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La casa natal

Hubo un tiempo en que decir “casa natal” no refería sólo a la casa de la infancia, sino literalmente a la casa donde se había llegado al mundo. Mario Bellocchio
La casa natal

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La única foto de Mario Horacio en la casa natal
El frente de la casa cuando se vendió
calefón a alcohol

  

Colchonero
Emilio Mitre al 1000 hacia el sur en la de década de 1950
Papá y tío Albino en la fábrica que dio nacimiento a la vivienda, fines de los años 20’s

las nietas frente al edificio torre

las nietas frente al edificio torre

 

Lo particular era que esta casa, para mí, formaba parte de un cuarteto construido por el nonno Agustín, el padre de papá, en el que, mudanzas mediante, viví hasta mis cuarenta años. De cuando habité aquella casa del primer vagido sólo guardo en la memoria la imagen de mamá llenando la enorme terraza con 5 centímetros de agua para chapotear a gusto en pleno verano. Mamá, una chiquilina de menos de treinta años y yo, un nene de tres que conserva ese recuerdo limpio, como si aún lo estuviera disfrutando.

Esa, la casa de arriba, era la casa donde nacimos Susana –mi hermana– y yo, con la asistencia de una partera, cosa usual hasta la década de 1940 –mi hermano Jorge, de 1946, ya nació en un sanatorio–.

Le decíamos “la casa de arriba” porque era la del primer piso, a la que se entraba por el pasillo del 1048 de Emilio Mitre y formaba conjunto con el 1052, a mitacuadra de la barranca entre Estrada y Tejedor, justo frente a uno de los ombúes del Parque Chacabuco.

Cuando el nonno cerró su fábrica de bovedillas que estuvo en ese mismo lugar hasta 1934, decidió hacer la casa grande de planta baja –en el 1052–. Esa casa tenía jardín al frente, dos habitaciones a la antigua 4x4x4, una de 3×3 por la escalera que llevaba a la terraza, baño, cocina y comedor diario enormes. Y patio a todo lo largo. Con los años, un flanco del jardín sería garage y el otro una nueva habitación con ventana a la calle y a los tranvías.

Los tranvías, a tantos años de su desaparición –1963– suenan antediluvianos, pero en aquel tiempo, a metros de mi cama, parece mentira que fueran –como eran– una canción de cuna, un ruido más de la calle de un barrio acostumbrado a la mansedumbre del parque y al protagonismo de los vendedores ambulantes: ¡Afilador! ¡Boteyero! o a la bocinita del carro de la Panificación.

La barranca, los adoquines, las vías y las lluvias nos abastecían de vez en cuando algún espectáculo extra de chatas cargadas y carreros feroces tratando a latigazo limpio de que no se les descontrolara el carro, resbalones de neumáticos y algún bollo contra los estacionados… Recuerdo un viejo ómnibus 70 haciendo descender a sus pasajeros de pie para lograr subir la barranca y recuperarlos una vez llegado a Tejedor. Hoy, a aquella trepada que me parecía tan empinada, apenas le noto una leve pendiente; proporciones que la visión de los años y la potencia motriz atenúan.

Detrás de aquella casa estaba la “casa del fondo”, a la que se entraba por el pasillo del 1048, similar a la del frente pero con otra disposición, tenía una característica única producto de las edificaciones a la italiana: ir agregando habitaciones funcionales al ritmo del crecimiento familiar. La puerta de entrada, a pesar de ser interna de pasillo, era de hierro forjado como si fuera una puerta de calle.

Esa casa era la de los abuelos Cafferata, los padres de mamá, apodados “to” y “ta” como apócope de abuelito y abuelita. Un corajudo dúo con pasado patagónico chubutense donde administrando un almacén de ramos generales, la tá María no dudaba en tirar unos tiros al aire por la ventana cuando algún borrachín venía a reclamarle con malos modales una caña con el boliche ya cerrado; un relato muy solicitado por los nietos que no imaginábamos a esa tierna y bella viejita con conducta de far west. En ese entonces ya su hija mayor, tía Sara, junto a su esposo, tío Alberto, la suplían en la Patagonia con el guardapolvo blanco de maestros.

