Noticia importanteRelatos breves

La infancia

por Rudy
‘Si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás‘ (Tom Stoppard).
Mis “infantes” (Cuando eran infantiles) (Mario Bellocchio

Esta vez la señorita Silvia pensó que la tenía fácil. Claro, se trataba de hablar de la infancia, con sus alumnos. Los niños.

¿Quién mejor que ellos, los verdaderos protagonistas, para poder trabajar el tema? La señorita Silvia respiró aliviada. Suspiró. Hizo 50 metros de caminata respiratoria: “un, do, tré, cua”, inspirando, y luego, “un, do, tre, cua, cin, seis”, largando el aire.

Solo por las dudas, hizo esos ejercicios de relajación que uno de sus colegas –maestro de séptimo grado, él– le recomendó, más bien le advirtió, que hiciera antes de entrar en clase.

Y entonces, conceptualmente relajada, actitudinalmente confiada y procedimentalmente activa, entró. En el aula, los chicos. Como siempre. Como nunca.

–¡Hoy vamos a hablar de los límites de la infancia!– anunció la señorita Silvia al vacío, ya que el ruido que hacían los alumnos transformaba en imposible cualquier intento de escucha más o menos razonable. Insistió a los gritos:
–¡¡¡¡ La infancia y sus límites, dije !!!!
De pronto, el silencio resaltó su voz.
–Seño, yo los sé –dijo la dulce Julieta–: la infancia limita al Norte con Bolivia, Paraguay y Brasil, al Oeste con Chile, y al Este con Uruguay.
–Pero si serás bestia –le dijo Joaquín.
–¡No le digas bestia, no ves que es una nena!? –ese fue Gonzalo.
–¡Y por eso le digo “bestia”! ¡Si fuera un varón, le diría “bestio”!
–¿Ves, tío?
–Yo no soy tu tío. ¡Y además, la infancia es desde que no te hacés más pis encima, hasta que le das el primer beso a una chica!
–Para mí, la infancia es desde que nacés, hasta que tu papá o tu mamá te advierten: “Ya sos grande para…” y dicen alguna cosa que según ellos no deberías hacer más, y la seguís haciendo.
–Para mí, sos un chico desde la primera vez que mirás la tele y le decís “mamá”.
–¿Le decís “mamá” a la tele?
–Nooo, le decís “mamá, comprame” a tu mamá, por algo que viste en la tele.
–A mí me parece que uno deja de ser niño cuando le suben las hormas.
–¿Qué?
–Las hormas de la mona, eso que nos explicó la seño.
–¡Ah, las hormonas!
–¡Esas, las armónicas! Y entonces uno se vuelve odorescente.
–¡Adolescente!
–Odorescente…, porque no se baña nunca.
–Y te cambia la voz.
–El otro día me resfrié terrible, y me cambió la voz, estaba afónico ¿me había convertido en adolescente?
–No, Javi, quedate tranquilo, todavía no cruzaste el límite.
–Pero el verano pasado fui a Brasil.
–Es otra cosa.
–Seño, para cruzar la frontera de la infancia, ¿hace falta pasaporte?
–No, Luisito.
–Pero entonces, ¿cómo hace para volver, si no tiene documento?
–Es que no se vuelve, Luisito, a la infancia no se vuelve más.
–Uy, seño, pero eso está mal, uno tendría que poder ir a probar suerte a otro lado, y si no le va bien, volver a la infancia.
–NO seas bestio, no es así como funciona el mundo.
–¡Entonces, funciona mal!
–¡No funciona mal, ni bien, funciona así!
–¡Y no me gusta!
–¡Bueno, cambialo, si podés!
–¡Qué linda la infancia! –pensó la señorita Silvia– con todas sus ilusiones, sus utopías. Suerte que ya pasó.

 

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