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Manzi. Aquellos tugurios iniciáticos

Resulta ser que allá en los tiempos juveniles de un tal Manzione, Homero para más datos, en las proximidades de San Juan y Loria –lo que hoy es la frontera con San Cristóbal– existía un bar llamado “Argentino” al que ninguno de sus concurrentes lo llamaba así sino el café “de Carpintero”, su dueño. Mario Bellocchio

(…) “el café “Argentino”, de un tal Carpintero, en la calle San Juan, cerca de Loria. ¡Cómo sería la selecta concurrencia de ese establecimiento que su dueño instaló unas luces de auxilio en la azotea para advertir a la policía de la inminencia de una batalla campal!”, decía Silvestre Otazú en “Boedo también tiene su historia”, sacando chapa de periodista contemporáneo del asunto (1).

Esos lugares, según lo señala un testigo más que presencial, participante de los hechos, Cátulo Castillo, “fueron los boliches que frecuentábamos con Manzi, reducto de ‘scruchantes’ y ‘lanceros’. De gente de avería, para todo color y toda clase.

—”Aquí le ‘represento’ al 424… ¡Llegó ayer de Ushuaia…! —¡Tanto gusto…!

El jóven Manzi de las épocas de “Viejo ciego”

(…) Y en la confraternidad de media cuadra, entre aquel agujero del almacén de Loria, esquinando San Juan, y aquel otro ‘Café de Carpintero’, había todo un mundo diverso de aventuras risueñas, trepando al 26, o a aquel ‘bondi Lacroze’, que doblaba en Humberto, desplumando a los ‘puntos’ con ganchetes o ‘grilos’ impecables, ‘shucas’ que eran tan fáciles, o afanos de ‘sotana’ que, a veces, debían ‘desengomar’ para llevar ‘el cuero’.

Homero conoció bien aquel mundo. Diría: lo vivió. Sus personajes poblaron su cerebro y habitaron después su corazón”.(2)

Eran adolescentes rompiendo aún el cascarón de la niñez que acudían a un refugio próximo a sus hogares (3) que, al parecer, se trataba de una cofradía de dos boliches: un almacén –el “agujero del almacén de Loria, esquinando San Juan”– junto al citado café de Carpintero, “en la calle San Juan, ‘cerca’ de Loria”, en la confraternidad de media cuadra”.

Lo cierto es que a este almacén de la esquina misma, concurría con su lazarillo un viejo violinista ciego, apodado Alejandrín, que provocó la imaginación del joven Homero.

“Miren… No se rían…” –cuenta Cátulo que les propuso Homero a él y al flaco Piana– “He compuesto una letra que me inspiró el ciego ‘Alejandrín’, de la fondita… Le puse ‘El viejo del violín’. la leo:

 

  •  Con un lazarillo llegás por las noches
  • trayendo las quejas del viejo violín,
  • y en medio del humo
  • parece un fantoche
  • tu rara silueta
  • de flaco rocín.

Fue una revelación. Y entonces, aquel tríptico (Manzi- Piana- Cátulo) –todavía adoles­cente– realizó su tanguito del inicio, pero sobre todo, consolidaría una amistad inalterable.”

El pequeño Homero y familia

Decía de aquellos tiempos el otro protagonista, Sebastián Piana: “Prácticamente Manzi se inició conmigo, él tenía 18 años y estaba en la Facultad de Derecho. Lo conocí en 1926. Me lo presentó Cátulo, a raíz de que Homero había escrito una letra de tango que había presentado a un con­curso. Se llamaba ‘El viejo del violín’. Cátulo me habló con mu­cho entusiasmo y me insistió mucho para que conociera la le­tra. Tanto le había gustado que había pedido a Homero que la retirara del concurso, porque una cláusula del mismo daba derecho a los organizadores a elegir un músico para que la musicalizara. Y Cátulo no quería que cayese en manos de un inexperto y la es­tropeara. Una mañana se vinie­ron los dos a casa y Cátulo insistió en que yo le pusiera música. Le dije que si a él le parecía, con su opinión me bastaba. Cátulo sabía lo que era el tango, era el hijo de uno de los renovadores más grandes que tuvo la música porte­ña, don José González Castillo. Apenas leí el poema me pareció magnífico y ahí nomás le comen­té a Cátulo que lo musicalizá­ramos entre los dos. Él hizo la primera parte y yo la segunda, así nació lo que se llamó ‘El viejo ciego’.

