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Videoshow

“Quédate a ver, no te vayas de allí, el mundo en que vives te quiero mostrar”. Por Mario Bellocchio

A comienzos de 1977, apenas cumplido el año de vigencia de la sangrienta dictadura, para ser más precisos, el 11 de abril a las once de la noche –horario totalmente inusual fuera del privilegiado, 21 horas– arrancó en Teleonce “Videoshow”, un magazine periodístico revolucionario de dos horas de duración, hasta la una de la mañana. “Quédate a ver, no te vayas de allí, el mundo en que vives te quiero mostrar”, decía el gingle de presentación y comenzaba el viaje televisivo conducido por Norberto Palese, alias Jorge “Cacho” Fontana, un locutor y animador de enorme éxito radial y televisivo (“La campana de cristal”, “Odol pregunta”…), secundado por un brillante equipo periodístico –Magdalena Ruiz Guiñazú, Enrique Llamas de Madariaga, Carlos Burone, Ulises Barrera, Pepe Peña y Andrés Percivale– y apoyado por la producción de Marín, De Lorenzo y Asociados, una de las empresas con mayor desarrollo en televisión y radio durante la dictadura; uno de sus titulares, Fernando Marín fue conductor de la gerenciadora “Blanquiceleste” de triste recuerdo para los hinchas del Racing Club.

Decía Carlos Juvenal en M1: “Fernando Marín fue el presidente de la firma Blanquiceleste, empresa fantasma que gerenció Racing durante casi 10 años –N.de la R.: desde el 29 de diciembre de 2000 hasta el 7 de julio de 2008– dejando al club de Avellaneda al borde del abismo, con millones de dólares de deuda, un club desmantelado, sin divisiones inferiores, sin activos y sin jugadores propios. Sin embargo, como Racing salió campeón en 2001, con Marín al frente de la gerenciadora, el publicista amigo de Mauricio Macri se muestra como un héroe y desde Juntos por el Cambio lo sacaron del sarcófago para mostrar las bondades que pueden tener las sociedades anónimas en el fútbol”.

Lo cierto es que, en aquellas oscuras épocas, costos de la novedad por medio, el programa fue un suceso innovador con su “máquina de mirar”, las cámaras portátiles con su equipo de grabación independiente constituido por una mochila videograbadora JVC CR-4400, algo pesadita para la movilidad del operador, de más de 13 kilos con cassette y batería (13,600 kg), que contaba con una correa para transporte al hombro, y una camarita vidicón de escasas dimensiones, Panasonic, no original del equipo. Se obtenía una imagen en blanco y negro de alta calidad para la época, que dejaba boquiabiertos a los espectadores viendo cómo se transmitía el aterrizaje de un avión de “Aerolíneas” en Aeroparque. El “steadicam”* ya se había inventado (1976) pero como aún no se había implementado debía contar con las habilidades estabilizadoras del camarógrafo para lograr una imagen aceptablemente desplazada en los travellings**.

Recuerdo que en una oportunidad me desempeñé como operador de aquellos equipos sorprendentes para la época, en una nota que fuimos a grabar a Esquel con Magdalena Ruiz Guiñazú y Roberto Canessa –uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes–. La idea de la producción era que Magdalena recogiera las impresiones del rugbier desplazándose sobre la nieve, por primera vez desde aquel trágico momento. Salió una nota maravillosa, y yo participé en una experiencia inolvidable desde el ángulo que se la mire. En lo técnico, los equipos no manifestaron el más leve fallo en condiciones muy adversas, y en lo artístico, incluyendo el ámbito que la cámara reflejaba, el reportaje fue excepcional.

Un aspecto no desdeñable de la aparición de estos equipos que por su tamaño y versatilidad podían atreverse con ámbitos negados a las mamotréticas cámaras de los camiones de exteriores, era que un solo operador podía ocuparse de la cámara artística y técnicamente, ya que grababa en video cassette (VHS) sus propias tomas y se ocupaba del mantenimiento esencial de higiene de los cabezales de grabación y recarga y colocación de las baterías. Se acababa de inventar el “notero” en video ya que los noticieros, por ejemplo, contaban desde hacía tiempo, con sus noteros fílmicos.

