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“Ringo” Bonavena

Por Mario Bellocchio |

Se cumplen 40 años del asesinato de “Ringo” Bonavena, horas antes de que su amigo Víctor Galíndez derrotara en épico combate a Richie Kates en Sudáfrica

El hombrón de patas planas y voz tan finita que no le serviría ni para su propio doblaje, era tan “fanfa” que daba asco, tan simple que se le notaban como sogas los piolines del pibe de barrio que cubría su ternura con bravuconadas. Un chiquilín para el que no había nadie en la vida como su vieja, doña Dominga y, por supuesto, sus incomparables ravioles. Un irreverente que decía lo que pensaba y pensaba del lado de sus pares, los humildes, en tiempos en que la Triple A comenzaba a mostrarnos los horrores que luego maximizaría el Proceso Cívico-militar. Un loco lindo al que le gustaba divertirse y castigar oídos con su “Pío-pío” y que llegó a sentirse invulnerable hasta que Joe Conforte le demostró que “con la maffia non si gioca” y lo hizo derribar por toda la cuenta eterna un 22 de mayo de hace 40 años, al pie de la puerta de su burdel, el Mustang Ranch de Reno, Nevada, en Estados Unidos, donde Ringo se alojaba infantilmente convencido de su invulnerabilidad.

Ese mismo día –fatídico y glorioso para el boxeo– muy pocas horas después, en Johanesburgo, Sudáfrica, Víctor Emilio Galíndez ganaba la sangrienta y épica pelea con Richie Kates, una contienda de difícil fallo hasta que Galíndez metió una mano de knockout 15 segundos antes de la campana final del último round. En medio de esa gloria recién Galíndez se enteró de la mala nueva que le habían ocultado afanosamente hasta ese momento.

Bonavena, que nunca trepó a las alturas boxísticas de los grandes campeones nacionales, desparramó gestos y rivales con tal impudicia que cosechó agudos antagonismos. A Ringo se lo amaba o se esperaba con ansiedad que alguien “le pusiera una mano”, por bocón. Y él, mientras tanto, llenaba Lunapares de donde emergía victorioso con un Tito Lectoure contando billetes y nuevos convencidos de que sus fanfadas no estaban vacías, iban acompañadas por la potencia de sus puños.

En su cúspide llegó a poner en el piso a otro arrogante con talento para las trompadas, un tal Muhamad Alí, al que le aguantó quince rounds –destrozando todos los pronósticos hasta que cayó por la cuenta en el mismo preciso momento en que se levantó para siempre en el cuore nacional. Ahí se dio el gusto de voltear y permanecer en otro record, el rating de la pelea –hoy impensable–, 79 puntos.

Fue uno de esos momentos de la vida deportiva nacional en que uno se pregunta qué estaba haciendo cuando se produjo el suceso. Y recuerdo que ese 7 de diciembre de 1970 cenábamos, sin poder sacar la vista del televisor, en una cantina del Abasto, los técnicos y el elenco de “Cosa Juzgada”, con David Stivel, despidiendo el año.

Sin embargo, el estigma del arroyo boxístico no perdona. Su afán exhibicionista lo fue envolviendo en puteríos, habanos y jolgorio, hasta llegar a vivir en el mítico burdel yanky que sería su penúltima morada.*

Un 27 de mayo de 1976, el Luna Park se llenó en el velatorio. Luego un cortejo de cien mil personas acompañaría el féretro hasta la Chacarita. Vereda a vereda, cuadra a cuadra, el pueblo lloraba por su ídolo. Y una celosa presencia militar cuidaba minuciosamente que el tema de la marcha no desbordara hacia otras pérdidas que ya comenzaban a difundirse en la negra noche de la dictadura.

Su amigo Víctor Galíndez –a quien días antes otra multitud, esta vez festiva, había recibido en Ezeiza– formaba parte de la doliente marcha.

 

(*) El relato de Daniel Lagares del asesinato de “Ringo” Bonavena

“(…) Después de la pelea con Joyner se inauguró otra ala del Mustang Ranch. Hubo fiesta. Hubo alcohol. Bonavena, que no bebía, discutió fuerte con Brymer y habría alardeado de ser dueño del rancho. Conforte se enteró y le dijo: “Con mi mujer hacé lo quieras pero no te metas con mis negocios”. Y le prohibió volver al Mustang Ranch, advirtiéndole que no podía garantizarle que no corriera peligro. El día siguiente, el 16 de mayo de 1976, el trailer donde vivía Bonavena apareció incendiado. Ringo tenía pensado volver a Buenos Aires pero el fuego se había llevado su pasaporte. Bonavena fue a buscar a Brymer pero no lo dejaron entrar al prostíbulo. La noche del 21, Bonavena la pasó en el casino Harra’s y algunas versiones indican que recibió una provocación telefónica. A las 6 de la mañana volvió al Mustang Ranch. Se dice que fue a reclamar su contrato. Fue cuando Brymer le disparó. Y lo mató.”

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