Notas desde Boedo...Noticia importante

Anotación vírica IX

Novena selección a Mientras tanto: Edgardo Lois

Ayer salí a caminar unas cuadras. Por pura desesperación. Por necesidad de saber del sol que salva, acompaña. Pero sabía en el trayecto por el barrio que iba, que estaba en blanco. Poco veía, menos pensaba. La desesperación nunca ayuda.

Al regreso leí un par de notas del Desde Boedo de julio. Una referida al Día de la Independencia de Norberto Galasso, y la otra Boedonismo contra la peste de mi amigo poeta José Muchnik.

Hoy 9 de julio soplaba un viento frío. Tuve que vencer el impulso de no volver a salir. Dejé en el refugio la bolsa con la compra en el mercadito chino. Supuse que el sol del mediodía me llamaba, y puede ser, siempre estoy pendiente de su presencia. Había transitado media cuadra por Garay cuando supe exactamente dónde me dirigía. Iba hacia Boedo 1561.

La lectura tiene bellos riesgos. Una lectura que abreva en humana sustancia deja finas nervaduras vitales, impensados bocetos, pistas memoriosas, señales melanco, saudades de lo mejor. Presencias que se adhieren al abrigo del puñado de almas que nos da color, aroma, sabor. Miradas prendidas como aquellas flechitas que nacían en algunos yuyos, al costado de la vía del Urquiza, cuando fui pibe en Martín Coronado. Los pibes del barrio hacíamos ronda con las manos de soñar juegos simples.

Pienso que salí, sin saberlo, lustroso de flechitas leídas. Por la vereda del sol sobre Avenida Garay. Una de las susodichas, adiviné, me escribió el camino, los pasos, el alumbrado mientras tanto.

Parado frente al 1561 de Boedo pensé en mi amigo poeta José, Josecito de la ferretería. Pensé, frente a la persiana baja del negocio de hoy: Por acá anduvo, a mediados del siglo pasado, Josecito, el pibe que devino poeta, el poeta que hoy vive en Montmartre, el que se tuvo que rajar cuando fuimos derechos y humanos. Aquel pibe, en aquellos días, inició la escritura del mejor de sus poemas: el de la fundación de su memoria de Buenos Aires, una galaxia ferretería tan generosa para guardar afectos, y para después querer anotarlos en tanto libro.

Caminé hasta el 1561 de Boedo porque la escritura de una nota de José renovó la esperanza, y el credo asumido alrededor de quien trabaja de palabrero.

El buen fantasma de la ferretería como memorial. También hubo sol. Llevaba flechitas prendidas en mi puñado de almas. De regreso al refugio anoté alegría en esta tarde de aislamiento.

***

Cuando volvía –por Pavón, vereda del sol– desde Boedo 1561 vi a una mujer mayor parada a un lado de un auto, junto al cordón. Hablaba con otra mujer mayor que, ubicada en la puerta de un edificio, sostenía una bolsita con su mano derecha. Esta mujer dijo, cuando me acercaba a ella: Saludos a mi sobrina. Y comenzó, con el brazo libre, a saludar como si fuera enorme molino de viento. Pensé, mientras pasaba entre las señoras, en un aspa fantástica. El brazo, la mujer toda, parecía saludar desde un puerto imaginario. Movimiento para ser visto desde un barco aún más imaginario. Sonreí. De pie en la esquina, giré para verla saludar. Cuánto saludo, cuánto gesto para no más de seis metros.

Después aprecié la realidad de todas las distancias: el abrazo, el beso, la caricia. Saber de nosotros a través del cuerpo. Luego pensé en las memorias.

La mujer saludaba desde el puerto de Pavón. Poco después la nao soltó amarras. El viento que lleva recuerdos, que infla la gran vela de la vida junto a la que llevan nuestros muertos, nacía en un molino de aspa solitaria.

***

Una última puerta cancel nos separa del escalón de entrada al infierno.

Se lee en el cartel pegado sobre el vidrio trasero de un auto de alta gama: Fase 1: fusilar políticos, Fase 2: fusilar sindicalistas, Fase 3: Argentina despega. En otro cartel pegado sobre auto al tono, se lee, se pide por: Libertad de prensa. Al mismo tiempo los que dicen manifestarse en defensa de la República atacan a periodistas que consideran enemigos. Oh, alabado sea el eterno ejercicio del odio. No es una diferencia de ideas entre ciudadanos. El falso libertario (así autodenominados) no discute ideas porque es dueño de su única verdad. La triste encerrona del pensamiento nulo. El falso libertario desea el mal, la muerte, odia al otro: siempre delincuente, sucio, despreciable: la ilegalidad en masa que intenta tomar parte de su República. Se habla de justicia con voz única de dueño. A su lado los que suspiran por pertenecer, los que repiten el rezo. Enfrente el otro, el odiado que propone justicia para todos.

