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La quinta de los nonnos

Un relato costumbrista de la infancia y juventud. Mario Bellocchio

Un domingo de junio de 1945, con un fresquete de aquellos, amanecimos con la novedad de que no había que cruzar Emilio Mitre para tomar el tranvía 44 que nos llevaría a la estación del tren. Hasta el último fin de semana la parada estaba en la vereda del parque, y desde ese día, domingo 6 de junio de 1945, el cambio de mano la trasladó a la vereda de mi casa. La “parada” era en realidad todas las esquinas –ésta era en Tejedor– y ahí subían los Bellocchio, “familia tipo” compuesta por el padre: Chiquín (Pablo, 32), la madre: Marga (Margarita, 30) y los chicos; el nene: Horacio (5) y la nena: Susana (2). Al año siguiente llegaría Jorgito.

Mientras tanto la familia iniciaba el periplo dominguero de visita a los nonnos tomando el tranguay hasta Emilio Mitre y Rivadavia y a dos cuadras de ahí, en la estación Caballito, abordando el tren eléctrico de vagones de madera del Ferrocarril Oeste, en 1ª clase, con asientos tapizados en cuero y reversibles, para que siempre existiera la posibilidad de cambiar su posición y pudiéramos hacer el conjunto de dos y dos enfrentados.

“Parando en todas hasta Moreno” era la sentencia a viaje lento de “tren lechero” –más de tres cuartos de hora–. Solía haber a media mañana un “Liniers rápido a Castelar” –que garantizaba algo más de celeridad– que el guarda, de estricto uniforme gris oscuro y gorra, pregonaba agitando un pañuelo señalero del lado rojo al bajar en las estaciones previas.

Pitada e inversión del pañuelo al lado verde era la señal de partida. En los intervalos entre estaciones el guarda se recorría el tren con el objeto de “picar boletos” y anunciar la próxima estación donde “Padua” era San Antonio de Padua e “ItuzÁingo”, IntuzaingÓ, invariablemente. La llegada a Moreno era de descenso y rigurosa caminata de siete cuadras hasta la quinta de los nonnos. A la nena por entonces había que hacerle upa, yo ya había perdido esos privilegios.

 

Recuerdo algunas complicaciones los días lluviosos o de lluvia previa porque eran 4 cuadras de asfalto y tres de tierra y ahí había que andar a los saltitos entre los “islotes” secos de la vereda. Una vez papá nos tuvo que cruzar Emilio Mitre –la calle de la quinta– a upa, del barro que había (no se salvó ni mamá, ella también cruzó en brazos de papá).

Para mí Emilio Mitre era uno de los próceres más importantes. Cómo se explicaba si no que mi casa porteña y la de los nonnos en Moreno estuvieran en una calle con su nombre.

Ya a metros del 450, la puerta de la quinta, olía el tuco de la pasta dominguera de la nonna. Yo decía que era como el olor de las empanadas de la Chacha que Patoruzú olfateaba desde kilómetros de distancia y exageraba con que ya desde la estación venía sintiendo el aroma.

Aquella puerta de calle era un modelo estándar que se fabricó por miles para ese uso en los suburbios porteños y bonaerenses: un marco de hierro ángulo con cruces diagonales, uno horizontal para el pasador y alambre trenzado de cerco cubriendo el rectángulo: práctica, liviana, segura para las seguridades requeridas en aquel tiempo, todo el mundo que viviera en una casa con jardín al frente tenía una puerta de ésas y Moreno tenía el jardín más grande del mundo o así lo veía yo en 1945.

 

Horacio, Susana y Jorge en el camino de entrada

Era correr el pasador y entrar. Ahí nos recibía el lobo, un perro negro con algún vestigio de pastor belga y su bravura capaz, sin embargo, de desplegar toda su mansedumbre con los chicos.

