El tango y los grandes escritores

La columna de Tito Vaccaro

En los próximos días se cumplirá un nuevo aniversario del nacimiento de Roberto Arlt (el de las aguafuertes imprescindibles, el de Editorial Claridad, el nuestro). Seguramente, el 26 de abril de 1900 abrió sus ojos a este mundo un bebé rebelde, destinado a convertirse en el más grande novelista argentino. 

El mes pasado, en este espacio, fue comentado el estrecho vínculo de Boedo con el tango.

Tal vez resulte oportuno relacionar una cosa con otra y dedicar algunas líneas a la importancia que escritores consagrados, como el autor de Los siete locos, asignaron a la música de Buenos Aires.

Bueno es aclarar que vamos a obviar comentarios sobre magníficos poetas y letristas que conocemos tanto (Manzi, Cátulo, Expósito, Cadícamo y otros talentos amigos). Tampoco nos detendremos en el pensamiento de autores obviamente ligados al sentir popular, como Olivari, Castelnuovo, González Tuñón, Centeya y tantos otros. En este caso, vamos a reflejar expresiones de escritores destacados por ese círculo intangible, ciertamente nebuloso, que suele denominarse la “academia”. 

Comencemos por el propio Arlt, quien decía en una de sus aguafuertes: “Yo no sé qué tienen estos barrios porteños, tan tristes en el día bajo el sol y tan lindos cuando la luna los recorre habitualmente…” para hablar de “un encanto misho, el estudio de Bach o de Beethoven junto a un tango de Filiberto o de Matos Rodríguez”.

Julio Cortázar, confeso admirador del jazz, contaba que creció “en una atmósfera de tango”, que cuando era chico en su casa “se escuchaba uno tras otro” y que su tía los tocaba en un piano.  Para confirmar lo dicho, basta observar una de sus declaraciones hechas en París: “El tango se convirtió en parte de mi conciencia y es la música que siempre me devuelve a mi juventud y a Buenos Aires.”

Por su parte, Ernesto Sábato, además de sus notables obras de narrativa, escribió el ensayo “Tango, discusión y Clave”. También fue autor de Alejandra, un tango musicalizado nada menos que por Aníbal Troilo, dedicado a la protagonista de su novela Sobre Héroes y Tumbas. El prologuista del histórico informe Nunca Más señaló que “Nuestra nostalgia, nuestra tristeza, nuestro profundo sentimiento de soledad, hasta nuestro cínico exitismo, revelan una curiosa propensión metafísica” para subrayar que se trata de una “metafísica de la calle que aparece en el tango”.

Una dama. Victoria Ocampo, escritora y editora de la revista Sur, decía que no le gustaba el tango porque era “muy quejumbroso y llorón”. Sin embargo, aclaró que sólo le gustó cuando empezó a bailarlo. Lo explicó así: “Descubrí su carácter inimitablemente argentino, en el buen y en el mal sentido”. A partir de ese descubrimiento, una vez por semana, en su suntuosa casa se bailaba tango durante toda la tarde. Eran magníficas reuniones en las que actuaba la orquesta de Osvaldo Fresedo y contaba entre los bailarines a personalidades como Ricardo Güiraldes, el autor de Don Segundo Sombra.

No todos opinaron a favor. Leopoldo Lugones afirmó que el tango no era argentino, “por foráneo y negroide”, y para dejar en claro su parecer calificó a nuestra música como “un reptil de lupanar”. 

Claro que, por la misma época en que se difundieron, tales consideraciones eran desechadas por un escritor mayúsculo. Jorge Luis Borges no dudó en decir públicamente que “Lugones es más retórica que contenido” y subrayaba que el tango sí era argentino y una clave de nuestra identidad. No sólo eso, sino que en su libro “Carriego” (1932) fue más allá al acudir a conceptos de un pensador del siglo XVIII que señalaba: “La Ilíada, antes de ser una epopeya, fue una serie de cantos y de rapsodias”. En virtud de esta afirmación Borges no dudó en deducir que “ello permite acaso, la profecía de que las letras de tango formarán un largo poema civil, o sugerirán a algún ambicioso la escritura de ese poema”. 

Otro consagrado: Leopoldo Marechal. En su libro Megafón o la guerra registra la intervención de un Discepolín imaginario: “…cuando parecía hundirse todo en la zozobra de aquel juicio final, irrumpió un ente de cara huesuda y ojos febriles que, dirigiéndose a los bandoneonistas, les dijo: ‘¡Oigan, almas de música! Si el tango ha muerto lo lloran con razón. Y si no ha muerto, ¿por qué lo lloran? ¡Inefables malevos, arriba los corazones! ¡El tango es una posibilidad infinita!’”.

Y para cerrar bien arriba, un Premio Nobel: el colombiano Gabriel García Márquez. En su libro “Vivir para contarla”, el autor de Cien Años de Soledad escribió sobre sus deseos juveniles de “cantar para sentirse vivo”. Aclaró que esa necesidad se la transmitieron los tangos de Gardel, contó que se vestía como el morocho, con sombrero y bufanda de seda, y confesó que cantaba tangos sin preocuparse por afinar.

Por hoy basta. 

Sugerencia: leer un texto de alguno de los escritores mencionados con un tanguito instrumental como música de fondo.

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