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¡Matadores!

Cuando Huracán casi nos corta el “invicto” en el último partido del torneo. Mario Bellocchio

1968. En pleno “onganiato” con mis 29 a cuestas, acababa de cumplir –el 21 de julio– mi séptimo año de camarógrafo en Teleonce, los cuatro de casado y los tres de papá de Andreita, mi preciosa muñequita parlante, por la que invariablemente me preguntaba Mathew Wieracker, directivo del canal en representación de la ABC norteamericana, cada vez que me lo cruzaba en el pasillo de Pavón.

El Leoncio era nuestra nueva imagen y Tato Bores –siempre en domingo– acababa de bautizar a Teleonce como “La canaleta” con aquella programación –recibida por antena, no había “cable”– que no terminaba de desembarazarse de la mojigatería inicial para introducirse en el competitivo mundo de los canales de aire. Entre mis compañeros había sentado fama de cuervo irredento, de manera que a uno de los “cámaras” no le extrañó el ventajoso canje de guardia que le propuse: yo hacía su misa del domingo 28 de julio a cambio de que él cumpliera con mis tareas del viernes 26. Y así se lo presentamos al jefe Palma quien oficializó “la quiniela” convenida entre amigos del encuadre.

“Los Matadores del 68” venían a toda máquina punteando su zona invictos y con 12 puntos de ventaja sobre Estudiantes de la Plata, el segundo. Las incorporaciones habían dado sus frutos y aquel San Lorenzo era un equipazo donde se destacaban “Batman” Buticce, un pintonazo que se atajaba todo lo que no retenían, que era poco, Calics, el gallego Rosl y el tucumano Albretch, el infalible ejecutor de penales, y médula de la defensa. Villar, que resultaría ser con el tiempo el jugador con más partidos jugados para el Ciclón. El “oveja” Telch, el silencioso obrerito arquitecto de lo más sutil del juego y un “rústico” con presencia como Sconfianza. Adelante, a la vieja usanza 1, 2, 3, 5, Pedrito González, el de los goles oportunos. “Toscano” Rendo, un cerebro con patas hábiles. El “Lobo” Fischer, el potente e imparable goleador del torneo. El Toti Veglio, un exquisito, goleador para colmo. Y Victorio Nicolás Cocco, un señor que pateaba con la cabeza, tal la potencia que le daba a la pelota en sus precisos saltos en el momento justo, que ese día –contra Huracán– no jugó reemplazado por el eficaz Miguel Ángel Tojo.

Y en el podio, con la batuta, el brasileiro Elba de Padua Lima –Tim– uno de los estrategas más brillantes que San Lorenzo haya tenido en el banco.

Lo que pocos recuerdan es que en el último partido de la clasificación, jugado un viernes 26 de julio en el Gasómetro, el cuervaje estuvo a punto de perder el invicto tan laboriosamente mantenido, hasta diez minutos antes del final, contra Huracán, nada menos, que esa tarde se jugaba la vida con tal de escupirnos el asado de la virginidad. Ese día el Globo cayó a Avenida La Plata con la consigna de “salvar el año” estropeándole el vanagloriado invicto al Ciclón y casi se dan el gusto.

Yo había logrado el laborioso reemplazo en Canal 11, donde trabajaba, para hacerme una escapada a los tablones de Avenida La Plata. Recuerdo que me acababan de traer un impermeable plegable de tela que se guardaba en una pequeña y transportable bolsita y con la meteorología dudosa de la jornada, por ahí tenía que estrenarlo. Así que, con la bolsita bajo el brazo y por tratarse de una excursión –“rata” cuasi colegial al trabajo– entré por Inclán, ante la imposibilidad de reunirme con la barra de Parque Chacabuco. Ya en el veredón, al pie de la “Bodas de Oro”, entré a decidir mi ubicación para ver el partido, una media hora antes del comienzo. Confieso que se me atravesó la idea de mandarme hacía la cabecera de Avenida La Plata pero ya no había lugar ni en los puntos ciegos detrás de las torres y mucho menos la posibilidad de encontrarme con los amigos, así que…, entré a otear las demás alternativas.

De pronto, giro la mirada y lo veo a Ambessi de control de ingreso a plateas. Ambessi era “el pelado Ambessi”, un personaje cuervo que laburaba de portero en “la canaleta” y changueaba de control en el Gasómetro. Me arrimo al lugar y lo saludo de costado, como disimulando vaya a saber qué… Para mi sorpresa me contesta como si se encontrara ante el presidente del club: –“pase, señor, ya lo acompañan hasta su ubicación”. Y efectivamente me hace guiar por el acomodador no sin antes “batirle de queruza”, “decile al señor dónde puede ver el partido sin riesgos”. Y a mí, guiñándome el ojo: “Tratámelo bien al pibe” –abierta invitación a que le “tirara unos mangos” de propina. Allá, arriba de todo, delante de las cabinas de transmisión encontré mi “lugar en el mundo cuervo”.

