El campeón de 1946
Hace 80 años San Lorenzo tuvo un equipo que hacía ¡3 goles por partido de promedio!
San Lorenzo: habilidad y eficacia
Por Félix Daniel Frascara*|
Su delantera trajo a la actualidad el juego del pasado –90 goles en 30 partidos – el campeón del 46 y el del 33: Pontoni y Petronilo –Final de intensa emoción
Después de trece años, San Lorenzo de Almagro ha venido a conquistar el campeonato de fútbol y a reconquistar una fisonomía que, si no perdida del todo, se había diluido hasta el extremo de que era raro encontrar un cuadro que tuviera esa modalidad, Y lo más interesante, o por lo menos muy curioso, es que tal fisonomía o modalidad la habíamos tenido siempre por muy nuestra, por esencialmente rioplatense. Con ese juego en el que la habilidad, la destreza, la improvisación, el ingenio creador se oponen a la cerebración meticulosa, a las tácticas y a los planes preconcebidos, el fútbol sudamericano obtuvo los más resonantes triunfos en torneos mundiales: París 1924, Amsterdam 1928 y Montevideo 1930. Después, según se ha dicho y resulta historia moderna, el profesionalismo introdujo innovaciones que fueron acentuándose con la actuación de directores técnicos europeos, dándose así el caso de que para el autor de esta nota nunca fue de fácil explicación: los argentinos se dedicaron a practicar el fútbol al que ellos mismos se habían impuesto.
Surgió el “cañonero” más como una moda que como un sistema, y vinieron las tácticas de marcación con el consiguiente sometimiento del jugador a las consignas del director. Sin embargo, la calidad distinta e inconfundible del fútbol argentino, del fútbol rioplatense, logró triunfar cada vez que la cultivó un team que contara con elementos de alto valor. Habiendo sido San Lorenzo de Almagro el campeón de 1946 –digno campeón por cierto– lo usaremos solamente a él como ejemplo. Este conjunto de hoy guarda muchos puntos de relación con el que vistió los mismos colores y conquistó igual título en 1933. En los doce años comprendidos entre ambos triunfos, San Lorenzo contó con jugadores de indiscutible capacidad y siempre ocupó situaciones acordes con su prestigio, pero el puesto de privilegio, el campeonato que es la meta siempre anhelada, ha vuelto a sus manos precisamente el año en que –armonizadas las líneas y afirmado el entendimiento– el cuadro recuperó casi exactamente su carácter de entonces.
Fue San Lorenzo, como es fácil recordarlo, el team en el que con más estrictez fue aplicada la táctica del “hombre a hombre”. Necesario es aclarar que las tácticas siempre han existido, aunque nunca se hubiera hablado de ellas tanto como en estos últimos años. Lo que al fútbol nuestro le quitaba su fisonomía, pues, no eran las tácticas en sí que tienen poderosa razón de ser, sino el ciego sometimiento a ellas y la prohibición de que el jugador las evadiera cada vez que el sentido de su capacidad y la ocasión propicia se lo aconsejaran.
La realidad nos había demostrado, con acopio de ejemplos, que las líneas de ataque rinden más cuando se las deja en libertad de acción, cuando se les brinda autonomía, basada siempre esa libertad en los valores de sus integrantes.
Las delanteras tienen siempre que improvisar por lo mismo que su trabajo previo al gol es de destrucción hay que abatir a la defensa adversaria desorientándola, presentándole problemas nuevos, apurándola siempre. Luego, que los insiders bajen –juntos o alternadamente– a colaborar en la defensa o a buscar el pase de sus halves, que el centro forward juegue adelantado entre los zagueros rivales, o que avance junto con la línea dirigiéndola, no es táctica preconcebida sino modalidad derivada de la característica que asume el quinteto como consecuencia del estilo personal de sus integrantes. La táctica es estricta, tratándose de ataques, se admite cuando el nivel de los jugadores no llega muy a lo alto. Disponiendo de auténticos cracks, también es táctica la de confiar en ellos y dejarle la conducción de las cargas.