Se accedía a un largo camino hasta la casa. Una doble fila de baldosones que hacía el nonno con el nombre de bovedillas cuando tenía la fábrica donde ahora vivía yo, en la Emilio Mitre porteña. Sospecho que la continuidad de papá como técnico químico y la del tío Albino –su hermano– por otros rumbos también, decidieron al abuelo al retiro hortícola. Y se vino para acá, Moreno, en 1934. Gracias a eso estoy ahora entrando por este camino flanqueado por dos hileras de arbustos de alhucema(1), prolijamente podadas como un fragante pasamanos enano.

Era el momento del encuentro con “la quinta más provista del planeta”. Hasta que la quinta existió y esa proyección me lleva a treinta años después, por lo menos. Recuerdo desafiar a quien conversara sobre el tema a ver qué fruta u hortaliza no había en Moreno. Las comunes como los cítricos, todas. Con distinciones especiales para limas, toronjas y unos pomelos gigantes de unos 25 centímetros de diámetro. El fruto propiamente dicho era normal, pero el albedo, la parte blanca de la cáscara, tenía dimensiones colosales y la nonna solía hacer un dulce delicioso con esa “pulpa”.

Para nombrar las más exóticas, en algún momento de la quinta hubo hasta bananas. Granadas, caquis, nísperos napolitanos, cerezas, frutillas, higos de tuna, castañas, nueces, avellanas, sandía, melones, moras, guayabas, zapallos de angola –unos zepelines de 60 centímetros de largo–, y siguen las firmas. No había con qué darle a ese vergel. Todo a partir de los conocimientos, la paciencia y la energía del nonno Agustín. Para mí el Mago de Oz era un poroto a su lado.

 

Los nonnos y…… en el piletón para riego del fondo

En los comienzos, con la producción en pleno esplendor, había que mantener semejante y variado cultivo. El riego era algo esencial. Y el nonno había creado un sistema de acequias que se alimentaban del estanque llenado por una manguera aérea que venía del molino, un típico molino de campo con torre de cinc y rueda de aspas con veleta. El día en que se abrían las compuertas para que el agua corriera por las canaletas de los tomates, las arvejas, las chauchas y otros sembrados era un festival que yo no me quería perder y que el nonno podía atrasar o adelantar un par de días para que “estuviera el Horacio, que tanto le gusta”. Privilegios del nieto mayor y ¡varón! (salute e figli maschi, salud e hijos varones, un tradicional saludo italiano vigente en esa época, y aun hoy).

Cuando llegábamos estaba al caer el almuerzo de domingo, generalmente una pasta amasada por la nonna acompañada por sus incomparables estofados de gallina que estaba en cocción lenta toda la mañana. Había un ingrediente de esas salsas que le daba el toque que hoy llamaríamos gourmet: la conserva.

La conserva era una bocha de tomate sólida sumergida en aceite de oliva, que la nonna preparaba con los tomates de la quinta secados al sol y cernidos en un colador con el mango del mortero. Con la pasta se hacía esa bocha de la que se usaba una cucharada en cada salsa: “Il sapore de la vecchia nonna”, caro bambino.

Años después incorporaría los “buscaiolli”(2).

 

El nonno acaricia al “lobo” sobre el piletón de riego

A veces eran cappellettis que yo ayudaba a cerrar como alumno avanzado y a colocar alineados sobre la mesa de madera enharinada formando filas de “soldaditos”. Otras, fusilli preparados con la aguja traída de Italia de perfil cuadrado –para que no se resbalase la masa– que por ahí anda en la familia todavía.

Cuando había polenta(3) churrasco a la plancha de la cocina económica con “sombrero” de la salsa de la polenta. ¡Mmmm! Se me hace agua a la boca.

Me contaron que el nonno en la semana se había subido a las aspas del molino para un ajuste y yo le pregunté si no le daba miedo (vértigo). Me mostró un arnés que usó para seguridad y me explicó de los cuidados para esos riesgos. Aunque aun no tenía sesenta años me parecía que no eran cosas para su edad y quizás tenía razón yo.

