La ciudadPrimera plana

Noche de Reyes

La tierna ilusión infantil de los juguetes de los Reyes Magos. Mario Bellocchio
La reflexiones de Mafalda (Quino)

Créase o no, hubo una época ya muy distante, en que la ilusión infantil findeañera se alojaba en tres ignotos personajes orientales, uno de ellos negro, que recorrían en camello distancias insondables y llevaban regalos a los niños en la noche del 5 de enero complaciendo, siempre y cuando las ambiciones infantiles no fueran desmedidas, el pedido que previamente les habían enviado prolijamente manuscrito en carta despachada en el buzón colorado de la esquina. Melchor, Gaspar y Baltasar, los Reyes Magos, como se llamaba a los sacerdotes eruditos en el Antiguo Oriente, ya habían depositado sus simbólicos regalos en el pesebre de Belén donde el pequeño Jesús y sus padres recibían oro, incienso y mirra de parte de sus majestades. No conformes con eso, emprendían mágicamente –para eso eran magos– la visita a los hogares cristianos repartiendo generosamente al pie de los zapatitos los sueños infantiles hechos juguete a cambio de matitas de pasto y agua para sus sedientos camellos (¡pobres, tan largo viaje!).

Recuerdo que mi tía Corina –¡cuándo no!– me llevó a conocerlos. Parece ser que Gaspar, Melchor y Baltasar habían resuelto hacer un alto en su periplo para recibir personalmente a los niños –mayoritariamente porteños– que los fueran a visitar a Gath y Chaves, aquel enorme emporio de Florida y Cangallo a la que aun le faltaban años para llamarse Perón. Lo cierto es que luego de una enorme y ansiosa cola infantil y de atravesar algo así como una entrada a palacio, Melchor me recibió en persona, me acarició el cabello y abrió mi “cartita” con el pedido: un “Meccano” Nº 5, que leyó y prometió cumplir. ¡Pobres mis viejos! –pensaba mucho después con “la verdad revelada”– que cumplieron con el costoso pedido a pesar de sus flacas finanzas. Perón, nuestro presidente de entonces, decía que “los únicos privilegiados son los niños”. Bueno, yo fui uno de los privilegiados que conoció a los Reyes magos en persona de la mano de mi inolvidable tía Corina.

Eran tiempos en que el regordete de barba blanca de sonrisa bonachona sólo era el protagonista del aviso de Coca Cola y en nuestras costumbres cotidianas no lucían como exclusividad religiosa nuestros reyes católicos del 6 de enero al punto que mi amigo “Dito” Sliapnick, de familia judía, recibía, como nosotros, el envío de sus juguetes.

Recuerdo con ternura la ilusión de la noche del 5, el pretendido “ojo abierto” durante el sueño –tratando vanamente de espiar la mágica llegada– cerrándose con pesadez de plomo a pesar de la resistencia.

El temprano amanecer, la ansiosa búsqueda, el encuentro con los juguetes, la comprobación de consumo del agua y el pastito, papá y mamá rodeándonos no queriendo perderse el festejo…

–A mí me trajeron la bici ¿Y a vos?

Y entonces uno trataba de valorizar el camión semi-remolque de madera que los reyes habían depositado “por encargue” en sus zapatos. No todas las billeteras de esa realeza eran iguales.

Un 5 de enero, en medio de la ansiedad previa, descubrí –creo recordar que con mi hermanita, Susana– algo abultado debajo de un sofá. Estiré la mano y toqué los juguetes. Chiquín y Marga, mis viejos, fueron “coronados” como los reyes de Parque Chacabuco y por algunos años ambos mantuvimos el secreto.

Cuando comenzó la primaria, poco a poco, el mundo de esas primeras ilusiones se fue desgajando y sentí la necesidad de mantener la tradición lo más posible en Jorgito, el más chico de los hermanos.

Pronto le llegarían “las verdades de esta vida” y los Reyes magos, también para él, pasarían a ser el más tierno recuerdo de la primera infancia.

“Y quien te quita lo bailado” diríamos ya adultos tratando de dibujar lo atesorado con el lápiz del recuerdo. Partió de una fantasía sembradora de ilusión, forjadora de utópicas realidades. Aquel sueño de los 5 de enero. Aquel amanecer de los 6, al pie de los zapatitos.

 

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