Otro aspecto innovador del programa eran las pausas comerciales de sólo un aviso, en general de 25 segundos. “Pasemos a la isla comercial”, solía decir Fontana, eficaz elemento para desconectar la fuga de espectadores que ya producía el vigente “zapping” durante las prolongadas “tandas”.

Aníbal M. Vinelli en La Opinión emitía su sintético juicio: “Espectacular y superficial” trazando un paralelo entre el programa y su conductor mientras que el especialista en televisión del mismo medio, Mauro Viale, lanzaba su crítica a dos meses de comenzado el ciclo: “Es el intento de una revolución en la materia aunque hasta el momento sea solamente una innovación (lo cual no deja de ser importante). Es una muestra de un gran trabajo de producción, de un trabajo serio e idóneo por parte de gente que conoce el medio. Con defectos: falta de profundización en algunas notas, por ejemplo, acaso por su excesiva brevedad. Con mayor cantidad de aciertos: pleno aprovechamiento de las cámaras portátiles; gran actualidad en la mayoría de las notas; buena producción de personajes y figuras; y, lo que es fundamental en TV, agilidad y ritmo en un programa periodístico diario. Videoshow es eso: un diario en imágenes, que permite la improvisación y la informalidad, respetando al visitante y al telespectador”. Y no eran poca cosa los halagos de Mauro por aquellos años.

Cuando Fontana emprendió su “dirección de producción” en Teleonce, impulsado por el éxito de Videoshow, su tren de vida descarriló. Aquella administración trajo secuelas económicas nefastas para la emisora…, recuerda Jorge Nielsen en su libro “La magia de la televisión argentina, 1971/ 1980”:

“Junto a los éxitos llegaron los grandes sinsabores en tiempos de la última dictadura militar. Primero, un muy desafortunado paso por Canal 11 como director de producción a lo largo de dos años, que se recuerdan como una de las peores etapas artísticas de la historia del canal. Y después aquél famoso programa de 24 horas en vivo durante la Guerra de las Malvinas que condujo junto a Pinky en el canal oficial. ‘Fuimos conductores, pero no administradores del dinero. No supimos nunca adónde fue a parar todo lo que se recaudó’, reaccionaba cada vez que se lo cuestionaba por esa participación”.

Hoy Cacho Fontana sería visto con la típica imagen del emprendedor exitoso que con audacia e indudable talento no repara en gastos –de la producción– para lograr su cometido. “Si querés caviar beluga hay que pagarlo”, solía responder cuando se le requería moderar los enormes viáticos imprescindibles para mantener el nivel de viajes por el “mundo Videoshow”. Hay que señalar que de no ser por las arcas del Estado, el personal de Teleonce habría dejado de percibir sus salarios luego del paso del huracán Fontana por su administración.

Sin embargo, no es cuestión de restarle méritos profesionales al brillante conductor que como tal y como locutor tuvo hallazgos de todo tipo no compartidos con sus nulas virtudes económicas que llegarían a afectarlo personalmente en sus últimos años.

El 5 de julio de 2022, luego de padecer las secuelas del COVID, Cacho Fontana partió a los 90 años de su larga y productiva vida. Para bien o para mal, con sus humanas debilidades y méritos, será recordado. “¡Con seguridad!”

 

(*) Steadicam es el nombre comercial del primer estabilizador de cámara, consistente en un sistema de suspensión y brazo recto con soporte para la cámara y sistema de contrapesos.

(**) Travelling: desplazamiento de cámara que se logra mediante rodamientos (dollys) o en el caso de las cámaras portables mediante la prolija movilidad estable aportada por el operador o la mecánica de los steadicam.

 

Fuentes de datos:

  • Nielsen, Jorge; La magia de la Televisión Argentina; Tomo 3, 1971-1980; Ediciones Del Jilguero; 2006.
  • Roberto Enrique García Cabrera, precisiones sobre los equipos.

 

 

 

 

 

 

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