 

Gioanín

Esa tarde caerían de visita su viejo amigo y consuegro –el papá de la tía Nélida– Giovanni Del Boca (Gioanín) y otros inmigrantes contemporáneos. La charla se animaría con recuerdos, canzonetas y unas copas de bon vin de su cosecha predilecta que Agostino Annibale convidaría generosamente. Sólo él sabía desentrañar los misterios de las catacumbas de su sótano bonaerense. Puro disfrute los diáfanos ojitos celestes de Gioanín y los rubicundos cachetes de Agostino Annibale.

 

La nonna, papá y tío Albino en la fábrica porteña y la radio que sobrevive en mi casa

Pero la verdadera fiesta del vino era la elaboración, ya que la vendimia se reducía a una camioneta que traía a Moreno lo comprado por encargue a Mendoza. Para la ocasión había reunión familiar que incluía al jolgorio infantil cuando se hicieron los primeros “pateros”. Patitas limpitas de la prole Bellocchio: el Horacio, la Susana y el Corque (Jorge), de parte del Chiquino, y la Bochi y el Titi, del Albino, decía la nonna. Lo de limpitas era por protección de los chicos más que vínica, la fermentación se encargaba de la higiene más que el agua y jabón. Y cuando el juego cándido daba paso al laburo adulto, ocupaban el escenario con sus botas de goma, Tío Albino, papá y el nonno; ellos se encargaban del verdadero pisado. Luego apareció la compra de una máquina manual de rodillos de madera con un enorme embudo cuadrado (de la forma de la boca del aparato) donde se volcaban los cajones de uva. El prensado iba a parar a las tinas –un barril cortado al medio– que se encerraban en el galpón con el mosto para su fermentación y la consiguiente prohibición para nosotros y mis primos de entrar al “salón tabú”.

Del resto del proceso me llamaba la atención el envasado y encorchado. El vino resultaba ser un espumante tinto, oscuro y dulzón. Había que ponerle botellas gruesas y corchos a presión y con alambre como al champagne. Un detalle posterior: la botella que no tenía vestido alguno –etiquetas u otros estampados–, recibía un “bañado de cuello” con cera de los panales de la quinta (Sí, también la apicultura, parecía un marciano el nonno con la ropa para atender los panales). Años después me enteraría de que el proceso de la cera era para evitar que se escaparan los efluvios etílicos que generaban el burbujeo natural, sin gas agregado.

Había una “selección” y una “vineta” para el consumo diario. Yo, ya en la adolescencia recuerdo haber probado el vinito en alguna Navidad –probado, dije– y de chico, haber recibido un “cielito”, dosis mínima producida sobre un vaso del agua de pozo de la bomba del molino a la que se le vertía, con sumo cuidado, una cucharadita de vino que quedaba flotando arriba como un cielo… El requisito era beberse el vaso entero: sobre tanta agua el “cielito” resultaba más que homeopático.

Los frutales tipo manzanas y peras requerían un rociado como el sulfato de cobre para evitar el gusanaje. Y allá iba el nonno con su mochila de bronce, la palanca lateral de bombeo manual y la manguera con la vara rociadora en el otro brazo, amparado por un casco con mirilla de vidrio unido a un particular traje de goma. Siempre pensé que Oesterheld lo había visto cuando se le ocurrió lo del Eternauta.

 

Horacio en 1940 delante de la puerta de E.Mitre 450

Pero el verdadero antibichos de la quinta era un pequeño sujeto con alitas apodado “ratucha” que los ornitólogos insisten en llamar chochín criollo, un minúsculo pajarito que se alimenta de insectos y de arácnidos que encuentra en las plantas o en el suelo. Resulta que el nonno apreciando las virtudes de los pajaritos les comenzó a fomentar la estadía procurándoles vivienda –una lata de duraznos vacía con un agujero de puerta en la tapa les resultaba un buen alojamiento– y con la estadía el intercambio: te doy casa, haceme de insecticida. La sanitaria costumbre tuvo traslado generacional: el tío Albino, su hijo menor, conservó aquello de la latita-alojamiento de las “ratuchas” en su huerta familiar con óptimos resultados ecológicos.

