Hasta siempre Miguel Hesayne

por María Virginia Ameztoy

Desde las páginas de Desde Boedo nos hemos referido frecuentemente a los curas y obispos que se enfrentaron a los atropellos de la dictadura. Se fue el último de esos luchadores. Hoy evocamos su memoria. 

Miguel Esteban Hesayne había nacido el 26 de diciembre de 1922 en la ciudad bonaerense de Azul. Fue ordenado sacerdote en 1948 en el seminario San José, de la ciudad de La Plata. Fue uno de los adherentes al manifiesto de los 18 obispos del Tercer mundo, de Puebla, México, publicado en 1967.

Fue profesor de literatura y latín en el Seminario Diocesano de Azul y, más tarde, su rector. Se desempeñó como cura párroco en varias localidades de la región, tales como Tapalqué, 25 de Mayo, General La Madrid y Las Flores.

También fue titular de la Cátedra de Derechos Humanos de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y en 2001 recibió el Doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Nacional de Río Cuarto.

En 2004, recibió de manos del presidente Néstor Kirchner el premio Azucena Villaflor, en mérito a su lucha por los Derechos Humanos.

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En 1975, meses antes del golpe del 24 de marzo de 1976, fue nombrado obispo de Viedma, provincia de Chubut. Desde ese lugar comenzó a denunciar los secuestros y las desapariciones.

Junto a los obispos Jorge Novak, Jaime de Nevares y Jorge Kemerer enfrentó al terrorismo de estado y a la Doctrina de Seguridad Nacional, desde los organismos de Derechos Humanos, especialmente desde la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Estos obispos no aceptaron ser cómplices de la dictadura genocida de 1976 –como lo fue gran parte del episcopado de entonces– y se pusieron del lado de las víctimas, exigiendo memoria, verdad y justicia.

En abril de 1977 Hesayne intentó presentar al Ministro del Interior de la dictadura, Albano Harguindeguy, de visita en Río Negro, los casos de violaciones a los derechos humanos que se denunciaban en el Obispado. Luego de la entrevista quedó muy preocupado porque comprobó que desde los altos mandos del ejército se admitía la tortura, a la que consideraba antihumana y anticristiana.

En 1985, Hesayne declaró en el Juicio a las Juntas. En 2006 fue también uno de los testigos en el juicio por la muerte del obispo Enrique Angelelli, quien le había dicho tiempo antes que estaba siendo perseguido. A los pocos días de la muerte de Angelelli, Hesayne recibió un anónimo en que lo amenazaban diciéndole que no siguiera hablando, y recordándole que “ya callamos a Angelelli”.

De acuerdo con una de sus valientes afirmaciones de la época cuando señalaba que “La Iglesia debe meterse en política”, en la década de 1990 se opuso a las políticas de ajuste del menemismo. En 1999 le escribió a Carlos Menem, quien había afirmado falazmente que en su gestión la pobreza había bajado, aclarándole que había aumentado con relación a los años anteriores a su mandato.

En 2001 también escribió a De la Rúa criticando las políticas de ajuste de su gobierno.

Su compromiso social y su defensa de los derechos humanos, también lo llevaron a enfrentarse con muchos de los miembros de la jerarquía católica argentina.

Desde su retiro como obispo, en 1995, se había radicado en la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires –donde había nacido–, dedicando su tiempo a la formación del laicado. Allí permaneció hasta nuestros días donde murió, a punto de cumplir 97 años, el 1º de diciembre pasado.

Parte de la carta abierta que le envió a De La Rúa –que aún hoy parece vigente–durante su presidencia, dibuja con eficacia la valerosa conducta y la claridad conceptual del sacerdote que ha partido dejando su huella indeleble.

“(…) La generalidad del pueblo argentino sigue oprimido por el hambre, la falta de medicamentos indispensables y atención médica y de un techo digno mientras los responsables de la miseria argentina gozan hasta de un irritante bienestar. No es por venganza sino por elemental justicia que se los ha de juzgar y el pueblo debe saber la verdad. “La verdad los hará libres”, enseña Jesús.

(…) no hay un real amor solidario para con los más pobres, postergados y excluidos. Con la “caridad limosnera” o “ayuda social” no se cumple con la justicia social. El primer derecho de un hombre o de una mujer es el trabajo dignamente remunerado. Es cierto que al hambriento hay que darle pan pero al mismo tiempo como es persona humana hay que darle, de inmediato, un horizonte de recuperación de su derecho al trabajo.(…)”