Café Margot
Fue el café Margot –de noche, en esta foto que anoto– una salamanca urbana. En Margot se congregaban almas. Era refugio. Brujas. Demonios. Diablas. Malignos. Obras de teatro donde lo poco o mucho de dios y diablo que guarda la criatura humana invita a encontrar señales. Margot como escenario donde los creadores hacían ronda alrededor de las mesas de madera del café. ¡Ay de los sueños en los dudosos territorios del arte! El Margot como cueva de encuentro de fantasmas imperfectos. En lugares como Margot anduvieron habitués de aquelarres donde la urbanía los hallaba trabajando para dar títulos a esta vida en la tierra. Poetas. Ante todo poetas. Músicos y periodistas. Artistas plásticos. Creadores varios con vieja estirpe de café. Había que conocer el nombre, la palabra: Margot, la cueva. El creador, el busca que piensa hallar la magia, entra sin miedo. Puede pasar y ocupar una silla en la ceremonia del alpedismo boedense. Lo transporta la urbanía, que a veces se refugia en el buche de un cuervo, y es dentro de esa urbanía donde silenciosa aguarda la poesía. Era poética la práctica del alpedismo boedense. Sentarse frente a una mesa, con las almas desnudas, en Margot, en Boedo, y hablar al pedo. Así encontré al poeta Rubén Derlis con el Profe Ricardo. Allá a finales de los 90. Mi amigo Derlis era el Diablo en la urbanía que se manifestaba en Margot. Él fue el Mandinga. Siempre habló como escribía, sin sombra. En Margot hubo alegrías. Gritos. Y hubo llanto, como el día en que la huesuda, la cegadora, se llevó para el otro barrio al Gordo González. En una salamanca urbana como Margot, el allegado, si es una buena persona, una comprensible confluencia de dios y diablo, podrá aprender a bocetar dentro de su arte. Aprenderá el chamuyo fundacional. Así sucedía en Margot.
Siempre se vuelve a Margot. Retorné y anoté esta foto porque hoy se hizo presente alguien aparecido en aquellos tiempos de margotianas aventuras. Charlé en la trastienda de Margot con Jota Ochoa, un joven colombiano, que andaba en los alrededores de la vaina de la escritura. Luego nos perdimos en el tiempo. Y desde allá lejos, porque fue viajero en Canadá por diez años entre demás cuestiones, hace poco regresado a Bogotá, me escribe. Al parecer sigue intrigado con la vaina de esta vida. Misteriosa vaina la memoria.
Telaraña
Cuándo apareció el primer boceto. Cuántos los culpables. Cuándo es que fueron de fundación los bocetos pegoteados. Ellos. Los que acecharon desde el primero de los días. Quedamos enganchados en la trampa de otro Dios de mercado. La telaraña se tejió en sintonía universo. Entonces, qué es lo que pensó la araña. El personaje de la madre. La hacedora. Dónde está la araña. La constructora del laberinto. De la maquinaria del horror que no para de crecer. Se extiende el mapa de dominación. Mordisco a mordisco. Se cuenta por ahí que el enviado, el Dios de mercado –un quía cruel el farabute–, se la pasa en juegos con sus mastines. Mientras tanto ella reúne magos falsarios en la casa, frente a la plaza. Ella convoca a sus sirvientes, los recorta con los dientes de un maltrecho mazo de cartas de tarot. Como si fuera muñeca de mala entraña. En la mismísima telaraña se prometió comida y hubo reparto de hambre. Se prometió terminar con la casta que vampirizaba al pueblo, y fue ella, y sus personajes de tarot, la casta más vasta. Ella, la hacedora de la baba que escupe entre beso y beso. Ahí la baba que hace realidad el tejido del laberinto, la gran mentira. Una titiritera que casi no habla. Es una especie de falsa monja de reclusión. Ella, nada más, se ocupa de parir los planes mientras se hace centro del universo donde abundan los millones de condenados. Porque hay millones que deberán morir. No hay para todos. No hay plata. Es simple. Se sienta a esperar mientras transcurre este tiempo de tejer en el tiempo. Ella teje. Es la hermana del enviado de un Dios de mercado. La que afila la trampera. Que dónde está el quía. Sólo ella lo sabe. Cada noche arropa su carcasa descarnada, su insana palabrería, y le regala un cuento donde siempre gana el malvado. Había una vez un país. Había una vez un muñeco. Había una vez tanta maldad. Mientras tanto la telaraña atrapa historias que pocos entienden. Al pie del cadalso la fila de los que eligen darle más tiempo a la criatura. Los que piden por favor. Que los dejen subir. Orgullosos repiten que ellos se hicieron solos. Que nadie, nunca, les dio nada.
Escondida
Algunas veces sigo el impulso de invitar a mi amiga Claudia de Bogotá. La invito a jugar a los sueños. Y a veces acepta. Porque ella es mujer de perecear cuando está en la cama. Ocurrió cuando vi la foto de la plazoleta. Plazoleta Escondida. Plazoleta Butteler. Plazoleta Enrique Santos Discépolo. La plazoleta en medio de la garúa y la niebla. Quieta. Quietísima. Soñada. Escondida. Claudia se negó a tomar la sombrilla, que tanto le sirve en Bogotá para la lluvia y el sol. Entonces ella dijo en el sueño que eran los paramitos de San Juan. Dijo ella que los susodichos paramitos eran una lluviecita cernidita, cernidita. Dijo que uno cree que no moja, pero aunque cernida, moja mucho, y entonces los días son un poco grises, de repente hay una nube y aparecen los paramitos, una lluviecita que dura un mes, y en ese mes sus apariciones. Dijo que así llaman a la lluvia. Por la fiesta de San Juan, el 24 de junio. La lluvia es tan sutil. Una lloviznita, cernidita, cernidita, como cuando se prepara tortas o ponqués. Decimos “cernir la harina”, entonces hay que pasar la harina por la coladera para que no queden grumos, por lo tanto los paramitos son algo así como “lluvia cernida”. Sucede luego en este sueño que escribo que aparece el Polaco Goyeneche cantando Garúa de Cadícamo: (…) Las gotas caen en el charco de mi alma (…). Y además corta la foto el filo frío del perfil del busto de Discépolo que se mantiene en su Tormenta: Aullando entre relámpagos, / perdido en la tormenta / de mi noche interminable (…). Mientras tanto Claudia, tan lejana como cercana, sueña en su cama que camina en una plazoleta escondida donde nadie más que nosotros sabe que sobre el tango que es Buenos Aires caen los paramitos de San Juan, una lluviecita cernidita, cernidita.
Edgardo Lois
(Julio 2026 / Boedo / Buenos Aires)
LAS FOTOGRAFÍAS ESCRITAS:
- “Margot nocturno” (Mario Bellocchio). Bar Margot-Boedo y San Ignacio– CABA-2002)
- “Cazadora” – (Mario Bellocchio c. 1970-Tortuguitas-Bs. As,)
- “Con sus púas…” – Mario Bellocchio. (Plazoleta manzana Butteler. CABA) (1992)
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