La quinta tenía forma de “ele” y reunía los terrenos de los nonnos, papá y tío Albino. Por Emilio Mitre una franja de 35 metros de ancho cruzaba la manzana hasta Larrea (110 metros, desde la mitad –55– hasta Larrea era del tío Albino). Sobre Emilio Mitre hasta la esquina –Ituzaingó–, y desde esa esquina, 33 metros hacia el fondo, ahí era la parte de papá que tuvo su chalecito(5) edificado en principio con intenciones de vivienda propia, y donde por alrededor de diez años vivió mi tío Juan Carlos Cafferata y su prole, uno de los hermanos de mi mamá. La tía Olga y mis primos María Cristina, el “cuervo” Eduardo –que me acompañó a ver la final del los Matadores campeones del 68– y Santiaguito, que formaron parte de más de una de las trapisondas infanto-juveniles de la quinta cuya superficie en los años de esplendor era de, exactamente, 4846,74 metros cuadrados. Casi 5000 metros, ¡bah!

 

Había un par de piletones cuadrados de un metro de lado, un exacto metro cúbico, que cumplían función de remojo de cal con unos veinte centímetros de agua. Me cuentan, yo era demasiado pequeñito para acordarme –y el relato es lo que me dicen– que un día el nonno salió de la casa y vio mis patitas bamboleándose al aire, caído de cabeza en uno de esos cubos. Parece –y ese detalle sí lo tengo vivo– que mi pasión infantil era resquebrajar la capa flotante, como si fuera una capa de fino hielo, que la cal formaba sobre la superficie del agua.

No fue más que verme, agarrarme de los pies y llevarme a la mesa para sacarme el agua y rescatarme del ahogo. Destinos. Si el nonno no hubiera salido en ese momento, este relato habría figurado en un ignoto policial del diario de Moreno a comienzo de los años 40. Y yo no tendría el motivo principal de admiración a mi nonno. Es más, no tendría nada, ni vida.

La quinta tenía un lugar de reunión familiar veraniega muy codiciado. En el rincón en que el terreno de papá se juntaba con el de los nonnos había tres aromos gigantes y completaba el cuadro un castaño que sería con el tiempo el supérstite encargado de la sombra. Pero cuando él era todavía sólo un fuerte retoño, los aromos prestaban su robustez para el colgado de las hamacas paraguayas –las “coy”, les decíamos– y en las siestas para bajar la capeletiada resultaban área en disputa. Las chicharras acompañaban al canto de los pájaros en verano y sólo se callaban cuando el griterío infantil colmaba la capacidad de una hamaca y generaban una divertida caída estrepitosa.

 

La nonna en el fondo c. 1940

En el verano, cuando las vacaciones escolares, solía quedarme de domingo a domingo. El galpón era la sala de los milagros con sus herramientas objeto de toda mi curiosidad y el insondable y misterioso sótano. Como el nonno me lo tenía prohibido, tanto lo hinché que me acompañó en una incursión de visita.¡Qué bárbaro, qué recuerdo tengo de ese día!

La primera impresión fue olfativa: humedad y aromas vineros mezclados. La única luz, una anémica lamparita de 40 watts dejaba ver tres barriles acostados con sus grifos prontos a servir una jarra de vino (del cualunque). Y sobre las paredes decenas de botellas descansando en riguroso orden cronológico. Para mí un insondable misterio. –¿Dónde está el bueno?, pregunté. –lontano, me contestó lacónico. Nunca supe si me hablaba de las botellas más escondidas de esa cava o de las lejanas bodegas de su terruño allá en Bobbio.