Ya de movida se pudo olfatear que la “quema” venía con el cuchillo entre los dientes. La pierna fuerte era el común denominador y a los 37 minutos del primer tiempo, Miguel Ángel Tojo, que de ángel solo tenía el nombre, respondió a una agresión con otra peor y se fue a duchar temprano. Spinetto le mostró la roja y nos quedamos con uno menos con casi una hora de juego por delante. Tim, a esta altura no veía la hora de que terminara el primer tiempo para reordenar el asunto, pero, antes de eso, a los 43’ Tedesco venció a Buticce: ¡0-1! Al descanso.

Faltando 10 minutos Pedrito González empata el partido ante la mirada impotente de Navarro que ve diluirse las ilusiones de aguarle la fiesta al eterno rival

El segundo tiempo comenzó pal carajo: a los 3 minutos de juego Olmedo puso el 0-2 y parecía que se venía la noche “justo contra estos HdMPs que la van a disfrutar como si hubieran ganado la Libertadores” –pensaba–. Pero a los 15 minutos, el inmenso Toti Veglio, nos reabrió la esperanza –1-2– y de ahí en más fue un monólogo de rancho cascoteado que terminó en empate de Pedrito González a 10 minutos del final. Un gol que, creo, grité más que el de Fischer en la final. Tanto que el sobre con mi nuevo piloto fue revoleado –y nunca rescatado– en el festejo.

Aquel Campeonato Metropolitano de 1968 consagró finalmente al celebérrimo equipo azulgrana de “Los Matadores” como el primer campeón invicto del profesionalismo. A pesar de la abismal diferencia que había sacado San Lorenzo durante los partidos disputados en dos zonas –5 a 1 a Atlanta en Chacarita, 2 a 1 a Boca en la Boca, 5 a 0 a Ferro, 3 a 0 a Banfield, 2 a 0 a Newell’s en Rosario, 4 a 0 a Colón, 2 a 0 a Boca y 3 a 0 a Racing, entre otros– tuvo que disputar una semifinal con River en cancha de Racing –Pedrito González a los 23’ del segundo tiempo; el empate de Ermindo Onega 7 minutos después y el remate de Cocco a los 31’ y Veglio a los 42’ para sellar el consagratorio 3 a 1 final– esta excursión incluyó la presencia de la barra del Parque Chacabuco en la segunda bandeja del cilindro en la noche del 31 de julio para lograr el boleto de finalista contra Estudiantes de la Plata en cancha de River, la herradura monumental con esa maravillosa vista al Río que se perdió con el cierre de las plateas para el Mundial de 1978. Un “progreso” para River que los externos al gallinero lamentamos.

Aquel domingo 4 de agosto, no recuerdo con qué medio de transporte ni por qué no fui con la barra del Parque, nos juntamos con mi primo Eduardo Cafferata y nos mandamos hacia Núñez en tiempos en que había que bancarse las colas ante las boleterías y las vejaciones de la cana de palo fácil. Por suerte conseguimos ubicarnos sin mayores problemas, salvo el madrugón, en la Belgrano alta, en la línea del arco donde Fischer ajustició a Poletti. ¡Cómo podría suponer que diez años más tarde iba a recorrer ese lugar buscando desde dónde había presenciado la final con Eduardo! Lo cierto es que en 1978, como camarógrafo del Mundial, cuyas cabinas estaban ubicadas en la propia Belgrano, traté vanamente de retroceder, pero el túnel del tiempo ya no funcionaba y la mole de cemento que completaba el estadio tapaba la hermosa vista del río.

A los cuervos y a los amantes del buen fútbol nos parecía algo descomunal tener que jugar con Estudiantes, el representante del fútbol amarrete y resultadista de Zubeldía, al que le habíamos sacado 12 puntos de ventaja en el torneo, pero así se habían dado las cosas y los pinchas tenían unos jugadores que se las traían así que no era cuestión de descuidarse, tanto que Verón padre –la Bruja– los puso en ventaja a los 2 minutos del segundo tiempo. De ahí en más la azulgrana copó todo pero solo pudimos lograr el empate del Toti Veglio a los 23’ del segundo tiempo, lo que nos llevó a jugar el suplementario.

A los 10 minutos –100 de juego– un cañonazo del Lobo Fischer desde afuera del área hizo inútil el vuelo de Poletti, picó en el lado de adentro del travesaño y se le filtró, allá en el arco que daba al Río de la Plata, hacia la gloria cuerva.

El campeón había jugado 24 partidos de los que ganó 18, empató 6 y no perdió ninguno. Logró 49 goles a favor y solo 11 en contra. ¡Un campeón invicto por primera vez en el profesionalismo! Un honor adicional que casi perdemos aquel viernes con los quemeros, a los que les quedó atravesada la escueta gloria de cagarnos en el último encuentro del torneo.

 

 

Precisiones numéricas del recuerdo: Estadísticas CASLA y Museo Jacobo Urso, Club Atlético San Lorenzo de Almagro.

 

 

 

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