboneros, peones, canasteros, que llegaban apretadamente a alimentar a sus hijos y darles la educación más elemental. El naciente fervor por el foot-ball reunía un número cada vez más creciente de pibes que abandonaban el patotaje cuando una redonda de cuero o de trapo se les entreveraba en los pies, aunque un bondi les cortara la “cancha” en dos.
La cuestión es que el 27, la misma línea que llevaría a la hinchada hasta la propia puerta del Gasómetro, puso el límite que el cura Lorenzo decidió trasponer para que la purretada de México y Treinta y Tres dejara la calle y sus peligros. Massa no era lo que podría llamarse un cura ortodoxo. Venía de la vecina parroquia de San Carlos con convicciones claras de su función social. Y la fascinación que este relativamente nuevo deporte de la pelota despertaba en el piberío, la noción de esfuerzo solidario y la adrenalina que movilizaba –hasta él mismo se arremangaba la sotana para dar unos chanflazos– le resultaban inmejorables para ganar voluntades juveniles.

El tumulto por el incidente fue una buena excusa para acercarse a los chiquilines. No cuesta imaginar la oferta del cura y los ojos desmesurados de los pibes soñando con jugar en una cancha donde los postes de madera sustituyeran a los montoncitos de ropa en el arco.

La decepción pronto llegaría con el “¿qué hay que hacer a cambio?”: estudiar el Catecismo y asistir a misa los domingos. ¡Es mucho pedir para unos atorrantes de vocación que para colmo son hijos de ácratas y socialistas!

Así que en un primer momento el curita se volvió con las manos vacías. Pero obstinado, insistió y según resume en pocas palabras Cayetano Molteni, testigo privilegiado de aquellos hechos: “el cura, finalmente, los engrupió a todos con un sellito y un juego de camisetas y los metió adentro de la iglesia”. Las carencias pudieron más: Federico Monti, pomposamente rotulado tesorero de los Forzosos, no contaba con siete miserables mangos para comprar el sellito que identificara a la “institución”. Así que a tragarse las hostias junto con el orgullo y aceptar la oferta del cura.

Poco tiempo tardaron en agotar a los rivales del entorno superando a todos ellos. Massa, entonces, los convocó a un desafío superior: los del Colegio San Francisco de Sales serían el próximo y poderoso adversario. Con un atractivo adicional: se usarían dos juegos de camisetas –unas verdiblancas y otras rojiazules– y el ganador del encuentro tendría derecho a llevarlas como propias de ahí en más. Los Forzosos se impusieron por cinco a cero con la casaca que hoy distinge a San Lorenzo y que, a partir de ese momento, quedó tatuada en el corazón cuervo.

¿Y de dónde ese par de colores? ¿De Tigre? ¿Del Barcelona? No. Más simple: un día de su juventud, el afable sacerdote Domingo Pizzuli –recientemente fallecido– tuvo la misma inquietud y se la planteó al padre Massa en persona, quien lo llevó hasta el vecino colegio de María Auxiliadora y le señaló la vestimenta de la virgen como toda explicación: túnica roja y manto azul, colores que pasaron de la veneración religiosa a la deportiva, gracias a la inspiración del cura Lorenzo.

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El aula perteneciente a la capilla de México 4050 donde el 1º de abril de 1908 fue fundado San Lorenzo de Almagro

1908 ha comenzado con buen pie –nunca mejor dicho tratándose de fútbol–, de manera que Antonio Scaramusso toma la posta de darle legalidad en los papeles al emprendimiento para poder militar en la Asociación Argentina de Foot-ball, entre otras cosas. Le pide el aula del oratorio a Massa, lo invita, y el 1º de abril de 1908 se reúnen para celebrar la asamblea constitutiva los hermanos Coll, los Maidana, Benedetelli, Gianella, Xarau, los hermanos Monti, Abondanza, Manara, Scaramusso –quien resultaría el primer presidente–, Massa y los demás.
Luisito Manara –creador del apelativo forzosos– siente el peso de la trascendencia, carraspea y anuncia:

“Buenos Aires, 1º de abril de 1908. Reunidos en asamblea los integrantes del Club Los Forzosos de Almagro…”.

No puede continuar. El padre Massa los hace reflexionar sobre la inconveniencia del nombre. Una larga polémica sobre el asunto suscita las más insólitas propuestas: “El centinela de Quito”, “El triunfador de Almagro”, “El almagreño”, “Río de la Plata”, “Almagro”, “El invencible” y el inusitado “Cestos y canastas”, en clara alusión a un oficio predominante entre los padres de los asociados. Federico Monti se resiste al cambio de nombre. Sólo lo acepta si se agrega al título que se convenga, el párrafo “de Almagro” como recuerdo permanente del lugar de origen de este sueño. Luis Gianella, entonces, propone que se homenajee a quien tanto los ha cobijado. Y respetando a su vez el deseo de Federico sugiere “San Lorenzo de Almagro”. El padre Massa rechaza la postura de que sea en su honor, pero aceptando el nuevo nombre, pronuncia sus recordadas palabras iniciales:

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El mítico tranvía 27 depositando su cuerva carga en la puerta del Gasómetro un domingo de los comienzos de la década de 1940

“Doy mi conformidad, si ella fuera necesaria, para que el nuevo nombre de este club sea desde hoy ‘San Lorenzo de Almagro’ y les voy a decir el porqué. Ustedes quieren ciertamente ingresar lo más pronto que sea posible a la Asociación Argentina de Foot-ball. Para ello necesitan ustedes disciplina, constancia y valor. Y en este nombre ‘San Lorenzo’ tienen el símbolo de las virtudes y condiciones para caracterizarlos y acompañarlos en todos sus actos. El nombre de ‘San Lorenzo’ nos recuerda a un mártir de la Iglesia Católica y nos recuerda también la primera batalla librada por el General José de San Martín. Imitando el valor y la constancia de San Lorenzo mártir, podrá este nuevo club conseguir y afianzar su posición que lo destaque entre sus similares, hasta llegar a la meta, o sea figurar en el círculo privilegiado de la Asociación Argentina de Foot-ball, y teniendo presente el primer triunfo de San Martín, fruto de la disciplina, se levantará sin dudas sobre una base inconmovible, pues es la disciplina el nervio de toda institución […]”.

Aún faltaba mucho para el Viejo y el Nuevo Gasómetros, para los quince títulos en la máxima categoría, para los Carasucias, para el descenso, para Lángara, para Farro, Pontoni y Martino, para los Matadores, para quedarnos sin cancha, para la Sudamericana y la Mercosur, para la Libertadores… Alegrías y sinsabores, como en la vida misma.

Pero en aquel entonces, cuando el 27 casi lo parte en dos a Juancito Abondanza, todo estaba por venir flotando en los sueños de los “Forzosos de Almagro” y el cura Lorenzo.

 

Fuentes consultadas:

  • Carlos Trueba, “Almagro: un pasado que perdura”.
  • Ricardo M. Llanes, “El barrio de Almagro”.
  • San Lorenzo Web Site.

 

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