Por las tardes, a la hora melanco, el nonno se ponía a escuchar en una vieja radio cuyo mueble aún conservo, un programa hecho a medida para los inmigrantes italianos, bien nostálgico. A veces intentaba acompañar con la sua voce; otras, orejas y cuore se conmovían con Carlo Butti o Tito Schipa: Torna picina mia, torna dal tuo papá… y rodaba un lagrimón oculto en la penumbra del atardecer.

 

La primera vez que me quedé había sido un fracaso. Era muy chiquito y me puse a llorar porque extrañaba. El miércoles siguiente de ese fin de semana el nonno con su santa paciencia tuvo que tomar el tren y devolverme al otro Emilio Mitre, el de Parque Chacabuco. Al verano siguiente reincidí y fue a puro disfrute.

Con las cuatro ruedas de un desarmado cochecito de bebé que rescaté de la calle y un cajón de manzanas, me armé, en el galpón, un carrito. Con él jugábamos con mis amigos morenenses: los hermanos Sur –Carlitos y Hugo– y Jorge Viale. También al hoyo pelota, a las bolitas y a cientos de cosas más difíciles de recordar.

Con el tiempo llegó un progreso económico inusitado. Las incomodidades del viaje en tren cayeron a los pies de un Chevrolet 37, azul oscuro, que hizo su aparición en escena allá por los cincuenta y pico. Una “bestia” americana de preguerra, con asiento entero adelante y palanca al piso ¡laaaarga! Papá asumió los cargos de propietario, conductor y mecánico principiante. El auto ingresaba a la quinta por el portón de Ituzaingó y se estacionaba a la sombra de algún arbol desde donde yo “llevaba a pasear” a mis primos y hermanos. Los diálogos entre el “chofer” y los pasajeros eran muy fantasiosos: –¡Chofer, me para ahí adelante! –¿detrás del árbol grande, señora? –¡Sí, sí, ahí, gracias! ¡Las veces que me habrá puteado mi viejo por habérselo ahogado pisando el acelerador con el motor detenido!

Otra que recuerdo del “chivo en Moreno” fue la vez que nos quedamos en la profunda huella del barro de Emilio Mitre y tuvo que venir una camioneta con sogas para rescatarlo. Cuando llegó el asfalto, el Chevrolet había sido reemplazado por un fitito dentro del que se plegaba papá.

No recuerdo con qué frecuencia pero en el gallinero de Moreno era necesario renovar el gallo. Parece que las gallinas se ponían exigentes y el cocorito era reemplazado y pasaba a degüello. Y el que más cresta había desarrollado lo reemplazaba. Parece un melodrama para la tapa de la revista “La Chacra”, pero era así. ¿Y cómo desperdiciar la ocasión? Porque un gallo puede ser un manjar si lo sabés cocinar… Y dentro del gallinero, aparte de pollos y gallinas ponedoras había caquis, granadas, una higuera y ¡un horno de barro! Y fuera del gallinero y dispuesto a entrar un especialista, el tío Albino, maestro asador que con tiempo y paciencia ablandaba y daba sabor a un rinoceronte si se lo proponía. Así que encendía el horno al alba y agregaba leña dura para que esa caverna fuera un infierno. Solo lo interrumpía la nona pregonando ¡Pi, pi, pi-pí! con el alboroto consecuente de las gallinas que no reparaban en que le estaban cocinando al que las había atendido con eficiencia hasta hace unos días y se dedicaban a disputarse el apetitoso rabacillo que les arrojaba la dueña de casa. La cuestión es que a eso de la una… ¡marche un gallo con papas para el Bellocchiaje!

