Textos recobrados V

CulturaLa columna de Edgardo Lois

 

Apenas un puñado de fotos de tierra adentro.

Palabras desde el cuore. El lugar donde se cuecen las almas que nos fundan en los barrios de la urbanía de la sangre. Almas como patrias. Somos un conjunto de patrias internas. Entre ellas somos memoria.

 

Finirla

A todos nos llega. Habrá que finirla, muchacho, avisaba Julián de Buenos Aires. En el barrio de donde vengo había un sabihondo que también te la explicaba. A los más limpios de alma, a los acechadores de la suerte, a los poetas melanco, y a los turros, a todos en esta fauna de la vida, les llega su Parca, la demócrata. Se lleva al rico que anota un día más de ostentación; chau para el pobre en sus dos categorías: el que sólo se lleva su verdad ácrata, y el humillado que parte con un chamuyo de domingo bajo el brazo. Funeral de lujo escuché que tuvo un astronauta ruso. Eterno el diquero en la órbita, sin aire no hay bichos. En cambio por estos lares sobra el aire y viene cargado, porque el bicherío presto se reúne adentro y afuera. Cuanta más moneda tenés más bichos juntás. La moneda tiene aroma, también la madera de mucho lustre. En el barrio que más quiero hubo un pintor que compuso un paisaje de La Boca en el interior de su sobretodo. Distinto hizo el fileteador que le mandó fioritura a la cáscara. Exhibía los navíos, uno para su mujer, en el living de su departamento en San Telmo. Es distinto irse en colores que en brillo de madera casi espejo. En mi caso elegí la palabra: tengo la receta de una rápida memoria escrita en un papelito para que bien encaje en la pilcha de todos los días. Y eso sí, encajonados los recuerdos, me voy para el fuego. Para hacerme humo y ceniza. La escritura es mi manera de sumar historias en la historia de la ciudad. Finirla como hoja y tinta, si es posible en letra de molde. Con la mirada detenida en el corazón de la llama. Escribiendo colores.

Hublina

Niebla del Riachuelo amanecida en los barcos carboneros, niebla que me rodea desde el día en que nací a tu lado. Niebla rancia de recuerdo seco, así fue cuando dije adiós. En mi lugar quedó el smog enganchado en los últimos diez centímetros de mi sombra. Recuerdo que el poeta Ergoto de Bonaero bautizó una nueva palabra y jamás volvió a decir smog. Hublina, dijo, porque ahora lo sé, aquello que me rodea es una mezcla de humo y neblina. Después de la noche del dolor, cuando dormimos enamorados en el cementerio, en el turbio fondeadero donde perdimos el corazón. Fue después, cuando la niebla, mi hublina, comenzó a suspirar de alegría en el recuerdo. Nunca más volví. Jamás volveré. Mi hublina rodea, persigue, habla. Tres ruedas son las que no se detienen en el centro de mi alma. Me llevan, me transporto. Niebla y recuerdo hublinoso afuera, y por adentro una garúa espejada en el alma. Atrás, lejos, el sol que a nadie importa. Sólo la niebla, otra vez la niebla en mi universo: la calle, la esquina, el barrio. Otra vez la hublina, mezcla de humo y neblina. Mi humo es el que nace en los muertos, como sucede en cada amanecer en la ciudad de Benarés, en la India, donde el humo nace muerto y persigue, herido de melancolía, el quehacer de los vivos. Él sigue amarrado al recuerdo. Fue como si le hubiera robado la sombra y regalado una noche sin grillos a orillas del Riachuelo. Quizás él piense en mi maldad. Quizá sueñe con mi especial inclinación para fundar vidas desgraciadas. Pero fue la niebla de los muertos, mi hublina de alma posesa, aquella que escapa, vuela, sobre tres ruedas.

Infierno

Por qué hay que esperar tanto la buena vida. No maté a nadie, y, sin embargo, el infierno es mi compañía. Hay momentos en que sé que podría matar. Mi madre me dijo que la vida era linda. En cambio, mi padre me aseguró que la vida había sido linda, que ya no, me dijo que así le había contado el abuelo a su papá. Me aseguró que así andamos todos los hombres, cayendo al pozo mientras nos deslomamos pensando en la altura. Ahí siempre se balancea una zanahoria. Cuelga en el cielo del parabrisas, como el Sol o la Luna. Para el que lo quiera ver, también cuelga, pero bien quieto, el espejito retrovisor que avisa de la vida que se fue tras la zanahoria, la que siguen inventando los mismísimos hombres. La condena tiene su forma. La tortura por la esperanza, le dije a mi padre. Él me señaló la piedra, la montaña, la altura. No hay Dios, dijo. La tierra es toda de los hombres, y también el cielo, si le sacás la cáscara. Además, dijo mi padre, este mundo está más que revuelto. Un revuelto Gramajo que estrangula los espíritus. A muchos ya no les importa tratar de ser buenas personas, y a la mayoría de los que sí, les alcanza luego con pasar por el Laverap que abre los domingos en la iglesia. Es que es difícil, padre, ser buena gente. Me dijo que lo sabía, que eran tiempos sin memoria, que la gente se va olvidando de para qué vino a esta tierra, que es para vivir en paz, para trabajar un alma, una identidad que defienda la buena vida, amistosa y solidaria. Para encontrar la felicidad. Lo perfecto no existe, dije. Lo sé, quien esté libre de miserias que tire la primera piedra, dijo mi padre.

Deje su comentario...

Share via
Copy link
Powered by Social Snap