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Hombres  de  Boedo

Los vaivenes de una cirugía a cargo de una eminencia. José Eizykovicz                                                                                          
El antiguo Hospital Rawson c. 1935

Hace ya una ponchada de años, adolecía yo de una hernia inguinal que me tenía a maltraer y no me atrevía a una intervención quirúrgica por temor a clausurar definitivamente el básquet de los sábados a la tarde. Cada día postergado era un día ganado y así iba tirando indefinidamente. La alternativa era usar un braguero a modo de paliativo, pero ese correaje de cuero me parecía más un arnés para caballos de tiro que un remedio para un mortal de a pie. Sin embargo ese aparejo era de uso muy común entonces, y se lo podía ver circundando los maniquíes de plástico en los  escaparates de las tiendas de ortopedia de la ciudad.

Finalmente, cansado de las molestias, un buen día junté coraje y decidí entrar a la clínica y emprender el prequirúrgico.

Apenas terminé el trámite de rigor me interceptó un médico –después supe que era el director de la institución– y amablemente me hizo pasar a su despacho. Allí, aislados del trajín de las camillas, del ir y venir de las enfermeras y de las sirenas de las ambulancias, el doctor con toda parsimonia empezó a dibujar sobre una hoja de papel el camino que después haría el bisturí, mientras me explicaba pacientemente la anatomía y los pasos a seguir. Yo no salía de mi asombro por la cordialidad inusual de aquel encuentro entre el experimentado profesional y un paciente desconocido.

Ya en diálogo afectuoso me preguntó, entre otras cosas sobre mi profesión, mis actividades y también de qué barrio era. Apenas oyó mi respuesta, rápidamente replicó para mi asombro: “yo también soy de Boedo.” Y enseguida pasó a  explayarse sobre su infancia.

Había nacido en 1908 en Tarija 3944, a metros de Quintino Bocayuva –Tarija era entonces una calle de tierra sin salida–, y en la adolescencia había oficiado de herrero en el taller que tenía su padre en la misma cuadra. Por unos instantes me distraje de su conversación y recordé que allí mismo estaba la quinta cuya extensa tapia sobre Quintino(1) escalábamos(2) los pibes del barrio muchos años después en las silenciosas tardes de verano para robar ciruelas y damascos.

Una vez terminado el boceto y las explicaciones del caso, me despidió con un  apretón de sus fuertes manos y yo me llevé el papel con el dibujo, que conservé durante buen tiempo. Salí de la clínica confundido y con sentimientos encontrados. Porque si bien la explicación era clara, el médico era una persona bien mayor –tenía a la sazón setenta y pico de años– para ejecutar con seguridad la intervención quirúrgica, según mi punto de vista.

De modo que fui a pedir la opinión de mi médico de cabecera y plantearle mis dudas, pero no bien le expuse el caso, con un  dejo de fastidio me exclamó: “pero si fulano es un fenómeno, discípulo dilecto de Finochietto en el Hospital Escuela Rawson, vaya tranquilo…” (3)

Y así, convencido a medias, fui camino de la camilla y –como no podía ser de otro modo– la historia tuvo final feliz. Una vez recuperado totalmente recién me vine a enterar de su gran trayectoria como profesional, del amplio abanico de cirugías que abarcaban sus intervenciones, de las innovaciones que introdujo en las técnicas operatorias, de los textos especializados de su autoría, y de su ya clásico manual para enfermeras.

Ahora, cuando ya han pasado muchos años, todavía veo la estampa campechana y la sonrisa bondadosa de aquel médico, docente e investigador, el eximio cirujano José Calzaretto (4).

 

  • (1). La  quinta de Quintino (entre Pavón y Tarija). En la década de los años treinta, sobre la calle Pavón y Quintino Bocayuva (esquina noroeste) había dos casas señoriales de estilo neoclásico, la segunda con entrada imperial para automóviles. La primera de ellas, más próxima a Quintino tenía una protección sobre la puerta de calle de  metal y vidrio, a modo de marquesina curva y es la que poseía la quinta que recuerdo, llena de árboles frutales y protegida por una extensa pared de mampostería que se extendía desde los veinte metros a partir de Pavón y de una longitud de 50 ó 60 metros más. (N. de la R.): Muy probablemente la quinta descripta por el autor de la nota es la que Silvestre Otazú recordaba, allá por 1950, como la “quinta de Guedes”. “No menos de diez manzanas tenía la quinta de don Carlos Guedes, situada en Pavón y Quintino Bocayuva y que por el oeste llegaba hasta Beauchef. Había sido el casco de una estancia llamada “La Constancia”. El edificio de aquella finca, que se conserva casi en el mismo estado que antaño, sigue en poder de los descendientes de su primitivo dueño, que murió en 1915, a los noventa años. De todas las viejas propiedades, es tal vez la única que no pasó a manos extrañas”. (Silvestre Otazú, Boedo también tiene su historia, Ediciones Papeles de Boedo, CABA 2002.)
  • (2). La técnica de escalamiento consistía en “pedir un pie” (las manos entrelazadas de un cómplice servían de escalón de apoyo para el pie del trepador).  Por lo menos se precisaban dos para emprender la retirada en cuanto el perro de la casa olisqueaba a los intrusos. El primero pedía “un pie” y una vez trepado, con un brazo extendido ayudaba a su compañero para trepar y huir.
  • (3). Lamentablemente, el Hospital Escuela Rawson fue demolido durante la dictadura cívico–militar en 1978.
  • (4). Dr Jose Calzaretto, discípulo del Dr. Ricardo Finocchietto en sus años de formación quirúrgica, a su vez guía de jóvenes cirujanos, y creador de técnicas originales, en especial de coloproctología. (Dr Carlos Pundyk).
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