Los cambios que trajo el paso del tiempo fueron mutando aquel vergel. Después de la “fusiladora” del 55 el tío Albino pidió el retiro de Gendarmería y con papá levantaron un pequeño galpón vecino a los aromos donde comenzaron a producir barnices. Un pequeño sector de la quinta se industrializó y el nonno ya no era el tano de roble de sus 40’s. Quedaban sin embargo algunas viejas glorias como las ciruelas amarillas que atiborraban con sus racimos de delicias los veranos, sin demasiado esfuerzo. Y los pequeños almácigos para consumo interno suplantando a los sembrados de mayor tamaño. El adiós a la diversidad se había impuesto.

Bochi, Mi novia Noemi y Titi a bordo del Oldsmobile de tío Albino

En la primavera de 1967 el nonno nos dejó. Un anciano agobiado y sedentario, irreconocible para quien hubiera visto en acción a aquel inmigrante fecundo y creativo, bebió el último sorbo de su bon vin y partió. Tenía setenta y nueve años. La nonna lo sobrevivió 17 años, vivió hasta el 84 y participó de las últimas reuniones familieras. Lo sobrevivió a su hijo mayor, mi viejo, el Chiquín, que falleció en 1979.

Hubo un tiempo en que –los primos ya éramos adolescentes– pasó a formar parte del folclore familiar el asado de Navidad. Del asado se encargaban los dos tíos residentes: Albino y Juan Carlos –Bellocchio y Cafferata–. La mesa, laaarga, se armaba a la sombra del castaño y los aromos. Creo que fue parte de los estertores de aquellas viejas reuniones familiares multitudinarias. La reunión había nacido como necesidad de abrir la sucursal Moreno para las familieras fiestas de fin de año pero luchaba con el contrapelo de la resaca de Nochebuena y su trasnochada clásica; ya llegábamos a la quinta cansados y sin el voraz apetito juvenil que, de todos modos, se encargaba de abrir el primer chinchulincito de aperitivo. Recuerdo particularmente –a mi pesar– una sobremesa donde se armó una discusión política sobre la proscripción del peronismo y la relatividad de una democracia con ese tipo de voto calificado. Aunque estoy convencido de que ese tipo de discrepancia no hubiera desembocado en enojo antes del vino, lo cierto es que la aparición de esa grieta, que siempre existió con características que el tiempo fue mutando, conspiró contra la continuidad del asado de Navidad.Ya los “chicos” habíamos hecho nuestro camino y las visitas a Moreno a ver a los nonnos primero y a la nonna después se espaciaron. Mis hijas, sus bisnietas, Andrea y Mariana, llegaron a conocerla. Tengo grabada una imagen: ya cercana a su partida, superados los 96 años, llegué un domingo en que me esperaba con “la pasta”, estaba cosechando borraja para el relleno –ella le decía “borraca”, no había caso con las jotas–, con una cuchillita cortaba las hojas velludas del cantero, agachada, doblada por la cintura, sin ningún esfuerzo, una pose que no pude lograr ni cuando era adolescente.

Aparecieron las esposas y esposos, los bisnietos y bisnietas, pero ya no había esa relación de conjunto, las ocupaciones y los lugares de residencia habían hecho su tarea, la famiglia andaba desparramada por los nuevos senderos.

 

El chalecito de Emilio Mitre e Ituzaingó

La quinta original se fue parcelando. La muerte de papá había terminado de mosaiquear su porción. El chalecito de la esquina, el de papá, había quedado desocupado. Ya los Cafferata tenían su casa propia, a la vuelta, sobre Ituzaingó cruzando Emilio Mitre.

La partida de la nonna marcó la liquidación del casco –casa galpón, molino y jardín del frente–, se vendió a un colegio que sobrevive (2021). Quedaron, en el fondo, resistiendo la memoria familiar, el tío Albino y la tía Nélida, la entrañable tía de los ojos de cielo. Estaban ahí en el chalet que construyeron el tío y el nonno, desde 1956. Agustín, nieto, “el Titi”, con su esposa e hijos agregaron un chalet sobre Larrea.