Fue por aquel tiempo, a mediados de los 40’s, cuando conocí la escuela en la que cursé la primaria y quedé maravillado. Me llevó mamá para anotarme y me mostraron las aulas, los patios y los salones que olían a nuevo. Al edificio que tenía entonces apenas 16 años, lo habían inaugurado en 1930. Y cinco años después comenzó a funcionar como la escuela número 22 del Consejo Escolar octavo, en Salas 565, Parque Chacabuco. El lugar estaba –está– rodeado por los chalets que forman el barrio Cafferata. Y la escuela en sí, en el centro de una manzana sin esquinas. Recuerdo que en la elementalidad de mi razonamiento infantil pensaba: “¡por fin una manzana redonda como las manzanas! ¿A quién se le ocurre que las manzanas sean cuadradas?”

El parque tenía –tiene– su vereda larga de cinco cuadras, de Asamblea a avenida del Trabajo (hoy Eva Perón). Y el tó Santiago me sacaba, soguita mediante, a recorrer el trayecto con mi triciclo. –”¡Ahí viene un 26!” –nos deteníamos en la parada del tramway y pacientemente me deletreaba: “RE-LU-SOL”. La publicidad en el cartelón del bondi era mi primer “mi mamá me mima”. Lo cierto es que el abuelo, con esa ruidosa pizarra ambulante y el exótico método, al cabo de un tiempo me enseñó a leer. VI-NO-TO-RO. Y no iba a perder la oportunidad de hacérselo saber a Margarita Barreiro, mi primera maestra, a comienzos de marzo de 1946. En cuanto la conocimos el abuelo sintió que me dejaba en buenas manos y yo que esta Margarita iba a continuar aquel comienzo tranviario del abuelo y la ternura y comprensión de la otra Margarita, mi vieja.

La memoria auditiva tiene un cajoncito especial. Y no estoy hablando de la musical obviamente evocadora. Sino de sonidos, voces… Oigo claramente, con sólo proponérmelo, el quejido de la roldana del mástil de la bandera en el patio delantero de la escuela. Escucho al abuelo Santiago diciéndole a la abuela María: “¡Madam Chatré!” como la llamaba cariñosamente. Y recuerdo como si lo estuviera oyendo, el ruido de las dos puertas que usaba a menudo para pasar de mi casa a la de los abuelos por el pasillo. Si lo evoco oigo el sonido preciso de la de madera y la de chapa. Y los dados de la generala de los domingos después del fútbol, en la cocina de los abuelos, entre mi viejo, el tío Félix y el tío Roberto. O el rechinar de los goznes del ojo de buey del dormitorio del abuelo cuando lo cerraba a las siestas en las que nos contaba a los nietos los cuentos de Sinipitri, su personaje multioficio, una especie de Carlitos Chaplín… ¿Qué sostendrá tan claramente esos pocos, elegidos, recuerdos?

Esa casa, la de los abuelos, fue sin dudas la de más historia acumulada.

Ahí crecieron y se criaron los hermanos de mamá, tío Roberto, tío Juan Carlos y tía Corina. Ahí tuvieron su primer hogar de casados Juan Carlos y Olga, después Corina y Guillermo y finalmente yo, en mi primer matrimonio con Noemí. Y se criaron mis hijas Andrea y Mariana hasta que hicieron su propio hogar. La recuerdo como una casa muy humilde, la más antigua de las tres, la casa vivienda de los nonnos Bellocchio cuando el lugar era la fábrica de bovedillas, con muchas modificaciones posteriores pero cuya disposición inicial no contaba con gas, por ejemplo.

La cocina era a carbón. Un fogón de dos hornallas que servían tanto para la pava como para las cacerolas o la sartén y para calefacción en invierno. Hago el recuento visual y me encuentro con una cacerola enlozada con brasas en la tapa ¡La carbonada! un plato perdido de la historia culinaria popular. Un delicioso guisote que tenía la particularidad de llevar trozos de durazno muy codiciados por los comensales –nosotros, los nietos–. O las croquetas del arroz sobrante de algún risotto. Las exquisitas comidas de la tá María solo ricas en ingenio, sabor y pequeños secretos siempre imitados, jamás igualados. No encontré nunca más a alguien que pudiera darle a las croquetas el punto de cocción y sabor que les daba la abuela.

El fogón tenía a su lado una pileta rectangular de “piedra” con su única canilla de bronce –el primer calefón a gas se instaló en los 80’s– cuyo desagote conducía a un “desgrasador” en el patio que un “crosta” –diría Arlt– venía a limpiar una vez al mes. En la cocina había una mesa, con tabla al medio, un clásico para agrandar ante el aluvión familiar, cubierta por el infaltable hule. Sillas de paja, algún que otro banquito y la alacena empotrada donde iban a parar desde la vajilla hasta los condimentos y aceites. Los cubiertos y servilletas habitaban los cajones de la mesa.