De ahí en más seguimos traba­jando juntos prácticamente hasta la muerte de Manzi, fueron 25 años”.(4).

Y refrendaba  Julián Centeya: “Homero Manzi se fue debiéndo­le su tango al almacén de San Juan y Loria, que fue su paradero inicial en el barrio. En torno de la mesa de codillo nos reuníamos con él, el taciturno Sebastián Piana, Antonio Sureda, Hugo Mac Dougall, Jeró­nimo Sureda, Cátulo Castillo, El Loco Papa, Hugo Castillo… Algu­na vez había recalado en ese alma­cén José Bettinoti, esperando la vuelta de María la Cigarrera, que venía de ‘La Sin Bombo’ trayendo en el rostro todo el cansancio de la fábrica. (…) En este turbio almacén de San Juan y Loria, Homero (…) concretó los ver­sos de ‘Viejo ciego’, tango, cuya música trazaron Sebastián Piana y Cátulo Castillo”.(5).

La infancia y juventud de Homero habitando aquel par de boliches hermanos de los alrededores de San Juan y Loria. En la esquina misma, el almacén. Y a metros, por San Juan, el aguantadero con prosapia de bar bautizado por la concurrencia, negando su registro, como “café de Carpintero”.

 

  1. Silvestre Otazú, “Boedo también tiene su historia”, Papeles de Boedo, 2002, pág. 78.
  2. Homero Manzi, “Sur, barrio de tango”, Corregidor, selección y presentación de notas, Acho Manzi, 2000, pág. 68.
  3. Cátulo vivía en Loria 1449 y Homero en Garay 3251 a metros del pasaje Danel.
  4. Sebastián Piana, La Maga colección- seis poetas de tango- “Llegó al corazón del pueblo” -Sebastián Piana (P. 37) dic 1995.
  5. Julián Centeya, La Maga colección- seis poetas de tango- “Nunca más tendrá el viejo barrio un narrador más sincero ni más profundo”, (P.36), dic. 1995.

 

(*)Viejo ciego (Tango, 1926)
  • Música: Sebastián Piana / Cátulo Castillo
  • Letra: Homero Manzi

 

  • Con un lazarillo llegás por las noches
  • trayendo las quejas del viejo violín,
  • y en medio del humo
  • parece un fantoche
  • tu rara silueta
  • de flaco rocín.

 

  • Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego,
  • al ir destrenzando tu eterna canción,
  • ponés en las almas
  • recuerdos añejos
  • y un poco de pena mezclás al alcohol.

 

  • El día en que se apaguen tus tangos quejumbrosos
  • tendrá crespones de humo la luz del callejón,
  • y habrá en los naipes sucios un sello misterioso
  • y habrá en las almas simples un poco de emoción.

 

  • El día en que no se oiga la voz de tu instrumento
  • cuando dejés los huesos debajo de un portal
  • los bardos jubilados, sin falso sentimiento
  • con una “canzonetta” te harán el funeral.

 

  • Parecés un verso
  • del loco Carriego
  • parecés el alma
  • del mismo violín.
  • Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego,
  • tan llena de pena, tan lleno de esplín.

 

  • Cuando oigo tus notas
  • me invade el recuerdo
  • de aquella muchacha
  • de tiempos atrás.

 

  • A ver, viejo ciego,
  • tocá un tango lerdo
  • muy lerdo y muy triste
  • que quiero llorar.

 

 

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