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Veinte copas de malbec

Cambia, todo cambia, dice la canción. Cambia, nada cambia, tituló nuestro cronista del milenio. Sube, todo sube, dice la vecina del cuarto piso. Los aumentos venían asomándose detrás del barbijo y se animaron a decir aquí estamos. Tito Vaccaro

Él se acostumbró a pagar “on line”. Aprendió con esfuerzo los pasos a seguir en el teclado para evitar las colas frente a los locales. Ahora, cuando recibe las boletas sólo le queda tirarlas dentro del cajón más bajo del placard. Quizás algún día, en el momento adecuado, en un impulso de buen humor, en la ocasión oportuna, si no hay otra cosa que hacer, será entonces cuando ordene la maraña de papeles. O los tire todos juntos a la basura.

Actualmente sufre menos al recoger los sobres –con ventanitas transparentes y agotadoras propagandas– que el encargado desliza por debajo de la puerta. Son situaciones que, si bien mantienen su carácter agresivo, resultan menos virulentas porque se producen cuando ya fue asimilado el impacto recibido de manera virtual.

Lo cierto es que antes o después, digitales o de papel, las facturas se hermanan en un tsunami implacable. No es una inundación gigantesca. Es una sucesión de olas que atropellan una tras otra.

Pague o pague.

Pague el abono del cable e internet con la cuota amplificada. O haga un reclamo, sutilmente o en voz alta, y, si amenaza con un posible cambio de proveedor, le permitirán acceder a una nueva promoción. Pague el telefonito, ese aparato señalado en su momento por el ex presidente del banco público que prestó a la agro exportadora cientos de millones dólares que nunca fueron devueltos. Ese economista dijo entonces: “Le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares…”

Hay que ponerse y listo. Poniendo estaba la gansa. Y el ganso. Y le ganse. Sin distinción. Al terminar en la vocal e, el garpe viene con lenguaje inclusivo.

Póngase con el gas.  Los multiopinadores de la televisión explicaron que la guerra hizo trepar el precio en todo el mundo. Así aprendimos que la unidad del fluido se llama BTU, mientras los especialistas de turno abundaron en recomendaciones. Apague el piloto del calefón, no calefaccione la cocina con la llama de las hornallas, ponga burletes en las ventanas, pero haga revisar las instalaciones porque el monóxido de carbono es peligroso. De última, es cuestión de recordar los consejos del ex presidente de ojos claros: “…cuando de golpe ustedes se encuentran en sus casas en invierno y se vean que están en remera o que están en patas, es que están consumiendo energía de más…, vos tenés que estar abrigado…” La cosa es que, con chancleta o con tricota, con subsidio o sin subsidio, tenés que gatillar.

Vamos, coraje, que se puede. Se entiendan o no los motivos del drama de pagar las boletas. Dicen que los números se disparan porque hay demasiados pesos en circulación. Así será, nomás. Qué distinto todo. Al revés de la histórica pregunta de Tita Merello: “Dónde hay un mango que yo lo he buscado con lupa y linterna y estoy afiebrado? ¿Dónde hay un mango, que los financistas, ni los periodistas, ni perros, ni gatos, noticias, ni datos, de su paradero no me saben dar?…

La cosa también es compleja con los verdes más famosos. Dicen que faltan dólares. Vendría bien un letrista que registrara el momento en algún tanguito. Sería con versos que hicieran rimar las palabras silos, especulación, mercados, movidas cambiarias, brecha, grieta y paralelo. Inútil. Discépolo é morto.

El que avisa no traiciona es la frase que justifica a la prepaga. Los incrementos se van anunciando como susurros vergonzosos. Se plasman mes a mes mientras los abonados se quejan de las prestaciones y los turnos se adjudican en fechas más alejadas. Los avisos de vencimientos, en cambio, llegan a tiempo y registran con precisión el día de pago.

Llegan las expensas, que se escapan hacia la terraza mientras crece el número de morosos. Frente a la planilla de la liquidación, el flaco recuerda su tiempo de patio y zaguán, sin informes ni asambleas. Le parece, entonces, que en el palier, Rivero acomoda le letra de su milonga y desde el otro lado de la puerta le canta sólo a él: “Después me mudé a un consorcio, pa’figurar en la guía. Si supieras mama mía qué palomar es mi vida, reuniones todos los días, por agua caliente o fría, se formó una comisión. Cambié balcón por altillo, todo por darme chiqué. Ya ves hermano por qué, volvería sin camelo, a mi antigua casa baja de la eterna calle Agrelo…”

ABL querido, más porteño que el obelisco. Alumbrado hay más o menos, el barrido no se nota, la limpieza es un recuerdo. Pero la boleta está. El agua tampoco es gratis. Por ahora el aire sí. Sin pausa, escalan la cuota del colegio del pibe que no tuvo que “caer en la escuela pública” (otra del quía endeudador), los alquileres, la tarjeta sube (¿no habría sido mejor que la bautizaran con siglas menos pesimistas?) y lo que venga.

De pibe,  la madre lo retaba si dejaba alguna luz encendida. Le decía: ¿A ver si cuando pase el cobrador le vas a pagar vos? El flaco mira los números de la boleta y, un poco tarde quizás, acepta que ella tenía razón. Con menos ternura, recuerda que unos años atrás, para justificar un tarifazo, un ex ministro de hacienda dijo que lo que pagaba una familia por la energía eléctrica equivalía a dos pizzas. Y se incomoda porque el mismo señor hace pocos días volvió a su cálculo vulgar señalando que ahora el importe significa una pizza sola. Otro que se hace el piola, sin calle ni empatía, masculla el flaco, que prefiere comparar con el precio del vino de medio pelo que compra en lo del chino de Independencia. Busca una birome y el anotador grande. Vuelve a la mesa de la cocina. Traza la línea vertical. Dos columnas. A la izquierda pone el importe de la factura de la luz; a la derecha va sumando el precio de cada botella. La igualdad se produce cuando llega a cuatro. Y quiere seguir. Nunca fue bueno para los números, pero no fue tan malo para cálculos relativos al noble derivado de  la uva. A ver qué pasa. Considera que cada envase contiene cinco raciones bien servidas, por lo que el cotejo con el precio de kilovatios  consumidos le da un resultado preciso: veinte copas de  malbec.

Pero, cómo no piensa en cambiar tinto por agua mineral, ni “quedar acobardado como un pájaro sin luz”, decide seguir con las mismas lamparitas, visitar al chino con la frecuencia acostumbrada, y pagar sin chistar.

Como siempre.

 

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