9 de Julio, Día de la Independencia, en los alrededores del Obelisco. Banderas argentinas. Carteles ofensivos. Declaraciones a puro delirio en los manifestantes. La ausencia de las fuerzas de seguridad de la Ciudad Autónoma. El jefe de Gobierno, una vez más, mira para otro lado. Todos actúan dentro de una supuesta legalidad. Todo es mentira. Nada se sabe del aislamiento obligatorio en medio de la avenida y la plaza. El Rey de Amarillo, en días previos, agitó aguas desde una entrevista. Completó el spot publicitario del neoliberalismo por la tarde. Te invito a la tormenta de la independencia. Vení, que se puede.

Escribo porque la tristeza se hace pensamientos, imágenes, tinta. Para dejar marca, memoria, en este Mientras tanto de aislamiento en esta aldea natal de encrucijada. Parece que no hay lugar para un blues de todos, pero igual lo sostengo.

Viento de odio. Flamea la bandera de la patria. Alta en el cielo.

Y una última puerta cancel nos separa del escalón de entrada al infierno.

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Cuenta Josecito de la ferretería que allá, en la Francia, para condimentar la saudade melanco de no estar en Boedo, escribió poema culinario titulado Pegrimón. Escribió sobre renglones espiralados de pastas boedónicas, así las nombra el poeta. Pegrimón es escritura nacida de la mixtura entre el pesto y el lagrimón, allí la esencia primordial que suma presencias de alcaucil y aceitunas negras. Morrones en rojo fuerte para decorar. Mantel rojo. Servilleta negra. Una pintura impresionista en ofrenda a la amistad.

Así ocurre en la Francia que recupera la vida, luego del aislamiento, y así nace la propuesta de José: preparar las pastas en Garay para compartir con los amigos, cuando la vida en Boedo sea, luego del aislamiento.

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Recién hoy, 22 de julio, vuelvo a la escritura de este Mientras tanto.

Mi amigo Horacio, el bluesman, salió bien de la operación de corazón a cielo abierto.

El aislamiento sigue en pie en el Área Metropolitana de Buenos Aires, es decir los barrios de la Ciudad Autónoma y municipios de la provincia. Aumentaron los contagios por el virus y los muertos. Pasamos de un aislamiento más estricto a uno más relajado. Los ciudadanos de la pandemia están agotados, como agotados los bolsillos. Hay para repartir desesperaciones.

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Puedo leer, en las nubes ancladas en la red que hay en el cielo, que Antonio Machado –¿será cierta la frase?, ¿cuál el libro?– escribió alguna vez: La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. Cuando terminé de leerla pensé en la mujer que vivía bajo la autopista, sobre Virrey Ceballos. Vivía allí hasta que alguien decidió prenderla fuego. Murió asesinada. Sin tener tiempo para temer. Y tanto es que esta mujer dejó de ser: cuando primero fue ignorada en vida, cuando después fue tragada por las llamas, las especies vivas que hasta recortaron su identidad, en pocos días, de las memorias ciudadanas, las especies casi muertas que registran hechos hasta que se esfuman como noticias urgentes, esas especies emocionales que, por lo general, indignan, y pasan, y vuelven a girar en la calesita desde donde otea el mareado.

***

En pleno aislamiento una mujer decide permitirse un recreo, un trago de vida. Decide correr el riesgo. Le envía a su hombre una frase que encontró en la red, la nube, en el cielo mismo. Al parecer Julio Cortázar escribió: Yo quiero proponerle a usted un abrazo, uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela. Al final será mejor que me duela el cuerpo por quererle, y no que me duela el alma por extrañarle.

Cada uno en su casa. La frase parece escrita para la ocasión. Afilada la palabra de decir. La mujer y el hombre leen, piensan, se dicen palabras dulces, prometedoras, y juegan a los sueños. La frase es argumento perfecto para ir, golpear la puerta y lograr el abrazo. ¿Fue Cortázar?, ¿cuándo, dentro de qué pandemia? Así se preguntan los amantes. No salen de sus casas.

 

Edgardo Lois /enero de 2021

 

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