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La Puerto Rico

Cerró el tradicional café notable de Alsina al 400
El amplio salón de La Puerto Rico hace un par de años

Una noticia a la que desdichadamente la pandemia ha ido acostumbrándonos es al cierre de locales comerciales, especialmente los dedicados a la gastronomía y en particular los cafés y bares cuya menguada concurrencia padece las consecuencias del aislamiento y las condiciones climáticas. “La Puerto Rico”, uno de los Bares Notables más antiguos de la Ciudad, cayó en la volteada y no pudo soportar las imposiciones del encierro en su ubicación de la calle Alsina donde las veredas son prácticamente inexistentes. Lo cierto es que “La Puerto Rico” pudo entregar su último delicioso pan dulce en diciembre pasado y no llegó siquiera a la rosca de reyes: tuvo que cerrar sumiendo en la tristeza a sus 14 empleados, a Esther Vázquez, su propietaria y a una enorme cantidad de habitués que no han podido, dadas las circunstancias, mantener su fidelidad de concurrencia.

Fundado en 1887, estaba ubicado en Alsina 416 en el Casco Histórico del barrio de Montserrat. En los últimos meses sus 70 mesas para 180 comensales permanecían vacías de manera que era cuestión de tiempo el sostenimiento de su actividad. Su dueña, sin embargo, alberga la vaga expectativa de que alguien quiera darle continuidad y echa a rodar la esperanza a la que se le atisba una propuesta con tono de botella al mar.

 

Cuando en 2003 la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires publicaba su “Cafés de Buenos Aires”, el arquitecto Horacio Spinetto dedicaba estas palabras al “La Puerto Rico” de Alsina 420.

En 1887 se realizaba el Primer Censo Municipal, Buenos Aires de­mostró tener 433.375 habitantes, de los cuales 204.734 eran argenti­nos y 228.651 extranjeros, de estos últimos 138.166 eran italianos y 39.562 españoles. El 28 de septiembre por Ley Nacional, fueron in­corporados al territorio de la ciudad de Buenos Aires los partidos de San José de Flores y Belgrano, quedando determinada la superfi­cie de la Capital en 18.844 hectáreas.

En noviembre de ese 1887, el aire de Catedral al Sur, en el barrio de Monserrat, se perfumó con el aroma del café recién molido. Don Gumersindo Cabedo abrió La Puerto Rico, en un local de la calle Pe­rú, entre las de Alsina y Moreno; lo llamó así, debido a que vivió al­gún tiempo en Puerto Rico, tierra de buen tabaco y apreciado café, sitio que Cabedo siempre recordó con mucho afecto.

En Perú funcionó el café hasta 1925, año en que pasó a ocupar el lo­cal de Alsina 420, donde hoy continúa ofreciendo su hospitalidad y su buen café. José Ingenieros, Paul Groussac, Arturo Capdevilla, Jo­sé Mar¡a Monner Sans y Rafael Obligado frecuentaron sus mesas. Durante muchos años fue uno de los lugares de reunión preferido de los alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires, el otro, veci­no, fue El Querandí. El pintor Willy Guzmán, el fotógrafo Alberto A. López, el relojero urbano Alberto Selvaggi, el arquitecto José María Peña y sus colaboradores del Museo de la Ciudad, son algunos más, entre sus tantos, y consecuentes clientes.

(…)

La fachada de La Puerto Rico combina el granito negro revistiendo las muros, con las amplias vidrieras, la carpintería de madera y su puerta de dos hojas, con vidrios esmerilados con la síntesis de una taza de café y su nombre. En la vidriera aparece el muñeco caracte­rístico del local, un negrito con ropa blanca y sombrero anaranjado. El frente se completa con dos toldos verdes.

El salón, de generosas dimensiones, tiene alrededor de 7o mesas, redondas y rectangulares con tapa de mosaico granítico que lleva incrustada, en estaño, el nombre del café, la base es de madera. En las paredes la boiserie alcanza una altura de dos metros, que intercala espejos de medialuna, donde se reflejan las siete colum­nas existentes. El piso de mosaico granítico decorado, tiene alu­siones a su nombre, y estilizadas figuras de negritos y de barcos de vela triangular.

Una baranda de madera torneada, divide en dos al salón.

En el mostrador próximo al acceso, se vende café recién molido, aproximadamente 180 kilos diarios. Hay además, bombones, masas secas y facturas.

Un afiche de Gardel, con sombrero y clavel rojo en el ojal; las plan­tas; el Diploma del Museo, y el paño con vidrio decorado en el cie­lorraso, dejan su impronta entre los detalles de la ambientación. La concurrencia es variada, lo mismo que la consumición, si bien gana el café, ya sea solo o con leche y medialunas, los sandwiches especiales de pavita con tomate, o los de pan negro con jamón crudo y queso, son muy solicitados, lo mismo que los submarinos, la torta de manzanas, los scons, y también ahora, las pizzas, en los modelos clásicos.

Los mozos, varios con muchos años en la casa, visten pantalón ne­gro, camisa blanca, chaleco y moño a cuadritos rojos y negros.

Una foto de los intérpretes españoles Angela Molina y Manuel Ban­deras, nos recuerda que algunos pasajes de la película de Jaime Chávarri, Las cosas del querer II se filmaron en este café.

Francisco Lacal Montenegro, habitué de toda la vida, es el autor del tango Café de La Puerto Rico: “…estampa del ayer/ porteño y señorial,/ que allá por el ochenta y pico…/ viviste el florecer/ del alma nacional…”

Un señor, mientras espera que el mozo traiga el pedido, conversa con su nieto, y le cuenta: “en una de esas mesas tuve la primer cita con una chica; desde entonces para esa fecha nos encontramos aquí todos los años, sin haber faltado ninguno, ya pasaron cincuen­ta, a tu abuela le encanta venir…”

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Dice Gustavo López, vicepresidente de ENACOM, presidente del partido FORJA, Abogado, periodista y docente.

“La Puerto Rico…, fui todas las mañanas, de lunes a viernes entre 1970 y 1974 mientras estudiaba en el Nacional Buenos Aires. Mi padre y abuelo tuvieron durante 50 años un negocio en la vereda de enfrente, Alsina 445. Seguí yendo con mis hijos y allí falleció mi viejo, mientras desayunaba, en 1992.”

(…)

“Los bares notables y los bares clásicos son parte de la identidad de la ciudad. Si uno pierde su identidad, pierde los rastros de su propia historia. Es obligación de los gobiernos ayudar a no perder esos rastros. La Puerto Rico es un bar del siglo XIX. Da mucha tristeza. 50 años de recuerdos que quedarán en mi memoria y en mi corazón.”

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