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Los 50 años de “Balada”

Hace 50 años, la revolución del poema y el pentagrama. Nacía “Balada para un loco”.
Por Leonardo Busquet 

Otro viernes de agudo disloque. La ciudad, enferma de vorágine, se apresta a un nuevo fin de semana cargado de expectativas encontradas. Falta poco, sólo nueve días para las anheladas elecciones generales. Y se nota. El sol pega fuerte en el mediodía porteño y Callao a la altura de Arenales, es un berenjenal  de autos, taxis, camiones y colectivos que se cruzan entre sí. Van rápido, como los transeúntes que se chocan unos contra otros, indiferentes, individuales, rumbo hacia ninguna parte.

De pronto, el sonido típico del producto de una distracción ocasionada por el mal uso de un teléfono celular que intoxica al conductor con su mensajería de redes inicuas. El barullo ambiente supera decibeles soportables. Alguien choca (levemente) a otro. “¡A donde querés ir, animal!”, es la respuesta invariable. El atribulado conductor, responsable del encontronazo, recibe el improperio y pone a resguardo la causa del ligero infortunio. Discuten, se encrespan, verifican los daños y se van. La disputa quedó abroquelada en una esgrima verbal que lo único que logró fue emputecer el tránsito más de lo que estaba. Así es la clase media, se empecina en ganar siempre sin importarle el perjuicio que ocasiona a los demás. Solidaridad plena, que le dicen. Mientras tanto, en ese punto coqueto de la ciudad embrutecida, más allá de las vanas controversias existenciales, un puñado de interesados en otros menesteres comienza a abultar la vereda Este de Callao hasta hacerla intransitable. Un legislador, un ministro, multitud de asesores que hablan y hablan con sus celulares que se han convertido en una extensión de sus orejas; se suman un nieto de un creador y un par de viudas nostálgicas de fulgores pasados.

 

Los convoca un recuerdo, algo que sucedió hace cincuenta años y que cambió –bruscamente– el trazado de una música que, gracias a la feliz conjunción de un poeta surrealista y un porfiado músico iconoclasta, ingresó al fangoso terreno del debate ateniense. ¿Es o no es tango?

Jóvenes revoltosos y viejos anquilosados en antiguas formas estéticas se trenzaron por aquellos años en discusiones que fluctuaban de la mesa de Café a la circunspecta academia. Cuánto tiempo precioso se perdió. Tiempo que podría haberse empleado en disfrutar los nuevos tiempos musicales. Horacio Ferrer y Astor Pantaleón Piazzolla fueron los protagonistas de aquel acto subversivo que enfrentó a tradicionalistas con vanguardistas. Ellos, los creadores, ya no están en este mundo incomprensible, pero ahora, desde aquel viernes enloquecedor, quedarán plasmados en un baldosón instalado en la vereda de la avenida que memora la creación de una polémica inagotable: Balada para un Loco.

Hablaron todos: el legislador autor de la iniciativa, el descontracturado ministro de Cultura porteño, un nieto del músico, y en final, improvisó una pocas palabras la cordial artista plástica, Lulú Micelli, el amor de Horacio Ferrer, al que conoció en el mítico Café La Poesía, en la época en que era regenteado  por su creador, Rubén Derlis, otro poetazo de nuestra perpleja porteñidad.

El cierre del desprolijo acto, sólo ceñido al rigor del protocolo oficial por el locutor de la Legislatura porteña, no pudo darse de mejor manera. Ahí estaba, espléndidamente octogenaria, la viuda del gran guerrero del pentagrama (una de sus tantas viudas), Amelita Baltar. Ella fue la que estrenó hace medio siglo la pieza poético-musical que, a poco de andar, concitó apologías y rechazos.

Con su acostumbrada voz enronquecida, entonó de maravillas las primeras estrofas de aquel tango-balada-canción (vaya uno a saber) que abrió el camino a nuevos tiempos y dejó inmortalizado un pedazo agitado de Buenos Aires:

“Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo, ¿viste? Salís  de tu casa por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos… Cuando de repente, detrás de un árbol, me aparezco yo. (…) Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…  No ves que va la luna rodando por Callao; que un corso de astronautas y niños, con un vals, me baila alrededor… Bailá! Vení! Volá!”. Una semana más tarde pasé por el lugar. Esa cosa amorfa, inodora, incolora, desprendida de cualquier interés que no pasé por el dólar, llamada gente, caminaba sobre el baldosón con marcada indiferencia. Distraída, pisaba el registro de un pedazo de historia popular sin la más mínima aprehensión. Me detuve un instante y volvía a leer la cita. Algunas señoras otoñales y más de un veterano de la vieja guardia tanguera se molestaron porque les interrumpí el paso. Algunos pibes con prominentes auriculares nada dijeron. Estaban en lo suyo, aislados del ruido con otros ruidos en sus oídos. No mostraron molestia por mi detención, fueron más prácticos, me empujaron y listo. Continuaron con su marcha. Desde la vereda, el baldosón me devolvió un entristecido susurro: “Ya se que estoy piantao…”  Faltaban algunas horas para que la luna rodara por Callao.

Leonardo Busquet

 

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