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Curros eran los de antes

En los años 50´s nadie denominaba PH a los tres o cuatro departamentos ubicados en fila a lo largo de un pasillo de uso común.Tito Vaccaro

Por entonces, los angostos “palieres” al aire libre mantenían abierta la puerta de calle hasta la caída del sol y tenían –todavía tienen– una canilla disponible para baldear los mosaicos calcáreos y regar las macetas alineadas contra la pared.

Esa mañana, Doña Adela abrió la puerta de su casa, la que daba frente al corredor, y al ver al sujeto pegó el grito. –¡Salga de ahí, menos mal que usted no vende en esta cuadra!, bramó agitando en lo alto la bolsa de las compras aún vacía. El intruso cerró la canilla sin dar vuelta la cabeza y huyó velozmente  con su tarro de zinc chorreando sobre las baldosas.  Ya fuera del alcance de la feroz acusadora, subió  al carro y sacudió las riendas  para que el tordillo avanzara hasta detener la marcha después de doblar por México. A la sombra de los fresnos, el joven lechero  “bautizó” uno por uno los tarros más grandes, luego de lo cual continuó con el reparto cotidiano. Su proceder no era raro en aquella época. Por eso los inspectores municipales usaban pequeños aparatos que medían la densidad  de la leche y si comprobaban alguna irregularidad multaban a los infractores y los obligaban a desechar el producto en las alcantarillas. Estas situaciones dejaron de ocurrir a principios de la década del 60, cuando se dispuso que la leche debía ser pasteurizada y venderse únicamente en botellas.

Aquellos controladores, a su vez, revisaban las balanzas de los comercios. Lo hacían con especial rigurosidad, aunque ninguno de ellos pudo nunca encontrar una falla en la báscula que utilizaba Florencio. Sin embargo, el hombre estaba lejos de ser un santo. En su carnicería de la calle Muñiz, además de contar con especial destreza para manejar la sierra, la chaira y la cuchilla, sabía incrementar las utilidades mediante maniobras menos honrosas. La más frecuente consistía en depositar solapadamente un trozo de grasa  en la bandeja mientras pesaba la carne picada. En el mismo momento elevaba la vista hacia la aguja giratoria, actitud que llevaba a la clienta a repetir el gesto como un espejo. Inmediatamente retiraba el producto  y dejaba caer la grasa en una fuente ubicada debajo del mostrador. Sin dejar de sonreír, el ilusionista armaba el paquetito y decía con entusiasmo: –¡Va un kilito…! La señora pagaba y se iba a preparar las albóndigas con su carga de 900 gramos.

No faltaba, por esos días,  algún almacenero que anotaba compras inexistentes en la libreta del fiado. Y en la recopilación de artimañas vale también recordar las utilizadas por Don Hugo en su  local de productos sueltos, precursor de las actuales “dietéticas”.  Dueño de una actitud serena, con su cara bondadosa vendía carbón, maíz y semillas. Pero, sin ningún escrúpulo,  incorporaba trocitos de berenjena deshidratada a los hongos secos y mezclaba garbanzos de años anteriores con las legumbres recién recibidas.

Los pillos del barrio eran unos cuantos, aunque también llegaban otros de vaya a saber dónde. En la mesa del bar de siempre, Daniel Ghiesa  suele  recordar –en una historia que repite con demasiada frecuencia– un ardid del que fue testigo cuando tenía once años. Relata que,  mientras se dirigía a la escuela Florentino Ameghino, vio  a un hombre de saco y corbata pisotear en la vereda una tela  que sacó de una valija de cartón marrón.  Cuenta que poco después del extraño suceso el sujeto entró a la ferretería de su padre a ofrecer géneros importados. Dijo que los había traído de Italia un marinero amigo, y que, al no haber  pagado impuestos aduaneros,  se podían vender a precios muy bajos.  Mostró media docena de cortes, de gran calidad, según explicó, pero ninguno le gustó al ferretero, quien, a su vez, le dijo que no le parecían tan baratos.  Ante la inminencia de su fracaso, el atildado vendedor con aire de contrabandista sacó del fondo la valija la tela que había ensuciado un rato antes. –Mire este algodón egipcio, se lo dejo por la mitad de lo que vale porque vino con los bordes manchados. Con un buen lavado seguro que su esposa va a hacer algo que valga la pena. Aproveche, es una ganga… Cuando al volver del colegio Danielito observó la tela sobre el aparador contó lo que había visto más temprano. Los padres se miraron. No dijeron nada. Al día siguiente, pudieron comprobar que la compra no había sido ninguna pichincha. La tela, colgada al sol en la terraza, había reducido su superficie,  y “la patrona”, en lugar de un mantel para la mesa grande, tuvo que conformarse con solo tres repasadores.

Farsas, artimañas, módicas estafas que se extendían por los distintos barrios. Aún hoy,  Sami –con i latina y una sola m;  porque soy negro y peronista, dice él mismo con orgullo– recuerda que en una de sus excursiones a las whiskerías de Recoleta, un barman le enseñó a “estirar” el rendimiento de las bebidas. La trampa consistía en inyectar  alcohol fino con una jeringa  por el tapón dosificador de las botellas. Así eran vulnerados el whisky, la histórica Cubana sello verde o aquella incendiaria imitación del cognac para poner gotitas en el café.

Pequeños fraudes urbanos, cuentos del tío sin violencia, casi infantiles. Curros para sobrevivir. Astutos de vuelo corto, farsantes de historieta, “avivatos”, “gordos Villanueva”, “ventajitas”.  Vendedores de humo que se podían encontrar a la vuelta de la esquina.  Chantas y chamuyeros, como los personajes de Fidel Pintos, Pepe Arias  o el Negro Olmedo. Colegas de los cuenteros de Alberto Sordi y Vittorio Gassman. Embusteros sin brillo, aptos solo para el rebusque.

Buscavidas. Optimistas a la fuerza. Guionistas de su propio catálogo de esperanzas. Muy alejados de este tiempo, en que las estafas vienen legitimadas en las facturas de todos los meses, las comisiones de las tarjetas, el achicamiento de los paquetes de galletitas, la compra por teléfono de una sartén que no se raya y en los perversos ajustes de la cuotas del crédito que nunca se terminará de pagar.

 

 

 

 

 

 

 

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