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“La Morocha”

Las mujeres a través de las letras de tango. Otilia Da Veiga
Con La Morocha se le dio permiso al tango para ser entonado por las mujeres de la casa

El tango cantado profesionalmente, habría nacido en 1905 y la primera letra de tango que entró a las casas de familia fue seguramente La Morocha. Con anterioridad, las primeras letrillas nacieron en los lupanares y pasaron al varieté a través de un tamiz que las fue refinando gracias a escritores no muy letrados:

“Soy el mozo canfinflero/que camina con finura/y baila con quebradura/cuando tiene que bailar./Al que miran los otarios/con una envidia canina/ cuando me ven con la mina/ que la saco a pasear” . Los temas eran siempre del mismo tenor; los animaba el mismo espíritu descriptivo, como en el El taita, de Silverio Manco: “Soy el taita más ladino, fachinero y compadrito…” ¡Vaya sobrestimación!

Con La Morocha se le dio permiso al tango para ser entonado por las mujeres de la casa, y claro…, la morocha no se iba a quedar atrás y empleando la primera persona se atreve a hacerse propaganda: “Yo soy la morocha, la más agraciada, la más renombrada de ésta población…” pero a no inquietarse los varones, que la Morocha fue escrita por Saborido y Villoldo a pedido de la cupletista uruguaya Lola Candales que buscaba una letra decente, “que se pudiera cantar en un confesionario” cuando se cantaban temas como “Sacudime la persiana” o “Que polvo con tanto viento”…

Hacia 1914, el tango abandona sus orígenes prostibularios merced a compositores de talento que aprovecharon el momento de cambio que vivió nuestro país con el advenimiento del cosmopolitismo inmigratorio, cuando atenuadas las dificultades económicas y sociales se hacía necesario afirmar nuestra identidad, donde se entrecruzaban campo, orilla y ciudad. Así y todo, el tango siguió siendo machista, como reflejo de una sociedad que lo era en absoluto. Durante décadas, la cosmogonía tanguera mostró mujeres maltratadas por fiolos, tahúres y malandras y forma parte de la historia sórdida de la prostitución. Los primeros años del siglo XX, el tango desfiló por los más famosos locales bailables de la época: La casa de Laura; Mamita; María la vasca; Hansen…, y si bien había atenuado sus desplantes belicosos, no se avenía a abandonar su postura de ‘perdonavidas’ personalizada en los petimetres y señoritos porteños adinerados que recalaban en los “dancings” de París. Fue la época en que al tango lo copó la obsesión francesa y las milonguitas se hacían llamar Ivonne, Manón o Ninón, explotando el atractivo que ejercían sobre los hombres las mujeres de tal nacionalidad (aunque no lo fueran) al punto de hacerse popular la muletilla: “Más cara que una francesa”. El escritor Gudiño Kieffer habla de La Borchemiel que tenía tatuada una rosa en la ingle, cuando el tatuaje estaba reservado a algunos ámbitos y no tenía la popularidad de hoy.

Quien le da al tango una jerarquía distinta es Pascual Contursi quien por primera vez desnuda el fondo de dolor que anida en el corazón del porteño con “Mi noche triste”, con el advenimiento del tango sentimental expresando las vivencias del porteño que ya no era el compadrito sino el hijo del inmigrante con todas las tristezas de gringos desarraigados. Pero aún así, el tango sigue siendo machista… Las ediciones de tango en papel, se vendían profusamente, en tanto las letras eran entonadas a media voz. Las mujeres adornaban las carátulas de las partituras, pero difícilmente integraban el contenido. Algunas dominaban el pentagrama y no podían hacer música, porque de la sala para afuera, el piano era tema masculino. Con todo, algunas se atrevieron a componer temas realmente buenos, rescatados y preservados por coleccionistas. Temas que no podían ver la luz pero sí ser plagiados por los varones.

Como compositoras, rescato de esa lista a Rosita Melo, “Desde el Alma”; a María Luisa Carnelli, que debió firmar Luis Mario o Mario Castro, cuando sabiamente aconsejaba: “Se va la vida, se va y no vuelve…”; Azucena Maizani, autora de “Pero yo sé” o Herminia Velich “Cualquier cosa”; Mercedes Simone compuso la letra de “Cantando”; Delia Vaini, (La mujer de Leguisamo) no podía faltar el síndrome de pertenencia, “Pobre de ellos” y tantas otras en la actualidad que no alcanzan el reconocimiento que merecen, como por ejemplo Martina Iñíguez…

Cuando el varón se permitió ser sentimental, lloró el abandono de la mujer y cuando el tango comenzó a contar historias, otra vez caímos en la volteada. Hoy son otros los tiempos, otras las demandas y necesidades del entorno social y otra la postura de la mujer plantada en esta realidad, cosas que los letristas actuales, los músicos y compositores, tienen que tener en cuenta para bien del tango y de su proyección.

Otilia Da Veiga

 

 

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