La institucionalización del hambre

La insólita alternativa que atraviesa el pan de Buenos Aires
José Eizykovicz

 Cuando terminé el texto sobre la historia del pan de Buenos Aires pensé ingenuamente que había abarcado todas las vicisitudes relacionadas con el abastecimiento de pan a la población durante el período de más de cuatrocientos años que va desde la fundación de la ciudad hasta el año 2015. Qué equivocado estaba.

El fenómeno  actual de la gran carestía  que  ha alcanzado la canasta alimentaria y la hambruna desatada sobre considerables sectores de la población –con la unánime declaración de emergencia alimentaria por el Poder Legislativo nacional hace un mes y a la que las autoridades de la ciudad, la provincia y el Ejecutivo nacional ignoran por completo–  viene a resignificar no sólo la importancia del pan como sustento de la vida sino el sentido mismo de los conceptos de Nación y Patria.

El Estado se ha retirado de toda regulación  y deja a la irresponsabilidad de  grandes corporaciones la fijación de los precios del pan y la carne, que encarecen al ritmo del dólar, aún cuando ninguno de estos alimentos tiene componentes importados.

La Constitución Nacional se ha convertido en un papel inservible. Art. 42: “Las autoridades proveerán a la protección de estos derechos, a la educación para el consumo, a la defensa de la competencia contra toda forma de distorsión de los mercados, al control de los monopolios naturales y legales, al de la calidad y eficiencia de los servicios públicos…”

Nunca se había visto en el transcurso de cuatro siglos la necesidad de institucionalizar el hambre –parlamento mediante–  como un fenómeno permanente y considerablemente extendido. En verdad, el flagelo del hambre aparecía en la época colonial pero  como un hecho circunstancial debido a adversidades climáticas o agronómicas y que las autoridades trataban de subsanar de inmediato.  Así, por ejemplo, apenas creado  el Virreinato del Río de la Plata, una resolución del Cabildo aseguró la provisión de pan “… para que el pueblo y las tropas de Su Majestad no padezcan  escasez alguna en su  precisa sustentación.” (1)

Más aún, cuando a consecuencia de la exportación de trigo se ponía en riesgo  el normal abastecimiento de la población, el órgano directivo de la ciudad expresó “…las extracciones de trigo dejarían de ser útiles si de ello se siguiese temor de carestía de pan o fundado recelo de que a su pretexto aumentase el precio de este abasto de primera necesidad…” (2)

Más adelante, ya en la etapa independiente, el Director Supremo  Martín de Pueyrredón prohibió la exportación de carne salada, trigo, harina, maíz y cebada por el inusitado aumento de precios de estos productos. El decreto  respectivo expresaba:

“Está de por medio el clamor público de un pueblo tan benemérito y el gobierno no puede ser mero espectador del menor de sus conflictos. En la balanza pesa más esta consideración que todas otras.” (3). Esto mismo hizo Hipólito Irigoyen en 1916, apenas asumió la presidencia, mientras que los gobiernos  populares implementaron otros mecanismos para asegurar el abastecimiento de pan a la población.

Una vez conformada la unidad nacional se convocó a un gran movimiento inmigratorio para dotar de brazos al agro y a la incipiente industria: “Gobernar es poblar” fue la consigna de aquellos hombres, para quienes poblar significaba llenar de brazos productivos la extensa Argentina. Así desde el origen y hasta nuestros días el trabajo humano, fue el eje que sustentó la economía y las instituciones del país.  Y el agente creador de toda la riqueza material –la población trabajadora–  fue integrado en el conjunto de la sociedad.

Pero desde hace pocos años las finanzas especulativas globales ejercen nefasta presión sobre muchas economías, entre ellas la nuestra, provocando la destrucción de innumerables industrias con el objeto de retrotraernos a un territorio semicolonial, sólo proveedor de materias primas. Recordemos que esto mismo ya lo había preconizado hace 200 años el economista inglés David Ricardo con su famosa teoría de las “ventajas comparativas”. Inglaterra nos proveía manufacturas (hasta el mate y el poncho venían de allí) y Bs. Aires exportaba cueros y otros productos pecuarios.

De realizarse este retrógrado proyecto en connivencia con el gobierno, como lo evidencian el rumbo de la economía y la política social, sobrarían millones de conciudadanos, a quienes no sería necesario asegurarles  ni el pan.

Como un anticipo a esta regresión ahí están los miles de compatriotas que ya no pueden comer regularmente, y la reaparición de innumerables comedores en instituciones religiosas y populares. Los emperadores de la antigua Roma eran más solidarios con sus ciudadanos empobrecidos, proveyéndoles una torta de trigo diaria: el famoso “pan y circo”.

¿Tendremos que renunciar a nuestra soberanía política y económica para exportar únicamente commodities requeridos por otros países y tirar como desperdicio el esfuerzo de siglos de construcción nacional?  ¿Sobra realmente buena parte de nuestra población activa productora de bienes esenciales, y entonces no tiene derecho a alimentarse  siquiera con una hogaza de pan?

Quizá también hayan estado errados los gobiernos coloniales y del período nacional al asegurar el normal abastecimiento de la población. Tal vez  hayan venido en vano los centenares de miles de inmigrantes a poblar el país.  ¿No será el momento de preguntarnos qué es una Nación? Y qué es la Patria?

                                                                José Eizykovicz

Notas:

  1. Sesión del Cabildo de 20 de junio de 1777
  2. Sesión del Cabildo del 2 de enero de 1797
  3. Gaceta de Buenos Aires, 6 de junio de 1817