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¿Un templo en San Juan y Boedo?

El pasado no se conjetura, se investiga. Mario Bellocchio

Hace unos años, recién en funciones el Gobierno de Macri, en marzo de 2016, un señor cuyos datos lamentablemente no retengo, me acercó, con fines de publicación, una nota titulada “Boliche famoso con historia insospechada”. Se refería al bar y restorán “Esquina Homero Manzi” al cual le atribuía un pasado parroquial basado en un artículo publicado en la revista “Caras y Caretas” que, dicho sea de paso, ubica el suceso en San Juan y Boedo. La hipótesis desarrollada por el autor a partir de la publicación se basa en que: “Si nos fijamos en la entrada (se refiere a la foto publicada del templo, que reproducimos) podemos ver un brillo solar sobre la margen derecha. Esto demuestra que la foto fue tomada por la mañana y que la cara brillante es la que tiene orientación Este (donde sale el sol). Al costado algo parecido a una calle, con cierto declive. La única esquina de las cuatro con estas características y esa orientación, es la actual del restorán ‘Esquina Homero Manzi’ sobre el lado que da a la Av. Boedo”. Flojo de papeles para aseveraciones taxativas, pensé. El pasado no se conjetura, se investiga. Y si se le da rienda al vuelo poético, nada mejor que un potencial que deje claro que se trata de presunciones que no pueden ser tomadas como data cierta.

 

Hace unos años Acho Manzi en su “Sur, barrio de tango”(1) hizo lugar a una publicación del arquitecto Jorge Higa “El sur y una luz de almacén”. Que en referencia al tango “Sur” decía: “Escrito en San Juan y Boedo, en una mesa del café que allá por 1927 supo llamarse “El Aeroplano” (N.de la R.: “Del Aeroplano”), y que más tarde, siendo sus propietarios Asato Eizen y Asato Chozen se llamó “Café Nippon”. En ese mismo bar, en el año 1947, sobre una de las mesas que daban a la vidriera de la Avenida San Juan, Homero Manzi escribió las inmortales estrofas del tango ‘Sur’“.

¿Qué le hace afirmar tan categóricamente al arquitecto Higa –y con lujo de detalles como para refrendar el aserto– que Sur fue escrito “sobre una de las mesas que daban a la vidriera de la Avenida San Juan”.

 Veamos: el artículo de Higa fue publicado en el N° 8 del mes de septiembre de 1996 de los “Cuadernos de la Asociación Universitaria Nikkei” (colectividad japonesa en Buenos Aires). “Minami” (“Sur”) era entonces uno de los tangos más exitosos en Japón. El café Nippon, donde Higa sitúa a Manzi en 1947 pertenecía a dos conspicuos miembros de la comunidad japonesa, Eizen y Chozen. Son datos comprobables, tanto como que “Homero, en 1947, vivía en su último domicilio, desde hacía diez años, Oro 3034, en pleno Palermo, a la vera del Hipódromo que fue otra de sus pasiones…” (2)

El relato me hizo acordar a un comerciante de Boedo que en los primeros años del periódico me quería convencer de falsear “poéticamente” unos certeros datos históricos, a fin de aumentar la prosapia de su actual boliche.

Todo este discurso sobre fundamentaciones comprobables vino a cuento de que, revisando archivos en los largos enclaustramientos pandémicos, me encontré con un ejemplar de “Caras y Caretas” del año 1900 (3) cuyo contenido generó la nota “Boliche famoso con historia insospechada” cuyas conclusiones, a mi juicio, febriles, relacionaban al “Esquina Homero Manzi” con un templo edificado allá a fines del siglo XIX en San Juan y Boedo.

Lo cierto es que por tratarse de una historia que, según Caras y Caretas, sucedió en nuestra esquina mayor me pareció que valía la pena trascribirla tal como fue publicada en el momento en que sucedió.

 

“EL 40 JUDICIAL Un pleito raro y una pleitista crónica”

“El más curioso pleito tramitado en el año, es indudablemente el sostenido por la sociedad de San Miguel Arcángel, reconocida como persona jurídica, y las Hermanas de Caridad de San Vicente de Paul, sobre desalojo de una capilla ocupada por estas religiosas.

Durante aquel período de guerras que desoló a la Italia, en la década de 1860 a 1870, un joven meridional que había militado en las fuerzas papales, estuvo a pique de ser sacrificado por los garibaldinos, que hacían a sus adversarios una tenaz persecución.

—Mire, señor: me salvó el santo guerrero a que me encomendé… Ese milagro no lo podía hacer sino San Miguel. Yo iba corriendo y ya no tenía fuerzas en la carrera de mis perseguidores y la carne me temblaba. De repente me encomiendo a San Miguel y en ese mismo momento me siento resbalar en una pendiente y a poco oigo la marcha de mis perseguidores que pasaban sobre mí. ¡Yo estaba ileso en el fondo de un pozo!

El joven, tras una verdadera  peregrinación, llegó a Buenos Aires, y ya ejerciendo el oficio simultáneo de frutero y de organista, ya trabajando como peón de albañil, logró hacerse de un pequeño capital y con él adquirió un lote de mercaderías y se inició en el trabajo de mercachifle pampeano, tomando como marchantes a los indios que ocupaban las tierras que forman hoy los partidos de Bolívar, Lincoln, 9 de Julio y Bahía Blanca.