Me siento como uno de los últimos mohicanos que pueden relatar historias de aquel tiempo vividas en aquella casa y de eso se trata: rescatar los recuerdos más viejos…, como el cardador de colchones, un muchacho que venía con un carrito con un balancín con púas que “cardaba” la lana –porque los colchones estaban rellenos de lana, únicamente–. El personaje desarmaba el colchón, lavaba la lana, la pasaba por el cardador –que la desenredaba y esponjaba, eso lo hacía en nuestra casa–, y la metía en un forro de “cotín” nuevo, lo cosía y tenías un colchón nuevito, mullido y limpio.

El viejo calefón a alcohol de la ducha. Una especie de tanquecito cilíndrico del que salía la regadera del agua. Dentro se llenaba con alcohol de quemar hasta un cuidado nivel y se encendía cuando te metías en la ducha. En invierno te cagabas de frío sin remedio o te quedabas sin agua caliente por haber sido tacaño con el alcohol. El eléctrico que lo suplantó era más seguro pero con sus electrodos a la vista no había manera de que no te sintieras acosado por el monstruo de Frankenstein. (Nunca me enteré de una electrocución por un calefón así).

Las estufas eran a gas de kerosén con “velas” de cerámica –¡Aquellas Volcán portátiles!– que luego se siguieron usando con el gas domiciliario. Se les daba presión con una bomba manual. Y periódicamente había que destaparles el quemador con una aguja a resorte que producía una breve pequeña explosión a la que le rajaba “valientemente”. Había también eléctricas, de resistencia, pero la cuenta de la luz se disparaba, por lo que se tenían para las emergencias como las enfermedades tipo gripes y otras pestes infantiles como tos convulsa, sarampión, varicela. Ahí aparecía el doctor Aguirre –el médico familiar– y no te salvabas de la limonada Rogé y las cataplasmas si la cosa era pulmonar. A los abuelos se les daba –medio curanderamente, me parece– por las ventosas, una especie de vasitos de vidrio grueso que se colocaban en la espalda sacándoles el aire con un hisopado de alcohol encendido que producía una absorción del cuero dorsal dentro de la ventosa que me espantaba. No estaban ausentes las barritas de azufre que producían un craqueo al rodar por las contracturas y presuntamente, curarlas. Las bolsitas de alcanfor, una especie de supersticioso salvaguardador de enfermedades infantiles, de olor bastante aborrecible. Las pastillas de clorato para el dolor de garganta. Y la infalible untura blanca para los dolores lumbares –el aceite verde era muy de vestuario– y los catarros bronquiales.

La casa natal, la de arriba nos quedó chica. Más cuando a fines de 1945 mamá quedó embarazada de Jorgito. Así que nos mudamos abajo al 1052 –ahí comienza mi relato, al empezar la primaria–. A la “casa natal” vino una familia, los Ruggero que en ese lugar criaron dos hijas, Mabel y Cati durante más de una década y luego Jorge, mi hermano, y Graciela, mi cuñada. Ahí y abajo, en el 1052, donde luego se mudaron, criaron a mis sobrinos, Ximena, Julián y Lucas. Mientras tanto en la casa de los abuelos, pasados los matrimonios fueron falleciendo el abuelo, el tío Roberto y finalmente la abuela, a la que llegamos a festejarle los ochenta en la casa del frente, todo un familión enorme. Así, con la mudanza de Susana a la casa natal, quedamos un hermano en cada lugar y mamá, hasta que falleció, viviendo con la familia de mi hermano en el 1052.

Allá por los 90’s Parque Chacabuco se había transformado en lugar inmobiliario codiciable, al perfil chato de los 50’s ya le quedaban pocos huecos. Y el doble terreno de Emilio Mitre era ideal para una torre de las que aún no tenían las dimensiones descomunales en altura de las actuales, pero permitían el lujo del doble frente y la ubicación frente al parque. La oferta inmobiliaria se concretó y a mí me tocó el triste papel de entregar las llaves a los compradores. Quince días después, como criminal que retorna al lugar del delito, volví para ver la demolición. Allá, en la medianera del fondo se podía distinguir el ojo de buey del dormitorio donde el abuelo nos hacía reír con Sinipitri.

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