La línea de René Pontoni trajo a la actualidad el juego del pasado y nos brindó espectáculos de habilidad sin desmedro de la eficacia. Al contrario: 90 goles en 30 partidos, a un promedio exacto de 3 goles por match hablan de efectividad con más elocuencia que cualquier explicación.
Y San Lorenzo que había tenido a Agustín Cosso, a Genaro Cantelli y a Isidro Lángara, entre otros, vuelve a gustar la enorme satisfacción del triunfo total con un juego semejante al que impuso otro centro forward eminentemente habilidoso, el brasileño Petronilo do Brito aquel año de 1933 –campeonato en el que cada team realizó 34 partidos– el quinteto azulgrana hizo 83 goles. Practicaban el juego de pases cortos, juego liviano, “aéreo” y muy vistoso. La defensa no resultó tan eficiente como la de éste de 1946, porque en la última temporada a San Lorenzo le señalaron 37 goles y en aquella otra su valla cayó vencida 48 veces. Pero es oportuno repetir que donde, a nuestro juicio, radica la diferencia no es en la defensa sino en el juego de ataque. Sin embargo, también es justo señalar que la dirección técnica de los campeones de 1946 no impuso a los zagueros y halves la obligación de observar posiciones invariables. Respetada la aptitud de los hombres se amoldó la defensa a las características del cuadro adversario. No fue Siempre Basso el hombre que marcó al centro forward ni tuvo Grecco, eje del equipo, una “residencia” fija. La colocación de Colombo dependió, en cada caso, de la que adoptara Basso. Y si Vanzini, casi invariablemente, cuidó al puntero izquierdo rival, ello vino como consecuencia de que a Zubieta se le permitió jugar de acuerdo con sus preferencias y en la forma en que se desenvuelve mejor: algo adelantado, con mucho campo de acción y recostado sobre el centre half.
El complejo mecanismo que es un team de fútbol funciona de acuerdo con la bondad del material con que está formado. Ésto es una perogrullada, naturalmente, digna sin embargo de recordarse para reafirmar la idea de que a todo lo largo de un campeonato no triunfa solamente un propósito, sino los medios de que se disponga para que tal propósito se haga realidad. En el caso de San Lorenzo, esos medios deben llamarse capacidad individual, armonía de conjunto, espíritu de lucha y ambiente de camaradería. Cuando se llegó a la etapa decisiva, en la segunda rueda, esos factores se hallaban en sazón.
San Lorenzo había sorteado afortunadamente la primera rueda, pero con algunos tropiezos que desaparecieron desde el momento en que se completó el quinteto ofensivo con la incorporación de dos punteros cuya calidad se acercaba en mucho a lo de los centrales: Imbelloni y Silva completaron con Farro, Martino y Pontoni una línea delantera que dio espectáculo, hizo goles, reteniendo además la pelota en proporción de tiempo harto suficiente para que la defensa se viera libre de agobio. Pontoni y Martino, sin duda las estrellas más rutilantes del conjunto, no sólo dirigieron la ofensiva, sino que la realizaron por sí mismos, convirtiéndose de tal modo en ejecutores de sus propios planes, concebidos siempre a la carrera, en un admirable despliegue de velocidad mental, jugando a la manera clásica. La línea delantera de San Lorenzo enfrentó con éxito a las defensas más vigorosas, a las más diestras, y el cuadro entero ofreció además una cabal demostración de alta moral.
Boca Juniors, segundo en el campeonato, aspirante muy serio al título hasta poco antes del final, debió afrontar dificultades que, en definitiva, gravitaron en su posición. El problema de mayor importancia fue el originado en la línea media y como consecuencia de una medida que, acertada o no, provocó resistencia y dio origen a discusiones: la implantación del eje Ernesto Lazzatti, decisión que se consideró equivocada, no solo por la jerarquía del jugador excluido, sino por la carencia de un reemplazante que lo aventajara. Posteriormente, sobre todo desde que se reincorporó Mario Fortunato a su viejo club, el conjunto recuperó la estabilidad de su fisonomía y volvió a mostrar a Lazzatti con toda su prestancia. La luz que en definitiva, separó a San Lorenzo de Boca Juniors tuvo su origen en la diferencia advertida en el rendimiento de ambos delanteros pues la de Sarlanga no acusó tanta eficiencia como la de Pontoni, ya fuera con Vázquez o con Lorenzo.
