Carnaval: corso,murga y alguna tristeza

Y por más que vuelen la serpentina y el papel picado, no aceptará de ningún modo que si la murga se ríe uno se debe reír.
 Por Tito Vaccaro

Una llovizna pegajosa lustra la vereda. La gente parece caminar sin fuerza. Algunos amanecieron de mal humor por los cortes de luz, justo estos días de calor agobiante. Para colmo de males, desde su estudio refrigerado, el siempre sonriente pronosticador anunció que las próximas jornadas serán aún peores. Una burla.

El flaco llegó temprano. Está solo, con el hombro izquierdo apoyado en la ventana  que suele soportar su verborragia. El cristal se dejar atravesar por esa mirada resignada a buscar en la Avenida respuestas que nunca llegan. Revuelve el café. Le parece que afuera todo es ceniza. Piensa en “Gris de ausencia”, la obra de Tito Cossa. Se pregunta si es legítimo adjudicar un color a un sentimiento, o si cada uno debería elegir el tono de sus propios latidos. ¿Y se puede atribuir una tonalidad a un sabor? “Trenzas del color del mate amargo” escribió Expósito, el mismo que se atrevió a decir “tus ojos de azúcar quemada”. Todo se mezcla en la cabeza del boedoadicto. Crece la incertidumbre que, sin pausa alguna,  sacude su sesera desde el primer desencanto.

¿Acaso los sentidos no eran sólo cinco y bien diferenciados? Le parece oír a Santarone, el maestro de cuarto grado que dedicó al tema una semana completa. Un sentido por cada día de clase.

Para no confundirse. Como había subrayado aquel hombre esa mañana de junio, la piel es el órgano más grande del cuerpo humano, por lo cual se debía empezar por el tacto. El flaco revive la sensación de pasar un dedo por el relieve del papel araña que forraba los cuadernos. Se estremece al recordar la suavidad del terciopelo del sacón de tía Mabel  y la picazón en el cuello que le causaba la tricota de cuello alto. Como de costumbre lo asaltan comparaciones inútiles. Teclas sólidas de la Olivetti frente a la pantalla táctil del celular; hombres de caras lisas como espejos a fuerza de navaja y alumbre, lejos de actuales barbudos orgullosos de raspar; las caricias de la seda o la aspereza del jean; óleo calcáreo para el cutis o crema humectante con aloe vera.

Reflexiones en manada. Desconcierto. Malhumor. Quizás el calor. O la humedad. Tal vez el paso del tiempo.

El martes de aquella semana había sido dedicado al gusto. Añoranzas diversas: el sabor del tomate que ahora es la nada misma, la torta de vainilla sustituida por del glamoroso tiramisú, pastillas de oruzú, los sugus de ananá, bloquecitos de chocolate amargo, la paella de la madre de Juan José reversionada por calcados cocineros de televisión. No hay freno para la controversia. Una inmensa canasta de pan fresco se opone a la góndola exhibidora de panes embolsados en polietileno. Se fueron los flanes con huevos de campo, llegaron los que incorporan el sabor plástico del potecito que los contiene. Los demoledores de esperanzas disponen  el destierro de los choripanes futboleros y, para completarla, se asiste al reemplazo de la leña por la parrilla eléctrica mientras el chimichurri es sustituido por  salsa barbacoa. Cipayismo puro.

Al llegar el turno del oído aparecen voces que ya no se escuchan. Las que anunciaban futuros posibles, planes de crecimiento, reclamos de equidad.

Discursos dignos de colección. Quien quiera oír que oiga. Los tipos silbaban mientras iban a trabajar. Al meter la mano,  el bolsillo del guardapolvo crujía por el almidón. El despertador de lata era un campanario enardecido.  Exiguas nostalgias en estas horas de alarmas electrónicas, sirenas locas, frenadas bruscas y un rap en el subte con más contenido que cualquier propaganda política.

El jueves el maestro se había detenido en el sentido de la vista. ¿Por qué pienso en estas cosas?, se pregunta el flaco. ¿A qué estoy jugando?

Su mirada alcanza la vereda de enfrente, sobrevuela el asfalto que por la noche estará cubierto de contorsiones, tamboriles  y reclamos en cadencia. Como antes. El palco en la esquina, en esta calle irrenunciable al  Carnaval en los veranos y al testimonio de su gente todo el año. Una vez más se llenarán los ojos de ensueños y utopías, habrá refugio en  el calor de la murga callejera, y, aunque sea por un rato, se  podrá escapar del corso a contramano que proponen los que mandan. Gotas de agua en el desierto.

Para liquidar el juego llega el olfato, un sentido más propicio para el recuerdo que para la reflexión.

Reaparecen la colonia Atkinson, el jabón Heno de Pravia, el alcohol de quemar color azul y el kerosene. Una cáscara de naranja arde sobre  alguna brasa. El bufet del club es puro efluvio de aceitunas verdes y vino tinto de damajuana. Chanel N° 5 en retirada, avanza Carolina Herrera. Prepotencia de tabaco negro desplazada por la nebulosa del porro; gas oil de colectivo superado por sahumerios de sándalo. Bolitas de naftalina que desaparecen, aromatizador en spray que se compra en el súper.

Demasiadas ideas juntas para una mañana de verano. El café ya está frío, mareado  por la cucharita que no dejó de dar vueltas.  Bastaron  pocos minutos para que el flaco se hartara de sus propias cavilaciones. Es un desorientado más en el primer tramo de un año que anuncia zozobras, jugarretas, embusteros con máscaras de sensibles, películas repetidas, estadísticas que duelen.

Algo huele mal. Y teme que otra vez el grupí pueda trampear a Jesús. No quiere volver a oír que el naufragio es culpa de la gente.

No está dispuesto a soportar que algún mercader ilustrado le cante las cuarenta. Y por más que vuelen la serpentina y el papel picado, no aceptará de ningún modo que si la murga se ríe uno se debe reír.

Está triste. ¿Por qué no?