Gabino Ezeiza y el Café de los Angelitos
La sombra de los tilos boedenses resulta una bendición. Y la mesa de publicaciones de Desde Boedo todavía disfruta de la presencia de Diego Ruiz, quien ante una inquisidora pregunta del amigo Pepito se despacha con una clase magistral sobre las fuentes de información del historiador, traducida luego en artículo de Callejeando Historia en Desde Boedo.
–¿Hay alguna constancia documental de que Gabino Ezeyza parase en el Café de los Angelitos?
Valga la aclaración de que el intríngulis de Pepito no era totalmente descolgado ni nacido de largas noches de insomnio, pues en el mes de enero el cronista publicó en esta misma columna una nota sobre el gran payador moreno, pero ponía el dedo en la llaga con respecto a la historiografía barrial y popular: ¿cómo deslinda el historiador la realidad de la leyenda? ¿En qué fuentes puede basarse? ¿Pero hay documentos en este tipo de historia? La cuestión se las trae… Empecemos por decir que el interés por las clases populares (o “subalternas”), por sus formas de vida, su cultura, etc., es relativamente moderno. Hasta fines del siglo XIX la historiografía se había centrado en los “grandes” temas, desde las primitivas crónicas de reyes y santos hasta el nacimiento y evolución de los estados modernos; era historia fundamentalmente política y diplomática, con ocasionales incursiones en los aspectos económicos y sociales de los períodos o hechos relatados. El “pueblo” aparecía poco o nada, salvo como comparsa o cuando se enojaba y protagonizaba alguna degollina como en las insurrecciones campesinas del siglo XVI o en la Revolución Francesa; no era el “sujeto” histórico, el protagonista de la Historia, por lo que los testimonios de su existencia no eran dignos de conservarse. Esta concepción comenzó a modificarse en la primera mitad del siglo XX, seguramente al influjo de las grandes convulsiones políticas y sociales que –como la Revolución Rusa– obligaron a muchos estudiosos a repensar tanto al “objeto” como al “sujeto” de la historia: el belga Henri Pirenne, el holandés Johan Huizinga y los franceses de los Annales (Marc Bloch, Ferdinand Braudel, Lucien Febvre, entre los más importantes) comenzaron a investigar al “popolo minuto”, al campesino medieval, al comerciante del Renacimiento, al “burgués” de las nacientes villas que pronto serían grandes ciudades, hasta llegar al concepto de “las multitudes en la historia” elaborado por el inglés Eric Hobsbawm y el francés George Rudé, o a la microhistoria” –en la que se destacan la inglesa Bárbara Tuchman y el italiano Carlo Ginzburg– en que a través de un pequeño hecho, o de la vida de una persona, reconstruyen toda una época o período.
Por otro lado, a través de toda esa evolución de la disciplina historiográfica se fue desarrollando una metodología para la investigación: ¿qué testimonios debían tomarse en cuenta?
¿Cómo se podía certificar su autenticidad? ¿Y si eran auténticos…, eran veraces? Y quizás lo más importante de todo: ¿cómo interpretarlos? ¿Era posible para un contemporáneo entender las connotaciones de un texto escrito varios siglos atrás? ¿Podía el historiador entrar en la mente, en la cosmovisión –por ejemplo– del hombre medieval, o sólo proyectaba hacia tiempos pasados su concepción actual del mundo? El italiano Benedetto Croce decía (a grandes rasgos) que toda Historia es contemporánea, porque el historiador recrea en su mente mundos pasados, lo que nos lleva a una concepción más reciente en el sentido de que en realidad la ciencia histórica es un diálogo del presente con el pasado, una permanente interrogación en que cada generación busca sus propias respuestas en función de sus propios problemas; por eso (como toda ciencia que se precie de tal) no puede dar conclusiones definitivas ni verdades indiscutibles…
Esto viene a cuento porque hubo un momento en que, bajo la influencia del positivismo, se pretendió equiparar a las ciencias sociales –incluida la Historia– con las ciencias naturales, e incluso con las exactas. Se produjo entonces un “fetichismo” del documento escrito como única fuente posible y aceptable que aún perdura en el imaginario colectivo y, por otro lado, por derecha y por izquierda, se llegó al extremo de hablar de “las leyes de la Historia” en un determinismo que terminó de saltar por los aires en el último tercio del siglo XX.
Claro, dirá el sufrido lector (y también seguramente Pepito, si es que se atreve con ese batiburrillo), pero ¿qué tiene que ver todo esto con Gabino Ezeyza? Bastante más de lo que pareciera… Partamos de que Gabino fue un personaje netamente “popular”, dicho esto en el sentido de que no nació en cuna de oro, ni fue presidente o ministro, ni siquiera concejal… Nunca figuró en un Quién es quién y en su época no existían las revistas de espectáculos ni los programas televisivos de chismes del ambiente. Es posible reconstruir su vida a partir de algunos (ya que estamos) documentos, buscar su partida de nacimiento en los libros parroquiales de San Telmo o de Santa Lucía, está seguro su acta de defunción en el Registro del Cementerio de Flores, rastrear sus actividades en los periódicos de época tanto porteños como de pueblos del interior (si es que han sobrevivido) … Pero muchos otros datos no son comprobables “con escribano”, se deben a testimonios orales o escritos de sus contemporáneos o un poco menos, por lo que ahí debemos evaluar la coherencia de su contenido, o la credibilidad del testigo. “¡Café de los Angelitos! ¡Bar de Gabino y Cazón!” dice el tango –refiriéndose a Ezeyza y a José Higino Cazón, otro gran payador– cuya letra y música fueron compuestas por José Razzano y Cátulo Castillo. Y aquí podemos empezar a hilar fino: Gabino falleció, como es sabido, en 1916, por lo que Cátulo apenas puede haberlo conocido y menos tratado, dado que era de 1906. Pero Razzano, que es en realidad el protagonista (“Yo te alegré con mis gritos en los tiempos de Carlitos por Rivadavia y Rincón”) había nacido en 1887 y afincado en Buenos Aires desde los dos años, comenzó su carrera aún niño; en 1911 comenzó a grabar para la Víctor y al poco tiempo inició su dúo con Gardel. Por su parte el Café de los Angelitos, un galpón con billares y algunas mesas, había sido establecido en 1890 por Bautista Fazio y se habría llamado Bar Rivadavia, hasta que al comprarlo Ángel Salgueiro en 1919 tomó el nombre por el que fue famoso. Quiere la leyenda que así lo había bautizado un comisario de Balvanera, refiriéndose sarcásticamente a los concurrentes, y que a ello se debía el adorno de su frontispicio, aunque otros afirman que fue por el adorno que fue rebautizado…
En fin, lo que podemos sacar en limpio es que según diferentes testimonios el boliche de marras era paradero de payadores –como lo fueron El Pasatiempo, La Banderita, La Blanqueada, El Parque y tantos otros– hacia principios del siglo XX.
Razzano pudo haberse cruzado, muy joven, con Gabino, o pudo haber escuchado la referencia de que había frecuentado ese café y por eso lo volcó en la letra… ¡Quién sabe cuántos testimonios, más fehacientes, se han perdido con tantos cafés de nuestra ciudad! ¡Cuánta foto firmada habría en el Marzotto, o en el Nacional, o en el Germinal! ¡Cómo podríamos profundizar la historia de Buenos Aires! Pero ése…, será otro callejeo.
(N. de la R.: que, lamentablemente, nunca fue)