No obstante, en ese quinteto brilló otro de los más fulgurantes astros del año: Mario Boyé puntero derecho y goleador máximo del certamen. Con un tercer puesto hubo de conformarse River Plate, el campeón de 1945. Semejante en cierto modo a Boca Juniors, el mal de los millonarios radicó también en su línea de forwards, cuya actuación no solo en números sino además en habilidad y espectáculo distó mucho de la que cumplieron cumpliera en campañas anteriores. Sea por haber mantenido una fórmula que las defensas ya habían descubierto y aprendido a destruir, sea porque algunos de sus integrantes padecieron un decaimiento que puede admitirse como lógico en todo deportista o, en última instancia, por una de una serie de factores que obligaron a introducir modificaciones y minaron su solidez, lo evidente es que River Plate no ostentó en 1946 su magnífico estado de un año antes. A pesar de ello la calidad del cuadro quedó evidenciada en la circunstancia de mostrar a la defensa menos vencida con sólo 34 goles en contra.
Racing, atracción popular y motivo de unánime simpatía en el año futbolístico, atrajo determinados momentos las miradas de todos los aficionados del país. Reconstruido y reforzado el equipo adelantó en 1946 una muestra de lo que será capaz de hacer en este año que comienza. Estudiantes e Independiente que igualaron el quinto puesto consagraron una vez más por partes iguales, habilidad e irregularidad, brillando preferentemente en las grandes oportunidades
Semblanza del capitán y sus muchachos.
Ángel Zubieta salió de su España rumbo al mundo, siendo un jovencito. Llevó al exilio una mezcla de ideales latentes –acaso confusos todavía– y de sueños juveniles. El destino quiso que viviera en la Argentina la etapa de su evolución espiritual: 18 años tenía cuando llegó por primera vez a Buenos Aires. Con 26 años ha regresado ahora a la patria. El adolescente se ha hecho hombre y el aprendiz de futbolero se ha convertido en campeón.
Por cierto que Zubieta reúne todas las condiciones que distinguen al deportista ideal. No vamos a descubrir ahora sus aptitudes de jugador extraordinario. Justo es señalar, sin embargo, en la hora de esta consagración, que desde que se incorporó a San Lorenzo de Almagro el futbolista hispano se constituyó no solo en un baluarte defensivo para el popular conjunto azulgrana, sino en uno de los mejores y más completos cracks de las canchas argentinas siendo durante un largo período el número 1 en su puesto de half derecho. Aún hoy reconociendo que el fútbol local cuenta con figuras excepcionales, Zubieta sería un serio candidato a ocupar ese lugar en un seleccionado que incluyera a nativos y extranjeros. De gallarda estampa, recio y de limpios recursos, su acción se extiende por la cancha de tal modo que influye directamente en el desempeño de sus compañeros y en el del equipo todo. Esta es una facultad que solamente poseen los jugadores de extraordinaria capacidad: ocupar un puesto lateral por lo común aislado del centro donde se plasman y realizan las acciones decisivas y no obstante, influir o intervenir directamente en ellas. Zubieta domina la cancha y la pelota, tiene temple y personalidad, garra y destreza. Y para configurar exactamente la figura del campeón auténtico, es de atleta su porte y de hidalgo su conducta. Condiciones morales y aptitudes deportivas lo exaltaron al primer plano. En la jamás desmentida cordialidad del fútbol argentino, que incorpora los jugadores extranjeros dispensándoles el mismo trato e iguales distinciones que a los cracks hechos en casa, las prendas Morales se premian con tanta equidad como la habilidad física Ángel Zubieta, adquirió por derecho propio un título que hoy pasea con legítimo orgullo: el de capitán de San Lorenzo de Almagro, campeón del fútbol argentino. Y por cierto que todos los argentinos declaramos nuestro profundo halago ante las circunstancias de que tal título haya sido puesto en tales manos.