—Mi vida, señor, con los indios borrachos, era un peligro constante: siempre estaba amenazada, porque aun cuando los indios eran gente buena y no como dicen algunos, con la caña no sabían lo que hacían. Cada vez que yo me encontré mal, me encomendé á mi santo y siempre me salvó. Una vez venía por la orilla de un pajonal y me salieron cuatro gauchos matreros. Traía plata y dije: «me llegó la hora». Convencido salté al suelo con el trabuco en la mano, le pisé las riendas al mancarrón y luego de encomendarme al santo, esperé que me atropellaran. No me hicieron nada. Ya ve, pues, señor, si tengo motivos para ser devoto de San Miguel.

El hombre que así hablaba, es D. Juan Farina, ese gordo, de bastón, que presenta nuestra fotografía y que está acompañado de uno de sus amigos y colaboradores en la obra de alzar un templo a San Miguel Arcángel.

Lucha, constancia y actividad sin cuento fue lo que Farina puso al servicio de su propósito y al cabo de tres años, pudo ver alzarse la capilla en la calle de Boedo y San Juan, que era todo su anhelo. Un devoto del santo donó el terreno y otros, congregados por Farina, iban todos los domingos a trabajar en la obra o contribuían con materiales ó dinero. Aquello fue durante mucho tiempo una verdadera peregrinación y al fin los devotos tuvieron la satisfacción de ver coronados sus esfuerzos: la iglesia estaba lista. Farina permitió a unas hermanas de caridad que hicieran una fiesta en la capilla aquéllas se apoderaron del templo y arrojaron de él al constructor y a sus amigos.

Las gestiones ante el arzobispado fueron inútiles; se les contestaba: «Dejen esa capilla a las hermanas; los particulares no pueden abrir iglesias como quien abre boliches». Y Farina y sus compañeros de devoción acudieron a los tribunales, obteniendo que se les devolviese su iglesia. Y ahí está la capilla con sus santos y todos sus accesorios: pero los devotos de San Miguel no pueden oír misa en ella, dicha por un sacerdote.

—Vea, señor, dice Farina en su jerga ítalo-criolla: el arzobispo no quiere que tengamos cura… ¡Perfectamente! Por eso no se ha de quedar San Miguel sin misa y sin función: tenemos un procurador, que se llama el señor Calderón y él nos habla todos los domingos de nuestro santo querido. Predica como un cura…, y mejor también.”

 

Parroquia San Miguel de la calle 24 de Noviembre 1651

Indagando para averiguar el destino de tan enorme templo, nos enteramos de que la hoy Parroquia San Miguel queda a unas 8 cuadras del lugar fundacional que le asigna Caras y Caretas, en el extremo noroeste del barrio de Parque Patricios, en la calle 24 de Noviembre 1651. Notificando su historia la propia Parroquia San Miguel informa que se creó con “territorio desmembrado de la Parroquia San Cristóbal. El templo fue construido en 1881 y fue inaugurado como oratorio el 26 de septiembre de 1887. La Sociedad del Arcángel San Miguel, que lo hizo levantar, trajo entonces en procesión la imagen del Arcángel, desde la Parroquia de Nuestra Señora de Balvanera, donde tenía su sede”.

Parece ser que, en su tiempo –1900– Caras y Caretas se interesó mucho más por el escándalo del juicio que por la vera ubicación del templo. Juicio al que, por otra parte, la actual parroquia no alude en ningún momento.

“Con el paso del tiempo, convertir el antiguo oratorio en parroquia se presentó como una medida interesante en medio de una barriada muy popular y afincada en el lugar. Madurada la idea, la erección canónica se produjo por último el 24 de julio de 1959 por parte de Monseñor Fermín Emilio Lafitte, formalmente arzobispo de Buenos Aires desde el 26 de mayo de ese año”, terminan aseverando las autoridades de la actual parroquia.

 

¿Qué diría hoy el autor de aquella nota que involucraba al “Esquina Homero Manzi” en un pasado eclesial, si se enterara que 24 de Noviembre casi Garay dista más de ocho cuadras del propicio San Juan y Boedo?

¿Qué diría de sus especulaciones sobre la incidencia solar? El lunfardo acuñó un término que define la especie: “guitarreo” (hablar sin fundamento).

Muchas veces –quizás, la mayoría– este asunto de querer dar certeza a lo que solo es, en el mejor de los casos, vuelo lírico, se basa simplemente en la vanidad de quien escribe tratando de autoconferirse panoplia de “primer adelantado del barrio de Boedo” acomodándose el yelmo con aseveraciones que he escuchado un millón de veces encabezadas por, “¡Yo nací en Boedo! ¿Me entiende?” (¿Es necesario entenderlo?).

 

  1. Homero Manzi, “Sur, barrio de tango”, Corregidor. Selección y presentación de notas, Acho Manzi, 2000.
  2. Diego Ruiz, guión de “Manzi, una geografía”, video documental, dirección Mario Bellocchio de noviembre de 2007.
  3. Caras y Caretas: 6 de enero de 1900, p.38

 

 

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