Los patrones de casi todo (Primera entrega)

La columna de Leonardo BusquetPrimera plana

APUNTES Y MISCELÁNEAS XXIII

“Los poderosos son vende patria a causa de que son los dueños de la patria, del patrimonio común. En tanto que los desheredados no lo son ni lo pueden ser de ninguna manera a causa de que no tienen nada que vender”. Alecciona y subleva los espíritus la potente expresión de Elías Castelnuovo. Ellas, las de los poderosos, son las familias más influyentes y eficaces, tanto en la economía como en la política. Es el poder real que maneja a su arbitrio los hilos del poder formal. Son las que digitan nuestras vidas, la manipulan a su antojo a través de la exaltación del consumismo sin límites, al que uno suele entregarse con la docilidad del derrotado. Es un problema cultural, dicen. Adalides del dogma de la propiedad privada y de la libertad absoluta del “mercado”, recurren a cualquier estratagema para distanciarse –lo más posible– de sus obligaciones y concretar redituables negocios con los gobiernos de turno, y si no lo logran (rara vez sucede) huyen a países más benévolos y gratificantes.

Todas esas familias están diversificadas en múltiples actividades comerciales, financieras, de servicios, de energía, agropecuarias, alimentos, inmobiliarias, telefonía y medios de comunicación. Muchas ejercen “posición dominante”, que es una situación privilegiada de poder y preponderancia económica que permite a una empresa o grupo de empresas (de aquí y de afuera), influir en las decisiones de las otras para imponer sus reglas y productos. Algunas ejercen el poder monopólico: acaparan e inhiben la posibilidad de competir. Y casi todas están atadas a la dependencia de fuertes capitales extranjeros, decididos a pulverizar nuestra cacareada independencia. Inciden para forzar agrados y necesidades de los consumidores a través de la publicidad, algunas veces engañosa o de mal gusto y –desde siempre–, son las que digitan los precios de los artículos de consumo popular y robustecen los procesos inflacionarios.

También manejan las segundas marcas, abaratando calidad, pero no precios, e imponen “modas” efímeras, mientras avasallan a sus trabajadores e incurren en grandes evasiones impositivas ante la distracción del Estado fofo y en ciertos casos, cómplice. Las resguarda un repulsivo manto de impunidad. Lograron grandes negocios forzando licitaciones públicas, y cuando no tuvieron chance de otros negocios, retacearon su apoyo y hasta contribuyeron a la desestabilización económica y la caída de gobiernos. Suele decirse que son los dueños de la Argentina, la clase dominante, o como diría Oscar Alende: “los que mueven las palancas”.

Hoy gobiernan en la Argentina a través de su títere entreguista de extrema derecha. No es la primera vez que lo hacen. BlackRock es un claro ejemplo. Es el gigante de la especulación financiera mundial. El conglomerado que maneja uno de los fondos buitres que, cada tanto, tiene en jaque a la Argentina. Los analistas consideran a BlackRock como “los dueños del mundo”. Fundado en 1988, se ha convertido en el mayor fondo de inversión con influencia determinante en los mercados financieros internacionales. El todopoderoso grupo domina las acciones de los bancos Galicia, Santander–Río, BBVA, Macro y HSBC. En esta línea, ambiciona quedarse (deseo permanente) con la cartera del apetecible Banco Nación. También está presente en los negocios extractivos como Vaca Muerta, Pampa Energía, Chevron y el 6% de YPF S.A.; avanza sobre los ricos  yacimientos de litio aliado al JP Morgan. Y de paso, apuntan al oro, al cobre (asociado a Glencore) y a los estratégicos recursos acuíferos, indispensables para abastecer la controvertida Inteligencia Artificial. Hay que resaltar que gran parte del equipo económico del financista–ministro Caputo (con él incluido), ha pertenecido al staff del JP Morgan, banco que digita el famoso mito engañoso del “riesgo país”. Este imperio controla, a su vez, los paquetes accionarios de Apple, Walmart, los laboratorios multinacionales Pfizer y Merck, y de compañías de seguros y fondos de pensiones. El multimillonario Larry Fink, cabeza visible de BlackRock, opera las redes del poder real mundial y arbitra los vaivenes especulativos de Wall Street. El abogado Graham Steele, académico de Derecho en la universidad de Stanford, aseguró que el conglomerado de Fink, “acumuló un poder financiero descomunal (…) son tan poderosos como algunas naciones soberanas y ejerce influencia política a través de un lobby agresivo”. En 2024, Fink, recaló en la Argentina (uno más) para hablar de “inversiones” con el presidente Milei y el ministro Caputo. Todo dicho.

Otro poderoso fondo de apuestas especulativas estadounidense es Greylock Capital Management, que interviene en los llamados “mercados emergentes”, elegante eufemismo por países empobrecidos que intentan, malamente, salir del ahogo. Este pulpo financiero supo conchabar al ex ministro de Economía y excandidato presidencial Sergio Massa para integrar su línea de asesores. Dicen que Massa trabaja en una docena de proyectos, pero que no contempla a la Argentina. Las cartas credenciales del exfuncionario fueron óptimas, comenzando por su aceitada relación con la embajada de los Estados Unidos, siempre tan atenta. Greylock con Black Rock, Templeton, y otras aves de rapiña de las finanzas internacionales, son las que presionan por las deudas públicas de los países dependientes, sumergidos en crisis socio–económicas que ellos suelen impulsar: los pulpos primero destrozan y luego reclaman a como dé lugar. Suelen tener a ciertos políticos de adentro como cómplices de la maniobra. La otrora productiva Argentina (la que quedó atrapada en el ideal de Gelbard o de Grinspun) ha padecido (y padece) en carne propia los consabidos aprietes. Los gobiernos degradados, coprocráticos, (gobiernos excrementales), sumisos ante la entrega (léase cipayos), siempre les abrieron las puertas como reconocimiento a los sustanciales aportes brindados a las campañas electorales y otros negocios, digamos… más personales. Esta historia continuará.


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