“La Bochi”, su hermana mayor –sólo le digo Ana delante de extraños– recorrió el camino de un primer matrimonio del que nacieron Mauro, Martín y Juliana Di Tullio. Juliana fue diputada de la Nación por la provincia de Buenos Aires durante doce años, representando al Frente para la Victoria, del 2005 al 17. Bochi vive actualmente en Madrid, España, junto a su actual esposo Tomás Martínez.

 

 

2005. La última reunión familiera que se recuerde, en Moreno. Albino y Nélida. Hijos/as, esposos/as y nietos/as. Virginia y yo

Con mi compañera Virginia –María Virginia Ameztoy– llevamos treinta y pico de años juntos de los cuales vamos a celebrar este año treinta con libreta. Siempre sostuvimos la costumbre de ir a visitar a los tíos. Una nostálgica manera de refrescar recuerdos entrañables. Y ellos, era evidente, sentían gran cariño por nosotros. El tío nos homenajeaba con manojos de ciboulette y cítricos de su quinta y la tía ojos de cielo con su estofado de pollo que despertaba memorias olfativas. La Bochi y Tomás no perdían oportunidad de participar de esos encuentros cuando sus frecuentes visitas a la Argentina se lo permitían y se estableció un vínculo de primos entrañable que no están dispuestos a dejar que se diluya en los remolinos del tiempo vivencias afectivas tan valiosas.

Sin embargo, la partida del tío, primero. Y de la tía ojos de cielo después, sumadas las distancias que impone la peste, pone en serias dificultades a la conservación del último vestigio de la prodigiosa quinta de los nonnos.

 

 

 

 

La familia tipo del primer viaje que evoco: 1945

Hablar del primer viaje a la quinta que conservo intacto en la memoria –quizá por el cambio de mano que alteró la rutina– despertó cientos de recuerdos vividos en aquel paraíso. El regreso en tren también tendría lo suyo, aunque por ser Moreno la terminal no corríamos riesgo de asientos disponibles, el viaje en sí era compartir el regreso del paseo dominguero con otras familias como nosotros hacia la rutina de la ciudad. El invierno indicaba que mamá no se podía venir con los enormes ramos de aromo de la primavera y el fresquete invitaba a las ventanillas cerradas. De la estación Caballito a casa –unas doce cuadras– solíamos hacerlo en el tranvía 26 que nos dejaba casi en la puerta. Esta vez fue en taxi, todo un lujo. En poco más de cinco minutos papá le sañalaba al “tachero”: “en el farol de mitacuadra” y el pasto y los árboles del Parque Chacabuco recobraban su majestad cotidiana.

 

 

 

  1. Alhucema: lavanda. Lavanda inglesa Atkinsons era el perfume que vendía la farmacia La Franco Inglesa en la calle Florida, un perfume popular de consumo masivo.
  2. Los “buscaiolli” –según les decía la nonna– eran una especie de champignones que ella cosechaba de la sombre de dos enormes eucaliptus del terreno de enfrente de Emilio Mitre. No corríamos peligro. En su tierra natal, Italia, en el pueblo de Bobbio en la Emilia Romagna, se había convertido en una experta “dei funghi” ayudando a su padre en la cosecha de las preciadas trufas.
  3. Un día me desafió con que yo iba a comer polenta hecha por ella y que me iba a gustar. ¡Y lo logró! –Viste que comiste –Nonna, con esa salsa me gustaría el rabacillo que le das a las gallinas…
  4.  En la esquina de Emilio Mitre e Ituzaingó subsiste el chalé (2021), un techo de chapa ha reemplazado al de tejas españolas.

 

 

Aggostino Annibale Bellocchio: Bobbio 08-09-1888 / Moreno 24.09-1967 (79)

Antonia Catalina Albina Lentoni: Bobbio 13-09-1888 / Moreno 03-02-1984 (96)

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