Figura inconfundible, original y atrayente, la de Mierko Blazina. Se distingue por su pasmosa serenidad, que en ocasiones parece indiferencia, tanto como por su agilidad y notable golpe de vista. No lo califica el sentido de la colocación ni el de la intuición. Vale más por lo que hace esforzándose que por lo que evita adelantándose a la acción, pero sus salvadas son de gran espectáculo y algunas saben a milagro. Es una navaja que corta hasta la respiración y como una navaja se dobla en el aire.
José Vanzini es el músculo, la fibra, la batalla. Macizo, pétreo, hay mucho de semejanza entre su físico y su juego, todo sobriedad y eficacia. Se descubre un cierto sabor sajón en sus acciones porque nada hay en ellas de superfluo.
El compañero de zaga Oscar Basso es la personificación de la regularidad, hasta cuando se equivoca da la sensación de que lo hiciera respondiendo a un cálculo porque el error es algo que también puede ser sistemático. Todos sus camaradas afirman sin embargo que Basso –presente en los 30 partidos– podría haber sido elegido como el hombre que más rindió durante el año. Atleta completo, posee dotes personales que lo consagran como deportista ejemplar.
Salvador Greco es el hilván que une las dos piezas, defensa y ataque, mediante una actividad cuyo éxito se encuentra en el ritmo. Anda siempre al mismo paso, maneja la pelota con habilidad y tiene tendencia a la pausa, a la puntada corta junto al pase breve. También es recio, de acuerdo con la fisonomía total de la defensa campeona.
Bartolomé Colombo accionó como un émbolo, machacando siempre en el mismo sitio, con paciencia de hormiga, disciplinado, regularísimo, eficaz por encima de toda otra virtud, puso toda su prudencia al servicio de una utilidad indeclinable. Aparte dos factores definieron a la defensa entera, solidez y sobriedad.
El quinteto ofensivo de San Lorenzo de Almagro tuvo según se ha dicho ya, dos estrellas rutilantes: René Pontoni, en pleno auge de su sortilegio donde la sabiduría se une al ingenio, y Rinaldo Martino cerebro despejado, pies agilísimos, ejecutor magnífico y compañero integral del centro forward. Con ellos dos formó Armando Farro el terceto de oro. Por la índole de su trabajo fue Farro el más modesto, el de menor magnitud, pero la alta eficacia de matemática regularidad con qué cumplió su misión de entreala derecho, fueron factores que consagraron su propia e indiscutible capacidad.
Antonio Imbelloni en la punta derecha fue el chispazo de juventud inquieta y de permanente ansiedad que culebreó entre las líneas de las defensas rivales con destreza y astucia, completando su habilidad con un claro sentido de colaboración. En el otro extremo, Oscar Silva en proceso ascendente, acusó ya los síntomas de una madurez que puede llevarlo también a la maestría. Más sobrio y también más peligroso que su joven compañero de la punta derecha, Silva evidenció recursos de gambeteador con intuición para ponerse al servicio de su insider y suficiente autoridad como para definir posiciones por su cuenta. Línea que se desplazó siempre con elegancia y espectacularidad, y conducida con ritmo vivo y capaz de abrirse paso frente a cualquier defensa, el quinteto de San Lorenzo, jugando “a la manera de Pontoni”, trajo a las canchas porteñas la arrogancia y la virtuosidad del fútbol auténticamente argentino, en el que la belleza está siempre unida a la eficacia y ante la cual estalla el aplauso.
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Félix Daniel Frascara, periodista deportivo y fundador del Círculo de Periodistas Deportivos de la Argentina. Empezó como periodista en el diario La República y entró en El Gráfico en 1930 hasta que se jubiló tres décadas más tarde. Poco después de la muerte de Félix Daniel Frascara, su colega Alberto Laya, de La Nación, lo definió así: “Y fue un periodista. Lo fue porque sintió su oficio de la única manera que debe sentirse: como una pasión.”
